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Full text of "La mariposa"

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HARVARD 
COLLEGE 
LIBRARY 



Preservation facsímile 

prínted on alkaline/buffered paper 

and bound by 

Acmé Bookbinding 

Charlestown, Massachusetts 

2003 



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fiarbarlí College fLíbrarg^ 

BSqySATHSD BY 

CHARLES DUDLEY MARCH, 

OF GREENLAND, N. H. 
(Clan of 1880). 

Received Sept. 9, 1889. 



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NOVELAS SUELTAS 



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ES PROPIEDAD 



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IjARCISO OLLER 



LA 



MAR] POSA 



El chico del panadero -El Trasplantado 

Recuerdos de niño -Angustia 

Una visita -El bofetón -Mi jardín -La peor pobreza 



Movelaa trmducidaf del catalán por 

Felipe B. Navarro 

PreetdidM di un etimdU d*l mismo y tina earta-^élogo por 

E. ZOLA 



Ilustración de D. Baixeras 
í-^ 



BARCELONA 

BIBUOTECA . ARTE Y LETRAS » 

DiHUl GORTIZO 7 C'-CtUe ^ Man (SiUi 4( S. Jui) 
1886 



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EitftbUdmiento dpográfico-editoríal de Danisl Coxtbzo y C* 



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CARTA DE EMILIO ZOLA 
Á Mr. a. Savine 

traductor de «La Mariposa» en lengua francesa 



Mi querido compai^^ero : 

Me pide V. mi opinión sobre La Mariposa, novela de Nar- 
ciso Oller, que ha traducido usted del catalán y cuyas prue- 
bas me envía. Confieso á V. que es grande mi confusión, 
convencido, como me hallo, de que es de todo punto imposi- 
ble juzgar de una novela mediante una traducción, por buena 
que ésta sea. Mi ignorancia de la lengua catalana no me per- 
mite recurrir al texto y saborear en él el talento del autor en 
el mismo suelo que lo ha producido y con su propia vida y 
aroma. Seré, por lo tanto, poco afirmativo, y me contentaré 
con comunicar á V. una impresión relativa. 

La novela, tal como acabo de leerla, según la traducción — 
que, por lo demás, honra á V., — me parece un estudio nota- 
ble, con personajes ligeramente idealizados, que se mueven 
en un medio muy exacto. Vese allí la vida cruel, pero vista 



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VI CARTA DKKMILIO SOLA 

por un talento enternecido. Agítase Barcelona en las descrip- 
ciones con intensa realidad, al paso que los personajes, los 
peores como los mejores, caminan á cierta altura sobre el 
suelo. Esto no lo digo como censura ni como elogio, sino 
únicamente para hacerlo constar. 

Entrando ahora en detalles. ¿ Sabe V. que Luis ( La Mari- 
posa), el salteador de corazones, que va de la rubia á la mo- 
rena, es una lindísima fígura de amante, adorable y feros sin 
saberlo ? 

Como en el fondo es inconsciente, no se le odia, aun sien- 
do criminal. No conozco en las novelas francesas una encar- 
nación del egoísmo juvenil y amoroso, trazada con más sol- 
tura. La pobre muchacha á quien hace morir, después de 
haberla seducido y abandonado, Toneta, me ha parecido 
también dibujada de una manera encantadora, á un tiempo 
inculta y creyente, muy del pueblo en el fondo, aunque ele- 
giaca. Más todavía me han cautivado las figuras secundarias, 
las figuras populares... Todas ellas van, vienen, gritan, con 
sangre de verdad en las venas; Doña Pepa sobre todo, que 
debe de ser admirable de realidad. 

¿ Será preciso ahora que le diga á V. que el drama final no 
me agrada ? La escena en que Toneta tropieza con el entie- 
rro de un niño, cree que es el suyo y se lanza sobre el ataúd, 
antójaseme de un efecto patético algo burdo. Por otra parte, 
I qué amabilidad la del acaso, en el desenlace, haciendo que 
Luís se engañe, siguiendo por las calles á una mujer que es 
la caritativa Doña Mercedes, para llegar así á la cabecera de 
Toneta, de su víctima, moribunda^ á fin de que la última 
página encierre una lección moral 1 No insisto; deseo única- 
mente poner de relieve en el conjunto del libro, por sus cua- 
lidades como por sus defectos, la indisputable originalidad de 
Narciso Oller. 

He leído, porque, si no me engaño, V. mismo lo ha escrito, 
que Oller procede de nosotros, los naturalistas franceses. 

Respecto al marco de su cuadro, al corte de las escenas, al 
modo de colocar los personajes, quizá sí; por el alma de sus 
obras, por la concepción de la vida, no y mil veces no. Nos- 
otros somos positivistas y deterministas, ó por lo menos, tra- 
tamos de no hacer con el hombre más que experimentos, y 



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CARTA ?>S KICILIO SOLA Vil 

él, Oller, es ante todo un narrador á quien su propia narra- 
ción conmueve, y que lleva hasta el último extremo la emo- 
ción, aunque sea á expensas de la verdad. Y repito que esto 
no es criticar; es decir lo que siento, tanto más, cuanto que 
mi simpatía por el novelista ha crecido á medida que más lo 
he visto diferenciarse de mi, á quien habíanme dicho que se 
parecía. No, hay en él personalidad resuelta y marcada, y 
que es como la eflorescencia de su talento y de su raza. 

Lo único que cabe asegurar es que también él ha sido 
arrastrado por la grande evolución moderna, y que el viento 
de verdad que en Francia sopla, sopla también en España. 
De aquí nuestro parentesco más allá de la frontera. 

Usted quisa recuerde que una mañana conversamos juntos 
acerca de ese hálito de naturalismo que pasa hoy sobre la 
envejecida Europa. Por donde quiera, en España, en Italia, 
en Holanda sobre todo, hasta en Alemania é Inglaterra, sin 
contar la Rusia, donde se inició, por donde quiera el roman- 
ticismo agoniza, bajo el nuevo espíritu de observación y de 
experimento. Es un hecho; la victoria se extiende de día en 
día. Y le hablaba yo á V. de uno de mis deseos, uno de esos 
deseos que nunca se realizan, el de estudiar ese movimiento, 
investigar sus causas y determinar sus progresos, i Pero qué 
tarea habría que emplear 1 

Por esto, para atenerme sólo al país vecino, me ha roga- 
do V. que, á propósito de La Mariposa, le exprese mi opinión 
sobre el naturalismo en España. Confieso desde luego mi ig- 
norancia en la materia; leemos aquí rara vez novelas extran- 
jeras, y necesitaría, para contestar, un trabajo preparatorio 
considerable; además, lo poco que sé, me perturba. Por ejem- 
plo, en aquella tierra nos defiende — y por ello tengo perso- 
nalmente que agradecerle mucho — la Sra. Pardo Bazán, que 
es católica militante. Imagínese V. mi estupor; indudable- 
mente el naturalismo de esa señora es un naturalismo pura- 
mente literario. 

Hay que convenir, á lo que pienso, en que las evoluciones 
literarias son como las ráfagas de viento que arrebatan y 
siembran los puñados de semilla por los campos vecinos; 
según es el terreno, brota la planta y sigue la misma, aunque 
se convierta en otra : según es la nación, la literatura echa 



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VIII CARTA DE EMILIO SOLA 

ramaje distinto y obtiene del genio y de la lengua nacionales, 
flores de esplendor original. 

Esto es lo que leyendo La Mariposa he sentido, y por ello 
envío á Narciso Oller^ no los estímulos de un precursor, sino 
el apretón de manos de un hermano (i). 

Emilio Zola. 



Medaa xs de Oetubr* de s88s. 



(x) Tndncdóo de Im É¡^0cm, 



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Narciso Oller 



^^ s seguro que la lectura de la novela y bocetos que cons- 
§ J tituycn el presente libro sugiera á ciertos lectores el 
^^ epíteto de naturalista aplicado á su autor á impulsos de 
reminiscencias y prejuicios tomados en obras y criticas mo- 
dernas. — Deber es del que esto escribe advertir y consignar 
que no cuadra á Narciso Oller tal calificativo, en la acepción 
que le han dado tanto los apasionados adversarios, como los 
entusiastas admiradores de esa tendencia literaria, si nueva 
en otros países, de ilustre y acreditado abolengo en España. 
Completamente ageno á exóticas influencias ; con absoluta 
independencia en el concepto y en la forma, ostentando una 
originalidad sin ejemplo entre los modernos escritores espa- 
ñoles, presentóse al público el autor de La Papallona^ con 
sus primeros estudios^ encantando con la novedad y frescura 
de su inspiración, seduciendo con la profundidad de senti- 
miento, subyugando con la fuerza y energía de la observación. 
Muchos críticos lo han reconocido así en España y en el ex-, 
tranjero y hasta en las heladas regiones de Rusia produjeron 
tal efecto su estilo y concepción. Nada, pues, digo hoy acerca 
de este punto que no hayan dicho ya plumas más autorizadas 
que la mía. Los Croquis del natural fueron una revelación, 
confirmada muy luego por otros trabajos, ya premiados por 



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NARCISO OLLBR 



el Consistorio de los Juegos florales en Barcelona, ya por el 
público en las librerías y la crítica en la prensa española y 
extranjera. La Papallona^ el Escanya^Pobres, Vilaniu^ han 
sido sucesivas condensaciones, en diversa forma, de la fe« 
cunda elaboración que en la mente de su autor fueron reali- 
zando la intensidad del sentimiento y la perspicacia ante la 
realidad. 

Y este es el carácter distintivo de la facultad creadora de 
OUer. Bastara le la discreta destreza con que emplea su idio- 
ma, así en la descripción objetiva y los análisis subjetivos 
como en la granea reproducción del lenguaje imaginado, 
personal, del catalán moderno, para que un retórico del an- 
tiguo régimen le diera el dictado de clásico ; sóbrale con eso 
para sujetar al lector con irresistible atractivo, que la prosa 
de 011er tiene, como pocas, el mérito de la sobriedad de la 
expresión en la más cabal complexidad de la idea. Pero el 
fundamento de su originalidad, la sólida consistencia de su 
personalidad artística independiente reside en esa facultad 
espontánea que posee, libre de todo artificio, para encontrar, 
por modo peregrino, aquella poesía que dimana naturalmente 
de la realidad de la vida; la que resulta á cada paso en la 
existencia común, del suceso más inesperado, del personaje 
más vulgar, del sentimiento más conocido, y véase cómo, 
mientras unos le creen naturalista, quizás por este efecto hon- 
do y conmovedor que producen las obras de OUer, ha mere- 
cido ser motejado por otros de idealista, cuando el mérito 
más relevante, que á mi entender posee, es haberse conservado, 
sin propósito preconcebido, á igual distancia de los dos ex- 
tremos hacia que divergen los novelistas contemporáneos. Y 
no es que por esto pueda decirse del valiente pintor del Es» 
canya-Pobres que es un ecléctico. OUer es ageno á toda es- 
cuela y sus creaciones no pueden admitir lógicamente compa- 
ración con las de ningún otro novelador. Arrancando de la 
estricta realidad de la vida, dentro de ella se mueven siempre, 
sin frisar con la caricatura en lo cómico, sin llegar nunca á 
tocar en los límites del melodrama buscado, en lo grave y 
serio, pero haciendo siempre sentir hondo, así en la simple y 
concisa descripción de un carácter, como en la relación fría 
muchas veces de una situación, de un sentimiento. 



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NARCISOOLLBR Zl 



Que es preciso conocer las cosas para juzgarlas, sentencia 
es propia del legendario Pero Grullo, mas, por desgracia, 
con harta frecuencia olvidada ó desconocida por críticos de 
toda categoría. Así, es muy expuesto á error tachar de idea- 
lista una concepción por su simple trasunto, sin conocerla en 
la realidad de donde está tomada, como no se puede juzgar 
del parecido de un retrato sin conocer el original; y hay en 
este punto los mismos escollos con que se tropieza al tratar 
de lo inverosímil en las obras de arte, acerca de lo cual tanto 
se ha dicho. Las idealidades que puedan hallarse en las obras 
de Oller, no son suyas ciertamente, sino de los elementos que 
las constituyen, y es el autor tan ageno á esos efectos, que ni 
siquiera en el procedimiento de exposición puede razonable- 
mente encontrarse intención alguna de idealizar lo que, aun 
descarnadamente presentado, guarda en si un fondo ingénito 
de profunda poesía. Podrán tacharle quizás quienes con al- 
guna ligereza le juzguen, de que prescinde casi siempre de 
combinar los dos elementos antitéticos que por las reglas 
de antiguos preceptistas, que hoy parecen resucitar donde 
menos pudiera esperarse, han de constituir necesarios con- 
trastes ; pero no es á mi entender el discretísimo novelador 
catalán muy dado á los sistemas, y su libre inspiración, guia- 
da, tan sólo, por la más honrada sinceridad, se aparta de toda 
combinación de luz y sombras que no le dé el natural. No lo 
copia servilmente; lo interpreta, según entienden los pinto- 
res maestros, lo dispone, acentúa ó suaviza, sin alterarlo, 
para que llegue hasta lo más íntimo del conocimiento la 
noción de su obra, sin que en este proceso pierda un átomo 
de su vitalidad, antes se aumente su intensidad cual si se per- 
cibiese ai través de un delicado y desconocido micrógrafo. 

Para quien conoce el país y ha vivido la vida de Cataluña, 
no es dudoso que los asuntos tratados en las obras de 011er 
encarnan dentro de las esferas más concretas de la verdad. 
Siéntese el calor del espléndido sol que ilumina la grandiosa 
ciudad del Mediterráneo, las fecundas campiñas catalanas; 
percíbese la suave caricia de la brisa marina que difunde por 
la pintoresca Rambla la vida y la alegría, óyese el confuso 
rumor de su pueblo de obreros é industriales de que Toneta, 
Madrona, la Sra. Pepa, Lorenzo en El Bofetón y tantos otros 



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ZII NARCISOOLLBR 



representan en diversos aspectos y situaciones la más cum- 
plida personifícación. Pero con ser tan cabal pintor Narciso 
011er, no se le puede considerar como escritor meramente ob- 
jetivo. Sus libros no son tan sólo obras de profunda observa- 
ción así psicológica como objetiva^ sino que desde sus co- 
mienzos, asi en los Croquis del natural^ como en las Notas 
de color ^ como en los bocetos que luego ha ido trazando, se 
advierte siempre un fondo de natural filosofía que le carac- 
teriza de novelista pensador. No cabe denominación más 
ajustada á la verdad que la de bocetos á sus breves relatos, 
pues en todos ellos se encuentra el germen, el substratum de 
un drama ó de una comedia de costumbres, expuesto en sa- 
broso relato. Así ha sucedido con LaPapallona^ con Vilaniu^ 
desarrollos respectivos de los estudios que tituló el autor Un 
estudiante^ Isabel de Galcerdn y en los cuales si no ha pen- 
sado en resolver problema alguno, estimando con gran acier- 
to que no debe ser esta la misión del novelista, ha presentado 
situaciones y sucesos de la vida común resueltas con arreglo 
al conocimiento que de las condiciones propias de la sociedad 
contemporánea le han dado una experiencia de ella no corta 
y un gran sentido práctico, adquirido no en esas ideáticas 
suposiciones que constituyen la base de muchas novelas de 
las más celebradas, sino en hechos acaecidos y personalmen- 
te observados. 

La carrera literaria de Narciso 011er cuenta pocos años, 
pero acaso ningún otro escritor español ha logrado en tan 
breve tiempo mayor nombre, en el extranjero sobre todo. 
Cuando, fuera de Cataluña, apenas era en España conocido, 
teníanse ya en mucho sus primeros trabajos en Francia, en 
Italia y en Rusia. A sus dos primeros volúmenes de estudios 
sueltos— Cro^uts del natural y Notas de color — ^sucedió su pri- 
mera novela La Papallona^ que con el título traducido literal- 
mente se publica hoy en castellano, después de haber sido 
publicada en francés por él distinguido crítico de literatura 
española M. Savine y presentada en Francia por la notable 
carta-prólogo que en esta edición se copia, distinción que es 
el segundo escritor en alcanzar. El Escanya-Pobres^ acabado 
estudio del vampiro usurero de las poblaciones rurales; Vila» 
niu su último y más importante libro, han completado sólida- 



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NARCISO O LLER 



mente su reputación de novelista, ya por dicha justamente 
reconocida por los primeros literatos y críticos de España. En 
suma la carta de Zola que precede á este ligero bosquejo de 
la personalidad literaria de Narciso Oiler, es la prueba más 
concluyeme de su mérito, y después de ella pálido tenía que 
ser lo que yo pudiera decir, con tanto mayor motivo cuanto 
que no es este lugar propio para formular crítica alguna de las 
obras que se van á leer. 

Como presentación de su autor á los lectores castellanos, 
paréceme que con lo dicho basta y aún quedo con el temor 
de que en ello haya no poco de sobra, aunque á la propia con- 
vicción y á la desapasionada simpatía todo haya de parecer 
poco para la exposición, pálido para el encomio. 



F. B. Navarro. 



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MPEZABA á bañar el rejuveneci- 
do sol de Abril los pisos terce- 
ros de Barcelona á quien aca- 
ricia juguetona, meciendo los 
árboles, la fresca brisa del mar; 
no se veía aún por la Boquerla 
á las cocineras de blanco delan- 
tal, rizoso peinado y planchadas 
corbatas, antes lucidas por sus 
señoras, pero si un enjambre de 
mozos de fonda y de menestralas que se disputaban las 
mejores piezas, la fruta más primeriza ó los artículos más 
baratos, cuando saliendo por uno de los altos pórticos 
de aquella plaza tres mujeres, revueltas en la confusa 
corriente de compradores cargados con grandes cestas 
que, cual cuernos de la abundancia, rebosaban por la 
entreabierta tapa frescas verduras, plateadas colas de 
pescados y doradas ó carminosas frutas, atravesaron 
precipitadas el arroyo y buscaron tranquilo refugio al 
pié de un árbol de la Rambla de las Flores. 

Era una de ellas la señora Madrona, mujer ya entrada 
en años, corpulenta, morena y de gigantescas faccio- 
nes. Llevaba el traje de nuestras obreras, de colores 



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X8 NARCISO O LLER 

grises y morados, tocada con pañuelo de seda que de- 
jaba ver la ya menguada cabellera que empezaba á 
platearse y todo su conjunto delataba un carácter re- 
servado y recto. 

La otra era bajita, gordinflona, pero de carnes flo- 
jas. Su color quebrado y la complicación de arrugas 
que en todas direcciones le surcaban el rostro, mal 
cobijado por una mantilla de casco que le caía al des- 
gaire sobre el pañolón alfombrado con que encubría la 
persona, iba pregonando esa pobreza trabajosamente 
disfrazada, que tan sólo arraiga en las grandes ciuda- 
des y envuelve con engañosos goces el más duro mar- 
tirio del trabajo. Acompañábala un cuarterón de criada 
maltrecha de ropas y harto cargada con tan gran ces- 
ta, que la desequilibraba con su peso ; á la sazón des- 
pedía para casa á la rapaza, agobiándola con tal reta- 
hila de órdenes y contraórdenes, que era imposible 
recordarlas sin ayuda de taquígrafo. 

— Anda, que yo llevaré la fruta— decíale su ama, ba- 
lanceando con sus manos de ajada piel un gran pañue- 
lo agarrado por las cuatro puntas á guisa de pesado 
bolsón y henchido de objetos abultados.— Anda, mu- 
chacha, anda y no olvides nada de lo que te digo. 

— Está bien, señora. Vaya, queden ustedes con Dios 
— contestó alejándose la pobre chica, pareja como he- 
cha de encargo para el cazador de nuestro ejército, 
bajo el doble aspecto de su inconcebible brío y de su 
menguada estatura. 

—Vamos ahora á lo nuestro— comenzó la señora Ma- 
drona en cuanto se volvió á ella doña Pepa.— Usted ha- 
brá dicho : i qué papel me está haciendo hacer esta 
señora con la frutera ? Pero yo le diré á usted. Ya ayer 
me habló de esto ella, pero me dijo que usted tiene 
huéspedes. 

— ¿Yqué?... 

— Verá usted. No importa nada, es claro ; pero las 



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LA MARIPOSA I9 

gentes hablando se entienden, y poco á poco se va le- 
jos, ¿ no es verdad ? Yo soy de un natural que me gus- 
ta cada cosa en su puesto : la joven de que le he habla- 
do á usted para costurera no es hija mía, pero es lo 
mismo que si lo fuese ¿ estamos ? No tiene padre ni 
madre : i Dios los tenga en su gloria! Buenas personas 
que eran y muy amigas, cuando aún vivia mi marido, 
que Dios haya. Quiero decir que viendo á la Toneta... 

— i Se llama Toneta la chica ? 

—Para servir á Dios y á usted. Pues, como iba di- 
ciendo, viendo entonces á la Toneta, cuando murieron 
sus padres, que murieron desgraciadamente en la fá- 
brica donde trabajábamos también mi marido y yo, 
allá en la fábrica de Castellfort, que estaba al pié de la 
Muralla de Tierra á cuatro pasos de San Antonio... 
que hoy como todo se cambia ya la han enterrado las 
casas de la calle de Ronda... 

— I Ahí si, sí, que tenía una verja grande con un 
gran escudo de hierro en lo alto. 

— / Ecoli qud ! Pues por entonces era la Toneta una 
niña como mi Sión ; tenía unos cinco años, poco más, 
poco menos, y viéndola yo desamparada en medio del 
arroyo, como quien dice, ¿ qué había de hacer ? Reco- 
gerla. En casa nadie se habla de oponer poco ni mu- 
cho; allí todos decimos aquello : Dios da el frío con- 
forme á la ropa. Yo soy de un natural que por más 
trabajos que haya pasado, nunca me he dejado aco- 
bardar. Y bien dice el refrán : á quien madruga, Dios 
le ayuda ; y yo, ¿ estamos ? con la confianza en Dios, 
cuando me veo con el agua al cuello, siempre pienso : 
«Dios dirá.» Pues ¿querrá usted creerme? Siempre 
he salido adelante. 

Á doña Pepa, que ya empezaba á impacientarse co- 
mo todo hablador obligado á escuchar, se le conver- 
tían á cada instante los sentidos á otros objetos : ya se 
entretenía contemplando cómo las floreras iban ador- 



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ao NARCISO OLLER 

nando sus puestos, escalonando en las mesas los mati- 
zados mazos de flor cortada que sacaban de los grandes 
cestos en forma de bateas en que venían, ya, mirando 
á otro lado, enfilaba los ojos á los portales del mer- 
cado, atestados con la abigarrada muchedumbre que 
bullía entre las pilas de provisiones, como enjambre en 
colmena. De vez en cuando alcanzaba algún concepto 
de aquel bullicioso parlamento y reconstruía el diálo- 
go, á su modo, sin pararse á demandar aclaraciones so- 
bre lo que de ¿1 se le escapaba. Con esto y todo, la se- 
ñora Madrona parecía estar aún lejos del punto de 
parada en su charla. ¿ Qué hacer ? 

— Tomé conmigo á la Toneta, la crié como á mis hi- 
jas, y ya se sabe, donde comen tres, comen cuatro y 
una vara de percal más ó menos, no habla de hacer- 
nos más ricos ni más pobres. 

— Mire usted, mire usted — dijo de pronto doña Pe- 
pa, señalando un convoy de breaks que avanzaba lle- 
nando el espacio con estruendo de terremoto en 
aquellas horas de escaso movimiento. 

Ambas fijaron la atención en los carruajes ocupados 
por gente joven y alegre y que pasaron como una ex- 
halación con sus tiros de cuatro caballos medio esca- 
pados y cubiertos de cascabeles. 

— ¡ Cómo se gasta en Barcelona I { Qué cree usted ? 
Pues todo ese señorío se va ahora al campo y con el 
dinero que se gastará en vinos y cigarros tendría una 
para vestir un año. 

— I Ya lo creol Además, quería decirle que á la Toneta 
la he criado como Dios manda y que si usted tiene en 
casa señoritos, por todo el oro del mundo no consen- 
tiría en exponerla á que me la perdiesen ¿ está usted ? 

— I Mujer de Dios ! ¡ Usted no sabe quien soy yo I Ni 
sabe tampoco quiénes son las personas que tengo en 
mi casa. 

-* ] No se ofenda usted, por Dios 1 No he dicho eso 



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LA MAR) POSA 23 



por agraviarla... Sólo quería decir que pudiera haber 
un descuido... y que una muchacha asi es una flor... 
un espejo que cualquiera cosa puede empañarla... 

— ¡ Oiga usted ! — interrumpió la pupilera acentuan- 
do las palabras y haciendo una pausa para tomar alien- 
to. — Usted es persona que me gusta mucho porque veo 
que á las dos nos cortaron por el mismo patrón ; tanto 
es asi, que, hija, por lo que á mí toca, .por las criadas, 
entiéndalo bien, por guardar á las mismas criadas, no 
me muevo yo de casa en todo el santo día, sino es para 
venir á la compra. Y crea usted que este trabajo podría 
muy bien ahorrármelo, ya lo creo ; porque, gracias á 
Dios, en mi casa no hay más que personas decentes, 
lo que se dice gente escogida. Hija, ni el más pequeño 
atrevimiento, ni una palabra más allá de lo que la ley 
de Dios manda, dejaría yo pasar en mi casa I Ya le di- 
go que no sabe usted quién soy yo, ni cómo las gasto. 
\ Pues vaya ! Á la primera los plantaba á todos de pa- 
titas en la calle... ¡Mire usted I sin ir más lejos, hará 
ahora tres meses que un joven muy guapo, muy buen 
mozo, que tenía de huésped, con la excusa de haberse 
equivocado de puerta, se me metió una noche en mi 
cuarto. ¿ Sí ? pues á la mañana siguiente lo despedí. 
Ya ve usted, una es viuda y es preciso que se guarde 
como si fuese soltera I Al día siguiente el anuncio en 
el diario : Una señora viuda que habita un tercer piso con 
buenas vistas, etc., admite un caballero con asistencia. No 
es casa de huéspedes. Sí, hija, porque la verdad es que 
mi casa no es precisamente casa de huéspedes, no ; 
allí se vive en familia. Yo soy muy blanda de corazón 
¿ está usted ? y tomo tanta ley á las personas, que bien 
lo dicen los muchachos que tengo : usted es nuestra 
segunda madre. Pues sí, al otro día del anuncio ya te- 
nía ocupado el cuarto... Hoy por hoy ¿ sabe usted por 
qué busco costurera } Porque me repase y remiende 
la ropa de los señoritos; que no quiero que vayan des- 



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24 NARCISO OLLER 

trozados, y dos muchachas y yo no damos abasto. 
Yo me atosigo, me mato y... vaya, no hay tiempo, los 
días son cortos. Ya ve usted, | somos nueve en la 
mesa I 

— ¡Nueve!... Vamos, pues ya necesita usted un buen 
cuarto. 

— Nueve, hija, nueve; nueve que comen por veinte y 
destrozan por una docenal Pero ha de saber usted que 
fuera de don Ignacio, un caballero que hace ya diez 
años que está en casa, que lleva los libros déla fábrica 
de jabones El Esplendor^ fuera de este señor que ten- 
drá unos cuarenta y tres años, los otros ocho todos 
tienen menos de veinticinco, y usted ya sabe cómo 
comen los jóvenes. En fin, ya ha visto usted la cesta; 
yo no sé matarlos de hambre como hacen las verdade- 
ras patronas de huéspedes. ¡Pues no faltaba másl Mire 
usted, tengo entre otros un joven, don Lufs, que mu- 
chos dfas dispone lo que se ha de comer, porque yo 
misma se lo pido; es un señorito muy bueno, alegre 
como unas castañuelas, servicial, vivo como una mari- 
posa que le llamo yo, y como tiene ün genio tan ama- 
ble me empeño en darle gusto... 

— ¡ Ay qué sargentón I— exclamó la señora Madrona, 
aludiendo á una muchacha, desgalichada por lo hom- 
bruna, y que andaba retozando y riendo descompues- 
tamente con un artillero allí cerca. — ¡Mire usted, mire 
usted eso! 

Y era que mientras la criada se desternillaba rien- 
do y apretándose los ijares con las manos, las plega- 
das cintas del delantal blanco revolando al aire, el 
soldado se atestábalos bolsillos con la fruta de la cesta 
que la maritornes se había dejado abierta en el suelo. 

Aquello indignó á las dos mujeres. La señora Ma- 
drona, no pudiendo contenerse, increpó á la mu- 
chacha, y el soldado haciéndose el desentendido se 
escabulló Rambla abajo, pelando una naranja, mien- 



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LA MARIPOSA 25 



tras doña Pepa, envalentonada con la retirada del arti- 
llero, llenaba de dicterios á la mozallona, quien todavía 
desde ios diez pasos respondía tratándolas de entro- 
metidas y deslenguadas. 

— |C¿I si hay una cáfila de estas gandulonasl Ya ve 
usted á quiénes mantienen las señoras que no van á 
la plaza; la mitad de lo suyo va aparar á los cuarteles! 
Si siempre lo be dicbo ; | desgraciado del hombre que 
no encuentra una mujer de su casa! y la mujer de su 
casa no tiene otro remedio que hacer como nosotras, 
venir á la plaza. |HumI ¡Muchas candelillas hacen un 
cirio pascual ! | Eso es I 

— I Y que es verdad ! —dijo la señora Madrona de- 
seando ya acortar la conversación. — Pues con lo que 
me estaba usted diciendo, no tengo reparo en enviarle 
á la chica... pero ya le digo á usted : ¡mucho ojo! por- 
que los jóvenes de hoy me hacen temblar, y tanto á la 
Toneta como á mis hijas, les tengo prohibidos los no- 
viajos. Demasiado pronto les llegarán los quebraderos 
de cabeza. Hoy por hoy no quiero verlas con ningún 
hombre y mucho menos con los que no son de nuestro 
parigual, ¿ está usted ? 

— Bueno y... la chica { sabe coser bien , hacer pes- 
puntes, dobladillos, en fin, todo lo que hace falta, por 
si un día tuviese una el capricho de hacerse un ves- 
tido ? 

—Ya lo creo que sabe mucho de todo; si hasta aho- 
ra ha estado trabajando en el Jazmín y siempre que 
allí les aprieta la obra le dan trabajo para casa... 

—Pues qué ¿la ha sacado usted del obrador? 

— Si; verá usted. Á nosotros nos han favorecido 
mucho siempre los señores de Castellfort. Desde la 
desgracia que le he contado, siempre han sido nuestro 
paño de lágrimas, asi es que yo no les puedo decir 
que nó á nada. Murió el señor, y su hijo, don Miguel, 
lo mismo que el padre: «Madrona, ¿qué te hace fal- 



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a6 NARCISOOLLER 

ta?... Aquí lo tienes.» Y esto vale mucho, hija, para 
los pobres!... Don Miguel se casó, y la señorita, que 
es un ángel de Dios, se prendó de las manitas de la 
Toneta y me la pidió para que fuera á su casa un par 
de días á la semana. ¿Qué le había de decir?... Pero 
era el caso que en el Jazmín, si no las pueden tener 
seguras todos los días, no las quieren, y así es que 
ahora tenemos que avisparnos, para ver si entre unas 
casas y otras se puede juntar el jornal... Con que la 
quiere usted el lunes, ¿eh?... ¿Calle de Roig, me ha 
dicho ? 

— Sí ; en el portal del zapatero. Que venga tempra- 
nito ¿eh? 

— No faltará, no tenga usted cuidado. Vaya, me he 
alegrado de conocerla... Á ver si se llevan bien, á 
ver. 

—Ya lo creo. ¡Con Dios! qu^haya salud! Vaya usted 
á verme algún día, si le viene bien y charlaremos un 
rato. 

— Sí ; sí que iré. 

Y separáronse confundiéndose entre el hormigueo 
de la muchedumbre que iba creciendo á medida que 
el sol iba deslizando sus rayos de oro por entre los 
claros del follaje de los plátabos que entolda la her- 
mosa Rambla, á guisa de extenso y pomposo em- 
parrado. 




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II 



I /uís, á quien se refería doña Pepa, estudiaba cuar- 
^^^ to año de derecho, y era en efecto simpático 
por todo extremo. Poco amigo de hacer el dandy ni de 
pasearse, puesto de veinticinco alfileres, y sufriendo 
empujones, como se pasea en Barcelona ; menos afi- 
cionado aún á la vida de ios salones y de los cafés, se 
complacía en apartarse de los barrios del centro (ó de 
la gente elegante) y al caer en la casa de huéspedes de 
la calle de Roig, se encontró en ella como el pez en 
el agua. No tardó en ver que le había hecho gracia á 
la patrona, que aquellos barrios abundaban en obre- 
rillas avispadas, y cuando se asomó al balcón de su 
cuarto y percibió el rechinar de las limas, el martillar 
sobre los yunques, y escaparse de todas las puertas de 
aquella calle de talleres y tiendecillas los ruidos dis- 
cordantes del trabajo, parecióle que llegaba hasta él 
una vaharada de RipoU, su pueblo natal, que venía á 
rejuvenecerle y le ensanchaba el corazón. 

Sencillo en su trato, alegre como unas castañuelas y 
con más letra menuda que un breviario, para tratar á 



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a8 



NARCISO OLLER 



cada cual como á su genio correspondía, pronto se 
hizo el amo del barrio. Entraba y salia en todas las 
casas cual si fuesen suyas, con todos gastaba bromas, 
aconsejaba á quien queria consejos, zalameaba á las 




madres y de paso requebraba ó enamoraba á las hi- 
jas, terciaba en las peleas de vecindad para cortarlas 
con alguna de sus ocurrencias; improvisaba bailes con 
sus compañeros y las muchachas vecinas, dentro de 
una tienda ó en el comedor de su patrona, al compás 
de un organillo que por una peseta sonaba toda una 
tarde, y concluyó, en una palabra, por ser el sueño 



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LA MARIPOSA ag 



dorado, el bello ideal de todas aquellas chicas. Por do 
quiera que iba brotaba el contento, y abría los labios 
la risa como hace que se abran las flores y que exha- 
len aromas el sol al bañar con sus rayos la campiña. 

— En cuanto le vemos venir á usted ya estamos di- 
ciendo: I Ahí viene el torbellino!— decíanle á veces con 
la mayor franqueza las vecinas; pero la verdad es que 
á todas ellas se les iban tras él los ojos y que la vecin- 
dad en peso le hubiera dado hasta la camisa. El zapa- 
tero le bacía por dos duros los borceguíes que vendía 
en tres; la frutera le daba la fruta poco menos que de 
balde; para ¿1 eran los primeros claveles, los más pom- 
posos pensamientos que se abrían en las macetas de 
aquellos balcones, y las camiseras del cuarto cuarto 
del n.° 8 le hacían los cuellos á real, á dos reales 
los puños, y le proveían de corbatas á precios invero- 
símiles. 

Pues en la casa de huéspedes, ninguno de sus com- 
pañeros estaba como él atendido y cuidado: doña Pepa 
se dejaba gobernar por él ; las criadas volaban á su 
cuarto en cuanto le oían llamar ó pedir alguna cosa. 
En cambio él hacía la vista gorda al ver disminuir 
cada día los terrones de azúcar que traía del café y 
guardaba en un cajón para hacer naranjadas; les daba 
cuartos algún domingo para que fueran por la tarde 
al teatro, á Romea ó al Odeón, y hasta las había za- 
randeado alguna que otra vez en los bailes de la calle 
de la Canuda ó en la Sala Oriental. 

Su figura bien proporcionada y no muy alta, como 
suele ser la de nuestros montañeses, revelaba fuerza y 
robustez. Su modo de vestir sencillo, la manera gra- 
ciosamente descuidada de llevar puesto el sombrero y 
la americana, dábanle un aspecto de artista, más bien 
que de estudiante de leyes. Una barba finísima y roji- 
za rodeaba su rostro ovalado, suavizando el áspero 
relieve de sus estiradas facciones de sátiro. Tenía 



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3o 



NARCISO OLLIR 



abombada la frente, y como las enredaderas coronan 
los peñascos, por ella le caían con frecuencia rizosos y 
obstinados mechones. Sus ojos negros y vivos asi 
como sus labios grue- 
sos pero elásticos, erah ^ 
los más sumisos escla- 
vos de su voluntad. 
Cuando se exaltaba 
echaban llamas, cuan- 
do suplicaba los baña- 
ba suave dulzura. No 
miraba ni escuchaba 
sin que se le fruncie- 
sen ó cerrasen las ven- 
tanillas de la nariz, ni 
más ni menos que si 
para él, el sonido, la 
luz y hasta las mismas 
ideas fuesen cargadas 
de olores, ó como si su 

extremada sensibilidad se conmoviese al percibir las 
vibraciones de la materia, imperceptibles para los de- 
más. 

Era cosa averiguada que su genio valla más que la 
caja de un banquero. Cuando llegaba á Barcelona algu- 
no de su familia y se lo encontraba tan bien provisto de 
ropa y calzado, sin que hubiese enviado á su casa gran- 
des cuentas, no acertaba á comprender el milagro. Él 
contestaba que se explicasen cómo va tan limpió y 
apuesto el soldado que sabe manejárselas, y terminaba 
las explicaciones con risas llenas de simpática travesu- 
ra. — Esos son quintos de la milicia armada — decía — 
yo lo soy de la togada; ahí está el misterio. A veces aún 
los sorprendía más, presentándose en la fonda con bi- 
lletes para el teatro, ó con un coche para ir á paseo, que 
al dejarlos nadie pagaba. Lo primero lo sacaba de sus 




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LA MARI POS A 3l 



amistades entre fundadores de sociedades dramáticas, 
y en cuanto al coche, allá él se entendía con un coche- 
ro de punto que vivía en su misma calle. 

Su simpatía era de tal índole, que alcanzaba á aho- 
gar la envidia de sus compañeros. Harto bien veían 
que en aquellos dominios se encontraban postergados, 
desempeñando, á lo sumo, el papel de comparsas; 
pero como á veces se sentían atraídos por su btiena 
sombra, ni le echaban á él la culpa ni veían á quién po- 
dérsela echar, Allí no había artificio, ni afán de predo- 
minio; era la naturaleza que se imponía, y ¿quién culpa 
á la naturaleza ? Por otra parte, Luís siempre los aten- 
día, los quería sinceramente y lejos de menospreciar- 
los ó de prescindir de ellos les hacía compartir sus 
distracciones y sus gustos. 

Solamente con dos de los huéspedes no acertaba á 
hacer por completo buenas migas: don Ignacio, hombre 
huraño, que de ordinario no decía una palabra durante 
toda la comida, y Tomás Llassada, á quien solían lla- 
mar el americano todos los de la casa, no más que por 
haber estado, de chico, en América ; adonde el taram- 
bana de su padre tuvo que emigrar, logró rehabilitar 
su nombre y acabó por hacerse rico. 

Deseoso de que su hijo pudiese con el tiempo mejo- 
rar el cultivo de sus ingenios, le había enviado á la 
Península á que se hiciese ingeniero industrial ; pero 
quizás por aquello de que la cabra siempre tira al 
monte, Tomasito llevaba camino de salirse de la carre- 
tera y echar por trochas y malos pasos. Su padre, que, 
ya enriquecido, no tenia para qué refrenar su ingénita 
prodigalidad, nada escatimaba al estudiante, á quien 
quería como á las niñas de sus ojos, esperando digna 
recompensa á aquel comportamiento suyo. Pero, des- 
graciadamente, el Tomasito salió un epicúreo de pri- 
mera, muy poco dispuesto á hacer cualquier cosa que 
no le viniese bien. Nada aficionado á los libros, ni si- 



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32 NARCISO OLLBR 

quiera se tomó la molestia de averiguar hacia dónde 
cala la escuela ; el primer amigo que hizo en Barcelona 
lo llevó al café de Francia á jugar al billar, su diver- 
sión favorita, y alli consumía la mayor parte del tiem- 
po y del dinero. Obstruida la fuente del sentimiento 
por el hielo de sus doctrinas, no se tomaba la menor 
molestia en cumplir sus sagrados deberes; indiferente 
á todo como nadie, ya con nadie se enfadaba nunca, 
mientras á cualquiera sacaba de quicio con su sonrí- 
sita de máscara griega que ^parecía haberse estereoti- 
pado en su rostro chupado y de color de momia. 

Bien se deja comprender qué mal habían de poder 
compaginarse este temperamento de precoz vejez y los 
hábitos y pensamientos de aquella mariposa atolon- 
drada, toda juventud, toda entusiasmo, toda esponta- 
neidad ; y así es que con mucha frecuencia surgían 
entre ellos graves rifirrafes, de los que salía siempre 
laiBtimado el que más corazón tenía. Tomás hablaba 
de la mujer como de una máquina ; Luís protestaba, 
evocándole con la imprudencia de los pocos años, el 
recuerdo de su madre ; mientras asustado de haberlo 
hecho, miraba á su contrincante, se encontraba con su 
imperturbable risita y que con su encogimiento de 
hombros de sarcástica indiferencia completaba la res- 
puesta. Cuando oía referir las bromas inocentes de 
Luis y las muchachas de la vecindad, le llamaba 
simple y le compadecía. En suma, éste y don Ignacio 
eran los únicos que no tomaban parte en todo aquel 
jaleo. 

Pero como todos los genios están como si dijéramos 
tallados á facetas, y una de las más determinadas de 
Llassada era la de ser, cuando quería, muy decidor, 
como no se tratase de opuestos gustos. Luís, ardien- 
te admirador de todo ingenio, apretaba ai americano 
cuánto podía y le pinchaba para escucharle y aplau- 
dirle. AI fin y al cabo, si Tomás era esclavo de su firial- 



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LA MARIPOSA 



33 



dad de corazón, éralo Luís de la vehemencia de sus 
entusiasmos, y si toda su simpatía dependía de aquel 
generoso derroche de alegría y atolondramiento, los 
efectos de su conducta eran muchas veces tan lastimo- 
sos como los de la de Llassada. Con que bien podían 
dispensarse uno á otro. 




— { Qué sabes tú ? ¿ Qué sabes, si en tu vida te has 
tomado la molestia de tomar nada en serio ?— decia el 
americano cuando oía á Luís combatir sus teorías. 

— Sí, I como tú te has quemado tanto las cejas estu- 
diando! 

—Si no lo he hecho, he pensado más que tú, maese 
Foguillas. 

Con este apodo le motejaba. 

— I Viva la modestia I 

— La modestia es otro de tantos fingimientos que 
sólo á gente chirle puede deslumhrar. Nadie está libre 
de vanidad, muchacho, y todo el mundo estima en más 
su propio valer que el del prójimo. La vanidad abso- 
luta es censurable, porque nadie lo reúne todo ; pero 



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$4 NARCISO OLLBR 

la vanidad relativa, como es la mía creyendo que ten- 
go más mundología que tú, más serenidad de juicio 
que tú, es tan legítima como la tuya cuando crees que 
tienes más sentimiento... 

— I Vaya! ¿Ya volvemos á las filosofías de siempre?— 
acababa por decir Luís.— Vamos, vamos, hoy te acom- 
paño á echar unas carambolas. 

Y como de ordinario tales discusiones surgían á los 
postres, hora de los corolarios de la conversación que 
ha amenizado la comida, levantábanse de la mesa con 
los demás estudiantes y salían juntos, dejando á las 
muchachas y á doña Pepa entretenidas en comentarios 
de sentimiento que resultaban siempre favorables á 
Luís, contrarios al americano. Entretanto el silencioso 
don Ignacio, con la nariz sobre el periódico, los codos 
sobre la mesa, tan tranquilo como si se encontrase 
solo, se enteraba de la política y saboreaba con delicia 
el único puro que se permitía fumar los días de tra- 
bajo. 




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III 




L lunes por la mañana presentóse Toneta 
con puntualidad militar. Desde la primera 
' ojeada le gustó á doña Pepa. Era una mu- 
chacha de unos veinte años, alta, bien 
-- formada, morena arrebolada, de airoso 
andar, serio continente y modesta mirada. Su acen- 
tuado perfil y cierto pliegue vertical en el entrecejo 
que fruncía muy á menudo, daban á su rostro extra- 
ordinaria seriedad, dejando entrever un carácter firme 
y resuelto que cala á maravilla á la majestad total de 
aquella figura escult¿ríca. Hablaba con un orden y una 
claridad sorprendentes en personas de su clase, y su 
voz, acentuadamente acontraltada, llegaba hasta el co- 
razón con especial encanto. Los aficionados á todo lo 
extraordinario hubiesen dicho acaso que había sido 
robada de alguna cuna de blondas. 

Como ya empezaba á sentirse calor, doña Pepa le 
puso el costurero al lado del balcón de su cuarto, co- 
rriendo la cortina listada de azul para templar la luz y 
que corriese el fresco. Sentóse luego al otro lado de 
la mesita y encaminó la conversación á alabar su casa, 
á tranquilizarla con respecto á los estudiantes á quien 
parecía temer la señora Madrona, y que seguramente 



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36 NARC180 0LLBR 

para nada tenían que llegar hasta allí, y á escudriñar, 
al mismo tiempo, el pasado y el presente de la costu- 
rera. Su prolija charla duró cerca de hora y media, y 
en ella salió punto por punto toda la conversación de 
la Rambla. 

—Mire usted— decía Toneta— no debe usted extra- 
ñar nada de lo que le diga la señora Madrona ; me 
quiere como madre, como yo no podré pagarle nunca, 
y bien puede decirse que tiene más cuidado conmigo 
que con sus mismas bijas, quizás porque me ha cono- 
cido más desamparada. ¡Es muy buena, mucho! Y lo 
que más la horroriza es el temor de que podamos caer 
en manos de un mal hombre... Tanto que algunas 
veces nos da risa, porque al oiría cualquiera creería 
que nosotras no tenemos conocimiento para distinguir 
á los buenos de los malos... ¿ Usted sabe lo que me ha 
predicado ayer y hoy ?... c Que no hagas caso á ningún 
estudiante, que no te dejes acompañar por la calle... 
cuidado con decir á nadie dónde vives...» Figúrese us- 
ted ; como si yo fuese alguna gran cosa, para que todo 
el mundo se enamorase de mi, para que todos vayan 
á querer seguirme y venir á verme á casa!... En fin, es 
tanto lo que teme al qué dirán, que estoy segura de 
que si me viese con algún joven ó notase que me pa- 
seaban la calle, como se hace con muchachas muy hon- 
radas, de fijo que me echaba de casa; ¡oh, sí! me echa- 
ba de casa. 

— ^¿Con que tan rigorosa es ? 

— En estas materias, mucho, como no puede usted 
figurarse. Pero la pobre lo hace con la mejor inten- 
ción y debemos respetarlo ; y lo que es yo, me guar- 
daré bien de desobedecerla en este punto ni en otros 
tampoco, aunque sólo fuese por evitarle la pena que 
le causaría. ¡Pobre señora Madrona, después que ha 
hecho tanto por mí I 

—Señora, aquí la buscan á usted— dijo una criada 



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LA MARIPOSA Sg 



asomando la cabeza por entre la entornada puerta. 

Salió la patrona y á poco percibió Toneta estrépito 
de carreras que iban acercándose. Á la criada habiale 
faltado tiempo, en cuanto sintió rebullirse á Luís en su 
cuarto, para ir á participarle que tenían en casa una 
costurera como un serafín y que doña Pepa parecía que- 
rer tenerla allí encerrada bajo un fanal. El estudiante 
pegó un brinco como si hubiese sentido ascuas en las 
plantas de los pies. Una chica desconocida y guapa 
cuando ya estaba casi harto de las del barrio era para 
¿1 un premio de la lotería. 

— ¿ Que la quiere guardar bajo un fanal, dices ? Vete 
y llama á doña Pepa. 

Rogó, pidió, suplicó, puso en juego todas sus arti- 
mañas zalameras, movió á Roma con San Pablo para 
amansar á aquel Cancerbero con bata muy replancha- 
da, á cuadros, y viendo que se le escabullía con el in- 
tento de encerrar bajo siete llaves aquel tesoro, apretó 
á correr tras ella y asiéndola cómicamente por el co- 
gote, entró con la patrona en su cuarto. 

Dejóse doña Pepa caer sobre una silla resoplando ; 
Toneta, al pronto muy sofocada, acabó por tener que 
ocultar la risa con la costura al oír las chistosas ocu- 
rrencias del estudiante que hacían retozar la risa sobre 
el vientre de la buena de la patrona, más colorada que 
un pavo. 

— 1 Pues hombre! Cualquiera diría que soy yo un 
ladrón y usted una reliquia : dice que no he de mirar- 
la á usted, Toneta. Me han dicho que se llama usted 
Toneta... 

—Es verdad. Pero si es que le gusta á usted mirar 
caras feas, bien puede usted mirar la mía. 

—Sí ; yo tengo ese mal gusto— dijo el estudiante con 
acentuada ironía. Y luego encarándose con la patrona: 
— ¿ Ve usted ? ya tengo su permiso ; ya no me hace 
falta alguna el de usted. 



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40 NARCISOOLLBR 

— Hombre i vaya usted á paseo ! — exclamó doña Pepa 
riéndose todavía con un gusto que delataba cómo le 
tenía sorbido el seso la mariposa. 

Luís cogió una silla y allí se quedó charlando buena 
parte de la mañana, para volver por la tarde, ya solo, 
ya en presencia de la patrona. Encontró bonita, muy 
bonita á Toneta,.y ésta quedó prendada de la desen- 
voltura, de la gracia, del corazón del estudiante. No 
se cruzó entre ambos una sola palabra de amor; ha- 
blaron de mil cosas indiferentes y sobre todas ellas 
manifestó Luís un criterio tan original, ingenioso y 
regocijado, que encantó á la costurera casi tanto como 
la forma ligera y franca con que lo vestía. 

Llegó la hora de marcharse, y mientras Toneta se 
ceñía al cuerpo el airoso mantón y hacía sobresalir sus 
diminutas orejas del pañuelo de la cabeza, volviendo 
la espalda á Luís, éste, recorriendo embelesado con 
los ojos el elegante contorno de todo aquel esbelto 
cuerpo, murmuró: 

— i Si quiere usted que la acompañe, Toneta ? 

— I Eso sí que no ! — contestó ésta muy resuelta y en- 
cendida al mismo tiempo. 

«Vaya, pensó; ¡puede que tuviese razón la señora 
Madrona!» Y el corazón le dio un vuelco, como si real- 
mente la hubiesen insultado. 

El estudiante no insistió, y viendo ella que callaba, 
pronto recobró la buena opinión que de él había for- 
mado. Tranquilizada de nuevo y desvanecido el rubor 
de sus mejillas, alargó la mano al estudiante y se des- 
pidió de él modestamente. Ya en el descanso de la 
escalera y hablando con la patrona, le dijo : 

— I Vaya, vaya I Que tiene usted en casa un señorito 
muy divertido. 

—Sí; ya lo ha visto usted, es un diablo que nos está 
haciendo reir todo el día— contestó doña Pepa, repi- 
tiendo luego por vigésima vez : — Hasta el lunes, j eh ? 
I No me olvide usted I 



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LA MARIPOSA 



4» 



Y por el hueco de la oscura escalera se oyó la voz de 
Toneta que, acompañada por el martilleo del zapatero 
del portal, decía : 

— |No tenga usted cuidado, no tenga usted cuidado! 




Toneta atravesó la calle del Hospital y cortando por 
el pasaje de Bernardino, se encaminó hacia la calle de 
Montserrat donde vivía. Andaba procurando evitar con 
continuos quiebros los encontrones de la multitud de 
obreros que á aquella hora de retirada inundaba todo 
aquel barrio, envuelto todavía en las penumbras del cre- 
púsculo. De vez en cuando miraba atrás, temerosa de 
que la siguiera el estudiante. A veces creía descubrir 



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42 NARCISOOLLBR 

SU busto por entre las oleadas de blusas y cabezas que 
se agitaban á su espalda, y parecían espesarse más y 
más en los confínes de su visual. Cuando esto sucedía, 
acortaba el paso, dejaba avanzar la ola en que habia 
fijado la atención, y una vez convencida de que no era 
él, proseguía su camino con mayor rapidez, que afloja- 
ba de nuevo al llegar á las esquinas, temiendo en cada 
una tropezar con el estudiante al revolverla ; pero una 
tras otra fueron desfilando sin el temido encuentro y, 
por fin, hubo de acusarse á sí misma de tonta, por 
haber sospechado siquiera por un momento, que un 
señorito como don Luís pudiese pensar en ella y pu- 
siese tal afán en averiguar dónde vivía. Al cruzar la 
calle Nueva y así meditando, sintió de pronto como si 
le faltase el suelo. Delante del escaparate de un arme- 
ro, en donde se multiplicaba la esplendente luz de 
grandes aparatos de gas, estriándose en el brillo de 
las acicaladas armas, vio á Luís entretenido con una 
desgraciada. La claridad que había en aquella calle y 
sobre todo el raudal de luz que salía de aquel escapa- 
rate, los hacía destacarse con todos sus detalles y no 
habia lugar á duda : era Luis. El primer movimiento 
de Toneta fué apartarse de ellos, echar por la otra 
acera; pero sin querer, desviaron sus pasos y se en- 
contró casi rozando con aquella pareja. Con el rabillo 
del ojo primero, después fijando ya directamente la 
mirada, vio con alegría que también aquella vez se 
había equivocado. Era un desconocido. { Cómo demo- 
nios había podido suponer con tan poca aprensión al 
pobre estudiante I ¡Y cómo era que le confundía con 
tanta gente I ¿ Acaso se parecía á todo eí que llevaba 
levita } ¿ Tan adocenado era que se le pudiese confun- 
dir con cualquiera ? Y otra vez se acusó de tonta y de 
injusta además; porque, seguramente, Luís no le ha- 
bía dado motivos para creerle degradado, y al recons- 
tituir ahora con la imaginación su figura, bien veía 



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LAMARIP08A 4^ 



que era guapo, airoso ¿ inconfuDclible. Asi pensando, 
lleno su espíritu de Luís, llegó á casa y más de una 
vez hubo de morderse la lengua para no explicar á las 
hijas de la señora Madrona el conocimiento que había 
hecho aquel día. Luego se metió en la cama y soñó con 
el estudiante. 



^" 



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IV 



UEDÓ8E Toneta el día siguiente trabajando 
en casa. Levantóse tempranito, se lavó y 
peinó , enfadándose varias veces contra la 
rebeldía de un mechón de pelo y, una vez 
aviado su cuartito, abrió de par en par el 
balcón, para sacar al sol al jilguero. Tendió 
la vista maquinalmente á lo largo de la calle 
de Montserrat y su prolongación por la de 
Guardia, las cuales se veian á vuelo de pájaro desde 
aquellas alturas, como se ve un desfiladero desde la 
cumbre de una montaña. Pasaban por ellas carros y 
obreros que iban al trabajo; los mismos, quizás, que de 
él venían la víspera, cuando Toneta volvía á casa tan 
pensativa. La claridad de aquella hora, casi crepuscular 
en la parte más honda de la calle, le reprodujo la pasada 
escena volviendo á ver, con cierto gozo, la imagen de 
Luís á quien tan lastimosamente confundiera. Apo- 
yada en la barandilla, destacándose entre el poético 
marco que formaban al balcón las enramadas bal- 
saminas y correhuelas que crecían en dos cajones, 
cuajados además de pensamientos y fragantes violetas, 
pasó buen rato con la imaginación abstraída, perdida 
la mirada, inconsciente de la propia existencia, hasta 
qpe la señora Madrona la hizo volver en sí, sobresal- 
tada. 



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46 NARCISOOLLER 

Se entró entonces, despidió á aquella buena mujer 
y á sus hijas que se iban á trabajar, y arrimando ella 
al balcón la máquina de coser y poniéndose al lado el 
cesto de la costura, empezó la cuotidiana tarea. Contra 
lo acostumbrado, aquel día se le eternizaban las horas, 
contadas, desmenuzadas, por el cric-cric de la aguja. 
Durante su transcurso, se le encogió y ensanchó el co- 
razón con tanta facilidad y frecuencia como el de una 
histérica ; los mismos recuerdos, idénticos objetos se 
le presentaban, ya alegres, ya tristísimos. Pensaba en 
los padres que le arrebató la muerte, en su orfandad, 
y una lágrima traidora nublábale los ojos ; mas, de 
pronto, cual si algún desengaño cruel le hiciese envi- 
diar aquel otro mundo mejor, decía para sí: «¡dichosos 
ellos I» Luego interrumpía la costura y echando una 
mirada en torno suyo exclamaba alegremente : 

«¿Pero de qué me quejo, también ? ¿qué más puede 
desear una pobre huérfana como yo? Esto es un rincón- 
cito de cielo ; tengo flores, mi jilguero, la máquina que 
al ñn he podido acabar de pagarla, mi camita de hie- 
rro con un buen colchón y un jergón pomposo, mi có- 
moda... Verdad es que el espejo me ha parecido hoy 
muy turbio ; pero voy á comprarme otro más claro. 
I Luego este balconcito con un sol tan hermoso, este 
balcón que es un coche parado 1 1 Pues apenas veo cielo 
y azoteas I... ¿Hay nada tan divertido como la vista 
que desde aqui tengo? Aquellos señores aficionados á 
las flores que suben á regar sus tiestos, de bata y 
gorro; aquellas criadas que tendiendo ó estirando 
ropa, la dejan en el suelo de repente y se agarran y se 
desgreñan con las de la azotea vecina ó se insultan á 
grito herido ó desgañitándose con las que se asoman 
por las ventanas del patio; aquellos oficialitos que 
juegan al escondite con las bailarinas del número 4 ; 
aquel jovencito picarón que se pasa las horas muertas 
al lado de aquella muchacha con el libro en la mano 



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LA MABJPOSA ^9 



comiéndose los dos con los ojos ; aquellos palomeros... 
Apostaría á que es estudiante ese muchacho. Tiene 
un aire, asi, de picardía, como Luís... ¡Pobre Luís, 
qué calumnia le levanté ayer!... vaya, y ¿por qué ha- 
bré soñado esta noche que se ahogaba ? | Qué angustia 
me daba el ver que no se agarraba á mis brazos, ni á 
la cuerda que le había echado 1 | Mire usted qué he ido 
yo á soñar!... Yo que nunca me he embarcado, encon- 
trarme metida en un barco y viendo que me seguía 
nadando desesperado Luís. ¡ Qué afán, qué pena tan 
grande, cuando lo veía que se iba quedando entre el 
tumulto de las olas I...» 

Y al llegar á este punto dio un suspiro muy hondo, 
al mismo tiempo que envolvía de nuevo su pensa- 
miento densa niebla, y abocada sobre la máquina, con 
los dedos casi pegados á la aguja, vela desenvolverse 
el lienzo cual blanca nube que se evapora, al otro lado 
de la mesita. Éxtasis extraño en que desaparecía el 
mundo que la rodeaba; latíale descompasado el cora- 
zón, la razón permanecía adormecida y el alma se le 
anegaba en un abismo de amarga dulzura en el cual 
se mecía displicente el sentimiento. El pié que impul- 
saba la máquina fué aflojando el movimiento, incons- 
cientemente, el volante dio vueltas con creciente len- 
titud, y la aguja adormeciéndose á su vez pespunteó 
primero á saltos, luego con blanda caída, hasta que 
todo paró en la máquina, como si la hubiese embar- 
gado el mismo éxtasis. Toneta quedó buen rato con la 
cabeza sostenida sobre la mano izquierda, con la vista 
perdida en la azul inmensidad del cielo por donde se 
deslizaban buruUones de espuma transparentes y lle- 
nos de luz, como encendidas bocanadas de humo. 

De pronto la conmovió cierto sacudimiento miste- 
rioso y volvió á su tarea con mayores alientos; pero 
los éxtasis, las cavilaciones, los recuerdos tristes y las 
reflexiones dulces, fueron enseñoreándose de su ser. 



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5o NARCISO OLLER 

unos tras otros, durante el día entero, intercalados 
siempre con una pregunta á que ella misma no con- 
testaba y que vibraba en su cerebro como la frase 
caprichosa que salpica las sonatas de Beethoven. «|E1 
lunes ! ^ Cuándo llegará el lunes ? ¿ Cuándo será lunes ?• 

Al cenar, sus amigas la Sión y Angelita observaron 
que estaba más distraída que de costumbre. Á lo me- 
jor, con el codo encima de la mesa, la mejilla sobre la 
mano, quedaba un rato con la vista fija en el bruñido 
reflector de la lámpara de petróleo colgada en la pared 
y permanecía indiferente, sorda á la conversación que 
animaba la cena. 

— Oye, muchacha; ¿tienes hoy la cabeza á las once? 
¿ Quieres ensalada ó no?— decíale la Sión, sacudién- 
dole cariñosamente el brazo. 

— I Es verdad I ¿ En qué estás pensando, mujer ?— 
añadían á dúo la señora Madrona y Angelita. 

Toneta se ruborizaba como si le hubiesen sorpren- 
dido un sentimiento oculto, reía afectadamente, decía 
que lo que tenía era sueño, y procuraba espabilarse 
comiendo muy deprisa, para caer de nuevo, á poco, 
en nueva abstracción. 

Apurada se hubiese visto si hubiera tratado de ex- 
plicarse lo que tenía: en resumen, nada. La cabeza 
como hueca y dentro de ella resonando aquel bullicio 
resuelto siempre en la misma cantilena: «lunes, ¿cuan- 
do será lunes?» 

Por otra parte, inquietábala' el afán de referir ocu- 
rrencias y chistes de Luís, y si no lo hacía era por 
miedo al rigor de Madrona, siempre suspicaz. 

Fiando en la Sión, muchacha reservada y discreta, 
más que en Angelita á quien alguna vez había tenido 
que motejar de lengua larga, aprovechó un momento en 
que se quedaron solas en el balcón, después de cenar, 
para esplayarse. Mañosamente llevó la conversación 
á dar en la calle de Roig, y aunque habló refrenan- 



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LA MARIPOSA 



5l 



do el Ímpetu de sus entusiasmos más tiernamente ex- 
presivos, sin ser más exaltados, bajo la influencia de 
la poesía de la luna y de la soledad de la calle, se sintió 
al retirarse á su cuarto, con el corazón más libre y 
desabogado. 




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|G^OR uno de esos caprichos que ofrece la vida con 
^A-^ más frecuencia de la que logran ver los espíri- 
tus poco observadores, Miguel Castellfort, joven tran- 
quilo, reflexivo, melancólico, apartado del mundo y 
entregado al trabajo en cuerpo y alma, se había ena- 
morado de una mujer que era un torbellino, toda ex- 
presión, siempre alegre y decidora, exponiéndose á 
veces á dar qué hablar por la afición á lucir su inago- 
table ingenio, bien que su reputación estaba bien ci- 
mentada por la formalidad de su carácter, por su con- 
ducta irreprochable y su bondad á toda prueba. 

Hija de un patriota, metido siempre en conspiracio- 
nes y motines, tuvo que seguir, siendo niña, la azarosa 
vida de su padre, quien ya huia á Francia por atajos 
y montañas, ya buscaba hospitalidad en Italia, ya se 
refugiaba en Inglaterra, pasando á cada momento por 
esos trances del político militante, que tan pronto lo 
elevan hasta la mesa de los reyes, como lo humillan 
hasta los mugrientos manteles de los restaurants á seis 
cuartos. Creciendo en medio de este vaivén de la 



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NA RCISO OLLBR 



suerte á la desgracia, de la desgracia á la suerte, si 
Merceditas habia podido fortalecer su espíritu como 
pocas, también había aprendido á no dar al mundo 
más importancia de la que debe tener, para quien está 
en el secreto de los hilos que le hacen bailar, y por 
ende, se había acostumbrado á cierta independencia, 
profesaba una indiferencia hacia todo aquello que no 
fuese verdaderamente fundamental, que ciertamente 
debía sorprender á cuantos no la conocieran á fondo. 

Su padre, viejo ya y harto de aventuras, tras haber 
corrido tanto mundo, había vuelto á su patria á esperar 
tranquilamente la muerte entre sus dos hijas que, 
huérfanas de madre, habían tenido que acompañarle 
siempre. Bien se deja entender que quien tan agitada 
vida habia llevado, había de encontrarse á la vejez sin 
dinero, y más si se tiene en cuenta que aquel patriota 
no había sido un patriotero ó busca-vidas^ sino un hom- 
bre lleno de buenos deseos y de tan desaforada imagi- 
nación, como es preciso para jugarse la existencia á 
cada paso, para traer la libertad á España. Así es que 
aquella trinidad vivía con angustiosa modestia, cuando 
la casualidad la puso en contacto con el mayorazgiiillo 
de Castellfort, casi un potentado, disfrazado de simple 
fabricante. Mercedes y Miguel se gustaron, acaso en 
virtud de la ley del contraste, que tiene secreto imán 
para realizar sorprendentes armonías, quizás porque 
entrambos padecían misantropía aunque de contraria 
naturaleza; tal vez, en fin, porque á los dos unía un 
mismo sentimiento de caridad, un amor igualmente 
exaltado hacia todo lo bueno y todo lo grande. 

Sí ; porque aquel joven tímido y reservado por ex- 
celencia, era entusiasta y lo era de verdad ; sólo que 
sus entusiasmos eran íntimos, no salían del sagrario de 
su corazón, cual si hubiese temido profanarlos expo- 
niéndolos á descompuesta acogida del público, quien 
grita y gesticula, las más de las veces, antes movido 



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LA MARIPOSA 



55 



por la vanidad ó la moda, que por el fuego sagrado de 
uo sentimiento sincero. 

Preciso es conocer algo de su historia de niño para 
comprender bien esa fase recóndita de Miguel. Es ne- 
cesario saber que con la libertad que le concedía su 
padre todas las noches, para que diese el conveniente 
esparcimiento al espíritu, fatigado por el trabajo del 







día, nunca se acercaba á los teatros, sino cuando se 
presentaban en ellos espectáculos extraordinarios, ar- 
tistas de justa nombradla. Entonces, con la cabeza 
baja, la mano derecha sobre el pecho por entre la 
abrochada levita y los gemelos en el bolsillo, empren- 
día el camino, saboreando ya de antemano las delicias 
que le aguardaban y ocultándolo por eso mismo de tal 
modo, que cualquiera hubiese creído que iba á vebr 
á un enfermo. Metíase en el teatro, se hacia un rebuño 
en la butaca ó se confundía entre el público; y en el 
seno de aquel recogimiento, lloraba de gozo ó se des- 



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56 NARCISO OLLBR 



hacia en aplausos, entregado en cuerpo y alma al es- 
pectáculo, sin que se le viese hacer otro movimiento 
que algún gesto de contrariedad si por desgracia le 
tocaba soportar algún vecino hablador ó insustancial. 
Eran aquellas sus horas de supremo goce, los mejores 
momentos de su vida, sobre todo cuando el artista era 
una artista, fuese del género que fuese. 

En tal caso, había que ver cómo aquella imagina- 
ción, tan fría en apariencia, se enardecía hasta el punto 
de llegar á confundir la emoción estética con la admi- 
ración personal ; á convertir el entusiasmo de especta- 
dor en una especie de amor platónico hacia la mujer 
que le había conmovido, fingiendo afectos pura y sim- 
plemente artísticos. Cuando esto le ocurria, no tarda- 
ba en filtrarse como una sombra por entre los bastido- 
res, sólo para ver de cerca á aquella diva, sin atreverse 
nunca á hablarle, envidiando, aborreciendo, celoso, á 
los osados que profanaban su camerino, que verdade- 
ramente era para él sagrado camarin; esperando luego, 
amparado por las tinieblas, su salida del teatro, para 
correr disimuladamente tras del coche y ver dónde 
posaba aquella señora de sus pensamientos; espiando al 
otro día todas las entradas y salidas del hotel y miran- 
do con amor cuanto le traía algún recuerdo de ella, 
hasta á aquellas mismas partes de la compañía á quie- 
nes suponía estrechamente unidas á ella. Y todo esto 
lo hacía Miguel sin comunicarlo á nadie, sin dejar su 
aspecto triste é indiferente, saboreando con religiosa 
discreción las más dulces y candorosas fruiciones. 

En una sola ocasión, y gracias á los buenos oficios de 
un amigo, se atrevió á entrar á saludar á una de aque- 
llas estrellas, quien por lunática manía del público no 
había caído en gracia á los barceloneses. Dióle la com- 
pasión toda la valentía que la admiración le embarga- 
ba. La actriz se quejó amargamente de la frialdad del 
público, manifestándose muy abatida, desconfiada en 



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LA MARIPOSA 



SU genio, desesperanzada de los éxitos que iba á bus- 
car á los Estados-Unidos. Salió Miguel tan contristado, 
excitado y afligido de la entrevista, que en cuanto llegó 
á su casa escribió con mano febril la siguiente epístola: 

cNo se llega ¿ las cimas del arte, sino por una senda 
sembrada de abrojos. La belleza sólo es uno de los ca- 
racteres de la verdad, estrella siempre oscurecida por 
los velos de la duda, que la humanidad perseguirá 
eternamente, con el mayor anhelo, para reconquistar 
la felicidad que perdieron sus primeros padres en el 
Paraíso. 

» Jesús quiso predicar el bien, que es o^ro de los ca- 
racteres de la verdad y crucificado murió. Apenas ha 
existido descubridor alguno que haya podido coger el 
lauro de gloria que de hecho le pertenecía, y, en con- 
secuencia, que haya sido feliz. 

•Eternamente estarán en pugna él saber con la ig- 
norancia, el sentimiento con la insensibilidad, y de 
nada sirve que el sabio y el artista se duelan del trato 
que les da el vulgo. Nacer artista ó sabio vale tanto 
como nacer desventurado. 

»E1 genio inventor, el sentimiento creador son privi- 
legios que avasallan, y el vasallo aborrece siempre al 
señor, por noble y grande que éste sea.' Al fin y al cabo 
el vasallo no hace más que obedecer á la voz del orgu- 
llo humano, que las muchedumbres confunden con la 
dignidad. 

nEs preciso, pues, armarse de voluntad y resigna- 
ción para sostener esa lucha de titanes y no escuchar 
otra voz que la del sentimiento de la misión que viene 
uno á cumplir en la tierra. 

•Hablar de desengaños é ingratitudes viene á ser lo 
mismo que decir : — no soy superior, debo figurar entre 
el vulgo que es victima de continuas sorpresas. -r- Para 
el hombre, para la mujer que vale lo que V. no hay 
desengaños, ni la ingratitud puede venirles de nuevas; 



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58 NARCISO OLLBR 

más debe sorprenderles encontrar llano y abierto ese 
camino que todos los grandes atravesaron, llorando 
amargamente. 

>Con la conciencia, pues, del propio valer, con el 
santo orgullo de la superioridad que revela mayor pa- 
rentesco con Dios, el artista y el sabio deben cubrir 
con flores los abrojos que ha puesto á su paso la hu- 
manidad para que ésta, seducida por su aroma, se 
lance por ese camino y con el grave peso de sus pies 
se clave en ellos las espinas que con tan mala fe ha es- 
parcido. Tiene V. en sus manos el castigo. 
. HA América, pues, y no hay que desmayar. Mucha 
dignidad, los ojos fijos siempre en el arte, sin bajarlos 
jamás hasta las debilidades del vulgo, como no sea para 
compadecerle, y adelante sin temor. 

»lQue el público de Barcelona no ha sabido compren- 
der á V.l No, no diga V. eso. Ha sido una parte, una 
parte sola de él. Hay otra que siempre le consagrará 
su recuerdo entusiasta, cuyo corazón palpitará siem- 
pre, al volver á verla tan grande como ahora y con 
mejor suerte. Adiós». 

Volvió á leer esta carta al día siguiente de escrita, y 
encontrándola inocente y pretenciosa no la echó al co- 
rreo ; pero el solo hecho de haberla escrito revela so- 
bradamente qué corazón tenía Miguel y deja compren- 
der mejor aquella elección que todos los que le cono- 
clan extrañaban. Era que encontraba en Mercedes, con 
su naturaleza de artista, la misma seducción, el mismo 
encanto. 

No obstante su amor, aquellas apariencias de que 
hemos hablado, que trascendían hasta al traje, en 
abierta divergencia con la moda corriente, un tanto 
extravagante, Heno de resabios traídos de Inglaterra 
que si caían perfectamente á su rubia cabeza, á su 
cuerpo alto y delgado, al modo de llevar los brazos, 
siempre caídos y en movimiento de péndulo, desento- 



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LAMARIPOSA Sg 



naban no poco con el gusto corriente en su país ; esas 
apariencias, decimos, que Miguel no podía corregir, 
le retrajeron mucho tiempo de casarse, temeroso de 
disgustar á su padre y de que éste compartiese la opi- 
nión que de aquella original muchacha tenían muchos. 
Pero, muerto el viejo Castellfort, casóse Miguel, lleván- 
dose loco de alegría á Mercedes á su casa, á la que, 
desierta hasta entonces, llevó ella muy luego la alegría, 
como ruiseñor que anida en una gruta. 

Estaba la casa de los Castellfort situada en la calle 
de la Puertaferrisa. Tenia cinco pisos, cuatro balcones 
por piso, toda la fachada estucada, tiendas en los bajos 
y anchurosa entrada. En el portal se hallaba, á la iz- 
quierda, la escalera para la vecindad, de ingreso no 
muy claro, y más adentro un patio cuadrado, estuca- 
do también, con cuatro balcones de antepecho por piso, 
y del cual arrancaba la escalera del piso principal, toda 
de mármol de Carrara, hasta el pié de una puerta de 
caoba y bruñidos bronces. En el fondo del patio se halla- 
ba el escritorio y almacén, que tenían comunicación in- 
terior con el cuarto principal, y cancela de cristales con 
reja al jardín; recibían ademas luz zenital de la azotea, 
por claraboyas de cristales raspados. La morada de los 
Castellfort respiraba comodidades y bienestar; pero la 
completa carencia de buen gusto en el mobiliario y las 
mezquinas proporciones de las piezas principales, de 
la azotea y del jardín, que debían servirle de desahogo, 
daban á la habitación toda un aspecto muy determina- 
do de menestralía. 

— Ya sabes que mi pobre padre, absorbido por los 
negocios, no pensaba en lujos ni en adornos — decía 
Miguel á su mujer. — Yo deseo que amuebles la casa 
á tu gusto. Tienes, pues, carta blanca para hacerlo. 

— ¿ Cuánto destinabas para ello? — interrumpió Mer- 
cedes sonriendo. 

— Tres, cuatro ó cinco mil duros.... 



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6o NARCISO OLLBR 

— Bueno; emplearemos mil para lavarles la cara á 
nuestras habitaciones.... y dame otro tanto.... para los 
pobres. 

— ¿Cómo ? i Vas á fundar algún hospital ?— exclamó 
él sonriendo. 

— No te preocupes de eso; acaso no me duren un año. 
Pero puedes desde luego añadir al presupuesto de gastos 
igual partida anual, bajo la inscripción de «Egoísmo ». 

Miguel no comprendía. Mercedes leyendo las dudas 
en su rostro, se le colgó al cuello y le dijo muy bajito: 

— Quiero que los pobres bendigan siempre esta unión. 

Un beso Heno de ternura selló su frente. 

— Pero ¿y las habitaciones de respeto para las per- 
sonas de cumplido ? — preguntó el enamorado esposo. 

— Oh I la gente de cumplido hará subir al lacayo á 
quien recibirá nuestro criado, y tomándole la tarjeta 
dirá que no estamos en casa. Las visitas reciben la 
noticia con alegría.... e tutti conienii, tutti. ¿No te pa- 
rece ?... En cambio nuestras habitaciones de confianza 
estarán á disposición de los amigos. 

— jAh, MercedesI ¡Eres mi media naranja! — excla- 
mó Miguel. 
Y.... 

— ¡Es su media naranja! — decía con envidia, y toda 
pensativa Toneta, después de haber conocido á Luís, 
al salir de aquella casa en donde había sorprendido 
por indiscretas rendijas á los esposos en coloquios de 
luna de miel. — | Qué dulce, qué hermoso debe ser el 
quererse!... |Ay! ¿Cuándo llegará el lunes? 




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VI 



I fLEGÓ por ñn aquel lunes tan ansiado por Toneta. 
^^^ La aurora, como diría algún retórico, descorrió 
con sus rosados dedos la cortina de la noche. El día 
nació claro, sereno como la frente de un ángel, llenos 
los espacios de una brisa tan sonora, que hacía sopor- 
tables hasta los estrépitos de los carros cargados de 
hierro. Á Toneta se le antojaba que hacía un sol de día 
del Corpus, que las auras traían perfumes de flores, 
que todo lo que la rodeaba, menos aquel rebelde me- 
chón de pelo y aquel espejo empañado, todo respondía 
á la armonía universal que resonaba en su corazón. 

Antes de marcharse, dio un abrazo muy apretado á 
las hijas de la señora Madrona rebosando alegría su 
corazón. Bajó las escaleras, aturdida como un pájaro, y 
en ocho minutos llegó á la calle de Roig. 

En todos los balcones ondeaban las cortinas, bo- 
rrando en las fachadas el carácter severo de la piedra, 
cubriéndolas de una como escama leve, ligera, con que 
jugueteara la brisa. El empedrado estaba regado y 



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6a NARCISO OLLBR 

limpio; alegraban el espacio trinos de pájaros. El 
corazón de Toneta latía con mayor apresuramiento á 
medida que iba acercándose á la casa de huéspedes ; 
en sus ojos brillaba una alegría candorosa y TiTisima 
al mismo tiempo. Pero de pronto, al pisar el umbral, 
sintió algo como temblor, que la priTÓ de subir con se- 
renidad la escalera. 

Delante de la puerta del cuarto permaneció un rato 
sin llamar, con objeto de reponerse; y creyendo oir en- 
tre los rumores de adentro la toz de Luis, se ruborizó 
y volvió á sujetarse sobre el pecho, con el imperdible, 
el mantón que ya se había soltado. 

— I Qué acalorada viene usted I— dijo la pupilera al 
abrirle la puerta. 

— Es que he venido algo de prisa. Creí que llegaría 
tarde— contestó la joven con el imperdible entre los 
dientes y la voz temblorosa. 

— I Tarde 1 No, hija; si acaban de dar las siete en ca- 
sa de Erasmo. 

Y así diciendo, doña Pepa hizo pasar á la costurera 
á la salita del primer día, la instaló al lado del mismo 
balcón, poniéndole el costurero y el cesto de la ropa 
delante y apretando las cintas que sujetaban al balcón 
la cortina, arrollada y batida por la brisa, como vela de 
barco, se marchó, cerrando la puerta tras sí. 

Cuando Toneta se vio sola, le dio pereza de trabajar, 
cayéronsele las manos encima de la pieza que tenía 
sobre la falda y con una hebra de hilo entre los dien- 
tes, paseó displicente la mirada por la habitación, mo- 
viendo la cabeza de uno á otro extremo, como un pa- 
jarito, á cada rumor que desde el otro lado de la puerta 
llegaba hasta ella. 

Aquella sala estaba amueblada con una sillería de 
asiento acolchado, cubierto con las consabidas fundas 
de dudoso color; un velador de mármol en el centro, cu- 
bierto de papeles empolvados y una cómoda de caoba; 



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LA MARIPOSA 63 

todo perteneciente al gusto indefinible que, hasta hace 
unos cinco años, cultivaron los tapiceros catalanes con 
ensañamiento. Colgaba de las paredes, cubiertas de un 
papel listado, una colección de litografías iluminadas 
que representaban las aventuras de Malek-Adhel, y en- 
cubría el desarreglo de la alcoba, tibia aún, una gran 
vidriera con cortinillas de percalina roja. Por encima 
de las sillas se veían piezas de vestir de doña Pepa y 
el espejo de la consola reproducía el quinqué de pe- 
tróleo de pié de alabastro y pantalla de dibujo dorado 
sobre fondo verde, acompañado de dos candeleros y 
un joyero de vidrio plateado, que á su vez retrataban 
en miniatura los papelotes, cepillos y demás chismes 
esparcidos sobre el mármol. 

Toneta comparaba todo aquello con el atalaje de su 
nidito y lo encontraba muy superior. Lo miraba como 
una semi-propiedad de Luis y aparecía á sus ojos co- 
mo envuelto en cierta aureola, que inspiraba cariño y 
daba á los objetos todos una distinción de que positi- 
vamente carecían. 

Al fijarse en el espejo, no pudo ya contenerse : dejó 
su asiento, y de puntillas, fué á mirarse y alisarse el 
pelo, á establecer la posible euritmia entre todos los 
elementos de su atavío. 

El miedo á que la sorprendiesen no le dejó emplear 
más tiempo en aquella operación. Ella misma no sabía 
explicarse cómo se iba volviendo tan presumida y des- 
contentadiza de su belleza. 

— I En fin I ¿ Qué le hemos de hacer ? ¡ Es cosa que no 
se compra I — acabó por decirse. 

Y volvió á coger la costura, empezó á trabajar, sin 
quitar oido á lo que ocurría por allá afuera, sintiendo 
sobresaltos á cada chirrido que producía la puerta, al 
andar la gente por adentro, ó por las corrientes de aire 
que nK>vian las otras al abrirse. 

—i Ahora viene l^murmuraban sus labios, mientras 



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NARCISO OLLBR 



bajaba hipócritamente la Tista sobre la costura. Pero 
pronto se desvanecía la ilusión y pasaba el tiempo, in- 
terminable, y Luís, cuyo nombre no se atrevía á pro- 
nunciar Toneta, no parecía. 

i Qué había sacado de madrugar tanto, de haberse 
atosigado de aquella suerte, para presentarse tempra- 
nito en la casa, si él correspondía con aquella indife- 
rencia ¿ su precipitación ? cSerá que está durmiendo 
todavía», pensaba Toneta ; y con la generosidad de la 
mujer enamorada, añadía: cQue duerma, el pobre ; se 
habrá acostado tarde.» 

Pero era el caso que en el comedor, pieza que esta- 
ba al lado, cada vez sonaba mayor rebullicio de sillas 
movidas, de cucharillas chocando con cristales, voces 
de hombres, de criadas, de doña Pepa que ya gruñía, 
ya reía, ya regañaba á las muchachas; y la puerta, 
aquella dichosa puerta que un soplo movía, no acaba- 
ba de abrirse para dar paso al avispado estudiante. |0h! 
No espera con mayor anhelo el preso absuelto el dring- 
dring de las llaves que han de devolverle la libertadl 
Y lo peor era que ni una criada, ni doña Pepa, entraban 
para nada allí. Si así hubiera sucedido, quizás á vuel- 
tas de la conversación le hablarían de él, le dirían que 
estaba durmiendo, estudiando, que había salido, que 
estaba enfermo... cualquier cosa; algo, en fín, que pu- 
siese término á aquel deseo, á aquella inquietud que 
la consumían hacía ocho días, al tormento de aquella 
soledad llena de rumores ininteligibles, cuando tan cer- 
ca estaba la causa de su malestar ! Todas aquellas gen- 
tes que á seis pasos se agitaban, podían entrar y salir 
libremente en la habitación de Luís, á quien verían 
indiferentes, y ella que tanto deseaba verle, ella que— 
digámoslo muy bajito— «tanto le quería», había de 
permanecer atada y presa en el tormento de aquella 
silla cuyo asiento le parecía tener espinas. Veníale á la 
memoria la imagen del matrimonio Castellfort, como 



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LA MARIPOSA 65 



ejemplo digno de imitarse y al mismo tiempo parecía- 
le sentir en el corazón misteriosa angustia. 

Asaltóle de pronto una idea. Podía salir allá afuera, 
con excusa de hacer cualquier pregunta á doña Pepa. 
Casualmente tenia entre manos una camisa tan des- 
trozada, que bien valia la pena de consultar sobre la 
compostura que habla que hacerle. 

— i Justo ! I Justo !•— exclamó para sí. 

Y de pronto, ya casi incorporada y toda encendida, 
reflexionó : 

— Mejor será que espere á que se vayan los estudian- 
tes que estoy oyendo en el comedor. 

Y volvió á caer en la silla del tormento, inclinando 
el cuerpo y aplicando el oído hasta que oyó que se ale- 
jaban las voces y resonó la puerta de la escalera al ce- 
rrarse. 

Al abrir la de la salita, atisbo cautelosamente, como 
si fuese á escaparse, á escondidas, hasta que, conven- 
cida del derecho que tenia á moverse, pasó al comedor 
y llamó á doña Pepa. La muchacha que salió de la co- 
cina la acompañó por un pasillo largo hasta encontrar 
á la señora quien, al oir que la llamaban, contestó 
desde el interior de la habitación con la puerta entor- 
nada, que había en el fondo de aquel pasillo, diciendo 
que la esperasen un momento. 

— Es la Toneta que la busca á usted— dijo la mu- 
chacha. 

Y al punto se oyó la voz de Luís que exclamaba des- 
de adentro gritando : 

— ¡ Toneta I | Toneta I ¿ Usted aquí ? Ahora nos vere- 
mos I Todavía estoy en la cama. Se me han pegado las 
sábanas. Entre usted, entre usted y charlaremos un rato. 

-^No haga usted caso á ese tarambana— se precipitó 
á decirle la pupilera. 

—Que si, que sí, Toneta; ya puede usted entrar. 
Aquí dentro mando yo. 



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66 NARCISO OLLBR 

Y Toneta escuchaba cod el corazón henchido de ale- 
gría, la risa en los labios y en los ojos, con la expan- 
sión en sus facciones, trémulas, rebosando el gozo que 
embargaba su alma. 

Doña Pepa se dio prisa á salir para contestar á la 
consulta y evitar que el estudiante hiciese alguna de 
las suyas. 

—Es un bribón— decía medio riendo. — Ahora es- 
taba cepillándole la ropa, porque si no lo hiciese yo se 
la pondría muy tranquilo con polvo de ocho días. 

— ¿ Qué se le va á hacer? | Son jóvenes! 

— ¡ Oh, no I Con los otros no hago yo eso. ¡Pues es- 
taba aviada!... Pero éste yo no sé qué es lo que me ha 
hecho, que me tiene sorbido el seso. Es una calamidad, 
hija, una calamidad I 

Acordado lo de la camisa, volvió Toneta al balcón 
y recobró la tarea, tranquila y alegre por haber oido 
al estudiante. No había sino esperar un poco y pronto 
le tendría delante. Los pájaros seguían trinando por 
el espacio sin punto de reposo; por todas partes se 
oían voces femeniles cantando coplas y valses alegres. 
Toneta no podía permanecer muda en medio de aquel 
coro universal de primavera, cuando tan llena de gozo 
se sentía, y cantó también. 

Por fin allá hacia el medio día, es decir, tres horas, 
tres siglos!., después de haberle oído hablar en su 
cuarto, se abrió la puerta y entró Luis, con el pelo al- 
borotado, sin chaleco, subido el cuello del chaqué, mal 
abrochado sobre el pecho como quien no se ha vestido 
aún. Al oirle entrar, Toneta bajó otra vez la vista sobre 
la costura fingiendo un sobresalto de sorpresa al ver 
interponerse entre la aguja y sus ojos la fina mano de 
Luís que la invitaba á estrechársela sin decir una pa- 
labra. 

— I Ay I iQué susto me ha dado usted !... ¿ Hasta ahora 
no se ha levantado usted de la cama ? — dijo en seguida 



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LA MARIPOSA 



67 



levantando tiernamente los ojos y abandonándole la 
mano, una mano fría. 

— ¿ A qué hora se acostó usted anoche ? 

— A las diez. 

— Pues yo no me he metido en la cama hasta las 
cinco. 

— I Pobrecillo I 

— ¿ No lo cree usted ? 
Pues si, hasta las cinco 
he estado estudiando, 
siempre estudiando... es 
decir siempre que he 
podido echarla á usted 
del pensamiento. 

— I Vaya I ¿ Ya la tene- 
mos? ¡Pobre de mil— 
exclamó Toneta cortan- 
do nerviosamente la he- 
bra de hilo con los dien- 
tes y poniéndose colo- 
rada. 

— i No lo cree usted ? Mire usted que es desgracia la 
mía : ¿ que nadie haya de querer tomarme en serio ? 
les ha dado porque siempre estoy de broma y llegará 
el día en que me muera y seguirán diciendo : no hagan 
ustedes caso, si es una broma! ¡Estoy lucido I Sepa 
usted, ingrata, que desde el lunes pasado no he po- 
dido quitármela á usted de la cabeza ; que he soñado 
con usted, que he andado dando vueltas por esas ca- 
lles con la esperanza de volver á verla ; que me han 
parecido un siglo estos ocho días, y después de todo, 
¿para qué? para que no crea usted nada de lo que le 
digo, estoy seguro I 

Toneta lanzó en una carcajada estridente la duda y 
la alegría que la dominaban. Mentira ó verdad, aque- 
llas palabras la halagaban, llenábanle el corazón. Pero 




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68 NARCISO OLLBR 

siguiendo la conducta de su sexo, creyó que aún no 
era ocasión de abandonar las investígaciones, de dejar 
la indiferencia y la desconfianza, necesarias para abrir 
el sumario á que someten todas las mujeres á sus ena- 
morados, basta que creen alcanzada la prueba plena. 
Escuchaba, recogía todas las palabras, se ñjaba en todas 
las inflexiones de voz, en la dirección de todas las mi- 
radas, cazaba al vuelo la verdad y la mentira, notaba 
y fijaba en su memoria las contradicciones y por medio 
de respuestas intencionadas iba arrancando nuevas 
confesiones y enardeciendo poco á poco al diestro ga- 
lanteador, llevándole más allá del punto á donde él se 
proponía llegar. 

Decimos que él se proponía, porque aquéllo no era 
para Luís sino un juego, una diversión entretenida, 
una escaramuza de amor, de las muchas que se bus- 
caba constantemente. Maestro consumado en ellas, 
tenía táctica propia, que ponía en juego siempre del 
mismo modo. 

Primer día : indiferencia respetuosa y amable. 

Segundo día : declaración, suspiros, quejas por ser 
mal comprendido, aires de tristeza, de aburrimiento 
de la vida. 

Más adelante : completa sumisión, timidez ó atrevi- 
miento, según el carácter y los deseos de la mujer á 
quien ya podía haber conocido. 

A todas horas, siempre, reserva y disimulo delante 
de las gentes. 

Esta conducta discreta y rigurosamente aplicada, le 
había producido excelentes efectos con todas las virtu- 
des que se habla propuesto conquistar, lo que vale 
tanto como decir, con todas las mujeres con quienes 
hasta entonces luchara. Como que todas representa- 
ban la misma comedia que él, y si no cedían á sus pri- 
meras maniobras, sólo era para dar mayor interés y 
duración al juego, pues todas se reían abiertamente de 



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LA MARIPOSA 69 



las trampas que descubrían en él, y ya tenían buen 
cuidado en hacer la vista gorda, para no escamar á 
aquel Ipunto ; como todas, si por acaso presentaban 
diferencias de genio y gustos, reunían, sin embargo, los 
caracteres de homogeneidad comunes á una familia, á 
una casta, nada de extraño tenia que en todas obtu- 
viese un resultado idéntico la misma táctica, mientras 
que en aquella costurerilla que, muy lejos de ser co- 
queta, estaba revestida de la seriedad y la desconfian- 
za que en sí lleva todo amor naciente, debía producir 
el sistema muy diverso efecto. 

Luis se encontraba, pues, en presencia de un alma 
noble, severa, armada con inesperadas resistencias que 
echaban por tierra su proyecto, cual leve castillo de 
naipes, al mismo tiempo que, hiriendo su amor propio, 
despertaban en él todo el interés de una empezada 
lucha. 

Lejos de ella no sentía el reconcomio del amor, casi 
se reía de las peripecias pasadas: pero enfrascado en 
la lucha, se enardecía su sangre joven, embriagábale 
el ansia de la victoria y una delicadeza del pudor ó una 
ingenua reconvención cariñosa le entusiasmaban hasta 
el delirio, le infundían verdadera pasión, arrancábanle 
comprometedoras protestas y juramentos. Cualquiera 
hubiera creído en tales momentos que Luís quería de 
veras, y así era la verdad ; pero solamente quería en 
aquellos momentos. 




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VII 



^RES días hacia ya que no salía de su cuarto Luís 
sino á la caída de la tarde, hora en que se subía 
á la azotea para aprovechar los postreros fulgores del 
sol, estudiando los insípidos capítulos del Golmayo 
que no había mirado en todo el curso. Verdad es que 
para tal estudiante, el curso entero se contenía en un 
mes, el de Mayo, que era el que á la sazón corría. Du- 
rante él se daba buenos atracones de ciencia, estudiaba 
catorce 6 quince horas diarias y, gracias á su privile- 
giada memoria que, ayudada de fácil comprensión y 
de una fuerza de voluntad inquebrantable, hacía mila- 
gros, se presentaba á examen tan bien preparado como 
el más aplicado de sus condiscípulos. Es verdad que 
pasados tres meses ya no se acordaba de nada de lo 
aprendido ; pero había salido con lucimiento del com- 
promiso y, al volver á Ripoll, podía presentar á su ma- 
dre una lista de brillantes notas que hacían enterne- 
cerse á la pobre viuda, después de haber arrancado 
también á doña Pepa alguna lágrima de admiración. 
I Vaya I Aquel chico era una pólvora, un Séneca, que 



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72 NARCISO o LLER 

valía todo el oro del mundo; de fijo que en cuanto aca> 
base la carrera, llegaría á ser lo que le diera la gana. 

Tal era la opinión de muchas gentes y, sobre todo, 
de la buena de la patrona, la que por entonces, al dejar 
á media noche sobre la mesa de Luis un vaso de leche, 
exclamaba así : 

— ¿ Sabe usted, don Luisito, queme.da pena verle es- 
tudiar tanto? Está usted adelgazando que es un dolor; 
y eso no es bueno ; la salud antes que todo. Yo he oído 
decir muchas veces que el demasiado estudiar vuelve 
tísicos á muchos jóvenes... 

— Quienes van á volverme tísico serán usted y la 
Toneta que no quieren decirme dónde vive. 

— Vaya, hombre ; rio sea usted loco. Si querrá usted 
hacerme creer que un señorito como usted va á ena- 
morarse de una pobre costurera... y huérfana de pa- 
dre y madre por añadidura. 

— ¿ Qué dice usted? j Huérfana I ¡ Pobre muchacha I 

— ¿ Pues no lo sabia usted ? 

— No ; pues no le faltaba más que eso para acabar de 
robarme el corazón. 

La patrona cogió una silla y se sentó enfrente de 
Luis como mujer rendida de cansancio, mientras re- 
moviendo la leche en la copa con la cucharilla, seguía 
el estudiante hablando de este modo : 

— Doña Pepa, ya usted me conoce y sabe cuan ena- 
moradizo soy ; tengo demasiado blando el corazón, lo 
conozco. Pues bien, créalo usted, lo que me pasa con 
Toneta nunca me ha sucedido con ninguna otra mu- 
chacha; empecé por broma y al segundo día de verla 
ha logrado hacerme tomar la cosa en serio, de tal modo, 
que el lunes, antes de que se marchase, ya me sentía 
dominado y transformado; le decía que la quería con 
voz trémula, porque me palpitaba de prisa el corazón 
y me salían las palabras impregnadas de sentimiento, 
miedosas, tímidas como lo son las del amor verdadero. 



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LA MARIPOSA 73 



— I Buen pájaro está usted I | Y qué farsante I | Pobre 
chica si le llega á hacer caso! En bien de ella, por el 
bien de usted mismo, y para evitarle remordimientos 
que de fijo tendría, con el tiempo, voy á decirle á la 
Toneta que no vuelva á poner los pies en casa ; no, no 
vendrá más á coser. 

—Pero me dirá usted dónde vive... 

— Yo me guardaré bien ; y además aunque quisiera 
no podría porque no lo sé. 

—Eso es lo que me está usted diciendo hace ya dos 
días ; pero ya sabe usted que á mi no me la da. 

Y el estudiante sin soltar el bollo que tenia entre los 
labios, cómicamente, se arrodilló á los pies de la pa- 
trona, y con voz melodramática exclamó : 

—Ángel caído del cielo, divinidad, prenda del cora- 
zón, señora de mis.... de mis pensamientos, yo os pido 
á vuestros pies rendido que me digáis.... j dónde vive, 
en dónde vive mi dulce amor? 

— Vaya, calamidad del mundo, no me haga reir más 
— dijo la patrona apartándose con la silla y poniéndose 
en pié como movida por un resorte. 

— i Ah I Con que no me lo quiere usted decir, eh ? — 
prosiguió el estudiante levantándose al mismo tiempo 
y fingiendo ponerse serio. — Corriente : estoy resuelto 
á saberlo sin esperar al lunes, cuando sin hacer caso 
de su prohibición podría seguirla y averiguarlo, no ; 
estoy resuelto á saberlo ahora, ahora mismito. Ó me 
lo dice usted ó hago una que sea sonada. Verá usted : 
llamo á los compañeros que aún no se han acostado; 
la cogemos á usted entre todos y la damos masculillo; 
la paseamos en vilo por toda la casa, con cerillas en- 
cendidas en procesión, cantando el gori-gori para que 
lo vean todas las criadas, para que se entere toda la 
vecindad, toda la calle. 

— iSería usted capaz!...— dijo aterrada la patrona. 

—¿Yo? I yo soy capaz de todo ! 



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74 NARCISO OLLIR 

— Meóos de una mala acción como esa. 

—Fuera bromas, doña Pepa. Hace días que no puedo 
estudiar una palabra; tengo á Toneta clavada en el 
pensamiento, necesito verla; no juego con ella como 
he jugado con otras, no; estoy verdaderamente enamo- 
rado. I Vaya I Dígame usted dónde vive. 

— I Le juro y rejuro que no lo sé, hombre de Dios 1 
Vino á casa por recomendación y conducto de una des- 
conocida que encontré en la plazuela, que se me acer- 
có, me preguntó si necesitaba costurera, le dije que si 
y me la envió á casa, para ver si me convenia. 

—Pues entonces, ¿cómo ha sabido usted que es 
huérfana ? 

—Porque me lo dijo ella misma. 

— No me engañe usted, señora.... porque entonces, 
Hamo ¿ los compañeros y va usted á andar por el aire 
como un pelele. 

—Es tan cierto lo que le digo como esa luz que nos 
alumbra. ^ 

—Esa luz hace muy mala cara.... 

—Vaya, don Luisito, palabra de honor.... 

—¡Veamos I ¿Qué es lo que entiende usted por 
honor?... 

— Le repito como si estuviese delante del confesor, 
que no lo sé. Tenga usted formalidad alguna vez, hom- 
bre ; luego se quejará usted de que nunca se le crea en 
nada. 

—Bueno; paso por eso, con la condición de que 
usted.... fijese usted bien.... de que usted hará todo lo 
que pueda para averiguar las señas de Toneta ; por 
supuesto, sin perjuicio de que ahora me va á dar usted 
palabra de no deshacerse de ella, como ahora poco me 
dijo se proponía. 

— Corriente ; pero, en cambio, prométame usted que 
no abusará de la inocencia, de la bondad, de la candi- 
dez de esa muchacha. 



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LA MARIPOSA 



— Usted me falta, señora doña Josefa. 

—Nada de eso. Quiero decir que no me enamore á 
esa pobre paloma.... con marrullerías como lasque 
usted sabe; pronto cae una niña así.... 

—Palabra de que no la obligaré á que me quiera. 

— ¿De que no le echará chicoleos, de que no le hará 
comiquerías ? 

— ¿De que no la requebraré ? Pida usted al sol que 
no caliente, j De que no haré comiquerías ? Palabra, 
palabra y palabra : ya tiene usted tres á falta de una. 
i Las quiere usted por escrito ? 

— Vaya, bueno. Pues yo le prometo á usted que no 
la despediré. 

Luís se bebió de un trago el vaso de leche, y enju- 
gándose el bigote con el pañuelo en dos movimientos 
encontrados, añadió : 

— Pues, buenas noches, doña Pepa; que todavía 
tengo que aprenderme la disciplina vigente sobre el nom- 
bramiento de coadjutores. 

— ¡Ave María Purísima! Qué desatinos les hacen 
aprender en esa Universidad 1... 

Y Luís, al alejarse la patrona, oyó que al compás del 
leve traqueteo del plato y la copa resonaba confusa por 
el oscuro pasillo la palabra conconjugadores. 




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VIII 




las ocho de la mañana del lunes 
siguiente, sentada otra vez To- 
neta en el consabido balcón de 
' ' la casa de huéspedes, ya tenia 
á su lado al estudiante, quien 
cabizbajo é inclinado el cuerpo 
sobre el velador, desmenuzan- 
do maquinalmente con las tije- 
ras un trozo de cinta, le juraba y perjuraba que sentía 
por ella una atracción profunda, irresistible. 

—Pues entonces, coja usted los libros y vayase á 
estudiar — dijo Toneta procurando dar á su voz toda 
la tranquilidad posible. 

— Eso quiere decir que.... 

— Quiere decir, que si es cierto lo que usted está di- 
ciendo, debe usted seguir mi consejo, porque.... ni yo 
puedo picar tan alto, ni usted mirar tan bajo. 

— El amor no tiene categorías, Toneta. 

— I Pobre de mí si creyese eso! 

— I Cómo I i Usted cree que es imposible?... 

— Hablemos de otra cosa, si á usted le parece. 

— I A usted le han hablado mal de mf ! 

— Nada de eso. Fuera de esta casa no conozco á nadie 



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78 NARCISO OLLBR 

que pueda hablarme de usted, y los de aqui sabe usted 
muy biea en qué concepto le tienen. 

— Los de aquí no me conocen, Toneta. Para ellos 
soy un tarambana incapaz de tomar nada en serio. 

— No; no lo creen asi. Doña Pepa le tiene á usted 
por un muchacho alegre y algo atolondrado, como es 
natural en la edad de usted ; lo compara á una mari- 
posa, pero al propio tiempo confiesa que le tiene sor- 
bido el seso y esto no puede ser por cosa mala. 

— Pues si me cree tan bueno, ¿ por qué no quiere de- 
cirme dónde vive usted ? 

— Si no creo que lo sepa, ¿ cómo quiere usted que se 
lo diga ? Pero aparte de esto, le repito á usted que no 
trate de averiguarlo, que no piense en seguirme, ni en 
pararme en la calle» ni pasearme la mía, si no quiere 
que deje de mirarle á la cara para siempre. Será una 
aprensión, una terquedad, como usted dice, será lo que 
usted quiera, pero no puede ser otra cosa. Tengo mo- 
tivos muy serios para obrar asi y es preciso que usted 
respete mi resolución. ¿ Qué le cuesta á usted hacerlo? 
i Qué había usted de sacar de no hacerme caso ? 

Y al decir esto, con la aguja bajo la tela y ésta á me- 
dio doblar y tendida, trazó nerviosamente el dobladillo 
de una orilla al hilo cual si se complaciera en hacerle 
al blanco lienzo un largo rasguño ó arañazo. Luís ilus- 
traba con un lápiz la uña de su pulgar y callaba. To- 
neta empezó á hilvanar el dobladillo. En medio de 
aquel silencio subían claros y cercanos todos los rui- 
dos, todo el ajetreo de la calle de Roig, sin alterar 
el recogimiento de aquellos dos seres. En ambos latía 
desaforado el corazón, bullía el pensamiento, engen- 
drando ideas que dejaba escapar una tras otra, cual 
huyen las neblinas á impulsos del viento. 

De pronto, preguntó Luís con voz enérgica : 

—¿Quiere usted una prueba ? 

— ¿ De qué ?— replicó Toneta, trémula. 



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LA MARIPOSA 79 



--Basta de disimulos, Toneta. Yo la amo á usted. 
Usted me quiere. Las grandes felicidades son las más 
temidas... Usted tiene miedo y yo lo tendría, si no sin- 
tiese aquí dentro un fuego que me da fuerzas, que me 
exalta, que me hace hombre, por primera vez en mi vi- 
da ; pero hombre resuelto, firme y valiente para saltar 
por todo, para alcanzarlo todo. 

A Toneta se le puso el rostro como un ascua ; miró 
sorprendida, fijamente, á Luis y de pronto afligida por 
extraño dolor, abandonaron sus manos la costura, para 
apoderarse del pañuelo con el que cubriendo el rostro, 
se apretó con fuerza los labios para sofocar los so- 
llozos. 

—^ Llora usted, Toneta?— dijo el estudiante más 

enardecido cada vez y asiéndola blandamente del brazo. 

La costurera sacudió el codo y levantándose de su 

asiento, entró en la sala, dejándose caer en la silla más 

próxima. 

— Si, Toneta; llore, llore usted; desahógate... ábre- 
me tu pecho... ensancha tu corazón I 

Y con voz suave, melosa, pero balbuciente por la pa- 
sión, anadia con los labios casi en su oído : 

— Yo te amo, te amo con toda mi alma, como tú, sí, 
como tú á mí. { Quieres una prueba ? Pídemela ahora, 
porque el lunes que viene ya no me verás; esta semana 
me marcho. Pídeme, pídeme esa prueba hoy ; el lunes 
ya no podrá ser y tendrás por delante todo un verano 
de dudas, de tormentos. A mí no me sucederá eso; 
porque lo he conocido ya, porque ya lo he leído en tus 
ojos, porque me lo dicen esas lágrimas, porque veo 
que eres un ángel incapaz de fingimiento. Tú, tú, que 
me has visto de broma hasta hoy, quizás dudas toda- 
vía, quizás no te basta el fuego de mis palabras, que 
salen llameando de mi corazón, el ardor de mis manos 
que no podrías soportar ; mira, toca... 

Y posó discretamente el revés de su mano sobre la 



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8o NARCISOOLLBR 

que Toneta tenía contra el rostro, apretando el pañue- 
lo á los ojos. 

—Sí, Toneta, una prueba ; estoy dispuesto á darte 
la que quieras ; pídeme una prueba grande, muy gran- 
de. Todo lo haré. 

Toneta se puso en pié, imponente como una estatua, 
y señalando la puerta, con voz enronquecida, pero re- 
suelta á la vez, exclamó : 

— ¿ Una prueba ? Pues salga usted de aquí ahora 
mismo y no vuelva á entrar en todo el día. 

— I Oh I Eso es demasiado» demasiado... 

—Ni una palabra más — replicó la costurera sin dejar 
su apostura severa é imponente, ni siquiera al recibir 
el beso que, desde la puerta, le disparó el afligido es- 
tudiante, antes de cerrarla con estrépito tras si. 

Luís se metió en su cuarto trastornado, vencido, es- 
clavizado. Se tiró de un brinco sobre la cama y tendi- 
do en ella boca abajo, con la vista ofuscada, con las 
manos apretando la ardorosa frente, permaneció me- 
dia hora, sin poder coordinar sus ideas. 

Por su parte, Toneta, enjugadas las lágrimas y cre- 
yéndose ya repuesta, volvió á sentarse en el balcón y 
recobró la costura para disimular, pues la aguja no 
corría, cálasele de los desmayados dedos, y profunda- 
mente afectado su ánimo por la anterior escena, en 
vano procuraba confortar el corazón y ahogar el senti- 
miento. La retirada de Luís la halagaba y la atemori- 
zaba á la par *, halagábala por cuanto en aquel acto 
vela un sacrificio que era una revelación, una prueba 
evidente de amor ; la asustaba porque pensaba que el 
amor del estudiante no podía acarrearle más que ries- 
gos y disgustos, como ya ella misma le había indicado. 
En dos semanas el sentimiento de simpatía que des- 
pertó la primera entrevista, aguijoneado por la priva- 
ción de un contacto frecuente, exaltado por las ilusiones 
que la imaginación siembra en los temperamentos 



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LA MARIPOSA 8l 

apasionados, inflamado por las dificultades que en 
perspectiva veia levantarse, temerarias y tenaces con- 
tra la unión de dos corazones, que á ella le parecían 
nacidos uno para otro, se convirtió en atormentador 
deseo de volver á ver al estudiante ; el deseo en nece- 
sidad, la necesidad en amor incipiente, pero amor al 
fin. Puesta en tortura noche y dia, sentia á veces su 
corazón el abatimiento de las crisis largas, y entonces, 
recobrando el entendimiento su dominio, le demostra- 
ba la imposibilidad de la soñada unión, acabando por 
hacer brotar de sus labios una irónica sonrisa, que era 
discreta reconvención á sus pasados delirios. Pero en 
pos de la reflexión venía la fantasía ofreciendo armas 
destructoras con las cuales era segura la victoria ; la 
imaginación cercaba de esplendente aureola al ser que- 
rido ; el deseo, con aires de experto, prometía sereni- 
dad y firmeza, para mantenerse en los limites debidos, 
y el corazón, bañándose en agua rosada, volvía á sabo- 
rear con deliquio las fruiciones del amor. Ciertas esce- 
nas sorprendidas entre doña Mercedes y su marido le 
conmovían el alma con cierto dejo de envidia. Harto 
sabía el desequilibrio de fortuna que existía en aquel 
matrimonio, pero por ello mismo se solazaba pensan- 
do lo comunes que son en el mundo tales uniones. 

Cuando en esto pensaba, invadíala una esperanza 
dulce como la luz del alba. 

Pasando por tales trances, había vuelto á la casa de 
huéspedes y esperado la tercera entrevista con el estu- 
diante. Desconfiando todavía de las declaraciones del 
segundo día, engañábase á sí misma suponiendo que 
todo aquello no era otra cosa que un divertido simu- 
lacro en el que nadie peligraba, que los afanes que en 
casa padecía eran simples desvarios de la imaginación, 
que bastaría á desvanecer fácilmente la realidad : Luís 
era demasiado listo para ir á encapricharse con una 
mujer de su humilde clase; y en cuanto á ella, cómo, 



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8a NARCISO OLLSR 

reflexionando con frialdad, había de pensar seriamen- 
te en Luis I ¿ Qué había, pues, que temer ? 

Pero cuando el estudiante se presentó otra vez, ren- 
dido y enamorado; cuando ella vio que se enardecía y 
arrebataba hasta el punto de desafiarla con que le exi- 
giese pruebas heroicas; cuando le pareció oir los acen- 
tos del amor por tanto tiempo esperados con ansia, y 
surgió del fondo de su corazón un relámpago de ex- 
traordinaria alegría, á cuyo fulgor pudo percibir, de 
repente, la sima á que corría desbocada, espantada 
por el peligro, trató de salvarse alejando al estudiante. 
Después que él, debía ella salir, para no volver á poner 
los pies en aquella casa. 

Tal fué el primer intento de Toneta ; pero faltáronle 
fuerzas para ponerlo por obra, ante el temor que la em- 
bargó de despertar sospechas ofensivas para la honra- 
da conducta de Luís y hasta no tardó en sentirse inva- 
dida por cierta compasión hacia él, que se presentaba 
con las apariencias de torturador remordimiento. Al 
ñn y al cabo ¿ qué le había hecho el pobre muchacho 
para quitárselo de delante de aquel modo ?... ¿ Qué 
motivo tenía para dudar de sus intenciones ?...¿ Quién 
podría probarle la absoluta imposibilidad de casarse 
con él, aun teniendo en cuenta la diferencia de posi- 
ción?... ¿No podía unirlos un amor puro, un amor 
grande, un carácter noble y entero como habla sucedi- 
do al matrimonio Castellfort ?... Aun cuando hubiese 
sido una reina ¿ no hubiera estado dispuesta á luchar 
hasta la muerte para conseguir aquella unión ? | Pues 
ya lo creo I Y | que no lo haría I | que no sería capaz 
de trocar un trono y una corona y mucho más por 
aquel amor que la tenia ya dominada I Y por fin, ¿ no 
era una ofensa, una gran injuria para Luís suponerle 
capaz de otros sentimientos, que los que á ella misma 
la animaban ? 

Al llegar á este punto de sus angustiosas reüexio- 



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LA MARIPOSA 



83 



nes, sintió deslizarse sobre las baldosas un papel que 
había entrado, como flecha disparada, por debajo de la 
puerta. 

El corazón Je dio un brinco en el pecho, levantóse al 
punto y recogió el papel. Era una carta. | Oh I maldita 
ignorancia ! ] No sabía leer I 

No conocía más que 
la primera plana de la 
cartilla: las letras ma- 
yúsculas. 

Y á pesar de esto, 
abrió la carta, y exten- 
diéndola ante sus ojos, 
clavábalos en ella re- 
corriendo ansiosa los 
renglones, cual si espe- 
rase recibir milagrosa 
infusión de saber. 

Al pié de aquella ma- 
sa de renglones veía en 
geroglífico más redu- 
cido y fácil la fírma, 
que por extraña in- 
tuición descifraba. Sí, 
aquello era una L, la 
letra con que comienza 
el nombre de Luis, una '^ ~ * 

L que estaba hablando. 

Los trazos esbeltos é inclinados semejábansele dos 
cañas que silbaban heridas por el soplo del viento, pro- 
duciendo un sonido muy parecido al de todo el nom- 
bre Luís, y luego la /, puntiaguda, con el acento que 
pesaba sobre ella y la s final revolando, como cola en- 
roscada por el aire, acababan de darle la clave de aquel 
geroglífico. Oh, sí ; allí decía Luís ; lo hubiera leído 
hasta en las manchas de la luna; no necesitaba la car- 




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84 NARCISO OLLBR 

tilla para entenderlo : Lu... ís, Lu... ís... la misma len- 
gua lo decía, el mismo papel lo había pronunciado al 
pasar por debajo de la puerta. Pero aparte de esto, 
nada ; hileras de festones de negra tinta, retorcidos, 
enrevesados, sutiles, como los puntarajos negros de 
una rapaza, que no supiese aún manejar la aguja. De 
fijo que en ellos había palabras de amor, lágrimas, ju- 
ramentos ; gritos del alma que ella sospechaba, que 
sentía, que zumbaban en su oído. ] Oh maldita igno- 
rancia que hacía un tormento de aquel tesoro I ¡Nada, 
nada más que la firma Lu... ís lograba leer I {Y á 
quién confiar aquel secreto ? ¿ Á quién entregar aquel 
papel sin revelar el amor de su alma ? ¿ Cómo confesar 
al mismo Luís una ignorancia tan vergonzosa, que por 
sí sola podía empequeñecer el objeto amado, de una 
manera deplorable, cruel I | Y cómo vivir sin saber lo 
que aquello decía I ] Acaso la desesperación, el despe- 
cho habrían dictado condiciones que, de no aceptarse, 
producirían un atentado, un suicidio quizás I!... 

Esta idea la hizo levantarse de la silla y arrugando 
el papel entre los dedos, fuera de sí, sin plan ni idea 
acerca de lo que iba á hacer, corrió hacia la puerta, la 
entreabrió y asomando la cabeza, vio allá al extremo 
del pasillo, atisbando desde su cuarto, á Luís en acti- 
tud interrogadora. Toneta se sintió aliviada de un gran 
peso, y con la cabeza y con la mano llamó al señor de 
su albedrío, quien acudió desalado cual golondrina 
que se refugia en el nido. 

La costurera estaba caída en una silla, con los bra- 
zos colgando, su cuello de paloma enarcado al peso de 
la cabeza que descansaba en el respaldo ; una de sus 
manos tenía todavía fuertemente asida la carta ; la otra 
el pañuelo y de sus ojos manaban libremente, surcan- 
do el rostro, torrentes de llanto. 

—Sí, tuya soy. Luís, tuya soy ; ya no puedo luchar 
más, no puedo ya ocultarlo por más tiempo... me fal- 



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LA MARIPOSA 85 



tan las fuerzas. Soy pobre, no me querrás ; mátame, 
hazme pedazos, pero yo te amo, te amo y... 

— Ah, si, sí ; eso es lo que yo quería oir de tus la- 
bios—exclamó Luís, acogiéndole la sedosa cabecita 
en el amoroso nido que formaba su brazo izquierdo 
medio cruzado sobre el corazón. — Sí, Toneta mía, sí; 




— anadia, reproduciendo los conceptos de su carta sin 
sospechar que no había sido leída— yo estaba resuelto 
á cumplir tu cruel mandato ; pero antes de irme y de 
pasar tres meses de tormento y de angustias, quería 
escuchar de tus labios esa confesión consoladora. 

—Oh, no, no te vayas. Luís. Ya es inútil callar, yo 
te quiero, te quiero, no puedo ocultártelo, no puedo 
más... I No te vayas, por Dios I | Qué será de mi pobre 
corazón si le abandonas I 

Y al decir esto, sus labios cayeron involuntariamen- 
te sobre la trémula mano de Luís y los de éste se cla- 
varon en la frente ardorosa de la doncella. Por las ve- 
nas de entrambos circuló como un frío enervador. 



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86 NARCISO OLLER 

—Tengo que irme, por causa de mi madre — dijo el 
estudiante. 

— Tu madre te ha tenido toda la vida... Pero no; vete, 
vete... ¡Dichosa ellal... ¡Dichoso tú que tienes ma- 
dre I 

Toneta bajó la cabeza llorando con mayor descon- 
suelo aún. 

— ¡ Oh I no llores, no llores, que me haces daño — 
exclamó el joven, luchando conmovido por levantarle 
la cabeza. 

— Pues bien — dijo la costurera de pronto y enjugán- 
dose las lágrimas — no me opongo á que te vayas á tu 
casa ; pero ¿ no me pedías una prueba ? Ocho dfas más 
ó menos no han de hacer infeliz á tu madre, si sabes 
encontrar una buena excusa... No te vayas hasta fines 
de la semana que viene ; asi tendremos un día más, el 
lunes podremos volver á vernos. 

Y pronunciaba este ruego con acento de pasión y 
abrazando tiernamente á Luís por la cintura. 

— ¡ Oh I ¡ Vaya una prueba ! ¡ Qué gran sacrificio me 
pides I — exclamó Luis sonriendo y arreglándole el pe- 
lo sobre la frente. — Sí, mujer, concedido... pero no 
creas que con eso te doy prueba alguna ni hago nin- 
gún sacrificio. 

Uniéronse estrechamente sus manos como celebran- 
do el restablecimiento de la calma que comenzaba á 
alborear en sus corazones; y cambiando una larga mi- 
rada llena de pasión, se levantó Toneta y corrió otra 
vez á su tarea para evitar cualquier sorpresa en que 
hasta entonces no había pensado. 



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IX 



1^ HBRE ya de sus exámenes, el jueves escribió Luís 
^i^¿ su madre, relatándole las notas obtenidas menos 
la correspondiente al derecho canónico, de que suponía 
no se examinaría basta fines de la semana entrante, 
por haberse indispuesto casualmente el catedrático. 

«Al día siguiente de los exámenes — añadía — haré las 
pocas visitas de des- 
pedida que usted me 
encarga y al otro 
tendré el gusto de 
emprender el cami- 
no de casa y abra- 
zarla. Este retraso 
imprevisto aumen- 
tará la lista de mis 
gastos, de modo que no alcanzará á cubrirlos el di- 
nero que últimamente me envió usted ; así es que 
si le parece bien, pediré á los señores Jofre, Bellpuig 
y Compañía unos doce duros más, para no dejar pen- 
diente deuda alguna y hacer, mejor provisto, el cami- 




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88 NARCISO OLLSR 

no. Agradeceré á usted mucho me conteste antes del 
lunes.» 
La contestación fué como sigue : 

«En cuanto á los doce duros puedes pedirlos á los 
señores Jofre, Bellpuig y C.«, y mayor cantidad si la 
necesitas, para que no dejes cuentas pendientes, por 
más que yo creía que te hubieran sobrado de los que 
te llevó la Teresona^ pues tiré de largo, contando con 
los imprevistos que siempre aparecen á última hora ; 
pero te recomiendo que tengas juicio porque la cose- 
cha no se presenta nada bien y necesitamos ir con pies 
de plomo; que si no fuese por esto, ya premiarla yo tu 
aplicación á medida de los grandes deseos de tu ma- 
dre, que te bendice y espera con ansia el momento de 
abrazarte. 

María Fortuny^ viuda de Oliveras.» 

Leída la carta, restregóse las manos Luís alegremen- 
te, repasó en su memoria las cuentas que había echa- 
do días atrás y corrió más que aprisa á cobrar no doce 
sino diez y seis duros á casa de los señores Jofre^ Bell- 
puig y C*. Con esto, además del retrato, podría dejar 
á Toneta un pequeño recuerdo , una sortija , por 
ejemplo. 

Bien se lo meriecía la pobre muchacha : | le quería 
tanto I 

— |Me quiere tanto !— repetía interiormente.— Y vea 
usted, cómo ha ido á enamorarse de mí ; ¿ qué le he 
dado ? i qué le he hecho ? | Pobre chica I Si supiese que 
á mí no me dura la furia más que un momento, cuan- 
do la tengo delante, cuando la veo tan triste ó tan exal- 
tada como el otro día t | Oh I entonces sí, late mi cora- 
zón por ella, mi alma se soldaría con la suya. ¡Está tan 
hermosa cqn los ojos bajos 1 | Se pone tan guapa, tan 
majestuosa cuando se enfada I Sería preciso tener un 



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LA MARIPOSA 89 



corazón de roca, para no enamorarse de ella en aque- 
llos momentos. Y mi flaco, que han sido siempre las 
mujeres sentimentales y serias, las que fruncen el ceño 
como un hombre y le retan á uno con el brazo exten- 
dido, á estilo de Norma, y pretenden sujetarnos á sus 
caprichos ! Todo esto lo reúne Toneta. Si fuese yo ca- 
paz de fijarme en alguna mujer, sería en ésta. Lo con- 
fieso, me atrae, me seduce... Pero no quiero jugar con 
ella ; no debo buscarlo ; ella se interesa con toda su 
alma en el juego y es una infeliz, una huérfana... Has- 
ta pudiera suceder que me encaprichase yo también 
con toda formalidad y esto no puede ser; ipues mal 
jaleo se armarla luego en casa I Ya he hecho mal en 
quedarme esta semana más ; pero ¿ quién no se había 
de quedar cuando se lo pedían de aquel modo y en 
aquellos momentos en que estaba yo tan afectado? 
¡Qué hermosa estaba I... | Bah I | Bah I Le daré el retra- 
to, le regalaré la sortija, con esto quedará más con- 
tenta por unos cuantos días y luego desde RipoU ya 
encontraré manera de irla desengañando y curando 
poco á poco por medio de mis cartas. Teniéndola de- 
lante no sabría hacerlo... Luego, también puede ser 
que doña Pepa, que nunca está contenta con la gente 
que la sirve, se canse de la costurera mientras yo esté 
en el pueblo, que la despida y así, cuando vuelva, re- 
sultará que toda esta historia de ahora no habrá sido 
sino un capítulo más de los muchos entretenidos que 
podrían contener mis memorias de estudiante. Y el 
caso es que me duele de veras... una chica que vale 
tanto, que me querría de veras!... 

Y puso fin á sus reflexiones, mordisqueándose el la- 
bio, moviendo la cabeza y dejando vagar por el espacio 
una mirada, con la que parecía despedirse de toda 
una bandada de fugitivos placeres. 

Al bajar los ojos tropezaron con una placa ovalada 
de latón colgada en el quicio de una puerta, y que en 



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90 



NARCISO OLLBR 



letras esmaltadas decia: Jof re, Bellpuig y Comp.*. Dio 
dos pasos más y llegando á una cancela semi-exagonal 
en la que se repetia el letrero grabado sobre grandes 
cristales ovalados, empujó una puerta que al abrirse 
hizo sonar fuertemente un timbre argentino, y se in- 
ternó por el largo y silencioso almacén, en busca de 
su cajero, como él decía. 



'ijnmnntti*! 




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N casa de doña Pepa sólo quedaban 
ya dos estudiantes : Luis y Tomás 
Llassada. Todos los demás, exa- 
minados ya, habían levantado el 
campo y partido á los pueblos res- 
pectivos á pasar las vacaciones con 
la familia. 

Doña Pepa comenzaba á respirar con desabogo, como 
si también hubiese salido de exámenes; y de aquella 
situación en que no hallaba momento de ir á misa y 
visitar á las amigas, pasaba á una temporada de días 
desocupados, espléndidos, que le daban vagar para 
todo, dejándole hasta horas y más horas para dormir, 
aún más de lo que podía desear. 

Para entrar de lleno en tan venturoso estado sólo 
una cosa le faltaba : hacer la última colada, aclarar y 
planchar los grandes fardos de sábanas y mantelería 
que habían ensuciado los estudiantes ya ausentes. 
Pero esta obra se empezaría á otro día, poniendo mano 
las tres mujeres ; ella y las dos criadas, y en todo el 
miércoles quedaría la colada hecha y la casa como 
un oro. 



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92 NARCISO OLLKR 

Bien podía, pues, hoy domingo, aprovechar la tarde, 
como prólogo á su vida de descanso, yéndose con las 
del sastre del principal á pasar unas cuantas horas en 
la torre que tienen en la montaña de Montjuich, cerca 
de Vista-alegre, El señorito don Tomás había salido ya, 
según su costumbre, con rumbo á los billares del café 
de Francia; darla permiso para salir á las dos criadas, 
y si don Luisito quería acompañarla, lo que sí haría, 
por lo que le gustaba enredar con la Sofía, cerrarla la 
casa con la llave de combinación y se irla descansada. 

Dicho y hecho ; las criadas salieron, brincando por 
las escaleras, como chicas que salen de la escuela, con 
los pañuelos revolando sobre sus cabezas, charlando 
como cotorras sin escucharse; y doña Pepa, compuesta 
que estuvo, entró en el cuarto de Luis. No encontrán- 
dole en la habitación, que de una mirada se registraba 
toda, lo buscó en la alcoba donde de fijo debía estar 
tumbado en la cama. Pero tampoco estaba allí : ¿dónde 
demonches se habría metido la mariposa } El balcón es- 
taba abierto de par en par, en el hueco había dos sillas 
y un libro abierto sobre el asiento de una de ellas; 
pero del estudiante, ni un pelo. De pronto se oyó pró- 
xima la voz de Luís, cual la de un fantasma invisible. 
Doña Pepa pasó por entre las sillas, asomó la cara al 
balcón y sorprendió al estudiante imprudentemente 
abalanzado sobre el ángulo de la barandilla con objeto 
de que la Sumpteta, una modistilla vecina, pudiese 
atarle á la punta del bastón un magnífico clavel. La 
patrona tuvo la discreción de retirarse (extraña discre- 
ción, que se explica porque testaban reñidas») y, sin 
salir al balcón, le tiró del faldón del chaqué á Luís. 

—¡Allá voy, allá voy!— dijo Luis.— Me alegro de que 
me haya usted llamado, porque ya empezaba á can- 
sarme esa chica con sus aspavientos. 

— I Si yo no sé cómo es usted, hombre I Usted con 
todas se ha de meter. ¿ Pues no ve usted que esa mo- 



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LA MARIPOSA 93 



cosa es la mujer de más pretensiones de todo el barrio? 
Cuando salen á la calle la hija y la madre, parecen dos 
tarascas, y con más orgullo que don Rodrigo en la 
horca.* 

— Si, sí ; pero la chica tiene quince años. 

— ¡ Quince !... Y más de diez y ocho también. 

— Tiene muy buen palmito, y para pasar un rato... 

— Vamos, vamos, no se emplee usted en cosas tan 
inferiores. Usted que es un muchacho guapo, bien pue- 
de encontrar cosas de más mérito. 

— i Me está usted haciendo el amor, doña Pepa ? 

— I Yo I I Pobre de mi I | Ya estoy mandada retirar ! 
Pero debo decirle la verdad, bien lo sabe usted... Vaya, 
¿ está usted ya listo ? Póngase ese sombrero más la- 
deado, hombre. { Y esa corbata ? Jesús! Venga usted 
acá, hombre, venga usted á que le haga ese lazo como 
Dios manda. |Qué poco presumido es I... [Aja! bien 
estiradito. Ahora sacúdase usted esas botas. No tiene 
usted mala suerte en que, como suele decirse, no ne- 
cesita compostura la catedral. 

Doña Pepa que iba endomingada con su traje de 
lanilla color de ceniza y su cas<ibé de lo mismo, todo 
lleno de rizados y guarniciones de entredoses y sobre- 
puestos ribeteados de negro, un lazo morado, como 
moña de toro, al pecho, con flamante manto de grana- 
dina y encaje, no quería que su acompañante la deslu- 
ciese. Además, no dejaba de temer que le echasen la 
culpa de la dejadez de su huésped. 

Cerraron la puerta entre los dos y bajaron al princi- 
pal de donde salieron á poco, con toda la familia del 
sastre distribuidos en tres grupos. Abría la marcha 
Luis con Sofía y su hermana Mercedes, ambas vesti- 
das de percales claros, brillantes y de corte extrema- 
damente estrecho, un ramito de flores al pecho, en el 
encuentro del pañolillo de ilusión; y una cinta color de 
cereza rodeando el moño y anudada en un lazo sobre 



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94 NARCISO OLLBR 

la cabeza. Seguía después el padre, er señor Vernet, 
vestido de verano, de color de avellana, todo nuevo, 
planchado, sin una arruga, la cabeza derecha, resguar- 
dada por sombrero de paja, un puro en la boca y un 
chiquillo asido de cada mano, uno todavía en faldetas; 
el otro con traje de figurín de primera comunión. Ce- 
rraban la comitiva, pesadas como dos gansos, el cuerpo 
echado atrás, abanicándose valientemente y con los 
codos muy apartados del cuerpo, doña Pepa y la seño- 
ra del sastre. Las muchachas iban riéndose de las ocu- 
rrencias de Luís, removían la cabeza como palomitas, 
zarandeaban el cuerpo, agitaban los abanicos y ha- 
clan desplantes rebuscados, tomando actitudes afec- 
tadas. Los padres y doña Pepa afectaban también 
cierto aire marcial, y era su aspecto el de honrados 
menestrales que se las echan de señorías. Cualquiera 
hubiese dicho que iban derechitos al Parque. La con- 
signa era salir dé la ciudad por la puerta de Santa 
Madrona, con objeto de evitar el polvo todo lo posible, 
y así fueron llegando á las calle.s de Guardia y de 
Montserrat. 

En esta calle, y en el taller del carpintero pasaban 
la tarde, como todos los días de fiesta, jugando á la 
brisca, sentadas en sillas bajas al rededor de un esca- 
bel cubierto con un mantón de lana. Madrona, sus 
hijas y Toneta. Ésta se hallaba sentada de frente á la 
calle, y, poco interesada en el juego, fijaba más la vista 
en ella que en las cartas. De repente un coro de riso- 
tadas, que iba aproximándose, le hirió el oído de un 
modo particular. Entre la confusión de las risas le pa- 
reció distinguir la voz abaritonada de Luís. Puso aten- 
ción, fijó la mirada; sobre la acera bañada por el sol 
avanzaron tres sombras humanas, que entraron al 
sesgo, lamiendo la tienda. Luego aparecieron los tres 
cuerpos que proyectaban aquellas sombras. SI, era 
Luis, con dos muchachas airosas, elegantes (así pare- 



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LAMARIPOSA gS 



cieroQ ¿ Toneta) y al atravesar el hueco de la puerta, 
la voz, I oh sil la voz de Luis que retumbó en la estan- 
cia diciendo : 

— -Sofia, Sofía; no la voy ¿ querer á usted. 

A duras fuerzas pudo Toneta retener en la mano la 
última carta... 

Sus ojos desvariados siguieron mirando á la calle 
por donde continuaba desfilando la comitiva. El sastre 
y los chicos no le llamaron la atención, no los conside- 
ró unidos á los otros ; pero pronto apareció doña Pepa 
á confirmarle que no se había equivocado como aquel 
otro día de la calle Nueva ; era Luís, era Luís. Afortu- 
nadamente, ni el estudiante, ni la patrona habían ad- 
vertido su presencia. 

Tiró la carta sin mirar quién ganaba, y diciendo que 
estaba cansada de jugar, salió al umbral de la puerta 
para seguir á Luís con la vista. El lodazal que al regar 
la acera habla hecho el muchacho del confitero obligó 
á la comitiva ¿ pasar al otro lado de la calle. Mejor que 
mejor: así vería más libremente todos los ademanes 
de Luís y de sus amigas. 

— I Y qué entretenidas van I [Y cómo se ríen y cómo 
las hace reir el grandísimo bribón !— balbuceaba To- 
neta entre dientes, dando nerviosas pataditas; y pare- 
cía comerse con los ojos á aquel terceto, midiendo de 
alto á bajo con la vista á aquellas dos mujeres, grabán- 
dose en el cerebro el contorno de sus figuras, el color 
de sus vestidos, calculando la edad que tendrían, re- 
cogiendo los movimientos intencionados de Luis, para 
descubrir cuál de ellas era la preferida. De repente 
¡ay! ¿qué es lo que hace Luís? ¿Qué hace la más 
alta ? I Ah I I Luís le da el clavel que lleva en el ojal : 
ella le regala en cambio el ramito de flores del pecho I 
Se aproximan las cabezas, se hablan en voz baja. |Ah! 
I Ella, la altona, la Sofía es ! SI, Sofía ha dicho, cuando 
pasaba por aqui... 



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NARCISO OLLBR 



Y Toneta no se daba cuenta de que, arrastrada por 
aquel imán, se babia alejado ya hasta tres casas más 
arriba de la del carpintero. Para ella no había más 
tierra, ni más distancia que las que mediaban entre 
sus ojos 7 Luís; más porción atmosférica que la faja 
visual por donde corría en suspensión una cinta de 
imán invisible. Y á pesar suyo sentíase empujada á 
conservar la distancia, á dar un paso á cada paso que 
ellos daban, como el cuerpo atado sigue al extremo de 
la cuerda. Algunos desocupados la veían desde los 
balcones, espiando, deslizándose de aquel modo á lo 
largo de las paredes, y como por la calle apenas pasaba 
alguien más que ella, se entretenían en contemplarla, 
haciendo suposiciones, forjando historias sobre las 
causas de aquella fascinación que parecían presen- 
ciar. 

— Sí, Sofía se llama — continuaba encelada Tona, 
siempre avanzando calle arriba. — ¡Y parece guapa! 
|Ayl ique vuelven la cabezal... No, no es nada... Le 
habla al señor que lleva á los niños de la mano ; debe 
ser el padre... | Ay Dios mío! Que no se vuelva Luís. 
I Ah ! Ya vuelve á hablar con él. No es guapa : tiene el 
pelo rojo, la nariz respingona, la boca grande. |Me 
parece que va perdida de polvos I... ¡Miren qué aspa- 
vientos va haciendo! ¿ Y eso le puede gustará Luis?... 
\ Sí ; puede que sea rica I 

Y así como de una ojeada había percatado la fisono- 
mía de aquella mujer, de una sola mirada fijándose en 
los trajes de toda aquella gente adivinó en ella la fa- 
milia de un sastre. 

— I Bah !— dijo frunciendo la nariz. No son más que 
artesanos acomodados que van á divertirse. 

Y no supo si alegrarse ó no. 

En aquel momento se perdió la comitiva entre la 
confusa muchedumbre de municipales, agentes de po- 
licía, fosforeros, criadas, marineros y trabajadores que 



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LA MARIPOSA 



97 



obstruían la calle de lado á lado, delante del teatro del 
Circo en donde se representaba por centésima vez De 
Sant Pol al Polo Nort. Cuando Toneta vio de cerca 
todo aquel hormigueo, cayó en la cuenta de lo que 
había ido andando y recobró la conciencia; pensó en 




volver atrás, pero el afán de saber sobre poco más ó 
menos, adonde iba á parar Luís, la hizo seguir ade- 
lante valida de la libertad con que anda sola por las 
calles una obrera. Y penetró luego en el remolino de 
aquel público que gritaba, reía, disparataba y se con- 
centraba en dos masas hirvientes y abigarradas, cada 
vez que llegaba un ómnibus de familia que iba avan- 
zando para descargar amas, criaturas y padres cando- 
rosos. Metida entre aquellos empujones, allí donde la 
luz del día parecía encogerse y el tropel hacía andar 
por fuerza, miraba sin ver nada. No sabía si ellos se 
habían metido en el teatro, en cuyo vestíbulo se veía 
.una enfadosa cola, ó si habrían pasado de largo. Y 



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gS NARCISO OLLBR 

con la inquietud de la duda, rompiendo aquella ma- 
rejada, llegó á la esquina de la Rambla de Santa Ma- 
drona, que escudriñó de punta ¿ punta con la vista. 

El sol doraba la extensa y tostada fachada del cuar- 
tel de Atarazanas y dos buenos tercios de la calle, de- 
jando extendida en toda la acera del otro lado la som- 
bra regada y Iresca que proyectaban sus bajos edificios. 
Por la parte del cuartel no transitaba alma viviente ; 
solamente alguno que otro coche y dos ordenanzas de 
caballería trotaban, haciendo resonar el empedrado, 
en dirección á las ramblas centrales, de las que venía 
un gran trasiego de vida. Poblaban la acera, tapizada 
de sombra, grupos de soldados, mujerzuelas y mari- 
nería extranjera. 

Apartándose de aquella gentuza y encaminándose á 
la puerta de Santa Madrona, aún alcanzó á ver á Luis 
y á su pareja, pero sin dar un paso más, los acompañó, 
con la vista nublada por el llanto, hasta que desapare- 
cieron tras el ángulo de la muralla. Volvió á casa del 
carpintero para avisar que se iba arriba á dar unas pun- 
tadas, y al entrar en su dormitorio, cayó en la silla de 
coser, hecha un mar de lágrimas. Lo que había visto 
en Luís, parecíale una infidelidad imperdonable, sen- 
tía el corazón herido y de su llanto se escapaban rugi- 
dos de celos. 

— I Maldita sea la hora en que le conocí I— exclamaba 
interiormente.— I Malhaya mi flojera de genio que me 
hizo reconciliarme con él cuando ya todo se habla 
acabado I No se burlaría ahora de mi, como.se está 
burlando; yo, yo hubiera sido quien se riese de él, 
poco há, al verle tan embebecido con aquella mosquita 
muerta, chata, figurera y relumbrante, como las Mar- 
colfas de quienes se apartaba. 

|Dio8 me perdone! Oh! no, mañana no me acerco 
allí, no ha de volver á verme ; le voy á dar buen chas- 
co. Si ha esperado una semana, que siga esperando. 



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LA MARIPOSA 99 



¡Puede que no lo haya hecho por mí, sino por la otral 
Y yo, yo, simple de mi, tan mema creyendo que se ha- 
bía quedado para darme una prueba, la única prueba 
de amor que le pedía... |Ahl no, no me la da á mi. 
i Pues qué diría él, si hoy me viese chicoleando á otro, 
regalándole clavelitos y comiéndomele con los ojos?... 
Si no me quiere, si no me ama, ¿ por qué ha venido á 
pegárseme á las faldas y á jurar y llorar y escribirme 
carlitas y darme claveles como á esa misma Sofia ? 
¿ No está eso muy mal hecho ? ¿ No es una maldad, una 
infamia ? ¿ He ido yo á buscarle, ni le he dipho nunca 
que me venga haciendo farsas, ni que me quiera á la 
ftierza? |Ah! jPues si cree que soy yo alguna Sofía, 
qué equivocado está I Ha jugado conmigo una vez, 
pero no jugará mas. Yo soy una pobre, si, muy pobre, 
ni siquiera tengo padres; pero llevo el corazón en la 
mano, tengo mi dignidad y no quiero, no quiero que 
nadie juegue con mis sentimientos. 

Y se levantó, sacó de una cajita muy guardada en la 
cómoda, un clavel ajado, no del todo seco todavía, y 
comenzó á deshojarlo, á hacerlo trizas con encarniza- 
miento, mientras repetía : 

—No, no me llamo Sofía, no soy como esa Sofía; 
conmigo no se juega, se va con formalidad; los rega- 
los que á mí se me hacen, no se les hacen á otras. Eso 
está muy mal, es una burla, un insulto que yo no 
puedo consentir. 

Y recogiendo de la falda con desesperación ios des- 
pojos de la flor, mojados en lágrimas suyas, los es- 
trujó más todavia, y haciendo con ellos una pelotilla 
como si sintiese cierto deleite en prolongar aquel es- 
tallido de dolor, la lanzó á la calle, volviendo á desplo- 
marse en la silla con el desmayo de quien acaba de ha- 
cer un supremo esfuerzo. La ahogaba la exaltación, 
tenía el alma en un hilo y en medio de aquel desfalle- 
cimiento de fuerzas, llegaba hasta ella la vida de la 



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NA RCISO OLLBR 



ciudad levantando sus clamores por fuera y llegando 
allí dentro con sus contrastes, sus ordinarias discor- 
dancias que nunca notamos 
tanto como en medio del sufri- 
miento. Al pié del balcón de 
Toneta, ejecutaba un organillo 
el vals de Las Cien doncellas; la 
campana de Santa Mónica to- 
caba á viático; en desafinado 
coro, voces aguardentosas can- 
taban obscenidades en una ta- 
berna de la vecina calle de 
Trenta-claus; y á lo mejor, el 
organillo quebraba la melodía 
dejando pendiente una fermata 
silbante, para que pasase un 
coche que llenaba de estrépito la desierta calle ó para 
recogerlos cuartos que llovían de algún balcón. 





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XI 



fcj L día siguiente, Toneta no trabajaba en el balcón 
J^"^ de la calle de Roig, sino en una de las habi- 
taciones desocupadas de la casa de huéspedes; una 
pieza interior que recibía luces de un patio, tenía en- 
trada por la antesala y estaba por tanto inmediata á la 
puerta. 

Todas aquellas resoluciones tan firmes y terminan- 
tes adoptadas por la costurera en la exaltación de sus 
celos, habían fenecido antes del alba, después de ha- 
ber consultado con la almohada. Toneta quería de ye- 
ras, y aplacado el acaloramiento que era hijo del 
mismo amor, no se sentía con bastantes fuerzas para 
renunciar por siempre á ver á su amado. Si habla de 
volver á verle, era mejor que fuese en seguida, ya 
para darle una lección merecida y huir de él después, 
haciéndole padecer, para que otra vez no hiciese sufrir á 
otra, ya para perdonarle con las convenientes reservas, 
en caso de que puesta en claro aquella mala pasada^ 
resultase que en aquel paseo y en aquellas flores no 



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lOa NARCISO OLLBR 

había habido malicia alguna. Hablando, se entiende la 
gente y las apariencias á yeces engañan. Cuando una 
reflexiona, recuerda las veces que se ha enfadado in- 
motivadamente, por dejarse guiar por falaces aparien- 
cias; luego bien hubiese querido una deshacer lo 
hecho y no tener que arrepentirse toda la vida. Toneta 
le había besado la mano á Luís, se había dejado besar 
la frente, le había abierto su corazón, confesádole su 
amor y recibido de ¿1 juramentos y declaraciones hon- 
radas que le salían del fondo del alma. Existía pues 
entre ambos un compromiso, que valía la pena de ser 
examinado detenidamente antes de romperlo, con tanto 
mayor motivo, cuanto que de él dependía la felicidad 
ó la desgracia de toda la vida. Ella sabía de sobra cuan 
apasionada era, cuan arrebatada, que tenía el genio 
vivo, que en el breve tiempo de sus relaciones con el 
estudiante, había luchado ya muchas veces con las ma- 
yores vacilaciones de espíritu, sin saber dominarse, 
porque el amor, por un lado, y la conducta de Luís, 
por otro, la vencían. 

— ¡ Vaya, vaya I | No hagamos tonterías !— acabó por 
decirse. 

Y sin haber pegado los ojos, se levantó y volvió al 
nido de sus amores, resuelta empero á dejar bien sen- 
tada su dignidad; y como el enfado y los celos estaban 
aún calientes, no había duda alguna en que lo lo- 
graría. 

Doña Pepa creyó conveniente trasladarla á aquella 
otra habitación ; en primer lugar, porque lejos de las 
distracciones de la calle, podría trabajar mejor; y ade- 
más, porque la dejaba guardando la casa allí, desde 
donde podía estar al cuidado de la puerta. Era día de 
colada, y como Luís y Tomás almorzaban de despedida 
en el restaurant, se veía relevada de guisar para los 
estudiantes; la lumbre sola y alguna ojeada de Toneta 
bastarían para qué se hiciese la comida de las cuatro 



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LA MARIPOSA Io3 



mujeres, y asi, ayudando á las muchachas á aclarar, 
adelantaría mucho más el lavado. 

Sería un dia bien aprovechado, uno de aquellos dias 
afortunados en que todo se combina bien y que tanto 
escasean, por desgracia. 

—Con que en eso quedamos ¿ eh, Toneta ? Me zurci- 
rá usted todas esas medias, me compondrá las cami- 
sas, me cortará aquellos saquitos y dará una ojeada al 
fogón. El arroz ya lo hará la Ramona... A la una me- 
nos cuarto estaremos de vuelta. Cuando se marchen 
los estudiantes, tenga usted mucho cuidado con la 
puerta ¿ eh ? una de las chicas vendrá por el cesto que 
dejamos aquí. Con que, hasta luego. 

Seria cerca de las nueve cuando Toneta oyó resonar 
por el pasillo el taconeo de Luís alejándose hacia el 
cuarto de doña Pepa, para salir á poco, ¿ ir recorriendo 
diversas habitaciones como persona que va en busca 
de algo y no lo encuentra. Por ñn pararon los pasos 
junto al sitio donde estaba ella, se abrió la puerta y 
apareció Luís en traje de calle y con el rostro rebo- 
sando alegría. 

La costurera levantó la cabeza y lo recibió con mu- 
cha seriedad. 

—I Hola ! ¡ Hola ! ( Qué es eso ? ¿ Estás mala ? 

—No, gracias á Dios, ¿ y usted ? 

—{ Cómo usted?... \ Si no hay nadie I — dijo Luís co- 
giendo una silla y sentándose amorosamente muy cer- 
quita de la costurera. 

—Mire usted que me va á quitar de coser. Tenga la 
bondad de apartarse un poco, que me pisa las piezas. 

Luís contestó haciéndole una mueca y meneando la 
cabeza con aire zumbón. 

—No, no, nada de bromas, que estoy de mal talante; 
apártese usted, don Luís... No me toque la costura. No 
sea usted tan largo de manos si no quiere que le pin- 
che con la aguja... | que le pincho I... | Tome usted 1 



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I04 NARCISO OLLER 

Y Luís, todo sorpreDdido, retiró la mano herida y 
empezó á chuparse la sangre que le manaba de un de- 
do, sin dejar de mirar fijamente á Toneta, quien, como 
avergonzada de su acción y más colorada que un pavo, 
no se atrevía á levantar la cabeza. 

Reinó un momento de tan profundo silencio, que se 
oía el tic-tac del reloj que Luís llevaba en el bolsillo. 

— Cuanto más pienso y más cavilo, Toneta, menos 
comprendo lo que estoy viendo. í/s/e¿i— dijo recalcan- 
do la palabra—usted' sabe cuántos juramentos le hice 
la otra tarde ; usted me pidió el retrato que ahora voy 
á recoger... | Ahí Por eso será ; ¿porque salgo de casa, 
porque quizás le han dicho á usted que cómo fuera ? 
I Ay pobrecilla ! No me pongas mala cara por eso, no 
me aborrezcas por tan poca cosa. Mira ; iré y volveré 
á casa del fotógrafo para traerte el retrato... ¡Qué de- 
monio de sangre I ¿ sabes que el pinchazo ha sido de 
veras ?— interrumpió chupando de nuevo. — Y al res- 
ta urant no iré, comeré con vosotras ¿ sí r Era un sim- 
ple compromiso con mi compañero, pero es un amigo 
bastante considerado y nie dispensará. 

Y le dio respetuosamente dos golpecitos en el 
hombro. 

Toneta, impresionada por la vista de aquella sangre, 
sin levantar los ojos de la costura y esquivando con un 
movimiento la caricia de Luís, contestó con voz trému- 
la, que no habla nada de lo que él afectaba presumir, 
que era muy libre de ir á donde quisiera. 

Esta, contestación aumentó la confusión del estu- 
diante. 

— I Pues señor ! Repito que no lo entiendo. Me be 
quedado en Barcelona una semana más para esperar 
este lunes que tanto ha tardado en llegar, y hoy que 
entro aquí con el corazón lleno de alegría, ansioso de 
repetirle á usted que la adoro y de oirle decir á usted 
que me ama, hoy me recibe no ya con frialdad, sino 



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LA MARIPOSA Io5 



hasta con rabia. Aquí hay un misterio que yo con mi 
conciencia muy tranquila, no puedo comprender ; a 
usled, á usted le toca hablar. Hable usted; pregúnteme, 
acúseme ; yo contestaré. Y no digo más ; también yo 
tengo mi dignidad, Toneta, y sabiendo que no he fal- 
tado, nunca me humillaré. Si es que hay personas que 
nos tienen mala voluntad, que inventan cuentos y us- 
ted se aviene á escucharlos, lo siento por usted ; por- 
que yo no he de hacer caso de habladurías, ni admito 
que se entrometa con nosotros gente chismosa y enre- 
dadora. 

— I Si no hay tales entrometimientos, no señor, ni 
chismes, ni enredos de nadie I — dijo Toneta exaltán- 
dose ya y levantando, descompuesta, la voz como una 
mujer ordinaria.— Yo, yo misma lo he visto... Usted, 
como todos los señoritos, cree que las pobres no servi- 
mos más que para burlarse de ellas... 

— I Vaya I Lo del otro día, lo de siempre ; esa sus- 
ceptibilidad apestosa de los pobres, que les hace inferir 
un insulto á cada instante, viendo siempre fantasmas 
á medio dia... 

— Yo no insulto á nadie ; usted, usted es quien me 
insulta viniendo aquí á fingirme amor, á robarme la 
paz del alma, para irse al día siguiente á hacerle los 
mismos juramentos á la Sofía y regalarle claveles... 

Una estrepitosa carcajada de Luis cortó el dis- 
curso. 

— I La Sofía I— exclamó muerto de risa.— ; La Sofía ! 

Y desvanecido de repente todo enfaldo, se abalanzó 
á Toneta, le levantó la cabeza por fuerza, estampó un 
beso en su frente y reteniéndole el rostro hacia sí, 
fijó en sus ojos una mirada de amorosa compasión, 
exclamando : 

— I Tonta, más que tonta ! 

— ¡ Estos, estos lo han visto ¡—replicó con energía 
pero ya más calmada Toneta, señalándose los ojos con 



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106 NARCJ SO OLLBR 

dos dedos abiertos y tiesos como las piernas de un 
compás. 

— I Ah I Tonta, retonta !— repitió el estudiante sin 
dejar de reirse. 

—f Sofía, no la voy á querer ¿ usted»; eso, eso oye- 
ron mis oídos y usted le regaló un clavel... y ella á 
usted un ramito de flores y toda la tarde estuvieron 
ustedes juntitos y mientras yo estaba padeciendo, us- 
tedes vengan risas y más risas... Sí, si, lo mismo que 
se está usted riendo ahora... 

— ¡ Tonta, más que tonta !... Pero no ; habla, habla, 
que ahora te metería yo en una copa de agua como á 
una cereza y de un sorbo te haria entrar en mi cora- 
zón... Tonta, más que tonta, si la Sofía está para ca- 
sarse I... 

—Eso lo dice usted. 

— I Vaya, deja ya ese usted cargante I... Digo la ver- 
dad, lo que es cierto... Y aunque no lo fuese, ten la 
bondad de hacer más favor á mi buen gusto. ¿ No viste 
qué chata es, qué gestera, qué pelo de color de zana- 
horia tiene?... 

—Será rica... 

—Es claro. Hay muchos banqueros que lo son y nun- 
ca se me ha ocurrido enamorarme de ninguno... Vaya, 
vaya. Dejemos esto que me enfada mucho. 

— I Pues ahi verás I Después de todo, si fuese rica, 
seria lo natural. Cada oveja con su pareja. 

Toneta volvía ya á tutearlo sin darse cuenta de 
ello. 

—Pero como yo no miro más que á la cara y al cora* 
zón, una cara de cielo como la tuya, unos ojazos como 
los tuyos, un corazón como el tuyo, grande, simpático 
hasta cuando se enfurruña, cuando me pincha y me 
hace sangre... | El dinero I | el dinero ! | Pues qué ! No 
sé yo ganarlo? ¿Voy a casarme yo con una caja de cau- 
dales ? |Pues vaya un dote que tendrá la tal Sofía, hija 



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LA MARIPOSA I07 



de un pobre sastre de la calle de Roígl... | Ay qué ca- 
becita, qué imaginación más levantisca la tuya ! | Te 
hace falta algún calmante, hija mía, sí, algún calmante! 

Toneta sonrió por primera vez. 

— Bueno, vaya, ¿ quedan hechas las paces, eh ? Ven- 
ga esa manita... vaya, dame la mano, venga acá, no 
me hagas rabiar. Asi... ] buena chica 1 

Y entonces, Toneta, como si le avergonzase dar á 
entender otra vez sus celos, como si temiese hacerlo 
en voz alta, acercó su rostro al del estudiante y le dijo 
en el mismo oído : 

— {Y por qué te reías tanto con esa Sofía ? ¿ Por qué 
ibas tan entretenido con ella ? 

— Porque no podía sospechar ^ue me estuvieses 
viendo y menos que estuviese haciéndote padecer: 
porque, cuando hace falta, yo encima de las brasas ex- 
tiendo siempre una capa de ceniza para mejor guardar 
el rescoldo. 

Toneta le apretó la mano, y luego con hosca mirada 
y apuntando con las tijeras á la nariz del estudiante, 
le dijo : 

—Pero no te enfadarás ¿ eh ? Todavía no te creo del 
todo ; ya averiguaré yo si es verdad que la Sofía está 
comprometida. Ahora vete á buscarme el retrato y al- 
muerza con tu amigo. 

—No ; almorzaré con vosotras. 

— De ningún modo; podría sospechar algo doña Pepa. 

— Pero estaríamos solos toda la mañana... 

Un hálito como de deseo y de temor al mismo tiem- 
po, arreboló el rostro de la joven antes de pronunciar 
una negativa absoluta. 

— Tienes razón, adiós ; dame esa mano... las dos!... 

Y ambos rompieron á reir á dúo, como si nada hu- 
biese pasado entre ellos. 

— ¡ Luís, Luís I — le gritó ella al verle llegar á la 
puerta. 



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I08 NARCISOOLLBR 

— ¿ Qué quieres ? 

—Escucha... más cerquita : ( te duele el dedo ? ^ Me 
perdonas ? — añadió muy arrepentida. 

— Bésame la mano, la mano herida— dijo el estu- 
diante. 

Ella se negaba, pero al fin obedeció. Y una vez satis- 
fecho, salió él con los labios clavados sobre el sitio 
besado, medio vuelto el cuerpo para que lo viese To- 
neta. 

— Psit, psit— volvió á llamar la costurera, haciendo 
entrar otra vez al estudiante.— ¿ Has salido bien en el 
retrato ? 

— Todavía no he visto la prueba; me dijeron que sí. 

— i Qué traje llevabas ? ^ Este } Con la cabeza descu- 
bierta, el pelo rizado, { más alborotado que ahora ? 

— Sí ; ya verás. 

— Es que tengo mucho afán por verlo. Anda por él, 
anda. 

El estudiante dio media vuelta sobre un pié. 

— Pero no, no ; porque de todos modos no volverás 
hasta después del almuerzo { no es verdad } 

—Vendría antes... 

— Ya te he dicho por qué no lo debes hacer. ¿ Qué 
hora es ? 

— Las diez. 

^ Dónde te has retratado ? 

—En casa de Larauza. 

— No sé dónde está. ¿ Es muy lejos ? 

—Al lado del Teatro Principal. 

— ¡Ahí...- dijo distraídamente y con las manos cru- 
zadas sobre la costura, sin dejar de comerse con los 
ojos á Luís. Éste esperaba en pié la terminación del 
interrogatorio. 

Hubo un momento de silencio. Toneta se había 
distraído. Luego, como recobrando el hilo de sus 
ideas : 



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LA MARIPOSA IO9 



— ¿ Tienes alguna otra diligencia que hacer antes de 
ir al restaura nt ? 

— Una Tisita. 

— ¿ Se puede saber á quién ?,.. ¿ siempre será á algu- 
na señorita...? 

—A mosén Antón, un sacerdote que estuvo de Tica- 
rio en Ripoll. 

— ¿ Qué pronto las urdes ? 

— ¿ Ya -volvemos... ? 

— No, no. No quiero entretenerte... Ah, sí; escu- 
cha : ¿ se queda aquí el otro estudiante de quien me 
ha hablado doña Pepa ? 

—No ; saldrá ahora conmigo. 

Los ojos de Luís relampaguearon como alumbrados 
por una idea súbita. Dio dos pasos, como si fuese á 
sentarse, y de pronto retrocedió y salió de la estancia, 
dejando á Toneta por un momento confusa en la inter- 
pretación de aquellos movimientos. 

— I Será que le cuesta mucho trabajo al pobre chicol 
—acabó por decirse. 

La reconciliación la habia dejado no sólo aliviada de 
un gran peso, sino más enamorada que nunca. Aquel 
modo noble y valeroso de abordar la discusión, aquel 
grito de dignidad á que ella contestó con voz desento- 
nada, porque fué cuando se vio más rendida, hicieron 
adquirir al estudiante grandes proporciones á los ojos 
de la altiva costurera. Asi era cómo ella le quería ; no 
le gustaba la sangre de horchata. Además, | qué ma- 
nera tan ligera y compasiva de tomar la acusación, 
cuando supo de qué se trataba I Aquella indiferencia 
con que miró todo lo que se refería á meras suposicio- 
nes 1 Ni preguntó en dónde le habla visto con la Sofía, 
á qué se debió esta casualidad, nada ; todo su empeño 
se redujo á desvanecer el error y devolver la tranqui- 
lidad á su corazón que era lo importante. 

Todo esto lo había visto Toneta con su inmejorable 



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no NARCISO OLLER 

instinto, y al hacer comparaciones con su propia con- 
ducta, cuando le venia á la memoria aquel pinchazo, 
se encontraba pequeña, mezquina, indigna de él, y se 
sentía poseída, á un tiempo mismo, de vergüenza, de 
un gran deseo de realzarse y de borrar á fuerza de 
amor y de ternura la mala impresión que hubiese po- 
dido dejar en el ánimo del estudiante. Su apasionado 
temperamento no admitía las medias tintas ; del mis- 
mo modo que la ponían fuera de si la ofensa ó los ce- 
los, la exaltaba el amor correspondido. Su corazón era 
de esos que con la misma facilidad pasan de las lágri- 
mas á la alegría que del gozo á la pena. El diablo de 
ayer era hoy un ángel, y la que ayer arrojaba, hecho 
trizas, una reliquia del ser aborrecido, hoy tenía que 
contenerse, para no caer arrodillada á los pies del mis- 
mo hombre. 

Transcurrió un buen rato, hasta que sintió en el re- 
cibimiento pasos de dos personas. 

— Ya se marchan — pensó medio entristecida al con- 
siderarse sola. 

Y cuando menos lo esperaba, se encontró otra vez 
con Luís en aquella habitación. 

— I Tú aqui ! — dijo con instintivo sobresalto. 

El estudiante volvió á sentarse á su lado, guardando 
ambos entre si mayor distancia que antes, cual si se 
sintiesen dominados por cierto temor, que hasta aquel 
momento les fuese desconocido. 

— ¿Cómo es que has dejado á tu amigo? — pre- 
guntó en tono de reconvención la costurera, que no- 
taba en el rostro de Luís una expresión por demás 
extraña. 

Sus ojos habían perdido aquella ingenua expresión 
que constituía su principal atractivo ; los tenía como 
encendidos, con la mirada extraviada, vacilante, de 
quien está sosteniendo una lucha interior. Su boca de 
sátiro, entreabierta y contraída por repugnante sen- 



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LA MARIPOSA III 

sualidad. Cierta imperceptible, pero insistente convul- 
sión le bacía temblar los músculos del rostro. 

— I Vaya una pregunta I Ya te lo podías figurar; por 
estar un ratito más contigo, no más que un rato. Ya 
iré después á buscarle. Él tenía que hacer una cosa, y 
yo ya haré mi visita á otra hora... Pero, ¿ qué tienes ? 
Parece que te sepa mal que venga á hacerte compa- 
ñía... 

Toneta, que escuchaba sin levantar la cabeza de la 
costura, mirando de reojo con evidente desconfianza, 
enarcando los hombros como para alejarse todo lo po- 
sible, calló por un breve rato, y al fin dijo con trémula 
voz: 

—Pues sí que lo siento. 

—¿Por qué? ¿Te doy miedo?... Entonces ya me 
marcho— exclamó Luís á punto de levantarse y dando 
marcadas muestras de querer y no querer, que ella 
no vio. 

— Tü me habías prometido el retrato... 

— Que hasta la tarde no te traería y á la tarde lo ten- 
drás — replicó el estudiante con voz más entera, reco- 
brando la serenidad. 

Toneta se atrevió á mirar á su amado otra vez, le 
pareció ver más serenidad en su fisonomía, y comenzó 
á tranquilizarse. Aquella picara imaginación cavilosa 
que Dios le había dado, siempre le estaba haciendo 
ver visiones, como decía Luís. 

Empezó entonces entre los dos una conversación 
larga y amorosa. Más tarde hubiesen tenido testigos; 
era preciso aprovechar la ocasión. 

—Por eso y por nada más es por lo que he querido 
quedarme un rato. Tenemos que convenir en el medio 
que hayamos de emplear para escribirnos este verano. 

Invadió el rostro de Toneta el rubor de la vergüen- 
za, viéndose abocada al peligro de descubrir aquella 
ignorancia, que tanto le había atormentado ya. Estaba 



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112 NARCISO OLLBR 

resuelta á aprender á leer y escribir durante el verano; 
bien valía, pues, la pena de ocultar aquel defecto. Por 
esta razón se negó otra vez á descubrir su domicilio, 
rechazando el plan de Luís. La señora Madrona, su se- 
gunda madre, era capaz de echarla de casa, de matar- 
la, si supiese que escribia á algún hombre. Luis se 
resistía á creer en tanto rigor ; si sus relaciones eran 
lícitas y leales ¿ á qué tales reparos } Además, si no 
quería recibir las cartas directamente, siempre queda- 
ba otro medio : buscar una amiga á quien ¿1 pudiera 
dirigirlas. 

— Tampoco eso. Podría perdérseme alguna por casa, 
un descuido embrollarlo todo y comprometerme. 

—Mujer, una vez leídas, romperlas. 

—I Tus cartas I No podría. 

Luis acercó la silla lleno de orgullo. Toneta comen- 
zaba de nuevo á bañarse en la dulce corriente del amor, 
libre ya de todo disimulo y recelo. La conversación se 
fué animando, las distancias estrechándose y una ter- 
nura enervadora enseñoreándose de los dos amantes. 
Ella se abandonaba inconscientemente hasta acariciar 
con sus sedosos cabellos el rostro de Luís, la costura 
caída en el regazo, sus ojos atentos con adorable ex- 
presión ; él se enardecía profiriendo juramentos, su- 
poniéndose más enamorado que ella, más necesitado 
de aquel carteo, porque la había de echar de menos 
con mayor anhelo, y nublaban su frente encontrados 
afectos delatando aquella lucha íntima, que ya había 
asustado á Toneta. Por fin dieron con un arreglo, con 
una fórmula conciliadora ; el estudiante escribirla á 
doña Pepa, mandándole memorias para la costurera y 
usando alguna broma que ésta habría de tomar por lo 
serio : por su parte, Toneta contestaría á la patrona en 
el mismo tono. De esta suerte la pobre mujer les ser- 
virla de memorialista sin saberlo. Y esta idea les hizo 
reir á los dos y los llevó á hablar de la buena voluntad, 



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LA MARIPOSA Il3 



que al estudiante le tenía aquella excelente mujer. 

— Desde el primer día se lo conocí y por eso tan sólo 
la quiero— dijo candorosamente Toneta. 

Y tras esto expresó las dudas que tenía de que le 
cuidase tan bien como él merecía. { Por qué callarlo ? 
Ella había estado ya pensando cómo le dispondría el 
cuarto, cómo se lo adornaría... iba á decir, «en cuanto 
se casasen,» pero el rubor le hizo trocar la frase por 
un «si yo fuese doña Pepa.» 

Entonces le recordó Luís que nunca había entrado 
en su cuarto y la invitó á hacerlo. Toneta resistió un 
momento, escuchando cierta misteriosa voz del pudor; 
pero al fin cedió, no encontrando ningún mal en ello. 
De todos modos, para lo que ya llevaba trabajado, rato 
más ó menos de holganza, poco se había de conocer. 

Ambos amantes tomaron por el pasillo, agarraditos 
del brazo, después de disputar un momento, para des- 
vanecer los reparos, que otra vez suscitaba el pudor 
de la muchacha. Siempre visiones, siempre fantasmas; 
de todo tenia que decir algo ; parecía que aquel día 
estaba dispuesta á contradecir en todo al estudiante ; 
si estuviesen en un baile, bien le parecería ir del brazo 
con él, y delante de todo el mundo, además I 

Al llegar al cuarto, Toneta se soltó Luis se quedó 

á dos pasos de ella, abrasándola con la mirada, con el 
ánimo oscilante, cual mariposa que huele una flor. 

La primera impresión que produjo en Toneta aque- 
lla habitación, fué desoiadora. Toda ella estaba des- 
compuesta, sin tener siquiera aquel orden reglamen- 
tario de hospedería, aquel aseo, desprovisto de todo 
sentimiento, en que se hace consistir la limpieza y el 
arreglo en tales casas. Toneta hubiera querido ver 
colgado algún retrato de familia, alguna jarrílla de 
flores, alguna relojera bordada, alguna de esas friole- 
ras que están diciendo á gritos: «aquí hay familia, 
aquí el cariño con sus delicados dedos ha dejado amo- 



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114 



NARCISO OLLBR 



roso una sorpresa, un recuerdoi como lo veía en casa 
de los Castellfort, y en otras casas, como se vela en su 
mismo humildísimo nido de huérfana. Pero, nada de 
eso ; media docena justa de sillas desparejadas, una 
mesa que era un desconcierto de papeles, unas corti- 




nas ajadas, desprendidas quién sabe desde cuándo de 
sus viejas abrazaderas, ün sofá descolorido y lleno de 
jorobas, un espejo muy turbio, sobre el cual habían fo- 
tografiado las moscas todo un firmamento; una cómoda 
deslucida cubierta con un tapete de hule, sembrada 
de peines, cepillos, papeles sucios y corbatas viejas; y 
allá en un rincón, agobiado por el montón de libros 
que parecían detenidos en su fuga por la pared, el co- 
fre descansando sobre dos banquetillas bajas, á guisa 
de fúnebre tumbo. 

Mientras examinaba todo esto, plantada en el centro 
de la habitación y sin salir de su dolorosa sorpresa. 
Luís seguía contemplando á su amante, recorriendo 
todo el contorno de su hermoso cuerpo, con los ojos 



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LA MARIPOSA Il5 

echando chispas, fruncida la nariz, todas sus facciones 
de sátiro exageradamente acentuadas y expresando la 
atención de quien espera la voz de ataque. 

La expresión que poco antes había espantado á To- 
neta, se acentuaba más y más, por momentos. | Ahí si 
entonces le hubiese sorprendido de nuevo I Pero no ; 
que abstraída en su amor, en aquel amor puro que la 
embargaba, dolíase interiormente de aquel desaliño, 
inconcebible para ella. 

— I Y dice doña Pepa que le tiene sorbido el seso!... 
I Estas, mujeres no piensan más que en sacarles el di- 
nero I ¡Pobres muchachos I ¡cómo los tienen, cómo los 
engañan I Yo si que le tendría un euartito como un 
oro, bien arregladito... Pues si no lo llega á querer...! 
Ella bien que tiene su gran espejo, sus sillas de tapi- 
cería, su mesa de mármol... 

Y al llegar aquí, sus ojos curíosones se volvieron á 
la alcoba, tropezando al paso con un palanganero de 
hierro encima del encharcado suelo, llena la palangana 
de agua lechosa, la húmeda toballa colgando de retor- 
cido gancho. La cama estaba sin levantar siquiera, 
arrugadas las sábanas y conservando confusa la hue- 
lla del cuerpo del estudiante, como esas piezas de 
moldes en yeso que se ven por el suelo en los obra- 
dores de escultor. Un tufillo tibio, tufillo á Luís, satu- 
raba todavía la estancia. Ni ¿1 ni ella habían aún des- 
pegado los labios; iba Toneta á hablar, mas al volver 
la cabeza sintió en la boca un beso abrasador, y dos 
manos de hierro la asieron por la cintura. 

La infeliz lanzó un grito de espanto. 

—No grites, no grites... | yo te amo I { te amo ! 

—¡Quita, quita, Luís, por Dios I [Vete ó somos per- 
didos I— gritó la desventurada, temblando como la pa« 
loma en las garras del gavilán. 



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XII 




uís, á pesar de la primera difi- 
cultad con que tropezó después 
de la primera carta, para encon- 
trar asunto de qué escribir á 
su patrona, sin enseñar la ore- 
ja, cumplió su palabra durante 
tres semanas; las tres primeras 
semanas de aclimatación á una 
vida de no hacer nada, de no ver 
nada, mientras resonaba aún 
en su corazón el rumor de las últimas aventuras. 

Pero, como sucedía todos los veranos, fueron lle- 
gando algunas familias forasteras á animar la villa de 
Ripoll ; los establecimientos termales de Ribas fueron 
recibiendo agüistas y se empezó á establecer en fin ale- 
gre trato entre los desocupados de una y otra banda. 
Luís hizo pronto relaciones con aquellas aves veranie- 
gas, no tardó en encontrar quien le atendiese entre 
aquellas señoritas forasteras, y hoy yendo de merien- 
da, mañana á San Juan de las Abadesas, el otro á Ri- 
bas, luego emprendiendo una excursión al agreste 



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Il8 NARCISO OLLBR 

Montgrony ó alargándose hasta Nuria, se le fueron 
pasando los días, se olvidó de Barcelona, empezó á 
encontrar pueril el compromiso contraído y quiso po- 
ner fin á aquella correspondencia vulgar ; pues la me- 
moria de Toneta, á la viva luz de las nuevas aventuras 
amorosas con muchachas más ilustradas y de más 
mundo, fué menguando en proporción y colores como 
esas estrellas de los cuadros disolventes que van re- 
tirándose del foco, para ser sustituidas con otro 
juego. 

En esta situación de ánimo se hallaba Luís, cuando 
al volver de un alegre paseo, orillas del Fresser, du- 
rante el cual había jurado amor eterno á una nueva 
conquista, excitado, entre otras cosas, por el rumor 
hirviente de aquel rio que, crispándole ios nervios 
exaltaba su imaginación, encontró encima de su mesa 
una carta de Barcelona que le produjo el efecto de un 
memento impertinente. 

La cogió por una punta, la miró y remiró á una dis- 
tancia despreciativa, sin abrirla, y habríala arrojado 
con desdén, á no sentirse influido por ciertas dudas 
que le sugería la letra. No era de doña Pepa, no, pero 
tampoco de persona desconocida; él conocía aquella 
letra, abierta, juguetona, clara, que había visto mil 
veces, pero que no recordaba de quién fuese. 

Por fin rompió el sobre, se acercó una silla sobre la 
que se sentó de lado, se aproximó la luz y después de 
vista la ñrma leyó lo que sigue : 

Barcelona 7 de Agosto. 

»Querido amigo : 

tSi te encuentras bien donde estás, no te muevas; si 
tienes ganas de marcharte, no vengas á Barcelona. Re- 
para que soy yo quien escribo y tú el que lees. Si 
fuese á la inversa, bien podrías aconsejarme otra cosa 
ó ahorrarte, si no la carta, que siempre recibiría con 



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LA MARIPOSA II9 

gusto, el consejo que difícilmente seguiría. Pero basta 
de preámbulo y vamos al caso. 

» Ayer hubo en esta casa, más triste durante el vera- 
no que un convento, una verdadera marimorena. Ya 
supondrás si me divertiría yo con el jaleo ; «gracias á 
Dios que se rompe un poco esta monotonía abruma- 
dora,! decía para mi, de codos sobre la almohada- 
porqué el escándalo empezó tempranito— aguzando el 
oído y muñéndome de risa. Si estuvieses aquí, con 
ese genio impresionable que Dios te ha dado, ya esta- 
bas fresco. A estas horas ya te hubieran pescado: 
quiero decir que estarías casado y divertido de veras. 
No te asustes ; los fuegos de artificio empiezan siempre 
con bombas de aviso. 

•Figúrate, pues, que se presenta una mujer como un 
castillo, quien, según doña Pepa, es la que le propor- 
cionó á la Toneta, aquella amiguita tuya, á la cual, 
por lo visto, nuestra desconocida hace favores impar- 
tantísimos. Pregunta por ti, le dicen que no estás y 
contesta que ya lo sabía. (Aquí comienza á desentonar 
doña Pepa, manifestándose sorprendida por aquella 
contestación que tenía todo el aspecto de una desver- 
güenza.) La giganta se sienta en la primera silla que 
tiene á mano y allí, con toda comodidad, pero bufando 
deliciosamente, empieza á soltar la lengua contra ti y 
contra nuestra patrona, para venir á decir, en resumen, 
que tú eres un perdido, que has engañado á su ahija- 
da y que doña Pepa es... una... Celestina (permíteme 
este rasgo de erudición literaria en aras de la decencia 
que creo indispensable en este punto). Luego acabó 
con amenazas de ir á buscarte y hacerte casar por 
malas, si por buenas no consigue doña Pepa hacerte 
venir á reparar tu falta según ella dice ; á levantar un 
muerto, ó cosa parecida, como digo yo. 

»i Ay, muchacho 1 | La que se armó en cuanto doña 
Pepa oyó aquello I Oirlo solamente y no presenciarlo 



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lao NARCISO OLLSR 

era una lástima ; no se presentan todos los días espec- 
táculos gratuitos- de esa importancia. Vestíme de pri- 
sa y corriendo y salí con la esperanza de que se aga- 
rrasen y se arrancasen el moño. Pero | oh sorpresa I 
aquel marimacho deja á un lado á la patrona en cuanto 
me Te á mí, y contra mí la emprende, porque habla 
acudido á presenciar la pelea y escuchar lo que decía. 
Excuso decirte que no me moví ; allí permanecí plan- 
tado» con las manos atrás y mi sonrísita en los labios, 
dejándola despotricar, dejándome insultar impertur- 
bable como yo sé ponerme y como requería el saínete^ 
en el que me había brindado yo mismo á tomar parte. 

>En fin, cuando ya ella había apurado todo su reper- 
torio de insultos ¿improperios, tomé yo la palabra con 
la mayor sangre fría y dije : 

•—Usted ha hablado ya ¿no es eso? Ahora me dejará 
usted hablar á mí. ¿ Usted no sabe ló que decía San 
Bernardo ? Que la mujer es órgano del demonio. Por la 
cara quis pone paréceme que no me entiende : quiero 
decir que usted y la Toneta, como mujeres que son 
ustedes, son representantes del demonio y que don 
Luís no ha de hacerles caso. 

»Cierto día, en medio de una de tus exaltaciones me 
suponías incapaz de servirte en un momento de apu- 
ro, á causa de mi pachorra I No lo digo para echarte 
en cara el servicio que creo haberte hecho, sino para 
que veas cómo el mejor sistema es el mío : tomarlo to- 
do con calma. 

» — Es que... — dijo aquella mujer. 

».Poco á poco, poco á poco; yo la he dejado á usted 
llegar hasta el cabo ; bien puede usted escucharme 
ahora ; luego podra emprenderla otra vez hasta que se 
canse. Vamos al caso... ¿ cómo se llama usted í — Ma- 
drona.— Pues bien, señora Madrona, ¿ por qué no ha- 
cen ustedes eso que usted quiere que haga doña Pe- 
pa } Escribir.— Porque no sabemos y no vamos á ser 



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LA MARIPOSA 121 

nosotras las que publiquemos la desgracia de la niña, 
ni...— Basta, basta ; usted lo ha dicho. | La desgracia I 
Quien juega con fuego... y las niñas que juegan una 
vez le toman gusto al juego, y aquí no vamos á creer 
que los burros vuelan ¿ estamos } 

>La mujer, roja de rabia al verse cogida en el garlito, 
quería escapar, coleaba como un pescado en la red. — 
Calma, calma, que no he concluido— seguía yo dicien- 
do con la mayor tranquilidad.— Usted ha supuesto 
imprudentemente, sí, imprudentemente, porque ya 
ha tenido un desliz que no esperaba usted... impru- 
dentemente, repito, que la mocita era incapaz de lo 
que digo. Pues bien, no se deje usted llevar de la ira, 
que es mala consejera ; sea usted razonable como le 
conviene y aún más á esa muchacha. ¿ Tienen ustedes 
pruebas del supuesto atropello } No ; pues entonces no 
traten de ir por malas, porque los tribunales ya cono- 
cen el sistema de hacer cargar con el muerto al último 
que llega y no sentenciarán á don Luís á casarse, sino 
á ustedes como calumniadoras. 

»Volvió á sulfurarse la tal Madroqa y yo, en cuanto 
se calmó, haciendo caso omiso de todos sus desatinos, 
continué así .—Quiero decir que es inútil que doña 
Pepa escriba, inútil que ustedes escriban ó vayan á Ri- 
poli á armar escándalo, ni que piensen en la justicia. 
Si escriben, no vendrá; si ustedes van allá, se gastarán 
el dinero, sin otro resultado que tomar una sofoquina 
y dar un disgusto mayúsculo á una pobre madre, que 
ninguna culpa tiene en lo ocurrido, y quien, entre la 
palabra de su hijo y las de ustedes, no hay que hacerse 
ilusiones, creerá siempre á su hijo. Por fin, si ustedes 
acuden á los tribunales, ya le he dicho lo que les suce- 
derá. ¿ No quiere usted creerme ? Pues busque usted 
á un abogado y verá lo que le dice. 

»Mi impasibilidad, esa impasibilidad tan antipática, 
chico, causó el efecto de un jarro de agua fría : la mu- 



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123 NARCISO OLLBR 

jer empezó á amainar velas y se volvió con el rabo en- 
tre piernas. Dudo mucho que intente cosa alguna, ni 
que promueva escándalos. 

jiAbora tú harás lo que mejor te parezca ; yo, como 
buen amigo, te aconsejaré que no seas bobo; que si de 
los mansos es la gloria de los cielos, no lo es la de la 
tierra, y aquí la pagan siempre. Si tú y la Toneta tro- 
pezasteis, piensa que la mujer que ha tropezado una 
vez cae luego ciento, que la que tiene vergüenza calla, 
que en estos negocios la culpa se reparte por mitades, 
y en fin, que es cosa muy dura cargar con pecados 
ágenos. 

»En sustancia, tu posición es en mi sentir muy des* 
embarazada y por esto te he dicho al principio que el 
consejo que te doy serla para mi, dado mi carácter, de 
todo punto inútil ; pero como tú eres de otra pasta, in- 
sisto en lo dicho : despejada y todo como es tu situa- 
ción, te aconsejo que no vuelvas ; busca un pretexto 
cualquiera para tu madre y vete á Zaragoza ó á Va- 
lencia, por ejemplo. Así irás viendo mundo,- 

»Me temo que toda esta historia te cause algo de de- 
sazón. Muy tonto serás si lo tomas por donde quema; 
la cosa no vale la pena, y en estas materias ya se sabe: 
la mujer es quien debe guardarse ; recuerda si no las 
justicias de Sancho Panza. | Qué gran jurisconsulto ! 
I Lo que sabía aquel mozo, chico I 

» Adiós. Me voy á los billares del café de Francia, 
donde ahora paso más horas que nunca, porque con 
el calor que hace en Barcelona no se puede vivir sino 
en dos sitios : en aquellos subterráneos ó metido en el 
agua ; digo mal, la patrona añade otro : la Catedral, y 
bien podrá ser. 

»Siempre á tus órdenes, tu amigo 

Tomás Uassada,» 

Luís tuvo que apoyarse la frente con las dos manos 



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LA MARIPOSA I»3 



y taparse los ojos ; su cerebro no funcionaba ; su cora- 
zón latía desaforadamente. La sorpresa lo había deja- 
do aturdido.— ¿Qué hago?... — murmuraban sus labios. 
— ¿ Qué hago ? — volvía á preguntar dos, tres y cuatro 
veces. Y sin hallar respuesta, exclamaba de pronto, 
con voz llorosa y airada : 

— I Y este ganso, con qué cinismo me lo escribe! 
¡ Parece imposible I... | Y mi madre I | Cuando lo sepa 
mi madre I | Dios mío ! | Si lo llegase á saber se morirla 
de pena I... Y éste, nada ; tomándolo á broma ! ] Vaya 
una sangre I... ¿ Qué has hecho, Luis, qué has he- 
cho } 

Y cogió otra vez la carta, y pasando sobre el preám- 
bulo, apartando con disgusto los ojos de la descripción 
burlesca que hacía de aquella señora Madrona, buscó 
el pasaje tremendo, aquella acusación espantosa por 
su misma simplicidad y precisión: cque tú eres un per- 
dido que has engañado á su ahijada.» 

— I Oh 1 ¡ no I — exclamó tratando de tranquilizarse á 
si mismo. — I Yo no he engañado á nadie I | El amor, el 
amor ha sido quien á los dos nos engañó I | Pobre To- 
netal 

De los ojos del estudiante empezaron á brotar lágri- 
mas y estuvo un buen rato moviendo la cabeza con 
desesperación sin pronunciar una palabra más, recons- 
truyendo en el secreto de su memoria toda la escena 
de la caída, ansioso de encontrar la clave de su discul- 
pa en cada uno de sus detalles. Una especie de inven- 
cible hormigueo le impedía reposar, detenerse en nin- 
guna idea ; sobre el blanco papel de la carta extendida 
allí, encima de la mesa, se destacaban las letras, aque- 
llas letras claras, abiertas, irónicas, y sus ojos volvían 
á ellas contra su voluntad, irresistiblemente. 

Entonces leían : Luego acabó con amenazas de ir i 
buscarte y hacerte casar por malas, sí por buenas no con- 
sigue doña Pepa hacerte venir i reparar tu falta, se- 



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124 NARCISO OLLBR 

gún ella dicCy i levantar un muerto, 6 cosa pareciday 
como digo yo. 

Esta últíma apreciación le hirió profundamente, 
quedóse por un rato caviloso, se levantó de la silla, y 
paseando arriba y abajo por la sala desacompasada- 
mente, iba diciendo así: 

— ¿ Mi falta ?... No ; en todo caso la de los dos. Yo 
no soy como ¿I, no tengo á Toneta por una perdida ; 
yo la conqzco á fondo y ¿1 no. | Un arrebato, una locu- 
ra, una ceguera, un momento de extravio fué aquello 
para los dos!... SI, pero para los dos por igual; yo no 
tengo la culpa y no voy á dar un disgusto de muerte á 
mi madre con un casamiento imposible. No, no me ca- 
sarán á la fuerza. ] Oh I Yo no puedo sacrificar la vida 
de quien me la dio, de quien tanto me quiere, por re- 
parar un momento de alucinación, de pérdida del jui- 
cio, de la voluntad, de la libertad de albedrio. Lo mis- 
mo que justifica la pureza de ella, esa pureza que yo 
le reconoceré siempre aunque el mundo no lo haga, 
me justifica á mf ... | Oh I y he visto en algún párrafo 
de esa carta la palabra desgracia. 

Y volvió á reconocerla buscando la palabra como á 
defensor elocuente. 

— Sí, aquí está. La Madrona, la misma Madrona fué 
quien la profirió... ¡Oh, sil como dice Tomás, esta es 
la palabra I Un caso fortuito, una calamidad fatal, esa 
es la desgracia, y de ella nadie es culpable, ni puede 
hacerse responsable á nadie. Cada uno de nosotros 
dos, Toneta, cargará con las consecuencias que le co- 
rrespondan, nada más...! Que en ti serán más graves, 
por ser mujer...?¿ Y acaso yo tengo culpa de que lo 
seas? No; está bien claro que no. Luego por esa des- 
proporción fatal, hija de la naturaleza, nadie puede 
condenarme á descargarte á ti, para cargarme á mí 
más de lo que me toca. Tú, que corrías mayor riesgo, 
debiste mirarlo más, huir más de él. 



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LA MARIPOSA ia5 

Y en medio de este sofístico razonamiento que su- 
gería el egoísmo envalentonado, sintióse asaltado por 
un remordimiento terrible. 

— I Un hijo I Oh, no ; nada de esto dice la carta. 

La repasó otra vez con mucho detenimiento desde 
la cruz á la fecha, y al tropezar con una alusión harto 
transparente, su ingenio, aguijoneado por el mismo 
egoísmo, la cubría con un velo para presentarla oscu- 
ra, dudosa, amfíbológica. 

— Oh, no, no dice que sea tal cosa; á lo más deja 
entender que podría suceder. 

Y la misma enormidad del peligro que corría su 
conciencia, le impulsaba á rechazar lejos de sí la ver- 
dad aterradora y le hacía abocarse á^la gran fuente de 
los desesperados, donde la duda toma muy pronto el 
acento del más desenfrenado escepticismo y las ver- 
dades más esplendentes en tiempos normales apare- 
cen densamente entenebrecidas. Su corazón empezaba 
á perdonar el cinismo de Tomás; indudablemente no 
había leído con bastante frialdad aquella carta ; ahora 
un poco más tranquilo su ánimo, libre ya de aquella 
brusca sorpresa, no la encontraba tan cínica ; es ver- 
dad que bien podía haber estado algo menos zumbón, 
dada la seriedad del asunto ; pero después de todo no 
podía negarse que la carta contenía apreciaciones y 
consejos muy dignos de atención, de meditarse con 
calma; bastantes veces le habia demostrado Tomás 
que tenía mucho más • mundo que ¿1, mucha mayor 
serenidad de pensamiento. Y al fin y al cabo ¿ no coin- 
cidían ambos en el punto capital, en lo de no avenirse 
al matrimonio ? 

— |0h, si, Tomás dice bien, he de volver á leer esta 
carta despacio... Mañana. Mañana, que veré las cosas 
con mayor lucidez. 

El bien y el mal, el deber y el egoísmo, contendie- 
ron encarnizadamente en su interior durante toda 



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ia6 



NARCISO OLLBR 



aquella noche sin que quedase decidida la victoria. 
Eran ya las tres de la madrugada y Luis, revolviéndose 
en la cama, seguía repitiendo : 

— Mañana, mañana veré las cosas con mayor luci- 
dez. 




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'^ f\-¿^ 



XIII 



^jj RA el mes de Marzo del año siguiente. 
^^ El primer rayo de sol que se deslizó muy de 
mañana en la humilde alcoba, sorprendió ya una lá- 
grima vergonzante que surcaba el rostro de Toneta. 
La pobre costurera, hundida en su lecho, ajado el 
semblante por la pena, contemplaba con profundo en- 
ternecimiento la angélica cabecita del hijo, á quien es- 
trechaba contra el pecho con indecible amor. Ocho días 
hacia que lo cobijaba en aquella cama sin dejar de mi- 
rarlo un momento. «| Qué hermoso, qué delicado, qué 
tranquilo I Un angelito caído del cielo para colmar de 
felicidad la vida entera de una familia I Y su padre no 
lo veía, no lo había visto aún, no querría verlo nunca 
quizás I I Ah I Si lo viese, de fijo que le daría su nom- 



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128 NARCISO OLLBR 

bre, que no querría separarse de ¿1 ni un instante. El 
corazón más duro no puede menos de ablandarse ante 
la debilidad, ante la mirada dulcísima de la inocencia. 
Luís está muy lejos de tener un corazón de piedra. La 
vergüenza, su familia, el qué dirán son quienes nos 
han robado á tu padre, hijo mió; pero si ¿1 te viese tan 
bonito, tan chiquitín, tan desvalido, con esos deditos 
que no pueden coger un cabello, con esa boquita que 
no puede dar paso á un piñón, con esos ojillos tan es- 
pabilados...!» 

Y al decir esto, nubló el llanto los ojos de la madre, 
estrechó más al niño entre sus brazos y sus labios es- 
tamparon un largo beso en la tierna frente de aquel 
pobre ángel. 

El niño se desazonó un poco, agitó sus piernecillas 
dentro de los pañales, abrió los bracitos como si bus- 
case á alguien, con los puños muy cerrados, y lloró un 
momento ; no más que lo indispensable, para que la 
diligente madre pudiese ponerle en los labios el dulce 
pezón, que daba al niño consuelo y alimento. 

— Ya se ha despertado, ya se desvela nuestro go- 
rrioncillo ?— gritó alegremente la señora Madrona al 
mismo tiempo que entraba en el cuarto. 

— Ya se espabila, ya — contestó la madre enjugándose 
las lágrimas precipitadamente. 

Madrona abrió de par en par las maderas del balcón, 
inundando la estancia de viva claridad y entró en la 
alcoba con una taza de caldo en la mano. 

— i Qué tal? ¿ Se ha dormido bien ? 

—Bien ; ¿y usted, señora Madrona?... ¿Ya me trae 
usted caldo ? ¿ Cómo le pagaré tanta bondad ? 

— ¿ Qué bondad ? ] Siempre me dices lo mismo I ¿ No 
lo harías tú por mí?... Pues entonces... Bien estaría- 
mos en este mundo si no nos ayudásemos los unos á 
los otros I 

Y así diciendo» en pié á la cabecera de la cama, la 



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LA MARIPOSA lag 



corpulenta señora Madrona enfriaba el caldo, á cucha- 
raditas que dejaba caer de alto en dorada cascada en 
miniatura, entre el suave vapor que subia de la escu- 
dilla. 

Toneta, la infortunada Toneta, contemplábala en 
aquel momento con la respetuosa admiración que im- 
pone la verdadera, la pura caridad, y sentíase pequeña 
y desvalida para recompensar un día los afanes que 
por ella había pasado aquella mujer. cPorque— pensa- 
ba volviéndose á mirar á su hijo— tú, hijo de mi alma, 
le debes acaso la vida, y yo... ah, yo la honra ante el 
mundo.» Y el agradecimiento se resolvía en llanto, 
que la pobre Toneta procuraba ocultar restregando 
disimuladamente el rostro contra la húmeda almo- 
hada. 

No se le escapó este movimiento á la señora Madro- 
na, quien, sin dejar de soplar el caldo, la veia con el 
rabo del ojo. Pero como su delicado instinto suplía 
toda la educación que le faltaba, en tales ocasiones di- 
simulaba para no arranpar involuntariamente doloro- 
sas confidencias y solía fingirse más agena que nunca 
á la aflictiva situación que delante de los ojos tenía. 
Así es que dejó pasar el tiempo necesario para que se 
agotasen las lágrimas y dijo de pronto con voz alegre : 

— Vaya, niña, toma el caldo que ya estoy rabiando 
por comerme á besos á ese torrezno. Toma, hija, toma 
y déjame cogerlo. ¡Eh !... ] Cuánta teta I Estarlas ma- 
mando todo el día, tunante I 

Toneta cogió la escudilla con sus dedos afilados y 
pálidos de recién parida y dejó á su hijo en manos de 
la señora Madrona, quien cobijándolo con su delantal 
de lana, se lo comía á besos. En brazos de aquella mu- 
jerona la criatura parecía una muñeca y la madre ma- 
nifestaba con cierto dolor esta impresión, pregun- 
tando : 

—No pesa nada, ¿ verdad, señora Madrona ? 



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1 3o NARCISO OLLBR 



—SI, mujer ; ya va engordando. No tengas apren- 
sión. Si acaba de cumplir ocho días! Chiquitín de ia 
casa, di tú : «sí que peso, si.» 

Y sin querer desmentía sus afirmaciones meneán- 
dolo, levantándolo derechito, como si hiciese equili- 
brios con una pluma que el aire le arrebatase de los 
brazos. 

— i Y las chicas, señora Madrona ? 

— Se han ido ya á trabajar. Como no te sentía, no he 
querido que entrasen y te despertasen. 

— I Cá 1 1 hija I I Qué había de dormir yo I i Ya hacía 
horas que estaba despierta 1 

— I Es clarol ¡Habrás estado cavilando como siempre? 
I Ahí |Si yo pudiese volverte el entendimiento del revés, 
como una media I Las aflicciones, las lágrimas, des- 
ahogan el corazón, lo despejan, es verdad ; pero no 
curan, ni remedian nada. Yo siempre lo he dicho : 
pueden llorar, y aun con bastante trabajo, los ricos 
que tienen quien se lo haga todo ; pero los pobres no 
podemos perder ni los ánimos; hemos de hacernos los 
fuertes y aquí caigo y allá me levanto, adelante siem- 
pre. En la picardía del don Luis no debes pensar más, 
porque te perjudicarías la salud cuando más la necesi- 
tas para criar á este angelito. 

~No, si precisamente no he pensado en lo que otros 
días, ni he llorado... como cree usted. 

— Si ; I cómo que á mí me vas á engañar 1... 

— Estaba pensando en que tendrán ustedes que ade- 
lantar el bautizo porque el niño tiene ya muchos días. 

— I Ya, ya I Hoy hablaré de eso con don Miguel, que 
tiene mucha mano con el señor cura de la parroquia. 
No te apures, que todo se arreglará, el niño está bueno 
y sano, no corre ningún peligro y no nos faltará tiem- 
po para bautizarlo. Casualmente ayer bautizaron al de 
don Miguel; yo esperaba á que se levantase la señora 
para encargarle á ella dar los pasos. 



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LA MARIPOSA l3l 



—No, DO. Ya sabe usted que las señoras no suelen 
salir á misa hasta los cuarenta días. Y bueno es don 
Miguel para dejar que salga doña Mercedes antes de 
lo que debe! 

—Es verdad... pero yo daba largas al asunto. No sé 
por qué, pero me da más miedo tener que explicar al 
señor lo que te ha pasado, que á la señora... 

— Fué un engaño, señora Madrona... 

— I Demasiado lo sé, alma de Dios 1 

—Una seducción ; y eso no deshonra á nadie porque 
todas las infelices mujeres estamos expuestas á ello. 
¿Quién habia de esperarlo de Luis?... 

—Ya, ya, mujer ; demasiado lo sabemos. No te afli- 
jas por eso... 

— ^No tenga usted, pues, reparo: cállese usted mi 
nombre y nada más. 

—SI, hija mía, sí; eso haré y verás cómo todo se 
arregla... 

Y al decir esto, se le escapó á la señora Madrona una 
lágrima sobre la gorrita del bebé á quien calentaba con 
el aliento, mientras la madre ahogaba los sollozos, 
hundido el rostro en la almohada. 

El amargo desconsuelo de Toneta no tenía fín. De 
su mente excitada por el dolor brotaban sin cesar 
ideas desgarradoras que le partían el corazón. Nunca 
había lanzado su alma una queja tan elocuente y tan 
dolorosa, á un tiempo mismo. En pos de las tristes re- 
flexiones que le sugería la infamia de Luís, venían es- 
calonándose impresiones de amargo escepticismo con- 
tra la sociedad que, en adelante, la miraría con malos 
ojos, la rechazaría sin compasión, ni justicia; y luego, 
sin transición alguna, la asaltaba una amarguísima 
reflexión: «|Ahl [Tener que bautizarle sin padre, 
presentar al mundo al hijo de mis entrañas como si 
fuese fruto del vicio, deshonrado como un inclusero!» 
Esta era la nota dominante en aquella dolorosa elegía 



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1 32 NARCISO OLLBR 

que le estaba destrozando el corazón, hacía tanto 
tiempo. Las leyes sociales y el qué dirán, pesaban so- 
bre ella como una losa insoportable y le parecían cien 
Teces más crueles que la misma infamia de que era 
víctima. Y, después de todo, el torcedor de los desen- 
gaños se sufre con ánimo tranquilo ; pero el rubor de 
la vergüenza remueve todo el ser, nos arroja al rincón 
más oscuro, nos destierra de entre nuestros semejan- 
tes, y nos ofrece como único refugio, una soledad po- 
blada de remordimientos y enconados recuerdos, que 
la despojan del carácter consolador de toda soledad 
verdadera. Su vida iba á ser un infierno, tanto más 
cruel cuanto que en él se hundía desde el nacer aquel 
hijito suyo, inocente é irresponsable. | Ah! |Y cuando 
el pobrecillo llegase á tener uso de razón, cómo se le 
encendería también el rostro I Y entonces | qué atroz 
tormento para ella en sus miradas I | Cómo la recon- 
vendría desde el fondo de su corazón ! Y al lado de 
todo esto, I la pobreza, la miseria, el hambre quizás I 
I Oh I I Qué cuadro tan desconsolador, tan terrible le 
presentaba la imaginación, esa lunática compañera 
que así necesitamos unas veces para gozar, como se 
ceba otras en hacernos padecer I 

La señora Madrona, que, sin dejar de mecer al niño, 
percibía desde la salita el mal contenido sollozar de 
Toneta, adivinando, como si los leyese en su interior, 
todos los tormentos de su ahijada, trató de distraerla, 
hablándole de cosas indiferentes y excitándola á que 
abandonase la quietud de la cama que era demasiado 
favorable para la tristeza. El movimiento, el trabajo, 
es un consuelo insustituible, lejos de ser un castigo ó 
un dolor. Encontró Toneta acertado el consejo y no se 
hizo rogar mucho : levantóse, y con ayuda de su buena 
amiga, lavaron y vistieron al niño, al calor del sol que 
invadía el cuarto , encontrando ya la madre en este 
dulce entretenimiento una verdadera compensación á 



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LA MARIPOSA l33 

SUS penas. Luego hizo la cama la señora Madrona, 
arregló la habitación, echó sobre los hombros de la 
recién parida un mantón y se vistió para ir á casa del 
señor de Castellfort de asistenta como todos los sá- 
bados. 

— I Cuidado con salir hoy de casa ! ¿ eh, Toneta ? Es- 
tás muy débil todavía. La lumbre queda arreglada y 
si quieres caldo, en el pucberíto lo tienes ; á la una 
vendrán las chicas y podréis comer ^dijo la pobre mu- 
jer, prendiéndose el último alfiler en el pañuelo. Y 
dando otro beso al niño dormido, cerró la puerta y 
bajó la escalera con los ojos arrasados. 




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XIV 



^-1 L llegar á la puerta de los señores de Castellfort, 
J^*^^ sintió la señora Madrona abrasada su cara por 
la vergüenza. Mientras esperaba que le abriesen, des- 
pués de haber tirado del reluciente llamador, levantó 
la vista por aquel patio lleno de balcones, cuyos hue- 
cos se velan todos velados por transparentes de amor- 
tiguados colores. La intensa quietud que allí reinaba, 
daba al gorjeo de un pobre canario prisionero en su 
jaula colgada por las alturas del piso cuarto, un tono 
de tristeza que llegaba al corazón. No era esta la pri- 
mera vez que encontraba la señora Madrona á aquella 
escalera un aspecto casi sepulcral, |que harto se acor- 
daba de cómo había esperado en aquel mismo des- 
canso cierto día del año 53! Reprodújole entonces su 
memoria toda la escena de aquel día. Eran las nueve 
de la mañana, poco más ó menos la hora presente; 
acababa de dejar destrozados, muertos en el Hospital 
de Santa Cruz, á los padres de Toneta, á causa de ha- 
ber estallado la caldera de la fábrica de don Ramón. 



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l36 HARCISO OLLBR 

I Dios le tenga eo su gloria I Venía con el corazón tras- 
pasado de dolor, con su Sión en brazos y agarraditas 
al vestido la Angelita y la Toneta que á duras penas 
andaban aun. Acudía, como loca, perseguida por la 
desgracia, á pedir un mendrugo de pan, más que para 
sus hijas, para aquel angelito de Dios que quedaba 
sin amparo alguno en el mundo. | Qué día aquel. Se- 
ñor, qué día ! Afortunadamente para todos, don Ra- 
món no se portó sólo como cristiano, sino como un 
padre ; y si se encontró viuda un dia y con una hija 
más, que la amistad y la desgracia le echaron en bra- 
zos, las manos generosas de don Ramón, primero, 
más tarde las de su hijo don Miguel, no le dejaron co- 
nocer la miseria nunca. Jamás tras de aquella puerta 
tropezó con una negativa, es verdad; pero ¡ay I aquella 
escalera, aquel patio | cuántos suspiros ^uyos hablan 
escuchado 1 1 Es tan aflictivo tener que pedir I 

Y al llegar á este punto de sus tristes memorias, 
volvió á llamar con mayor fuerza, como para quebrar 
materialmente el curso de sus reflexiones. Una mano 
encogió el trasparente del balcón fronterizo, y entre el 
cristal y la tela verde reconoció el rostro delgado de 
la doncella. 

Percibióse inmediatamente rumor de pasos ligeros 
y recatados que se aproximaban y abrióse la relucien- 
te puerta. 

— ¿Es usted, señora Madrona í— dijo la Anita ce- 
rrando.— ¿ Había usted llamado otra vez? 

— Sí, hace muy poco. 

— I Cuánto lo siento I Estaba en la azotea sacudiendo 
unas alfombritas; la cocinera está en la compra y Ma- 
nuel ha ido á la botica. 

— ¿ Pues cómo ? ¿ No está buena la señora ?... 

— |No, hija, no I— contestó la muchacha moviendo la 
cabeza tocada con un pañuelo á la vizcaína, bajando 
los ojos y casi haciendo pucheros. 



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LA MARI POSA 



i37 



— ¿ Pues qué hay ? ¿ Qué tiene la pobre doña Merce- 
des ^--exclamó alarmada Madrona. 

—No sabemos qué le ha dado. El caso es que no nos 
dejan entrar en su cuarto; que han hecho salir de allí 
hasta al ama y al niño, que no entra á cuidarla nadie 
más que el señor y su 
cuñada y que no hace 
media hora que ha ha~ 
bido consulta de tres 
médicos. 

— ¡Válgame Dios, 
válgame Dios I— excla- 
mó entre dientes la Se- 
ñora Madrona contra- 
riada y llena de confu- 
sión al mismo tiempo. 

Encamináronse ha- 
cia la cocina la una de- 
trás de la otra, amor- 
tiguando el ruido de 
sus pisadas sobre el 
espesor de la estera y sin decir una palabra. La don- 
cella dejó los paños de limpiar el polvo y los zorros 
que llevaba, y sentándose ambas, reanudaron la con- 
versación. 

— Pero ¿ no dicen qué es lo que tiene ? | Me parece 
que andas con misterios, Anita I 

— Misterios, misterios... asi parece que lo quieren 
ellos. Es decir, ellos; es ella, esa sabionda de doña 
Tula, porque lo que toca al señorito, lo que es ese no 
lo haria. Bien sabe usted cómo es. Pero esa entrome- 
tida de su cuñada lo gobierna en estos momentos 
como no puede gobernarlo la señorita ; tiene siempre 
cerrada la puerta del cuarto y si necesita algo, tira de 
la campanilla y aunque se encuentre una á dos pasos, 
al poner la mano en el picaporte ya se la siente á ella 




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l35 NARCISO OLLBR 

detrás de la puerta ; la entreabre un poco, entrega la 
taza, la copa ó lo que sea y en cuanto ha dicho ctraiga 
usted tal co8a,B se acabó, vuelve á cerrar. Eso sí, como 
se entretenga usted un minuto, porque el agua no 
esté bastante caliente, ó porque haya que enfriarla un 
poco, ya la tiene usted delante con dos palmos de ho- 
cico y quitándole las cosas de las manos. | Le digo á 
usted que estoy ya tan harta, que si no fuese por los 
señoritos ya la hubiera dejado plantada I 

— No, mujer, no. Hay que tener un poco de pacien- 
cia. Cuando hay enfermos en las casas, ya se sabe, no 
se tiene buen humor. 

— Es que lo que no tiene ella son buenos modos. Pues 
qué i vamos á pegarle alguna epidemia á la señora si 
entramos ? | Si no sabremos cuidarla mejor que ella I ... 
¿Quién lá ayuda á vestirse y desnudarse cuando está 
buena, más que yo? Con que muchas veces no se 
acuesta antes el señorito, para que yo pueda desnu- 
darla... 

— Mujer, I quién sabe I Puede que los médicos hayan 
encargado mucha quietud... 

Madrona contestaba distraída, con la indiferencia 
de una persona absorta en otros pensamientos. 

— ¡ Qué quietud, ni quietud I ¿ Soy yo alguna chi- 
quilla de once años que no sepa por dónde me ando?... 

Un campanillazo que procedía del cuarto de la enfer- 
ma, cortó la palabra á Anita. 

— ¡Eal |Ya la tenemos otra vez!... Ahora verá usted... 
^ijo la doncella, levantándose con aire fosco. 

— Espera, mujer — dijo de pronto la señora Ma- 
drona.—] Oye ! Yo quisiera ver al señor; ¿ si pudiese 
salir un momento. . ? y si no, pregunta también si hemos 
de hacer la limpieza ó si me necesitan para algo. 

— I Sí, sil {Creerá usted que me va á contestar 
á tantas cosas la doña Maulas? Ya le puedo decir 
que no. 



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LA MARIPOSA l3g 



— Vaya, chica, anda, anda... — dijo buenamente la 
señora Madrona, empujándola hacia la puerta con la 
suavidad de quien se siente ageno á ciertas mezquin- 
dades.— Volvió á sentarse, y recorriendo con la vista 
aquella vasta cocina atestada de reluciente batería que 
delataba bienestar, no pudo menos de fijarse, á pesar 
de su preocupación, en el extraordinario desorden que 
reinaba sobre el fogón, mesas y fregaderos. 

—Era el señor— dijo Anita, reapareciendo con cara 
alegre. — Vaya usted hacia el despacho, que allí la es- 
pera. Quería saber si había vuelto Manuel de la boti- 
ca. Nada, cosas de esa ; vea usted si no hubiésemos 
entrado las medici... 

Pero la señora Madrona había desaparecido ya por 
el pasillo del despacho. Anita cogió otra vez los zorros 
y se perdió por pasillos y salones. 

Breve fué la entrevista de la señora Madrona con 
don Miguel ; éste se hallaba muy impresionado por la 
enfermedad de su esposa, á quien cada día quería 
más. Los médicos se reservaban el pronóstico, y basta 
exponían con alarmante vaguedad el diagnóstico. Por 
los indicios de aquella indisposición, que podía ser 
más ó menos seria, pero peligrosa siempre en el es- 
tado de la señora de Castellfort, parecían inclinados á 
creer que serla una peritonitis. La Madrona se quedó 
á medias luces con aquel lenguaje, y lo mismo uno 
que otro se escuchaban reciprocamente con poca aten- 
ción. Don Miguel, queriendo acabar, hablaba de prisa, 
con frases cortadas, y cuando la señora Madrona se 
puso á exponer su pretensión, pudo verse claro que 
su oyente apenas la escuchaba. En pié, al lado de una 
mesa, hacía bailar una pesada bola de cristal, y sus 
ojos inquietos tan pronto se fijaban sin expresión en 
los de la señora Madrona, como recorrían la mancha 
de un mapa, la cornisa de la caja de hierro ó caían, 
con igual indiferencia, sobre las muestras de algodón 



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I40 NARCISO OLLKR 



en rama, que yacían apiladas en paquetes encima del 
copiador de cartas. 

Por otra parte, entorpecida la lengua de la Madrona 
por la vergüenza, temerosa siempre de que se pudiese 
suponer que la engañada había sido alguna de sus 
hijas, no acertaba la pobre mujer á explicarse sino con 
gran dificultad y no se le ocurría ninguna palabra con-^ 
tundente, ni frase alguna concisa ó bastante enérgica, 
cual requería el ánimo de don Miguel, para herirle la 
atención y obligarle á escuchar con interés. 

— Bueno — dijo al fin— ¿ qué me ha dicho usted que 
deseaba ? ¿ Que vea al cura de Santa Mónica } No pue- 
do : ya ve usted que no estoy para salir de casa ni por 
un momento. 

La señora Madrona, con las manos cruzadas sobre 
la falda, no replicó una palabra. 

Don Miguel tapándose media cara con la mano, y 
andándose en una ceja, que era en él acostumbrado 
ademán cuando reflexionaba, concluyó diciendo: 

— Pero podemos hacer una cosa. Se presentará us- 
ted con una tarjeta mía y eso bastará. 

Escribió, sin sentarse, cuatro letras, una recomenda- 
ción cualquiera en la tarjeta, y entregándola á la señora 
Madrona, se dispuso á volver al lado de la enferma. 

—Y dígame usted, don Miguel— preguntó la señora 
Madrona, siguiéndole los pasos.— ¿ Le parece al señor 
que hagamos la limpieza, como todas las semanas ? 

—Nada de eso— contestó en voz baja y sin detenerse. 

—Pues el señor me mande. 

—Gracias, Madrona. 

— I Supongo que no me necesitarán los señores ? Ya 
saben que pueden mandar lo que gusten. 

— Gracias, gracias— siguió diciendo don Miguel mien- 
tras se retiraba de puntillas, medio vuelto, y con el 
dedo sobre los labios. 

La señora Madrona 'se detuvo por fin, ai verle entrar 



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LA MARIPOSA I41 

en el salón inmediato á la habitación de la enferma; 
salón sumido en tinieblas en aquellos momentos, lleno 
de recogimiento, y por el que hacia andar con respe- 
tuoso recato el tufillo á botica que alguna vez se espar- 
cía por la atmósfera. 

Al volver el rostro, tropezó la señora Madrona con 
la doncella, quien asiéndole la mano y llevándola otra 
vez á la cocina, le preguntó : 

— { Qué ? ¿ Ha podido usted olfatear algo ? 

—Que no quieren que limpiemos hoy- De modo 
que me marcho, pues tengo mucho que hacer. 

—No, mujer. Si no digo eso. Le pregunto á usted 
por la señora. ¿ Qué es lo que tiene ? 

— ^No lo saben todavía... algún hervor de la sangre... 
alguno de esos alifafes que, gracias á Dios, no tenemos 
las pobres. Vaya, vaya, muchacha ; con Dios y tener 
paciencia ; no vayas á dejar tan buenos amos por ton- 
terías que pasan pronto. 

En aquel momento llamaron á la puerta. Era Ma- 
nuel que venia de la botica echando los bofes. Le ha- 
bían frito la sangre... |Estaba aquello lleno de gente y 
con más ganas de conversación I 

—{Y qué ? { No ha dicho lo que era el boticario ? 

— ¿ Por la receta lo iba á saber ? Ni yo se lo he pre- 
guntado tampoco. Demonio de muchacha. ¡Qué lechu- 
za eres I | Ala, ala, á barrer ! 

Y despidiendo afablemente á la señora Madrona, ce- 
rró la puerta con mucho cuidado, colgó la gorra y se 
dirigió, á grandes zancadas, con el medicamento hacia 
la habitación de la enferma. 

La pobre señora Madrona bajó la escalera, sumida 
en un mar de confusiones y se encaminó hacia la casa 
del cura, perdiéndose pronto entre la muchedumbre de 
gentes y de carruajes que transitaban por las Ramblas. 

La confesión que tenía que hacer la avergonzaba 
profundamente. 



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143 NARCISO OLLBR 

Sólo el amor que tenia á Toneta, la compasión que 
le inspiraba el niño y el sentimiento de caridad, inex- 
tinguible en su corazón, podían alentarla á dar aquel 
paso. Parecíale que todo el mundo debía leer en su 
rostro que tenia hijas ; y que todo el mundo, al oir 
aquella vergonzosa revelación, habia de colgarle el mi- 
lagro á alguna de ellas. Ya veia los ojos del señor cura 
mirándola, de hito en hito, hasta hacerle humillar los 
suyos, no atreviéndose ¿ increparla por su £ailta de vi- 
gilancia, por el descuido de sus deberes' de madre, 
dudando acaso de su ejemplar conducta, atribuyendo 
de fijo aquel fracaso al mal ejemplo ; y con tales temo- 
res se le oprimía el pecho como jamás lo sintió en sus 
mayores desventuras, acortaba el paso y andaba, como 
á tientas, por entre aquel mar de gente, que indiferen- 
te á su estado, la empujaba y combatía como las olas 
á un cuerpo muerto. 

Toda aquella balumba de abigarrados carruajes que, 
corriendo por la derecha y por la izquierda de la Ram- 
bla, llena la espaciosa vía de variado estrépito, el her- 
videro de millares de conversaciones, el gorjeo de los 
pájaros que hacia el mes de Marzo comienzan á reapa- 
recer por el espléndido ramaje de los plátanos que ya 
verdean, los discordantes gritos de los mercaderes am- 
bulantes, de los vendedores de periódicos y de cerillas, 
todo aquel clamor de vida que hace de la mejor vía de 
Barcelona una de las calles más regocijadas del mun- 
do, no llegaba al oído de la pobre mujer, sino como 
remota marejada, por entre la que sobresalían con voz 
más alta y vibrante los agudísimos gritos de su alma. 
Y así, caminando en zig-zag por entre los círculos de 
parlanchines, compradores de flores que se estacionan 
en la Rambla de este nombre, abriendo brecha entre 
las masas de obreros que esperan trabajo en el Llano 
de la Boquería, paseando como discordante nota de 
color, su traje blanquizco de obrero, por la aristo- 



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LA MARIPOSA 14b 

orática Rambla del Centro, ó bañándose en la dorada 
neblina con que inunda el sol los vastos ámbitos de la 
plaza de las Comedias y de la despejada Rambla de 
Santa Mónica, llegó por fin á la de Santa Madrona, y 
enfilando por una escalerilla mezquina y pobre, llamó 
en casa del cura. 

Abrióse la puerta, entró en una salita pequeña, mo- 
desta, en donde es- 
peraban otras cinco 
personas, sin chis- 
tar, algunas con un 
rollo de papel sella- 
do en la mano, y to- 
mó asiento esperan- 
do vez. ^ -^ . 

A intervalos se — '\ 

abria una puerta inmediata, salía la persona despa- 
chada y entraba otra. Detrás de la señora Madrona 
venían otras nuevas á alargar la cola de las que es- 
taban esperando. El tiempo se hacía largo, pesado 
y soporífero como el silencio que allí reinaba, alte- 
rado tan sólo de vez en cuando por apagado cho- 
car de platos, que venía de la cocina, ó por suspiros 
de cansancio que se permitían los más impacientes ó 
más atareados. 

Por fin pudo entrar la señora Madrona. Eran las do- 
ce menos cuarto. Un clérigo moreno, de buenas car- 
nes, talante aburrido, gorro de terciopelo negro en la 
cabeza, vestido un balandrán de esclavina, tomó la tar- 
jeta, sentóse á la mesa-escritorio y acodándose sobre 
un gran libro-registro que tenía allí abierto, leyó á lo 
miope la recomendación. 

—El señor cura no está ; pero no importa para que 
diga usted lo que se le ofrezca — dijo el clérigo, boste- 
zando de fastidio y con la indiferencia de un hombre 
de oficina aburrido de trabajar. 



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146 



NARCISO O LLBR 



La señora Madrona, viéndose libre de la mirada de 
su oyente, expuso en breves palabras su pretensión. 
Toda la balumba que abrumaba su espíritu se deshizo 
como la sal en el agua, ante el recibimiento puramen- 
te oficinesco que le hizo el vicario harto acostumbrado 
á tales casos para que aquel pudiera sorprenderle. 

—Venga usted mañana muy tempranito, sin acom- 
pañamiento ninguno y lo bautizaremos. 

Y dichas estas palabras, levantó el registro y se lo 
acercó á los ojos mientras esperaba otro feligrés. 

La señora Madrona volvió á su casa libre de un gran 
peso. Su impensada llegada coincidió casi con la de 
sus hijas. El felicísimo resultado que hablan obtenido 
las gestiones hechas por ella aquella mañana, mitigó 
un tanto la pena que les hubiese causado en otras cir- 
cunstancias la enfermedad de doña Mercedes, á quien 
tanto querían las cuatro. 

Comieron juntas con una alegría que era cosa rara 
en ellas, algún tiempo hacía; el niño en el regazo de su 
madre, y toda la conversación tuvo por tema discutir 
el nombre que se pondría á aquel angelito. Convínose» 
por fin, en que se llamaría Ramón, como Castellfort el 
viejo, el protector de aquella familia, como santo tantas 
veces invocado por la madre, tantas veces repetido por 
Madrona cuando, meciendo al niño para adormirle, le 
cantaba en catalán al compás oscilante de la silla : 



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XV 



I fA partera se presentó tan de mañana que apenas 
^l^era de día. Habla pasado en claro aquella noche 
segiíin costumbre ; porque cío tenia observado : allá al 
romper el alba, á esa hora en que tantos emprenden 
el viaje para el otro mundo, llegan muchos también á 
éste. Si fuesen visibles las almas, se vería por los aires 
un verdadero rigodón.» 

— I Ah!— contestó la señora Madrona, que le habla 
abierto la puerta. — Y si pudiesen hablarse los que se 
van y los que vienen | cuántos de éstos se volverían 
atrás I 

Esta reflexión produjo ese trueque de risueñas ex- 
pansiones que traen siempre en pos las verdades in- 
geniosas de sentido común, y ambas mujeres entraron 
en el cuarto de Toneta. 

La débil luz del sol naciente la iluminaba á duras 
penas lo bastante para que se pudiese determinar la 
calidad de los objetos. 

El chiquitín dormía profundamente, á puños cerra- 
dos, con los bracitos en alto, mal cruzados, la punta 



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148 NARCISO OLLBR 

de la lengua fuera relamiendo ei labio superior, como 
soñando que mamaba. 

—¡Mírenlo ustedes, qué alhaja I— dijo la madre des- 
viando el cuerpo y subiéndose el canesú de la camisa 
para cubrir su blando seno que latía pausadamente. 

Las recién venidas alargaron el cuello para contem- 
plarlo, con esa tierna sonrisa que inspiran siempre los 
niños de pecho. Pero la señora Rita, la partera, fiján- 
dose más en él y empleando un tono doctoral exclamó: 

— I A ver, á ver I Este chico mama poco. No sueña 
que mama ; anda buscando la teta porque no está sa- 
tisfecho. 

Lanzadas estas palabras en aquel momento de éxta- 
sis, helaron en los labios la sonrisa de las dos mujeres. 
Con los ojos velados por las lágrimas, la madre fijó la 
vista en la señora Rita increpándola duramente, mien- 
tras por opuesto modo la señora Madrona procuraba 
desvanecer el nublado, excitando á sus amigas á que 
vistiesen de prisa al niño para poder llegar oportuna- 
mente á la iglesia. 

Toneta tomó el caldo que en aquel momento le en- 
traba la Sión, saltó luego de la cama y las tres se pu- 
sieron manos á la obra, por más que les doliese des- 
pertar bruscamente al angelito. La partera, con su 
inseparable mantilla desprendida del pecho y colgan- 
do del moño, por detrás de la silla, tendió diestramen- 
te al chiquillo en el ancho regazo y manejándolo como 
almohadilla de encajera, quitando alfileres, soltando 
nudos y deshaciendo fajas, lo desenvolvió en un abrir 
y cerrar de ojos, mientras la madre, por su lado, iba 
plegando cuidadosamente todos aquellos trapitos que 
apilaba con amor sobre la rodilla y la Madrona calen- 
taba entre sus carnudos brazos envueltos en el delan- 
tal de lana, los pañales limpios. 

Al sentirse suelto, el niño dejó de llorar, estiró los 
miembros con desperezada complacencia. A los ojos 



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LA MARIPOSA I49 

de la madre asomó una lágrima que hacía rato pugna- 
ba por salir y que en aquel momento se deslizó por su 
mejilla, i Ay I ¡ Era verdad ; el niño no medraba I Á la 
luz, ya más intensa que lo bañaba, harto bien lo veía, 
desnudito, destacando sus carnes un tanto amoratadas 
sobre la blancura del pañal, flaquillo y fofo y enseñan- 
do lastimosas pellejillas allí donde los músculos de- 
bían ir apuntando ya turgentes. La pobreza de gordu- 
ra dejaba transparentarse á la sangre al través de la 
sutilísima epidermis que, así, tomaba un tono sangui- 
nolento contristador. La flacura general de todo el 
cuerpo daba evidente desproporción á la cabeza, evo- 
cando en la afligida madre dolorosísimas compara- 
ciones. 

Por fortuna el generoso corazón de las muchachas 
le proporcionó una sorpresa que vino á distraerla 
oportunamente. Entraron las dos con una gorrita muy 
adornada, una chambrita y una mantilla festoneadas 
y una capa con su esclavina, todo de piqué blanco y 
cual no podía haberlo soñado la pobre madre, todo 
amorosamente hecho y bordado por aquellas cariñosas 
amigas. 

Aquella ñneza provocó una explosión de alegría. La 
señora Madrona no cabía en el pellejo ; Toneta ya no 
lloraba de pena, sino de gozo : « su hijo, aquel infeliz 
cachito de sus entrañas, ya podría, al menos, presen- 
tarse vestido con el color de la pureza, á recibir el san- 
to sacramento del bautismo.» 

Cada una de las piezas era suspendida en el aire asi- 
da con las puntas de los dedos, mirada y remirada por 
delante y por detrás, desmenuzada en todos sus deta- 
lles y alabada y comentada, cual ropita de muñeca, 
entre joviales exclamaciones. 

La ocurrencia de las hijas de la señora Madrona no 
podía ser ni más oportuna, ni mejor presentada. A me- 
dida que la partera iba envolviendo al niño en aque- 



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l5o NARCISO OLLBR 

lias prendas, velase mejor lo bien hechas que estaban 
todas. No parecía sino que le habían tomado medida: 
las mangas de la chambrita habían salido un poquito 
largas, pero con un sencillo pliegue quedarían que ni 
pintadas. La Aogelita explicó la causa de aquel exce- 
so ; la moda lo exigía así para que las manitas saliesen 
como de dentro de una azucena, con lo cual las tenía 
la criatura más calentitas. Precisamente se habían cor- 
tado por los patrones que sirvieron para la canastilla 
de la marquesa de Valldeflors, que se lo manda hacer 
todo en el Jazmín. Lo único que faltaba eran unos la- 
zos punzó en las muñequitas, y si no se los habían 
puesto había sido por parecerles demasiado lujo. Fue- 
ra de éste y demás adornos, en cuanto al corte y me- 
dida todo era idéntico. 

Toneta lo aprobaba todo con miradas de gratitud y 
de gozo; pero el supremo instante de su ventura fué 
aquel en que al ponerle al niño la gorríta, pudo ver 
que no le estaba chica, como había temido ; prueba 
evidente de que no tenía la cabeza desproporcionada 
como momentos antes creía. 

Vestido ya el niño, se compuso la señora Madrona 
poniéndose el vestido negro de boda, una mantilla de 
pañete, con cinta de terciopelo como se estilaban en 
su país, antes de su venida á Barcelona, y un pañuelo 
blanco de la mano pellizcado por el centro. 

Las muchachas rabiaban por ir de acompañantes; 
pero la señora Madrona no lo creyó prudente. Ya era 
ella madrina y con esto había bastante ; aquel bautizo 
no consentía más. 

La señora Rita presentó el niño á la madre. Esta lo 
besó con delirio y extendiéndole sobre la carita un pa- 
ñuelo fino para preservarle del aire, partera y madrina 
emprendieron silenciosamente el camino de la iglesia. 

Toneta se dejó caer sobre una silla y rompió á llorar 
sin que lograsen consolarla las reflexiones de sus bue- 



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LA MARIPOSA ibl 

ñas amigas. Era la primera vez que se veía separada 
de su hijo ; si los pronósticos de la partera se realiza- 
ban, pronto tendría que entregarle al pecho de una 
extraña y entonces | qué triste soledad la suya I En me- 
dio de su desgracia, no era para ella su hijo padrón 
de vergüenza, no ; era por el contrario su solo consue- 
lo, su único amor en el mundo ; en ocho días de exis- 
tencia se habia enseñoreado del corazón entero de su 
madre, llenaba ya toda su vida. Cuando lo miraba, 
cuando lo tenía sobre su seno, él era su mundo, su vi- 
da, todo ; fuera de él nada existia, i Y habían de qui- 
társelo I I Hablan de separarle ya de ella I | Ah I Que no 
le escatimasen ni un solo momento su dulce com- 
pañía I 

Y se levantó, echóse un mantón y se dirigió hacia la 
puerta. 

Inútiles fueron los ruegos de aquellas muchachas : 
la iglesia estaba allí, á dos pasos y bien abrigada, no 
había cuidado de que se resintiese su salud. 

—Se enfadará madre... — exclamaban las chicas. 

—Si no me va á ver ; me contentaré con estarles 
viendo desde el otro lado de la iglesia; ea, no quiero 
perder de vista á mi hijo, quiero ver cómo lo bautizan, 
quiero estar allí para darle de mamar, si llora ; vos- 
otras no sabéis lo que es un hijo, ¡bien podéis querer 
mucho á vuestra madre I 

—Entonces, también iremos nosotras; vamos á acom- 
pañarte. 

Y salieron llevando en medio á la parida. Entraron 
por la puerta izquierda de Santa Mónica y metiéndose 
en una capilla oscura, donde se vislumbraba misterio- 
samente la llorosa imagen de Jesús atado á la colum- 
na, vieron á la señora Rita sentada y á la señora Ma- 
drona arrodillada, al otro lado del templo y de frente 
al altar mayor. 

Dos sacristanes, uno sacudiendo el polvo con la irre- 



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l5a NARCISO OLLBR 

verencia de quien está acostumbrado á tratar la casa 
de Dios como casa propia, el otro removiendo y arre- 
glando sillas que rechinaban arrastradas sobre el pa- 
vimento 7 tres ó cuatro viejas madrugonas que carras- 
peaban por rincones invisibles, era todo lo que alteraba 
la quietud del templo con discordantes resonancias. 
La desmayada luz de aquella hora, atravesando por el 
menguado ventanaje de la fachada, se contentaba con 
hacer relucir débilmente el estuco de los arcos de la 
nave y las esquinas del altar mayor dejando las partes 
bajas envueltas en la dudosa claridad del crepúsculo 
matutino. Destacábase, no obstante, del seno de aque- 
llas misteriosas tinieblas, la capilla baptisterio, inme- 
diata á la puerta, que recibiendo luz directa y viva por 
su ventana cuadrada y común como la de cualquiera 
habitación, tenía por todo adorno una pequeña estam- 
pa en un gran marco barroco pintado de blanco, en 
medio de aquellas paredes desnudas y estucadas de 
cuarto de baño. Su aspecto producía tal impresión de 
frío que á Toneta se le encogió el corazón, al pensar 
en el peligro de resfriarse que correría alli dentro su 
hijo. 

El tiempo transcurría pesadamente. De vez en cuan- 
do, atravesaba la iglesia á grandes pasos algún cura, 
saludaba al Santísimo Sacramento quitándose el soli- 
deo, al mismo tiempo que hacía una rápida genuflexión 
y desaparecía por la sacristía. 

— lEseesI— se decían interiormente todas las mu- 
jeres. 

Pero pasaba interminable el tiempo, la luz del día 
invadía gradualmente mayores espacios, acreciendo 
los rumores del exterior y la pobre madre encogida en 
la sombra se sentía desfallecer. 

Por fin salió de la sacristía el señor Vicario, reves- 
tido de sobrepelliz y estola con un libro entre las ma- 
nos medio cruzadas y seguido de un monaguillo. Las 



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LA MARIPOSA l53 



mujeres se agitaron ; la partera y la señora MadroDa 
se hablaron al oido y fueron en pos del cura. 

Abrió el monaguillo la reja del baptisterio y desde el 
oscuro rincón en donde permanecía Toneta, contem- 
pló con lágrimas de pena y de alegría al mismo tiem- 
po, cómo bautizaron á su hijo sin el alegre acompaña- 
miento de tales ceremonias, dentro de la glacial capilla 
y en medio de un silencio sepulcral. 

Mientras la partera YoWía á abrigar al niño, Toneta 
y sus amigas salieron de la iglesia. La pobre Toneta 
llevaba pintado en el rostro el padecimiento. Su cora- 
zón de madre no podía avenirse á que los primeros 
pasos de su hijito en el mundo, fuesen vergonzantes y 
sigilosos como los del hijo del crimen. No despegaba 
los labios ; pero por su pálido rostro corría un mar de 
lágrimas y al llegar á su casa, no pudo subir la esca- 
lera. 

Cuando entraron la madrina y la partera, la encon- 
traron sentada en el primer escalón, medio desfalle- 
cida. 

— I Madre de Dios I ¡Criatura I Pero ¿por qué has 
salido? — exclamó llena de sobresalto la señora Ma- 
drona. 

—Déme usted á mi hijo, que le quiero subir yo. 

Y cogiéndole, cubrióle de besos ; y como si aquello 
le hubiese dado nuevos ánimos, tomó por la escalera 
arriba, arrastrándole el pañuelo que antes le abrigaba 
el cuerpo. Tras ella sollozando de pena, como el duelo 
de un entierro, seguían las demás. 

Una vez en casa, Toneta, que con los nerviosos estru- 
jones de su cariño había despertado á su hijo, se em- 
peñó en darle de mamar antes de que lo mudasen. 
Entonces hubo una escena desgarradora. La criatura 
tomaba y dejaba el pecho á cada momento, llorando, 
desesperándose cada vez más; y la madre á su vez, 
sorbiéndose el llanto, mordiéndose el labio, tratando 



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l54 NARCISO OLLBR 

en vano de serenarse para acumular toda su vitalidad 
en la fuente á que en vano acudía sediento su hijo, 
bregaba inútilmente. La señora Madrona probaba á 
arrancarle el niño, la señora Rita trataba de conven- 
cerla de que llorando y mientras estuviese tan afec- 
tada, eran excusados y hasta peligrosos aquellos in- 
tentos; una de las chicas bajaba á brincos la escalera 
en busca de leche de cabra para hacer una muñequi- 
Ua; la otra, disimulando el llanto, le aconsejaba que tu- 
viese paciencia, calma, y nadie lograba consolar á 
aquella madre que veía á su hijo acalorarse y amora- 
tarse con el lloro nervioso de las criaturas que sienten 
seco en sus labios el pezón maternal. Consejos, ruegos 
y hasta esfuerzos materiales, todo fué inútil. Toneta 
hallaba nuevas fuerzas en la misma exaltación de su 
sentimiento y no eran bastantes las de la señora Ma- 
drona para arrancarle al niño del pecho. 

— Pero, hija, ¡ que te estás matando I... | Que vas á 
ahogar al niño y le estás haciendo rabiar más!... | Dios 
le libre de que mame ahora!... ¡De fijo que lo ma- 
tabas!... 

Nada ; Toneta seguía agarrada á su hijo bregando 
con el dolor y la naturaleza, encajados los dientes, ex- 
traviada la vista como loca, y á todo esto el pabrecito 
niño llorando hasta desgañitarse. Aquella lucha, lejos 
de encalmarse, iba en aumento y arrastraba hasta al 
más completo desvarío á todos los presentes. Hubo un 
momento en que ya perdieron el juicio; nadie obraba 
racionalmente; una obstinación instintiva, exaltada 
por la resistencia, como la que infunde la ira contra 
un obstáculo material, se había apoderado de aquellas 
mujeres. La misma criatura estaba muy expuesta á 
ser víctima de la fuerza que se ponía en juego para 
salvarle. 

Por fin llegó la leche de cabra, atropelláronse la se- 
ñora Madrona y sus hijas para hacer la muñequita, se 



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LA MARIPOSA l55 

precipitaron ¿ ponérsela en ios labios al pobre niño y 
ya la madre cedió, con los brazos caldos, vencido el 
cuerpo contra la cómoda que á su lado estaba. Se había 
desmayado. 

— |Un médico, un médico I— gritó la señora Rita, 
sin soltarle el pulso. 



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XVI 




ONETA, con los ojos CCITa- 
dos, descoloridos los la- 
bios, estirados los miem- 
bros, respiraba fatigosa- 
mente entre las sábanas de 
su lecho. Sentada á su ca- 
becera estaba la Sión, mien- 
tras que fuera de la alcoba 
la Angelita tenía dormido 
en el regazo al tierno niño. 
Madre ¿ hijas inquirían con la vista atribulada la opi- 
nión del médico que acababa de inspeccionar á la en- 
ferma. Mandó que cerrasen bien las maderas, que se 
guardase el mayor silencio en la habitación, y salió 
para hablar con la señora Madrona. 

La buena mujer lo instaló en la pieza contigua, que 
era de paso á las dos habitaciones, inmediata á la 
puerta de la escalera y en la que sólo se veía una mesa 
de pino, cuatro sillas de anea y el torno de hacer ca- 
rretes que aún, cuando abundaba el trabajo, daba á 
ganar algunos cuartitos á la Madrona. 

—¿Usted querrá papel y pluma? — preguntó ésta 
volviéndose ya hacia el cuarto de la enferma. 



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1 58 NARCISO OLLIR 

— No ; espere usted, espere^coDtestó el médico sen- 
tándose arrimado á la pared, al lado de la mesa y de- 
jando sobre ella sombrero y bastón.— Siéntese usted, 
que tengo que hacerle algunas preguntas. 

La señora Madrona oj^edeció colocándose casi en 
medio de la pieza, temblando ya ante el interrogato- 
rio. En el rostro del médico, joven, de esbelta figura, 
severamente vestido de negro y en cuyos ojos y espa- 
ciosa frente ya surcada de arrugas causadas por el 
hábito de reflexionar, brillaba la inteligencia, leía ella 
una intranquilidad desconsoladora. Instintivamente 
conocía que si el médico callaba, mientras se estrega- 
ba las palmas de las manos con el pañuelo, dejando 
vagar los ojos por las baldosas, era porque estaba coor- 
dinando ideas ; pero en medio de su ansiedad, la mu- 
jer encontraba desmesurada, insoportable tanta calma. 

Por fin, acariciándose la espesa y negra barba, co- 
menzó el facultativo preguntando : 

—Esa joven está recién parida, ¿ no es eso ? ¿ Qué 
tiempo hace del parto } 

—Hace hoy nueve días. 

—Antecedentes — dijo para sí. Y luego en voz alta. — 
i Es asustadiza ? 

—Mucho. Verá usted: tendría unos cinco años, 
cuando vio morir desgraciadamente á su lado á sus 
padres, á causa de haber reventado mientras estaban 
almorzando, la caldera de vapor de que era fogonero 
su padre. La pobre criatura se salvó por milagro... y 
mire usted, yo creo que aquella impresión no le ha 
salido nunca del cuerpo. 

—¿Sabe usted si ha padecido accidentes? 

—Ninguno más que el de ese día que digo. 

— ¿ Su genio ? 

—Más buena que el pan ; pero una pólvora. 

—Lo tomará todo con mucho calor, { no es verdad } 
{ Es impresionable? 



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LA MARIPOSA iSq 



— I Uy I I Eso DO se diga I Cuando ha habido en casa 
algún enfermo, se ha pegado á él, no ha dormido ni 
sosegado ; pues ¿y cuándo apretaba el trabajo ? ¡ cual- 
quiera la hacía irse á la cama por la noche I 

El médico sonrió con la satisfacción propia de quien 
ve confirmadas sus deducciones. 

— { Cuánto tiempo lleva de casada ? 

— ^No lo es— dijo la señora Madrona, bajando los 
ojos y la voz, tras de meditar por un momento la res- 
puesta. 

—De modo que en estos últimos tiempos ¿ habrá 
llorado mucho ^replicó el médico fingiendo tenerla 
por viuda. 

—Como una Magdalena. Ya ve usted; la chica tiene 
muy buenos sentimientos y sólo la vergüenza...— ex- 
clamó la señora Madrona sin percatar la delicadeza del 
doctor. 

— ¿ Y hoy ha salido á la calle y ha tenido bascas? 

— Justamente. 

—El sincope le ha durado dos horas ; ha desvariado 
un poco, luego se ha sosegado y desde entonces tiene 
esa fatiga y habla con el trabajo que ahora, { no es 
eso? 

— Si, señor ; así es. 

— Bueno, bueno. Déme usted papel y tintero — dijo 
el médico ya muy decidido y como sati^echo. 

La pobre mujer corrió en busca de lo que le pedían, 
y al dejarlo sobre la mesa, no pudo reprimir por más 
tiempo su dolorosa impaciencia y preguntó qué era lo 
que tenia la enferma. 

— Es cosa del corazón. | Le ha hecho trabajar dema- 
siado I — contestó el médico sin calificar la enfermedad 
y mientras extendía la receta. 

— Quiere decir ¿ que será cosa de cuidado ? — replicó 
la señora Madrona con los ojos llenos de lágrimas. 

—Por ahora, no; pero hace falta mucha tranquili- 



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l6o NARCISO OLLIR 

dad, muchísima; hay que quitarle el niño, porque le 
es imposible criarlo y es indispensable evitarle todo 
disgusto, hasta la menor contrariedad. Cualquiera 
impresión violenta, el más insignificante trastorno lo 
echarían todo á perder. 

— ¿ Y cómo hemos de conseguirlo, pobres de nos- 
otras, si hemos de empezar por separarla de su hijo, 
si de eso ha venido lo de hoy } 

El médico se encogió de hombros tristemente y re- 
puso : 

— No hay otro remedio ; criar, no puede. Prediquen- 
le ustedes, procuren hacerla entrar en razón, tráiganle 
un ama aquí para que no deje de ver al niño. Yo tam- 
bién la sermonearé cuando vuelva luego, y veremos si 
entre todos la sacamos á flote. 

Y firmando la receta, añadió : 

— Con esto le darán á usted unas pildoras y un co- 
cimiento. Le da usted una pildora cada dos horas, y 
cada hora, después de la pildora, una cucharada de la 
bebida. Busquen ustedes hoy mismo ama, porque el 
niño no puede seguir así y... hasta la tarde. Mucho 
silencio, ¿ eh ? mucha tranquilidad. Poca gente en la 
habitación ; con una persona que la asista basta. 

Cerrado que hubo la puerta, la señora Madrona 
quedó allí hecha una estatua, afligida, sin ideas, por 
un momento. Las palabras del médico la habían aton- 
tado como si le hubiesen dado con un mazo en la ca- 
beza. Pero otra vez renaciendo en su pecho la espe- 
ranza, oyendo de nuevo la voz de aquella fe que fué 
siempre el más firme sostén de su ánimo, se sintió 
revestida de nuevas fuerzas, y sacudiendo la cabeza, 
entró resueltamente en su cuarto, tiró de un cajón y 
examinó el estado de su pobre tesoro. Los ahorrillos 
allí reunidos á fuerza de privaciones, iban menguando 
que era un dolor. Ya no quedaban más que veinticinco 
duros. Pero ¿ no era Toneta otra hija suya ? ¿ No tenía 



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LA MARIPOSA l6l 



á ellos tanto derecho como las otras ? Si se acababan, 
Dios proveería : para casos como el presente los había 
ido ahorrando. Y desechando el peso de la duda, tomó 
un duro y fué de puntillas á llamar á su hija Sión. 
I Pecho al agua I 

— Coge una botella y vé corriendo á la botica... ¿ No 
ha tenido novedad ?... Pues anda, no te detengas, que 
te estoy esperando. 

Hizo luego acomodar al niño en la cuna, encargó ¿ 
la Angelita que apañase la comida de cualquier modo, 
y como entrase deslumbrada en la oscura estancia, 
fué á sentarse en la silla de la Sión casi á tientas, muy 
pasito. Se acercó á la enferma y más acostumbrada ya 
á aquella oscuridad, pudo ver su rostro azuloso y afi- 
lado que se destacaba de la gran mancha gris de la 
cama, á la menguada luz que prestaban á la estancia 
dos hilos de claridad polvorienta, que se filtraban por 
las encajadas maderas del balcón. Aquella respiración 
fatigosa que hacía palpitar hasta á la cubierta de la 
cama no se había calmado. Una vez sentada la señora 
Madrona, la sentía más intensa, más viva, cual si las 
tinieblas diesen mayor vibración á los sonidos ó acor- 
tasen las distancias. 

La pobre mujer deseaba recogerse en si misma, para 
trazarse el plan de defensa que su angustiosa situa- 
ción requería y no lo lograba. La misma respiración 
débil del tierno recién nacido parecía cobrar fuerzas y 
producía á veces el sobresalto que causan á media 
noche los ruidos místenosos. De vez en cuando todo 
parecía adormirse y entonces avanzaban por su cere- 
bro las ideas que la intranquilidad de su espíritu ha- 
bía contenido ; pero un quejido de la enferma que se 
agitaba en la cama, el estruendo de un coche que 
hacia retemblar la casa ó el grito de algún vendedor 
que hasta allí llegaba , triste , soñoliento, pero aún 
demasiado fuerte para no romper el silencio que tanta 



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l62 NARCISO OLLBR 

falta hacia allí, no tardaban en alarmarla, en sobresal- 
tarla, interrumpiendo otra vez sus reflexiones. 

Á la hora de comer, mientras ella lo hacia sola en la 
cocina, sentada en una punta de la silla, sin mirar lo 
que se metía en la boca y oyendo el molesto traqueteo 
de platos y vasos que hacía la Sión en el fregadero, 
fué cuando la pobre mujer columbró, por fin, bien de- 
terminada, el áncora de su salvación. Ama, buscándola 
despacio, no faltaría; pero la necesitaba ahora, inme- 
diatamente, aunque fuese interina. Iría á ver á don 
Miguel ; y mucho serla que tan excelente señor no 
hiciese la caridad de dejar que le diese el pecho por 
unos días al hijo de la Toneta el ama del suyo. | Eran 
tan pequeños los dos, que no había peligro de que la 
secaran 1... En dinero para la lactancia no habia que 
pensar : donde no alcanzase el jornal de Toneta, alcan- 
zaría ella y sino alguna buen alma. Todo, todo se 
arreglaría Dios mediante, | con tal de que (y aquí es- 
tribaba el punto negro de la situación) con tal de que 
Toneta se aviniese á desprenderse del niño I 

Comenzaba á hacer efecto la primera pildora: la 
enferma descansaba, su respiración era más regular. 
Esto animó á la señora Madrona ; refunfuñó un poco 
plantada en medio de aquella oscuridad y de pronto 
cogió resueltamente de la cuna al niño, lo abrigó bien 
con su mantón y salió sigilosamente hacia la escalera, 
encargando á sus hijas el mayor silencio. 

En el oscuro descanso del piso segundo la detuvo 
una mujer: era la del carpintero, una de las pocas ve- 
cinas á quien no se había podido ocultar la desgracia 
de Toneta. 

— ¿ Qué es eso, señora Madrona ? Me han dicho que 
hay novedades en su casa. 

— La Toneta que ha tenido una recaída y está en la 
cama. Así es que tenemos que buscarle ama al niño. 

^i Válgame Dios 1 | Válgame Dios I Á ver, déjemele 



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LA MARIPOSA l63 



usted Yer, pobrecillo. ¿ Con que hoy lo han bautizado 
ustedes, eh ? 

— I Vaya I j Ya lo olió la lechuza del tercero !— excla- 
mó contrariada la señora Madrona, descubriendo al 
niño. 

Estaba durmiendo con su acostumbrada tranquili- 
dad, la canta fofa, de color de melocotón por madu- 
rar, cubierta de un vello aterciopelado que, á la luz 
agrisada de la escalera, se hacía más yisible y tenía un 
tono de enfermiza blancura. No pudieron resistir al 
deseo de besarlo las dos mujeres. 

— I Qué caliente está el angelito I | Qué bribones de 
hombres I {Y el otro no ha parecido, por supuesto? 
I Se habrá quedado como si tal cosa ; como si no hu- 
biese hecho nada I | Ay, vecina, en este mundo no hay 
justicia contra los ricos ! 

—¡Como que son ellos los que han hecho las le- 
yes I... Vaya, vaya, dispense usted, que llevo algo de 
prisa... Voy á ver si encuentro quien le dé de mamar, 
mientras le buscamos ama. Ya ve usted iqué trastor- 
no I ¿Va usted arriba ? No metan ustedes ruido ; el 
médico ha recomendado mucho silencio. 

— Pierda usted cuidado... Ya veré yo también por 
ahi, lo del ama. ¿ Oye usted?... — dijo la carpintera vol- 
viendo la cabeza mientras seguía subiendo y la señora 
Madrona bajaba á toda prisa la escalera. 

Ya en la calle, sintió rebullir al niño entre sus bra- 
zos y apretó el paso temerosa de que despertase in- 
oportunamente. No le servían sus largas zancas para 
evitar que se le hiciese interminable la Rambla. Al 
llegar al Llano de la Boquería tomó por la Riera del 
Pino ; con esto huia de aquella calle recta, que nunca 
se le acababa y todo aquel tragín de gente y carruajes 
que le obstruía el paso. Su proyecto era echar por la 
OBille de Roca; pero al hacerlo tuvo que retroceder, 
pues obstruía la estrecha calle de acera á acera un 



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164 NARCISO OLLtR 

enorme carro de mudanzas. El niño se agitaba y em- 
pezaba á lloriquear. Madrona sudaba de angustia; do- 
líale el entrar con el niño llorando en casa de don Mi- 
guel, donde había enfermos, y á la que acudía en 
demanda de un favor. Cruzó como un rehilete por la 
plaza del Pino y la tra'vesía de Petritxol y arribó por 
fin, con un palmo de lengua fuera, á la ansiada casa. 
Afortunadamente para ella, el niño no acabó de rom- 
per á llorar. 

La Anita la hizo entrar otra vez en la cocina, empe- 
zando luego á describirle con enérgica frase las tribu- 
laciones de aquella casa y llenándole el corazón de 
nuevas angustias. La señora llevaba muy mal camino, 
los médicos la daban como cosa perdida, don Miguel 
estaba desolado ; no había que pensar, pues, en verle, 
y como si toda la servidumbre no sufriese bastante 
con trabajar día y noche y viendo tan afligido al señor 
y en tan gran peligro á la señora, aquella bruja de 
doña Tula cada día los maltrataba más. 

— Pero, ¿ qué trae usted ahí ? á ver, á ver. ¿ Un chi- 
quiIlo?^pregúntó después de su charla, abalanzándose 
á destaparlo. 

— Sí; venía á ver si el ama me le podría dar teta por 
algunas horas, mientras su familia encuentra quien le 
siga criando. 

La cocinera abandonó las hornillas y acudió á ver el 
niño. 

Las dos criadas decian que era como un sol; la Anita 
quería tenerlo un rato, lo comparaban con el de casa 
y lo encontraban más chico. La señora Madrona se 
consumía entretanto. 

— Tómele usted, vea si pesa — dijo la doncella á la 
cocinera.— Me voy á buscar al amo para que venga á 
verlo. 

Al pasar de unos brazos á otros, comenzó á llorar el 
niño, y por más que se esforzaba la cocinera en me- 



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LA MARIPOSA 



i65 



cerlo, en acariciarle y consolarle con el calor de sus 
mejillas encendidas por la lumbre del fogón, nada po- 
día conseguir. 

Á poco, oyéronse una pisadas que hacían temblar el 
pavimento, y apareció el ama seguida por la doncella 
y por Manuel. Ente- 
rada ya por la Anita, 
quien, según su cos- 
tumbre, se había pre- 
cipitado á explicar- 
le la pretensión que 
traía la Madrona, el 
ama, sin decir una 
palabra, cogió al ni- 
ño, se lo arrimó al 
pecho y desplomó so- 
bre una silla su pesa- 
do y robusto cuerpo 
de montañesa. La 
criatura empezó á 
chupar con tal ansia que se atragantaba. 

— I Jesús Dios! ¡qué chico más hambriento ha traído, 
buena mujer I | Ya le hace falta una buena teta al po- 
bretínl— dijo la nodriza contemplándole con esa ternura 
que el amamantar despierta desde el primer momen- 
to en toda mujer. 

Y pronto se vio establecerse una corriente de miste- 
rioso amor entre el inocente angelito y aquella mujer 
que le vela por primera vez en su vida. El niño abría 
sus ojos indecisos de corderillo ; con sus deditos de 
muñeca probaba maquinalmente á agarrarse á la blan- 
ca teta, mientras por su parte, la robusta montañesa 
lo sostenía con amor en la sangría de su atezado brazo 
y con su ancha mano le calentaba la carita ó le acari- 
ciaba la cabeza. 

El criado Manuel, contemplando aquel cuadro con 




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l66 NARCISO OLLER 



la soDrisa del soltero impeDÍtente, interrumpió la con- 
versación de las mujeres preguntando á la señora Ma- 
drona si era suyo aquel rorro. 

— I Pobre de mí I— contestó ella. — | Para eso sirven 
ustedes los hombres, para tomar en broma las cosas 
más serias I 

Anita echó de la cocina al criado con un empujón 
amistoso. 

Nadie en aquella casa había tenido el menor indicio 
de lo ocurrido á Toneta. Medio año hacia que no ha- 
bla parecido por allí á coser, y todos la suponían con 
una tía suya de fuera, como había dicho la señora Ma- 
drona á cuantos pudo decirlo buenamente. Dijo enton- 
ces que Ramoncito era de una vecina por quien se 
interesaba ella mucho, y expuso á la nodriza cuánto se 
le agradecería aquel favor, caso que pudiera hacerlo. 
Ya hablaría con don Miguel, y entretanto resolvería 
todo lo preciso para encontrar un ama. 

Llegó el momento propicio para hablar á don Mi- 
guel. La señora Madrona hizo un supremo esfuerzo, 
echó fuera toda la vergüenza que la agobiaba y descu- 
brió la desventura de Toneta, suplicando el mayor 
secreto. El señor de Castellfort, harto preocupado con 
el estado de su esposa, recibió aquella noticia con un 
gesto de compasión, no puso reparo alguno en conce- 
der el favor que se le pedía, con tal de que á la nodri- 
za no le contraríase, y tan sólo exigió que dejasen allí 
al niño ó que lo trajesen para darle de mamar, pues el 
suyo estaba algo resfriado y no quería que lo abando- 
nase el ama, ni lo sacasen al aire. 

Ya estaba resuelto el primer conflicto : el angelito 
no se moriría de hambre. 

— I Vamos á ver ahora cómo lo toma la criatura de 
su madre ! — dijo la señora Madrona al ama, dándole 
las gracias por su bondad, y emprendiendo el camino 
de su casa, no libre todavía de cuidados. 



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LA MARIPOSA í6j 

Llamó, y al abrir Angelita, se le ensanchó el cora- 
zón. En la cara de su hija leyó que había habido mejo- 
ría. Sí; Toneta habia recobrado poco á poco la respi- 
ración normal, y la debilidad de su voz demostraba 
que la fiebre iba bajando por momentos. No habia so- 
brevenido la desesperación que se temía en aquella 
madre ; parecía como que la falta de fuerzas le robaba 
energía al espíritu. Había preguntado por el niño, le 
habían confesado con miedo la verdad y se había con- 
formado á ella, dejando tan sólo escapar una turbia 
lágrima que surcó pausadamente su mejilla. Luego se 
había dormido y continuaba descansando todavía. 

— i Ay ! ¡ Bendito sea Dios 1— exclamó la señora Ma- 
drona, cruzando fuertemente las manos y levantando 
al cielo los ojos. 

Cuando Toneta despertó, volvió la cabeza al lado 
donde estaban sentadas sus enfermeras, y viendo á la 
señora Madrona y alargándole la calenturienta mano, 
le preguntó con voz apagada : 

— ¿ Estará bien el pobrecito ? 

— I Pues ya lo creo I No le faltará nada en aquella 
casa, no tengas miedo. No te apures, mira : tienen un 
ama lo mismo que una vaca ; es muy buena mujer y 
cuidará tanto de ¿1 como del de los señores. 

— I Pero no podré ver á mi pobrecito hijo I 

— Ya lo veré yo por mañana y tarde. ¿No tienes con- 
fianza en mí ? 

Otro apretón de manos contestaba afirmativamente, 
y después de una de aquellas pausas que el dolor con- 
cede al labio, pero no al pensamiento, nunca como 
entonces activo, continuó Toneta : 

—Pero por eso, ¿ no dejará usted de buscar, eh } 

—¡Pues no faltaba más, hija i Ya lo tengo encargado 
á tres ó cuatro conocidas. La carpintera se me ha ofre- 
cido ella misma. No tengas miedo, mujer; dentro de 
ciiatro ó cinco dias volverás á tenerlo aquí. 



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l68 NARCISO OLLER 

— I Ay, no I Quiero que me lo traiga usted antes al- 
gún ratito. 

—SI, hija, si ; todo lo que tú quieras... Vaya, Taya, 
ahora á descansar ; no hables tanto. 

—Y doña Mercedes, ¿ cómo se encuentra la pobre } 

—Va pasando, pasando. 

— i No tendrá ningún mal que se pegue, eh ? Porque 
entonces no quiero que esté allí mi hijo y me lo traerá 
usted en seguida, corriendo, corriendo— dijo de pronto 
Toneta exaltándose progresivamente. 

— ^Nada de eso, muchacha, nada de eso. No pienses 
esos disparates... ¿Cómo puedes suponer que expu- 
siese yo al niño, queriéndole tanto como tú ? Vamos, 
descansa y calla, que el médico ha dicho que no te 
conviene hablar. 

— ¿ Ha visto usted á la señora ? 

—No. 

--¿ Pues cómo ? 

— Porque no dejan entrar á nadie en su cuarto. 

— Pues entonces, ¿ cómo puede usted asegurar na- 
da... ? pueden haberla engañado... 

— Pero, hija de Dios, no seas asi... Si fuese eso, 
¿cómo habían de tener alli á su hijo ? { qué idea se lle- 
varían al engañarnos, cuando al contrario nos hacen 
un favor tan grande ? Sosiégate, mujer, | por los clavos 
de Cristo I j En qué casa podrías tenerlo mejor ? 

— Sí, es verdad ; I pobres señores 1 bastante hacen, 
bastante I 




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I^\abían transcurrido ocho dias; eran las nueve de 
^^^^IdL mañana y delante de la casa de los Castellfort 
iban formando fila algunos carruajes. El hijo de Cas- 
tellfort habla muerto como de repente, de una pulmo- 
nía, que los médicos no supieron conocer hasta el últi- 
mo momento. 

Tamaña desgracia era tanto más dolorosa cuanto 
que el estado de la señora de Castellfort no consentía 
la expansión, ni la manifestación siquiera, de la pena 
que á todos acongojaba. Hacia veinticuatro horas que 
hermana y marido se relevaban á menudo al lado de 
la enferma, para ir á dejar correr recatadamente las 
lágrimas contenidas y volver á entrar de nuevo ha- 
ciendo de tripas corazón y hablando con forzada son- 
risa de las monadas del niño cual si estuviese en plena 
salud. Era aquel un tormento infernal ; pero el estado 
de la enferma, que iba nlejorando, así lo exigía, so 
pena de perderla á ella también. Castellfort recogía 
entonces, en medio de su desgracia, los resultados de 
su caridad hacia el hijo de Toneta. Ya le había encon- 



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tJO NARCISO OLLER 

trado ama la señora Madrona, pero aún llegó á tiempo 
para deshacer el trato, quedarse en casa al niño. Tes- 
tirio con la ropa del muertecito y poderlo presentar á 
su Mercedes como á su propio hijo, si manifestaba de- 
seos de Terlo. Cuando esto ocurría, el pobre padre 
salla de la alcoba, con el corazón traspasado, y al mis- 
mo tiempo daba gracias á Dios por poder Talerse de 
aquella mistificación, tan necesaria álaTidade su ido- 
latrada esposa. Doña Tula enredaba por la habitación 
como quien anda poniendo en su sitio las cosas, y la 
nodriza, conteniendo las lágrimas, paseaba los nubla- 
dos ojos por el techo. Todos se amparaban con aquella 
necesidad de reposo tan recomendada, para abreviar 
aquellas escenas de cruel tirantez, y la madre, en be- 
neficio de su hijo, á quien no quería dejar huérfano, 
cedía y reprimía fácilmente sus deseos. 

Asi habla llegado la hora cruel del entierro que iba 
á hacerse sin pompa, ni ceremonia religiosa de ningu- 
na especie, con objeto de que no pudiese llegar á herir 
el oído de la madre el menor eco de cantos litúrgicos. 
Acompañarían al pequeño cadáver al cementerio no 
más que cuatro parientes y amigos, convidados parti- 
cularmente, y á quienes á la sazón recibía don Rafael, 
el afligido abuelo, en las habitaciones de la fachada, 
las más apartadas de la alcoba de la madre, y que, de 
propósito,* estaban además incomunicadas por una 
puerta cerrada á cal y canto. 

Manuel, vestido de negro y con cara de circunstan- 
cias, abría la de la escalera á los convidados en cuanto 
conocía que iban á tirar de la campanilla, y los intro- 
ducía en aquellos salones tapizados de raso y en los 
que las cerradas maderas y las cortinas tendidas, impe- 
dían el paso á toda luz exterior, al mismo tiempo que 
avivaban el dorado resplandor de la estancia mortuo- 
ria, abierta á la vista de todos. 

—I Pero hombre I { qué ha sido esto } i Quién se lo 



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LA MARIPOSA I7I 



había de figurar? — exclamaban todos al entrar, ha- 
blando bajito y engrosando los círculos, que iba for- 
mando la simpatía. 

—¡Pues ha sido una pulmonía mal comprendida! 
Los médicos andan á ciegas en tratándose de niños. 

— I Cuéntemelo usted á mi ! — replicaba un padre es- 
carmentado, con los ojos tiernos. 

— I Cómo ha de ser! Hace quince días tanta alegría 
en este mismo sitio... ¡Pobre Miguel! 

— |Psé! Este es el mundo. Y la Merceditas, ¿parece 
que está mejor, eh } 

— ¡ Oh ! sí ; ya está casi bien ; pero también ha esta- 
do si cae y si no cae, también I — dijo don Rafael inter- 
pelado al paso. 

— En ñn, del mal el menos. Peor hubiera sido que 
hubiese muerto la pobre Mercedes. Del niño pronto se 
olvidarán ; ya irán viniendo otros á distraerlos. 

— Es lo que pasa. Ahi tienen ustedes á Pablito Puigbó, 
á quien todos ustedes conocen... 

Y empezaban á referir historias de amigos y conoci- 
dos, cuando el padre escarmentado volvió la espalda 
y se acercó á otro grupo en donde se trataba de la baja 
del algodón. Dos de los presentes, en otro lado, esta- 
ban acordes en opinar que los médicos no saben nada 
y que la medicina es impotente, ó poco menos, para 
remediar toda enfermedad grave. 

— I Claro 1 El sino de cada uno. 

— |Sí, hombre, sil ¡Desgraciado el que tiene que 
morirse I Vivimos todos de milagro — exclamaba su in- 
terlocutor, prestando en seguida oído á ciertas risas 
contenidas que se oían en el inmediato gabinete. 

—{Gente joven ; edad feliz! 

Eran efectivamente tres pollos que se habían refu- 
giado alli dentro, para hablar con libertad de la ópera 
de la víspera, del quiebro dado por una bailarina á un 
amigo de todos ellos y de aventuras tan propias de su 



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IJ2 NARCISO OLLKR 

edad, como de impertinente recordación en aquellos 
momentos. 

Entraron dos dependientes de la compañía funeraria 
y atravesando en silencio el salón, se dirigieron prece* 
didos por don Rafael á la estancia mortuoria. Entre- 
garon la llave y cogiendo uno de ellos la ligera caja 
debajo del brazo, siguió en pos todo el acompaña- 
miento, de puntillas y sin despegar los labios. La no- 
driza, los criados y la señora Madrona atisbaban con 
los ojos llorosos, apiñados todos en el fondo de una 
habitación excusada que daba á la antesala. 

¡ Aquel ser que había empezado siendo grata espe- 
ranza primero, luego brillante realidad, siempre el 
más hermoso y dorado ensueño de un matrimonio 
enamorado, había volado al cielo cual aroma de una 
flor, de quien se llevaban ahora con tanta ceremonia 
no más que su marchito cáliz, desecado por el frío 
hálito de la muerte I 

Ya había llegado el cadáver al portal, cuando de 
pronto se oyó un agudo grito de espanto. La comitiva 
se detuvo á media escalera y todo el mundo, sorpren- 
dido, se abalanzó á la barandilla para ver qué ocurría, 
saliendo al mismo tiempo al descanso todos los criados, 
arrastrados por aquel grito. 

Una mujer, una obrera de rostro demacrado, con 
los ojos extraviados, la color perdida, presa toda ella 
de nervioso temblor, asida al pequeño ataúd y con 
voz baja y entrecortada, con acento suplicante y con- 
movedor, exclamaba : 

— I No os lo llevéis, no os lo llevéis 1 { es mío, es mi 
hijo I I Yo no lo he visto morir ; me lo han matado, si, 
meló han matado I 

Una confusión de gritos y movimientos sucedió á 
estas palabras, oídas con indignación por unos, con 
lástima por otros, por todos con sorpresa. El enterra- 
dor acometido disputaba la posesión de la caja, levan- 



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LA MARIPOSA IjS 

tándola en alto cuanto podía. Su compañero se aba- 
lanzó, al mismo tiempo que don Rafael, sobre la pobre 
obrera y ambos le asieron los brazos, para hacerle 
soltar su presa.— ] Está local ¡ Está loca I— fué el cla- 
moreo general. Y arremolinada ya toda la comitiva, 
casi rodando unos sobre otros, se despeñó por la esca- 
lera confundiendo sus gritos con las voces discordan- 
tes que subían desde el portal, lleno ya de curiosos, 
mientras la señora Madrona, fuera de si, dejando caer 
su atlética persona sóbrela retaguardia de la comitiva, 
forcejeaba por abrirse paso sin miramiento alguno, 
vociferando : 

— I Toneta I ¡ Por Dios, Toneta I | Que no es el tuyo, 
que no es el tuyo I 

Pero la confusión iba en aumento. Apiñados todos 
en tomo al grupo de la contienda, todos levantando 
los brazos y gritando á la par, perdíanse ruegos y 
amenazas entre el general estruendo, y al empuje de 
los enterradores y de don Rafael, se oponía la reacción 
del desorden, imposibilitando la huida, y clavando otra 
vez á la caja las manos de Toneta. El alboroto iba atra- 
yendo público y más público, todo el portal estaba ya 
lleno y en las disputas empezaban á despuntar dos 
partidos contrarios: unos, entre los que estaban todos 
los del duelo, caliñcaban de escandaloso el ataque de 
la loca y reclamaban el auxilio de la autoridad, para que 
dejase franco el paso al entierro y recogiese á aquella 
desventurada ; otros, casi todos gente del pueblo, con- 
movidos por los clamores de la madre y soliviantados 
por el espíritu de clase, abogaban en favor de Toneta 
y también pedían por su parte la presencia de la auto- 
ridad, para que hiciese abrir la caja y dispusiese des- 
pués lo que procediera. Pero como á las palabras ayu- 
daban las obras y la lucha desgarradora que sostenía 
aquella madre exaltaba todos los corazones, lejos de 
entenderse unos y otros, la confusión crecía por mo- 



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«74 



NARCISO OLLER 



mentos. A los gritos agudísimos de Toneta, que de 
cuando en cuando sobresalían por encima de aquella 
marejada de voces roncas y acaloradas, se unían los 
no menos fuertes que daba la señora Madrona, á me- 
dida que iba avanzando trabajosamente por entre la 




compacta multitud. Cuando se la veía descollando su 
cabeza destocada por entre los relucientes sombreros 
de copa, su brazo desnudo por el aire, la faz sudosa, 
la mirada suplicante, y contraída por el temor toda su 
varonil fisonomía, gritando, llorando, rogando, infun- 
día pavor y respeto al mismo tiempo : todos creían 
que era la madre de la loca. — | Dejarle paso I | Dejarle 
paso I— gritaban. 

—Déjeselo usted ; ¿ no ve usted que no puedo mo- 
verme ?— contestaba el que sentía en la espalda el re- 
suello de aquella mujer gigantesca y sobre el hombro 
la palanca de su brazo de hierro. 

— I Un municipal I { No habrá un municipal por ahí ? 
— gritaban de continuo varías voces. 

Cada vez era más formidable y compacto el concur- 



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LA MARIPOSA IjS 

SO allí reunido y de más difícil arreglo el conflicto. De 
la sorpresa se había pasado á los comentarios, y con 
el acaloramiento de la confusión se daban como hechos 
realizados las suposiciones más gratuitas, empezando 
á entablarse ya discusiones particulares en las que no 
quedaba muy bien parado el buen nombre de don 
Miguel Castellfort. Ya comenzaba á correr de boca en 
boca la especie de que callí se trataba de ocultar algún 
crimen misterioso.» Aquella trabajadora no estaba 
loca, no ; era una madre desesperada : no había más 
queoir cómo se expresaba. Había algunas mujeres 
que hasta amenazaban con los puños al cuarto princi- 
pal. Otros hablaban de oponerse al paso del coche 
fúnebre si llegaba á él la caja sin permiso de la justi- 
cia. De todos los cuartos de la otra escalera habían ido 
bajando los Tecinos para reforzar la defensa de Cas- 
tellfort; y los criados, presos en los balcones del patio, 
pedían á gritos explicación del hecho á la charlatana 
de Anita, que no acertaba á comprender cómo había 
podido la señora Madrona tenerse guardado el per- 
cance de la costurera. Los demás criados de Castell- 
fort, enterados ya de lo que pasaba, habían tenido la 
prudencia de retirarse y Manuel corrió á avisar á su 
amo. 

Pero mientras éste, todo estremecido, se enteraba 
del suceso, ya la nodriza bajaba á brincos la escalera, 
con el hijo de Toneta en brazos, confundíase entre los 
empujones de aquel tumulto, pedía paso con toda la 
fuerza de sus pulmones, para poner fin de una vez al 
conflicto. Al mismo tiempo dos municipales y dos po- 
lizontes se abrían calle desde el umbral, levantando 
protestas y gritos en aquellos mismos que poco antes 
clamaban por ellos, y Castellfort, con el alma en los 
dientes, erizado el pelo, bajaba la escalera de mármol, 
casi sin sentido. 

Los municipales se apoderaron del ataúd y los poli- 



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176 NARCISO OLLER 

zontes sostenían y contenían al mismo tiempo á Tone- 
ta, quien, de rodillas, intentaba seguirá los primeros. 
Afortunadamente llegaron á donde estaba aquella 
madre desolada, la señora Madrona, muy luego la no- 
driza y por fin Castellfort. 

— I No llores, no te desesperes, bija mía I No es el 
tuyo el que llevan á enterrar, es el de doña Merce- 
des. 

Toneta se negaba á escucharla, meneando la cabeza, 
suelto el cabello y desgreñado sobre su desfigurado 
rostro. 

—{Aquí tienes el tuyo! Mira, Ramoncito, mira. 
¡ Sosiégate, hija, sosiégate, por los clavos de Cristo I 

Y cogiendo por el aire al niño envuelto en lazoá y 
puntillas, que le alargaba la nodriza, se lo puso en el 
regazo á Toneta. 

Hubo un momento de general expectación. Toneta 
cogió al niño con desconfianza, clavó en él sus ojos 
hinchados y encendidos, le separó la bordada gorrita, 
para mirarle una de sus orejitas, que debia tener un 
lunar como la cabeza de un alfiler, y reconociendo á su 
hijo, empezó á besarlo como una loca, le aprisionó 
entre sus brazos y rompió en sollozos que partían el 
alma. 

Un I aaah I de deseada expansión desahogó todos los 
corazones; mil lágrimas surcaron los rostros de la 
multitud. 

—Sí, Toneta, sí; afortunadamente para usted es el 
mío el que se llevan I— exclamó Castellfort haciendo 
un supremo esfuerzo. 

Y cayó en seguida deshecho en llanto en brazos de 
un amigo, mientras saliendo otros de su sorpresa, lo 
rodeaban y cariñosamente lo llevaban hacia arriba. 
Una mirada de profunda compasión, lanzada por los 
mismos que poco antes lo tenían por un malvado, le 
acompañó por la escalera, mientras él con la cabeza 



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LA MARIPOSA 177 



vuelta y llorando abundantemente, no perdía de vista 
el ataúd. 

Sosegado el tumulto, ocupó el disputado cadáver el 
coche de gloria, llenáronse los del duelo, y el triste 
convoy se puso en marcha, comprimiendo los grupos 
que, esparcidos por la calle, comentaban el hecho.— 
I Qué equivocación tan terrible I ¡ Pobre mujer I ] Pobre 
padre!— oian por todas partes, desde el fondo de los 
carruajes, los impresionados acompañantes, mientras 
cepillaban con la manga los despeinados sombreros y 
se componían el lazo de la corbata. 

— I Ya, ya 1— exclamó uno de aquellos caballeros— 
I pasan unas cosas que si se vieran en una novela ! 
¡ Pobre Miguel I 

Entretanto, un grupo todavía numeroso rodeaba á 
Toneta, quien, sentada en el primer peldaño de la es- 
calera de mármol, seguía exhalando el dolor de su pe- 
cho, teniendo ansiosamente agarrado á su hijo. La se- 
ñora Madrona á su lado y la nodriza delante trataban 
de consolarla. De todas partes llovían ruegos y conse- 
jos. cEstaba sudando, con la ropa destrozada, allí co- 
rría aire... debían echarle un mantón, abrigarle la 
cabeza.» Y tres ó cuatro pares de pañuelos se disputa- 
ban el favor con las prendas de vestir de la señora Ma- 
drona, que caían como del cielo sobre el cuerpo de su 
ahijada. Otra hacia notar que la pobre mujer se encon- 
traba desfallecida y al punto la nodriza en cuatro zan- 
cadas subía á la cocina y bajaba una taza de caldo, 
mientras de otras partes aparecían como por ensalmo 
copitas de malvasla, agua de azahar y licores estoma- 
cales. La caridad hacía milagros, y la compasión ma- 
naba de todos los corazones á medida de las lágrimas 
de aquella madre. 

Llegó un momento en que el niño se echó á llorar. 
Toneta lo levantó amorosa hasta sus labios y empezó 
á besarle y á abrazarle con peligroso delirio. Sólo tras 



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178 NARCISO OLLER 

grandes ruegos y sentándose á su lado la nodriza, pu- 
dieron convencer á la encelada madre de que el niño 
tenía necesidad de mamar. 

Quería estarle tocando, no perder ni por un momen- 
to su contacto y al mismo tiempo al sentir el de la no- 
driza, una repulsión de rival la hacia estremecerse 
toda. El amor con que aquella mujer tenía á su hijo, le 
hada daño y en el fondo de su corazón se entrechoca- 
ban monstruosas contradicciones. La cruel realidad se 
oponía á sus anhelos de madre, obligándola á recurrir 
á servicios ágenos, y al contemplar los que con tanta 
generosidad le prodigaba aquella mujer, los celos aho- 
gaban la gratitud. Hubiese preferido una cabra á su 
ama, cualquier ser que no se pareciese á una mujer, 
á quien no pudiese el niño confundir con su madre. 

Apenas quedó su hijo satisfecho, se apoderó de él 
otra vez ; empezó á desfilar la gente y á restablecerse 
por fin la calma. 

— Vaya ¿ qué hacemos } Aquí no podemos estarnos 
todo el día, Toneta— dijole la señora Madrona con dul- 
zura.— -Estamos dando que hablar á la gente. ¿ Ya te 
has repuesto, verdad? Ya te has tranquilizado y ya ves 
que el niño no está malo ; está tan gordito que ya no 
lo conocías. El ama te le cría bien, le quiere mucho... 

Toneta lo apretó contra su corazón con un sacudi- 
miento nervioso, que no vio la señora Madrona. 

— Esa buena mujer— continuó— me ha prometido 
seguir críándole y don Miguel te pagará el ama por el 
favor que le has hecho estos días. 

— ¿ Qué favor >— preguntó alarmada Toneta. 

—El de poder ocultar á doña Mercedes, mientras se 
va reponiendo, la muerte de su hijo. 

Toneta frunció el entrecejo y pareció concentrarse 
en una idea que se desarrollaba misteriosamente ante 
sus ojos. 

—Es una obra de caridad que nada te cuesta y que 



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LA MARIPOSA I79 



bien debemos á quien tanto ha hecho por nosotros — 
añadió la señora Madrona columbrando ya objeciones. 

Como empujada de súbito por un resorte, se puso 
en pié Toneta y aferrada al niño echó á correr hacia la 
calle, espantada, hosca, con ruda resolución. 

Abrióle paso todo el mundo respetuosamente ; na- 
die se atrevió á detenerla ; sólo la señora Madrona co- 
rrió tras ella y la cogió del brazo en el umbral de la 
puerta. 

—Pero ¿qué haces, hija?— exclamó mirándola fija- 
mente, temerosa de que hubiese perdido el juicio.— 
I Atiende, mujer, sosiégate ; reflexiona un poco, por 
Dios I I Si podrás venir á verle todos los días y podrás 
estar con él todo el tiempo que quieras ! 

— I No, no. Yo no me vuelvo á separar de mi hijo I 

— Mira que aquí te lo crian bien... 

— Que venga el ama á casa. 

— Irá dentro de unos cuantos días. Ahora deja que 
se acabe esa buena obra... podemos matar á doña Mer- 
cedes. 

— Por poco no me muero yo ahora mismo. 

— ¿ Y por qué tienes esa cabeza ?... ¿ qué motivos te- 
nías para creer que se había muerto Ramoncito ? { De 
dónde podías sacar que á su entierro viniesen tantos 
coches, ni tantos señores ? 

—No me he fijado. Ayer no estuvo usted en casa en 
todo el día ; cuando volvió usted, eran las once de la 
noche y esta mañana á las seis ya estaba usted en la 
calle. Hacia tres días que no me habían llevado el niño, 
la veía á usted triste... 

— Ya te decía que estaba bueno. 

—Y i qué me habla usted de decir? Pero yo cavila- 
ba, me fijaba en todo lo que hacía usted y en cuanto 
he podido escaparme de la Sión, he venido corriendo 
aquí... veo el carro de los muertos á la puerta... y ya 
no he visto nada más. { Me están engañando I— se me 



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x8o NARCISO OLLER 

ha ocurrído— I mi hijo se ha muerto I Y cuando ponía 
el pié en la escalera, me tropiezo con la caja! ¿Qué hu- 
biera pensado usted ? | Lo mismo que yo, si, lo mismi- 
to que yo, vaya ! — exclamaba Toneta con la voz entre- 
cortada por los sollozos y por una respiración cada vez 
más fatigosa. 

La compasión embargaba á cuantos de nuevo la ro- 
deaban. La nodriza y la señora Madrona lloraban á 
moco tendido. 

Un poco rehecha ya de la emoción, repitió ésta con 
voz suplicante : 

— Te pagarán el ama... 

— Ya sabré pagármela yo ; trabajaré día y noch^ si 
hace falta. 

— Pero, hija de Dios, si aún estás mala, si necesitas 
descanso... 

— Cien vidas que tuviera las darla por mi hijito. 

Y llorando lo besó por milésima vez. 

—Pues mejor puedes hacer este pequeño sacriñcio. 
Podrás venir á verle siempre que quieras... esto será 
por pocos días; ¿ qué más quieres, mujer ? 

— I No, no y no I... Idos todos juntos á paseo— gritó 
fuera ya de sí.— No me lo arrancaréis de los brazos; 
me cuesta mucho y es mío ; no tenéis derecho ningu- 
no á él. Y I ea I dejadme pasar, hemos concluido. 

— I Señor, señor!... Pero, mujer, ¡ si aquí estará me- 
jor que en casa I 

— I Mejor que en casa ! | Ave María purísima ! Vaya 
usted á decirle esos disparates á otra tonta que los 
crea. Puede que alguna vez, por no oirle llorar, le echa- 
ran al desván como á un gato. 

La señora Madrona se santiguó horrorizada, y cru- 
zando las manos, con una profunda compasión en su 
rostro, exclamó : 

— I Cómo puedes pensar eso de quien tanto bien nos 
ha hecho ! 



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LA MARIPOSA 



l8l 



Esta exclamación llegó hasta lo más intimo del cora- 
zón de Toneta y pronto bañó sus mejillas el llanto del 
arrepentimiento. Pero, súbitamente, herida por el te- 
mor de que iba á ablandarse, aferrando bien al niño 
contra el pecho apretó á correr hacia la Rambla, enre- 
dándose en los volantes descosidos de su falda, revo- 
lando á medio caérsele mantón y pañuelo, llamándola 




atención de la gente con sus enmarañados pelos, con 
los ojos extraviados y perdida la color por el espanto. 
La pobre señora Madrona se resignó á seguirla, mu- 
dos los labios y destrozado el corazón por la pena. De- 
trás de ellas, deslizándose arrimada á la pared, iba 
también la nodriza, como atraída por el imán de la 
criatura y cuando vio la pobre que no tardó en juntar- 
se una turba de necios curiosos y rapaces insolentes que 
iba acompañándolas, formando, á poco, uno de esos 
grupos que hacen volver la cabeza y pararse un mo- 
mento al transeúnte indiferente, la buena de la monta- 
ñesa se sintió avergonzada y se metió en un portal á 
llorar. Aquella turba se perdió Rambla abajo y miles 
de personas, al echar una mirada de lástima á Toneta, 
murmuraban : «|Es una loca, pobrecilla U 



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XVIII 



^^ L trastorno de aquella mañana ocasionó á Toneta 
^^otro ataque de acistolia más largo y grave que el 
primero. Sólo á fuerza de ventosas, sinapismos y re- 
vulsivos muy enérgicos, se logró desahogarle el co- 
razón. 

El médico encontraba más acertado cada día su pri- 
mer diagnóstico ; era evidente que Toneta padecía una 
endocarditis muy arraigada ; la menor contrariedad po- 
día producirle otro ataque, poniendo en grave riesgo 
su existencia. Convenía, pues, ante todo, una gran 
tranquilidad de espíritu. 

—Esto no será nada. Volveré luego — dijo al despe- 
dirse, observando en las caras de aquellas mujeres la 
expresión de la alarma. Pero al bajar la escalera el mé- 
dico movía la cabeza con el disgusto de quien acaba 
de sembrar confianzas y ve inevitable el desengaño. 

— ¡ Siempre lo mismo !— iba murmurando^buscar 
la verdad para ocultarla á los demás ; revolver las zar- 
zas, clavarse uno la espina y convertir en sonrisa el 



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184 NARCISO OLLXR 

¡ayl que pugna por escaparse de los labios. | Aun como 
ya tiene uno la piel curtida I 

Desde aquel día pasó la señora Madrona por todas 
las alternativas de confianza y desfallecimiento que 
traen consigo las verdaderas enfermedades. La pobre 
mujer había visto morir mucha gente y harto conocía 
que el mal de su ahijada era para alarmar de veras; 
pero con objeto de no contagiar con su miedo á sus 
hijas, ocultaba las lágrimas. Otras veces, ilusionada 
por el consuelo que sugiere el cariño, se engañaba ¿ sí 
propia, dando inmotivada importancia á las falaces lla- 
maradas de vida que encuentra la muerte en su cami- 
no y que no son otra cosa que avanzadas de fuegos 
fatuos. Y sus labios tan pronto repetían aquel «j Bah, 
bah I Pecho al agua It como exclamaban con voz baña- 
da en llanto: «I Pobre ángel de Dios! {Desventurada 
madre!» 

A la mitad del ataque de Toneta había aparecido la 
nodriza, atraída por el cariño que le inspiraba el po- 
brecito niño. La buena montañesa se había imaginado 
los apuros en que se verla aquella familia, por el pron- 
to, y no quiso que pasase hambre la criatura. Al en- 
contrarse con aquel nuevo trastorno, ayudó á cuidar 
de la enferma y se ofreció á darle de mamar al niño, 
aunque fuese de balde. Estaba dispuesta á quedarse 
allí para todo lo que hiciese falta, deseando tan sólo, 
si era posible, llevar un par de dias el niño á casa de 
los señores, para que doña Mercedes no recibiese el 
golpe tan bruscamente. Don Miguel la había conmovi- 
do con los ruegos que en este sentido le habla hecho. 

Por suerte inesperada, Toneta mostró tal flojera de 
voluntad, que todo lo facilitó. Miró al niño con ojos en 
que aparecía esa indiferencia que da el abatimiento, 
lo besó y con voz desmayada y dulce, dijo : 

—Puede usted llevársele con tal de que me le traiga 
un ratito cada dia. {Pobre doña Mercedes I— añadió 



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LA MARIPOSA l85 



volviéndose del otro lado, con el dolorido desmadeja- 
miento de los enfermos. 

A media noche se despertó preguntando por su 
hijo. 

— ¿Pues no recuerdas que se le has dejado al ama? 
— dijo la señora Madrona que se había empeñado en 
velarla. 

— I Ahí si, es verdad! He soñado tantas cosas, que 
me parecía que hacía mucho tiempo de eso. Encended 
luz, que ya estoy harta de dormir y esa mariposa me 
da una tristeza!... 

La señora Madrona obedeció y la enferma empezó ¿ 
charlar como si tal cosa. A buen seguro que en cuanto 
viniese mañana el médico, la daba de alta : cuando una 
está enferma no tiene ensueños agradables y ella aca- 
baba de soñar cosas dulcísimas. Todos los buenos mo- 
mentos de su vida habían renacido llenos de luz, de 
verdad, de vida, como si volviese á ellos. ¡ Ah I ¡Qué 
edad tan buena aquella! 

— Cuando pienso que el niño la ha de pasar todavía, 
me pongo muy contenta. | Y esa edad dura más de lo 
que se cree ! ¡ vaya si dura!... Porque hasta que una 
tiene diez y siete ó diez y ocho años, todo son alegrías 
aunque tenga una que trabajar. ¡ Claro está 1 Si yo me 
acuerdo todavia de que cuando nos hacíais coser, la 
Sión, Angelita y yo, nos hacíamos la cuenta de que 
estábamos cosiendo vestidos para las muñecas; y 
cuando me enviabais con una cesta de carretes á la fá- 
brica, siempre encontraba por la calle alguna amiga 
para jugar á ver quién corría más y á pararnos delan- 
te de los escaparates para repartirnos lo que había 
dentro... hasta que pasaba algún chico y nos daba un 
tirón del pañuelo que se nos caía al cuello, mientras él 
escapaba corriendo y haciéndonos burla. | Sobre todo 
yo no sabía quitarme de delante de las muñecas! Me 
acuerdo de una grande, muy grande, como una niña 



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l86 NARCISO OLLBR 



de tres años, que llevaba sombrero, falda y delantalito, 
con sus medias y zapatitos y todo, y que estaba col- 
gada en medio de la puerta de unas corseteras de la 
calle de la Cera. | Qué gustos y qué sustos me había 
dado la tal muñeca I No podía pasar por allí sin parar- 
me á contemplarla : dejaba la cesta en el suelo y plan- 
tada como una mujercita refitolera, atisbaba con los 
ojos á ver si la vela las piernas por entre las enagui- 
llas. Me parecía cosa imposible una muñeca con las 
piernas fuertes y bien hechas y luego pensaba (miren 
ustedes en lo que iba á fijarme I ): ¿cómo la dejarán 
cuando la descuelguen de ahír ¿en pié ó sentada?... 
Un dia, que estaba muy embelesada contemplándola, 
salen de pronto dos gatos arañándose, y de un brinco 
se me meten en la cesta, esparramándome por el suelo 
de la calle dos ó tres docenas de carretes todos deshe- 
chos. I Jesús I me dio tal susto que las corseteras tu- 
vieron que hacerme volver en mí. 

— I Y no nos dijiste nada, mala pieza I —exclamó Ma- 
drona inconscientemente entretenida por la charla. 

— No ; porque no me riñeseis por lo de los carretes ; 
bastante me regañó aquel señor Ignacio, el mayordomo 
de la fábrica, que tenía tan mal genio. 

Asi, charlando como una chicuela, siguió todavía 
mucho rato, y la señora Madrona, escuchándola, iba 
animándose con igual candidez. Aquel afán de hablar, 
aquellas alegres memorias no podían ser más que in- 
dicios de salud. 

— I Bah 1 i Bah 1 | Pecho al agua 1 j La hemos de sacar 
adelante! 

Al día siguiente cambió la decoración. Toneta se 
despertó malhumorada. Hasta la voz parecía habérsele 
vuelto áspera y cascada. Desde muy temprano, pro- 
testó de que la tuviesen á oscuras, y como, para no con- 
trariarla, abriesen las maderas, la emprendió entonces 
contra el cielo que estaba encapotado y triste. Habién- 



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LA MARIPOSA 187 



dose ido á descansar la señora Madrona, negóse To- 
neta á tomar el medicamento, si no se lo daba la Sión. 

— ¿Pero no ves que ha ido á la compra ? Tómalo, 
mujer; cuando vuelva ya te atenderá ella — dijo la 
Angelita toda afligida, al verse rechazada tan injusta- 
mente. — Mira que cuando venga el médico nos va á 
regañar, pues nos ha mandado que te demos de esto 
cada tres horas y te está sentando bien ; tú misma te 
estás haciendo daño. Tómalo, mujer, tómalo. 

Por toda contestación apretó los dientes como un 
chiquillo mal criado y dijo que volviesen á cerrar las 
maderas. 

— Para ver un día tan feo, prefiero no ver luz nin- 
guna. 

En cuanto volvió la Sión, corrió su hermana á expli- 
carle aquella terquedad. 

— No me he atrevido á despertar á madre, porque la 
pobre I está tan atrasada de sueño!... Pero ¿cómo lo 
vamos á arreglar, si hoy se empeña en tenerte aquí 
todo el día, haciéndole falta á la maestra como se la 
estás haciendo ? 

— Ya veremos. La salud de Toneta es antes que 
todo. Irás tú y yo haré aqui tu tarea. Que se hagan 
cargo de las cosas. 

Entró la Sión con el medicamento y Toneta no sola- 
mente lo tomó con gusto, sino que, variada la expre- 
sión del rostro y el tono de la voz, empezó á conversar 
con su amiga. 

— Cierra la puerta para que no entre nadie. Tengo 
que hablarte de Luis. ¡Pobre chico! nadie le compa- 
dece más que yo ; y ya ves | á quién le ha hecho él más 
dañol... Dios me libre de confesárselo á nadie, pero 
tú que eres la única á quien he hablado de esto desde 
el primer día, eres la que puedes hacerte cargo, i no 
es verdad ?... Estoy bien segura de que si supiese lo 
que me ha ocurrido, ya estaría aqui, arrepentido, al 



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l88 NARCISO OLLBR 

lado de su bijito. ¿No es verdad que slí Él no tiene 
mal corazón, no ; puedes creerlo. Pero no me ha vuel- 
to á yer, no sabe la pena que me causó... j Ayl |Si hu- 
biésemos tenido valor para ir á Ripolll... Pero, ¡cómo 
ha de ser I Los hombres son como los chiquillos... se 
vuelven locos por nosotras y no paran hasta que nos 
destrozan, lo mismo que hacen los niños con los ju- 
guetes. 

Y siguió hablando buen rato en este sentido, como 
si pusiese especial empeño en redimir á su verdugo 
ante su única confidente. 

—Yo callo, me aguanto y disimulo delante de la 
gente, para no volver á oir aquella palabra tan insul- 
tante que un dia le aplicó tu hermana... 

— I Mujer I eso fué por lo mucho que te quiere; no lo 
tomes así... 

— i No me quieres tú también ?... Pues ¿ por qué no 
le maltratas como ella ? 

Sión no supo retorcer el argumento. No se parecía 
á Angelita, que no podía quedarse con nada dentro del 
buche. 

— ¿Es que no le insultas porque sabes disimular? 

— I Jesús! no, hija mía, no; nada de eso 1 ¡Y hoy me- 
nos que nunca I— -contestó la amiga encendida y sofo- 
cada, al verse envuelta en semejantes razonamientos. 

Y trató de desvanecer aquellas dudas que la ofen- 
dían. Pero Toneta se emperró en la cuestión, como 
hubiese podido hacerlo con otra cosa, cuando tenía 
cuatro años. ¿ Es decir que ya no podría fiarse de na- 
die, ni de su mejor amiga } que todo el mundo fingía, 
menos los que hablaban con la franqueza de Angelita? 
Para vivir así más valía morirse. Si, ella ya sabía que 
Luis la había deshonrado, que había cometido una 
gran falta; pero { quién recibía todo el daño más que 
ella ? Y ella ¿ no le había perdonado ? ¿ No les decía á 
todos que aquello lo había hecho sin mala intención? 



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LA MARI POSA 189 



Pues i por qué razón los menos interesados no le ha- 
bían de perdonar como le perdonaba ella? Cuando 
menos, aquellos que sabían que era el padre de su Ra- 
moncito, debían respetarle... 

Y de este modo, gimoteando y replicando y dando 
voces, con extraordinaria animación, contra las razo- 
nes conciliadoras de la aturdida Sión, estuvo media 
hora para persuadirse de que su confidente no pensa- 
ba, ni obraba según ella presumía. 

Como el médico advirtiese cierta hinchazón en las 
extremidades de Toneta, ordenó que procurasen te« 
nérselas muy calientes, añadiendo que no hiciesen 
caso de aquel mal humor, que era efecto del tiempo. 

— i Todavía no me deja levantar } 

— Dice que hoy no. Pero pronto te levantarás, 
mujer. 

.-^1 Sí, para el otro mundo 1— exclamó dejando esca- 
par una lágrima. 

Entró la nodriza con el niño, y apoderándose de él 
la madre, lo cubrió de besos y se lo sentó al lado para 
contemplarle, rogando á la montañesa que saliese un 
momento á distraerse. La buena mujer obedeció á 
una seña que disimuladamente le hizo Sión. 

Una vez fuera el ama, dijo Toneta : 

— i Sabes por qué me la he quitado de delante } Por- 
que me da envidia: todo el día me tiene á mi hijo; me 
está pareciendo que me lo ha robado... y para el tiem- 
po que lo voy á ver... 

— I Qué ideas tienes hoy, mujer I No seas así ; lo que 
has de pensar es que te lo cría como un cachorro. 

•—Mira ; por si acaso me muero, quisiera pedirte una 
cosa : que no te apartes nunca de él aunque te cases... 
¿ lo oyes ?... aunque te cases. Ya sé yo que lo querrás 
como si fuese tuyo... 

Sión se enjugó ios ojos con la camisa de batista que 
estaba cosiendo, y al advertirlo Toneta, le abrazó es- 



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igO NARCISO OLLBR 

trecbamente la cabeza, mezclándose por largo rato sus 
lágrimas, mientras que el niño, fresco y sonrosado, 
dormía con la plácida tranquilidad de toda criatura 
sana y saciada. 

Por la tarde, encontrándose sola con la señora Ma- 
drona, manifestó deseos de confesarse, sin que ésta se 
los pudiese desvanecer con las reflexiones que le hacía, 
para quitarle de la cabeza la idea de que se iba á morir 
pronto y que parecía tener clavada en el cerebro. Desde 
que le sobrevino su desgracia, no se había acercado al 
confesonario por vergüenza de declarar su falta; pero 
al presente se sentía presa de terrores y cavilosidades 
que la atormentaban de un modo horrible. El escán- 
dalo promovido con motivo del entierro, el disgusto 
ocasionado á don Miguel, la idea egoísta de arrancar 
su hijo á aquella familia, aun á riesgo de que muriera 
á consecuencia de ello doña Mercedes, producían con 
su caída una suma de pecados, que la condenaban sin 
remisión ; y en cambio surgía una voz interior que le 
prometía la fortuna de su hijo, la vuelta de Luís á su 
lado, si, contrita, acudía al tribunal de la penitencia. 
Nunca se había sentido tan llena de fe y de deseos: 
aquel era, pues, el momento oportuno : que fuesen á 
buscar un confesor. 

La señora Madrona previno al cura que no le hablase 
de darle al Señor, pues no habían ido á buscarle más 
que para satisfacer los deseos de la enferma y sin que 
el médico hubiese indicado que hubiese necesidad de 
disponerla, ni peligro alguno de muerte. Pero con 
todo, aquel acto produjo en las mujeres de la casa tal 
aturdimiento, que las hizo refugiarse á todas en la 
cocina, llorando, como si viesen por primera vez el 
principio de un fin nunca hasta entonces tenúdo. 

—j Es que ve venir la muerte, la pobrecillal— decía 
sollozando la madre. 

— I Tanto que nos hemos querido! | Ay 1 sí que lave 



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LA MARIPOSA 191 

venir, sil Vea usted lo que me decía hoy mismo I... — 
anadia Sión hecha un mar de lágrimas. 

Y su hermana Angelita, escondiendo el rostro entre 
sus brazos cruzados encima de la mesa, zollipando 
amargamente, no acertaba á explicarse cómo, habien- 
do sido siempre tan amigas, le hubiese podido llegar á 
tomar aborrecimiento en los últimos momentos de su 
vida, sin haberle dado motivo alguno para ello. 

No obstante, al día siguiente de esta escena, volvió 
á renacer la esperanza en casa de la señora Madrona. 
La confesión produjo en Toneta aquella tranquilidad 
de espíritu, aquel placentero bienestar del creyente 
que siente libre de peso su conciencia. Había entrado 
el mes de Abril, risueño, vertiendo torrentes de luz, 
que una sutil y transparente neblina parecía suavizar. 
Animada por aquella claridad, sentía la enferma deseos 
de dejar la cama; la primavera de la naturaleza pare- 
cía despertar en su corazón otra primavera que apar- 
taba de su pensamiento la idea de la muerte. En espe- 
ra del médico, quiso incorporarse en la cama, pidió 
que le trajesen el jilguero y se entretuvo limpiándole 
cuidadosamente la jaula, poniéndole cañamones en el 
comedero y contemplando cómo entre pitíos y brin- 
quitos los cogia, los descascaraba con la punta de su 
afilado piquito y se los tragaba, ladeando graciosamen- 
te su pintada cabecita. 

—Tenemos que cuidarlo mucho, que ha de servirle 
á mi niño para jugar. Ya veréis cómo se entretiene 
con él el pobrecito. 

Y viendo agitarse blandamente las enredaderas 
nuevas que verdeaban en el balcón, pidió que sacasen 
al jilguero para que se alegrase. Parecía como que 
quisiese transmitir un soplo de vida á todo lo que la 
rodeaba, como si fuese ella el centro de donde irradia- 
se la existencia universal. Su imaginación cubría de 
flores los campos, poblaba el mar de barquillas latinas. 



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192 NARCISO OLLBR 

con SU vela arrebolada por los esplendores del sol, y le 
presentaba á Luís, arrepentido de su falta, y abrazando 
á su hijo con imponderable ternura. La caridad, el 
amor brillaban en sus hermosos ojos, que la enferme* 
dad había agrandado, purificando su color. ¿Quién 
había de poder sustraerse á la fuerza de aquellos sen- 
timientos generosos, que dominaban al universo ? 

El médico prometió dejarla levantarse al día si- 
guiente; antes tenia que nutrirse un poco más. 

Entonces empezó á saborear las delicias de los tra- 
bajos que se proponía emprender. El ama le tendría 
al niño, lo pasearía, era una buena mujer á quien bien 
podía confiarlo, mientras ella por otro lado se afanarla 
los días enteros para ganar algo, y por las noches le 
haría ropita muy maja. Eso si no se presentaba á lo 
mejor Luís con la fortuna de todos en las manos, como 
le auguraba su corazón; y, si por acaso, el ama necesi- 
taba de los aires de la montaña, la acompañaría aun- 
que tuviese que trabajar en el campo, pues una vez 
fortalecida ya, esto le sería muy provechoso á su sa« 
lud. 

Cuando luego se presentó el ama, entregándole al 
niño, libre ya de casa de los señores, por haber reci- 
bido la señora de Castellfort la fatal nueva con tanta 
resignación que á todos dejó sorprendidos, exclamó 
Toneta : 

— Ya ve usted cómo se necesita estar ciego de enten- 
dimiento para negar que hoy se nos abre nueva vida, 
señora Madrona. Dios recompensa mi arrepentimien- 
to de ayer. Verán ustedes cómo desde hoy todo irá 
viento en popa. 

Y despertando á su hijo á besos y abrazos, lo levantó 
en alto, como si quisiese hacerle bailar. 

Y así , levantándose y sentándose , entregándose 
unos días á locas alegrías, para caer después en melan- 
colías que partían el alma, aborreciendo hoy á la per- 



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LA MARIPOSA 193 



sona á quien al día siguiente quería tener á su lado; 
unas veces mostrando entusiasta esperanza en Ja cien- 
cia del médico, otras maldiciendo su ignorancia, para 
dejarse entregar con ciega fe, á remedios de curande- 
ros que la carpintera y demás vecinas venian preconi- 
zándole; ya mostrándose terca como un buey, ya dócil 
como un cordero, y siempre afligida por ese malestar, 
esa inconstancia abrumadora, que exterioriza la lucha 
tremenda que sostienen el espíritu y la materia, cuan- 
do llega la muerte á relajar los lazos de su unión, fue- 
ron pasando días, gobernada aquella pobre familia por 
la tiranía caprichosa de la enfermedad y el choque 
constante del desengaño y la esperanza. 

Avergonzada la señora Madrona por lo acontecido, 
se habla retraído de volver á casa de sus protectores, 
á pesar de haber tenido que empeñar ya la mayor 
parte de sus alhajillas y ropas, para ir conllevando la 
enfermedad, cuando se le presentó un día Manuel con 
recado de que su señora deseaba verla. La buena mu- 
jer se precipitó á obedecer, con tener metido el cora- 
zón en un puño, por el trastorno de su casa y por la 
vergüenza que iba á pasar. 

La señora de Castellfort, lejos de insinuar la menor 
queja, habló como madre desventurada que harto bien 
se imaginaba cuan terrible debió ser la sorpresa su- 
frida por la pobre Toneta, mostrándose llena de tierno 
remordimiento, por haber sido la causa involuntaria 
de aquel lance. Lo único que la tranquilizaba era que 
la misma señora Madrona conocía la pureza de inten- 
ción de su marido y que nunca nadie pudo presumir 
que aquella infeliz madre se presentase precisamente 
en el momento del entierro, para ser víctima de tan 
cruel alucinación. Aquella inesperada desgracia y la 
subsiguiente generosidad de Toneta de dejar todavía 
allí á un hijo que tantas lágrimas le había costado, en 
poder de su marido, habla aumentado sus antiguas 

»3 



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194 NARCISOOLLER 

simpatías hacia la desventurada muchacha y se creía 
en el caso de recompensar tanto sufrimiento con todos 
los medios que estuviesen á su alcance. Prometió en- 
viarle aquella misma tarde una excusabaraja de ropa 
para el niño, de la destinada á su pobrecito hijo; ofre- 
ció además ir á ver á Toneta, para pedirle perdón y 
darle las gracias, en cuanto le permitiesen salir ala 
calle, y alargó la mano á la señora Madrona para darle 
delicadamente un cartuchito de dinero. 

La señora Madrona bajó la escalera bendiciendo á 
Dios. 



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^¿/^i^mm.Ém^. 






-■^Vít.)^ 



XIX 



aN fuerte estampido del timbre de la puerta sor- 
prendió á la moza de doña Pepa, precisamente 
en el momento en que ahuecaba las almohadas del 
americano haciéndolas bailar entre sus morenas ma- 
nos como sí estuviese ensayando algún juego de c/own. 
Lanzó la que tenia sobre la cama, y arrastrando las 
chanclas, corrió á abrir la puerta. Un grito de sorpresa 
se escapó de sus labios y después de un breve diálogo 
amenizado con exclamaciones y risotadas, salió como 
un rehilete hacia el cuarto de su ama gritando : 

— Señora, señora, salga usted al momento, ¿ quién 
dirá usted que está ahí ?... Don Luis, el señorito Luis! 

El rostro de la patrona se infló de alegría, resaltán- 
dole los músculos y haciéndose más hondas las arru- 
gas, como ciertas cabezas de goma cuando se aprietan 
por arriba; expresión doblemente caricaturesca en 
aquel momento, por cuanto sobresalía del fondo gris 
de su menguada pelambrera destrenzada y caída atrás 
y quedando todas las formas del tronco ocultad bajo el 



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196 



N ARCISO OLLER 



ridiculo envoltorio de un peinador sin mangas, puesto 
á guisa de muceta doctoral. 

— Pronto, Carmen, pronto, áteme usted corriendo 
el pelo— dijo á la peinadora, agitándose en la silla, 
como si la estuviesen pinchando. 




Nunca está bien que le descubran á una las trampas 
de la cabeza. La mariposa era muy capaz de meterse 
allí de rondón. | Buen tipo estaba para andar con cum- 
plimientos! 

— Ande, ande ; hágame usted un moño cualquiera ; 
me echaré un pañuelo 7 volveré en seguida. 

Y asi diciendo, los dedos de una y otra se entrecho- 
caban por la rala cabellera, cual bolillos de encajera, 



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LA MARIPOSA I97 



escurriéndoseles el pelo cuando más querían sujetarío. 
y perdiendo tiempo cuando más querían ganado. 

Entretanto allá en el comedor se levantaba un rum- 
rum que era un gusto. Las dos sirvientas y los cinco 
estudiantes rodeaban á Luis, mareándole á preguntas, 
tirándole de aqui y de allá, dándole palmaditas en el 
hombro, celebrando sus más sencillas ocurrencias con 
risotadas de la más ingenua simpatía. Para unos había 
crecido, para otros estaba más grueso, quien le encon- 
traba más moreno, quien decía no haber variado des- 
de que se marchó de la casa. 

— I Eso es, tú has acertado! ¡Siempre el mismo! 
Mariposa aquí. Mariposa allá, en todas partes, chicos, 
rodeado Luís de unas mozas!... |Vaya unas mucha- 
chas las de Valencia!... Pero, ya hablaremos; voy á 
pagarle al cochero... ¿ Y en qué quedamos, tú, Ramo- 
na ? ¿ Qué dice doña Pepa ? ¿ Hay posada ó no para mü 

En aquel momento apareció la patrona respirando 
alegría, cubierta la cabeza con un pañuelo, que le en- 
cuadraba el rostro como un marco de ventana. 

— I Vaya una pregunta, hombre, vaya una pregunta! 
Pues claro está que la hay. No podrá usted dormir en 
su cuarto de siempre porque lo ocupa don Felipe. 
( Luis no le conocía.) Pero todo se arreglará: pues no 
faltaba más! Usted es de casa. 

— SI, sí, ya lo sé que soy de casa ; en cualquier rin- 
cón me acomodo, verdad ? Y si no, ya me dará usted 
sitio en su cuarto ¿ eh ? No tenga usted miedo, no. 

Y sin más razones, pagó al cochero que dejó el cofre 
derecho en la antesala, y volviendo al comedor, quiso 
abrazar á la patrona en medio de generales risotadas, 
se sentó en una silla con las piernas muy estiradas y 
continuó sufriendo interrogatorio y comentarios mien- 
tras se enjugaba el sudor porfrente y cuello y en tanto 
que doña Pepa se había ido á continuar el ocultamien* 
to de sus calveros, después de haber mandado que sir- 



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198 NARCISO OLLER 

iriesen al estudiante una copita de vino generoso con 
bizcochos. 

Luis venia entusiasmado con las valencianitas del 
quebrado color, con cada ojo como una castaña y una 
sal 7 un salero capaces de volver tarumba al más in- 
glés de todos los ingleses. De seguro que el rey don 
Jaime babia conocido alguna antes de emprender 
aquella conquista en la que se jugó cabeza y todo. 
Puestas en aquel incomparable jardín, poblado de na- 
ranjos, hacían de la ciudad del Turia uno de los me- 
jores cielos de Mahoma, ó mejor aún del Gran profeta^ 
un hombre de buen gusto que estimó imposible ¿ in- 
necesario imaginar cosas superiores á lo que en Va- 
lencia habia visto... porque de fijo, de fijo que también 
él había estado allí. Era preciso que fueran todos sus 
compañeros. Él habia hecho más conquistas que don 
Juan Tenorio en Sevilla. 

Los estudiantes le escuchaban embelesados, muertos 
de risa; las muchachas interpretando aquellas imáge- 
nes con cierta envidia no exenta de rabia. | Eso es ! 
¡ Como si las catalanas no fuesen bastante guapas 1 

Se abrió la habitación de doña Pepa, y pasó muy 
deprisa, muy ceñido al cuerpo el mantón negro, la 
peinadora. Cerró tras sí la puerta de la escalera con 
estrépito, haciéndola resonar toda, y poco después 
apareció en el comedor la patrona, muy reluciente la 
cabeza y estirados los pliegues de la bata, como quien 
acaba de componerse. Con una mirada regañona es- 
pantó de allí á las criadas embobadas. 

— I Abran paso, abran paso I — gritó la mariposa, acer- 
cándole una silla.— >| Vaya, hombre I iQué ganas tenía 
ya de verla á usted I Mañana me voy á casa y tenemos 
que aprovechar el tiempo. 

Eran ya las once de la mañana ; aquello era viajar á 
mata-caballo, lo cual no debía permitirse ; era preciso 
que se quedase un día más. Todos le rogaban lo mis- 



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LAMAKIPOSA 1 99 



mo ; al día siguiente era Domingo de Ramos. ¿ Adonde 
iba á ir en tal día? 

— Tengo que aprovechar todo el tiempo porque no 
puedo pasar en Ripoll más que la Semana Santa, con 
mí madre; ya por Navidad no fui y la pobre me estará 
esperando. 

— Siendo así, ya no le detengo á usted ; vayase, va- 
yase — dijo doña Pepa. 

La buena mujer, que tenía á su hijo por esos mundos 
de Dios, encontró muy natural el cariñoso afán de 
Luís. 

Entonces fueron desfilando los estudiantes, despi- 
diéndose hasta la hora de comer, y patrona y estudian- 
te se enfrascaron en larga plática, refiriéndose mutua- 
mente todo lo ocurrido durante la ausencia, sin decir 
una palabra de Toneta ni de la señora Madrona. Ha- 
bían hablado ya bastante de esto ene! mes de Setiem- 
bre, cuando pasó Luis por Barcelona, camino de Va- 
lencia. El estudiante habla puesto reparos á lo de 
creerse autor de aquel desaguisado; ni la costurera, 
ni la Madrona habían vuelto á parecer por allí después 
de la carta de Tomás Llassada, y tranquilos Luís y la 
patrona ante aquel silencio, habíase borrado de su 
memoria todo aquello, como tantos otros recuerdos. 
Sofía se había casado, la otra seguía tan farsante como 
siempre, haciéndole carantoñas al don Felipito, el sus- 
tituto en el cuarto de Luis, un estudiante de medicina 
que las tenía espantadas con las calaveras y huesos 
humanos, que dejaba esparcidos por encima de la 
mesa ; las planchadoras de al lado se habían mudado 
á otra calle y don Ignacio se iba civilizando y de vez en 
cuando salía al balcón á hablar con doña Pepa ; pero 
Luis hacia mucha falta allí ; la calle de Roig parecía 
un cementerio y luego los otros huéspedes no para- 
ban en casa más que para comer y dormir. 

— ¿ Y Tomás ? i Qué hace don Tomás ? 



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200 NARCISO 0(. LBR 

— Hombre, hasta ese ha cambiado de vida. ¡Ya ve 
usted si ha habido novedades I ¿Sabe usted á qué se 
dedica ahora ?... Juega á la bolsa.,. Si, hijo, sí; lo que 
usted oye : | á la bolsa! Dice que la gran ciencia es sa- 
ber hacerse rico en poco tiempo ; que su padre se ale- 
graría más si se le presenta dictándole : aquí tiene usted 
á un potentado^ que si le dice : aqui se presenta un inge- 
niero. 

— Y ¿cómo habla de haberle dicho eso si nunca ha 
mirado un libro ? 

— ¡ Ya lo creo ! Si ¿1, que le llamaba á usted mal es- 
tudiante, todavía lo es más... Y mire usted; á mí me 
parece que quien se expone á ganar también se expo- 
ne á perder... no es eso? Pero vaya...; hasta ahora le 
va bien. Eso sí; quitando un rato por la tarde, lo de- 
más, todo el santo día y aun las noches, bolsín... Quie- 
ro decir que por las noches va á la puerta del Liceo, 
¿ está usted ?... No debe tardar en volver porque ya se 
va acercando la hora de la comida... ¡Ahí Don Luís, 
oiga usted ; usted podría hacerme un favor. Sé que 
don Tomás ha dicho que puede que ahora se busque 
otra casa, porque esto le coge muy lejos del bolsín. Vea 
usted si se lo quita de la cabeza, por Dios. ¿Dónde lo 
van á tratar tan bien ? Usted ya sabe que esto no es 
propiamente una casa de huéspedes; que aqui todo se 
da con abundancia, que se vive en familia y yo soy 
una madre de mis huéspedes, aunque me esté mal el 
decirlo. La verdad es que yo pronto tendría ocupado 
el cuarto ; no tengo más que anunciarlo en el Diario y 
es cosa hecha ; pero ya usted sabe que á mi no me 
gusta ver caras nuevas; y él... ¡todo se ha de mirar, 
hijo mío!... él me da tres duros más que los otros; 
como que es más rico también y también él gana di- 
nero y los otros no. 

Entró la doncella á interrumpirles para poner la 
mesa, operación en que se aprestó á ayudarla su ama. 



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LA MARIPOSA 



20 1 



Luis apuntalen la silla á la pared, y medio tendido en 
ella empezó á leer un periódico. Mas como de pronto 
se acordase que estava empolvado del camino, pidió 
agua para lavarse un poco, y doña Pepa se desvivió 
para arreglarle con este objeto su propio palanganero, 
provisto de la correspondiente toballa limpia, que no 
por eso dejaba de apestar á sebo. 

Entretanto el timbre de la puerta no dejaba de sonar, 
golpes estridentes y rajados de monedas que caen en 
bandeja, y en el inmediato comedor los platos y los cu- 
biertos removidos producían ruido semejante al que 
produjeran vidrio y hierro viejo agitados en un saco. 

Todos los estudiantes iban presentándose. El sol 
entraba por los balcones con ese esplendor enervante 
del medio día, y de la cocina salía la voz monjil de la 
Ramona, quien sin dejar de andar en los humeantes 
pucheros, cantaba en tono triste y lánguido : 




^^ 



■ V i l 







ne tínch jo 1* amor— que se *n diu Antonia, 
que quan lo sol ix—ella se *n va á V ombra; 
de tan blanca qu' es~n' apar una monja... 

Era la canción de aquella atropellaplatos; una balada 
popular un tanto canallesca, en la que figura una mu- 
chacha que engaña á su amante, y cuando éste se va 
lleno de tristeza á hacerse soldado de la Gira groga. 
varia de intento al oir á un camarada que dice : 



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202 NARCISO OLLER 

No ^t fassis soldat— per una minyona; 
de guapas n' hi há— al Hoch de la Pobla, 
de guapas n' hi há— com era V Antoaia. 

Cierta tarde que se hallaban embelesados en su amor 
Luís y Toneta, escucharon toda esta canción casi con 
lágrimas en los ojos, manifestando él temores de llegar 
á encontrarse en el caso del burlado amante. Fué allí, 
en aquella misma sala, casi por la misma época del 
año; todavía tenia ante los ojos el costurero, las sillas 
en que estaban sentados uno y otro... {Cuánto había 
cambiado todo ! 

Y mezclados aquellos amores con sus aventuras en 
Valencia, desfilaban silenciosos por el panorama de su 
memoria, removiendo cierto peso olvidado en el fondo 
de su conciencia, cuando se abrió de pronto la puerta 
y entró Tomás dirigiéndose á él con los brazos abier- 
tos. 

Acababa de ganar quinientos duros á la baja. ¡Fuera 
la comida de la patrona ! Era preciso remojar aquello. 
Ellos y Sugranyes y Marlet, dos satélites de diez y 
ocho años, almorzarían en La Perla, á cuatro pasos del 
bolsín. El americano convidaba. 

—¡Eso es! ¿Y por qué se lo ha de llevar usted cuan- 
do acaba de llegar ahora mismo y no le tendremos 
aquí más que unas horas? — exclamó la patrona. — 
¿Acaso no se come bien en casa?... Mejor que en el 
restauránt. 

— Señora, esto es un extraordinario. Ya volveré á ce- 
nar, se lo prometo á usted — dijo la mariposa, agrade- 
ciendo aquella manifestación de buen afecto. 

— ¡ Bah 1 Déjala, no le hagas caso !— exclamó por lo 
bajo Tomás, tirándole de la americana. — | Sugranyes, 
Marlet, andando!... ¡hoy es día de juerga! Coged los 
sombreros y á La Perla. 

Doña Pepa y su doncella, hechas unos santos de palo 



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LA MARIPOSA ao3 



delante de la mesa, miraban, compungidas, los cuatro 
cubiertos sobrantes, y la Ramona, desde la puerta de 
la cocina refunfuñaba de que asi se echase á perder la 
comida. Justamente aquel día que tanto se había es- 
merado para obsequiar al señorito Luís. Aquel demo- 
nio de guachinango era un mijistófilís. 

Entretanto iban sentándose á la mesa los demás es- 
tudiantes, sintiendo no ser de la partida, y un gemido 
del timbre anunciaba la llegada de don Ignacio. 

—Mire usted, mire usted, quien esta aquí. 

El hombre se permitió una ligera sonrisa; preguntó 
á Luís, alargándole la mano, qué tal le habla ido por 
Valencia, y obtenida respuesta fué á ocupar su sitio, 
guardó los anteojos, y con su ingénita gravedad metió 
el cazo en la sopera y empezó á servirse pausadamen* 
te hasta que tuvo el plato rebosando. 

— ¿ Ustedes gustan ?— dijo teniendo en vilo la prime- 
ra cucharada y visiblemente dispuesto á no volver á 
decir palabra. 

— Gracias. 

— Gracias y que aproveche— contestó con mofa To- 
más. — Vaya, ¿están ustedes listos? Pues vamos an- 
dando. 

La Mariposa dio un amistoso pellizco á doña Pepa, y 
los cuatro estudiantes se lanzaron á la escalera, llenán- 
dola de alegre estrépito. 

En diez minutos llegaron al restaurant, al que subie- 
ron con paso triunfante ios dos más jóvenes, cual si 
fuesen á hacer una gran calaverada. 

Instalóles un mozo en un gabinetito, en medio del 
cual había una mesa puesta, con un ramo de flores en 
el centro. Recibía la estancia luz zenital y, en lugar de 
tabique, cerrábala por un lado un biombo de lona, re- 
cubierta con papel igual al de las demás paredes. Asi, 
á poca costa, el dueño había improvisado otro reser- 
vado, ocupado á la sazón por dos alegres parejas de 



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204 NARCISO OLLBR 

ambos sexos. Esta feliz concomitancia acababa de dar 
carácter á aquella escena que para Sugranyes y Marlet 
tenia puntas y ribetes de tiberio. 

Así, mientras los otros dos esperaban que les sirvie- 
sen, picando en aceitunas y rabanillos, mirando los 
cuadros colgados ó examinando la lista, ellos todo se 
les volvía atender á las sonoras carcajadas de las veci- 
nas, muy alegres, y atisbar por Jas rendijas del biombo 
si eran rubias ó morenas, feas ó guapas y cómo iban 
vestidas. 

— Di, tü, ¿ no tendremos champagne ?— dijo Marlet, 
observando la ausencia de las copas especiales desti- 
nadas á este vino. 

— I Pues no faltaba más I— exclamó rumbosamente el 
anfitrión. 

Y pidió cuatro botellas de primera marca, con Sau- 
terne para las ostras. 

Serla un almuerzo por todo lo alto. El americano se 
había propuesto lucirse. 

Pero, I cuanto los hacían esperar I | Aquel almuerzo 
no llegaba nunca I La contemplación de aquella mesa 
con las sillas á ella encajadas, como recordando la re- 
gla de urbanidad que prescribe que no se toquen hasta 
el momento solemne, les hacía consumirse de impa- 
ciencia. Nunca fuera tan deseada una marquesa ó un 
sofá. Habíanse apurado todos los recursos de distrac- 
ción ; los vecinos que habian advertido la presencia 
de aquella gente, hablaban bajo y tenían puestos los 
ojos en las rendijas ; el paladar rechazaba la aspereza 
de las aceitunas; cada uno de ellos se había comido un 
panecillo. 

Por fin llegaron las ostras y empezó el almuerzo. Era 
ya más de la una. 

Al percibir el traqueteo de los mariscos y los platos, 
los vecinos, que conocieron estar ya libres del espio- 
naje, reanudaron la broma y volvieron á oírse por allí 



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1. A MARIPOSA 205 



risotadas, al contrario de lo que les ocurría á los estu- 
diantes que a la sazón hablaban bajito, haciendo toda 
suerte de suposiciones relativamente a aquellas indi- 
viduas. 

Luís inventaba novelas, y Tomás les pedía que no 
fuesen chiquillos y las dejasen en paz. Un extraño 
afán, una pueril rivalidad de calaverismo se apoderó 




por eso mismo casi de todos y empezaron á soltar es- 
cabrosas ocurrencias, á contar novelescas conquistas, 
á echárselas de valientes, a encontrar detestable cuan- 
to les servían, a quebrar copas con desenfado y á 
vaciar botellas sin duelo. Sugranyes y Marlet fingían 
acaloradas disputas, le buscaban la lengua al mozo y 
vociferaban descompuestos, con el chaleco desabro- 
chado y dándose grandes puñetazos en el pecho. En 
medio de la simulada disputa encendían cigarros, para 
tirarlos á las dos chupadas, y al volver á sentarse pro- 
curaban derribar con el codo algún plato. La mariposa 
iba achispándose entre la excitación de las bromas y el 
calor del vino que iba trasegando á su estómago. 
Cualquiera hubiera dicho que era tan chicuelo como 
aquellos dos pollos. Al llegar el momento del champag- 



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306 NARCISO OLLBR 

ne, se subió á una silla y con la copa en la mano iz- 
quierda y en la derecha la botella colgando, entonó el 
brindis de la Gran Duquesa, haciéndole coro los de- 
más. Por fín, rompió la botella contra la pared, protes- 
tando que no había sido allí donde había dado sino en 
el suelo. Llassada, que se había divertido en animarlos, 
y no había perdido ni por un momento su sangre fría, 
maravillábase de verle tan atolondrado y tan criatura. 
Los otros dos aplaudían desaforadamente. 



En fin, que cuando aquellos jóvenes bajaron la esca- 
lera, con los cuellos de los gabanes subidos y los som- 
breros echados atrás, quedaba demostrado que como 
perdidos y barbianes no habia quien se les pusiera ¿/e- 
lanle I 




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XX 



I lo teniendo Luís nada que hacer, cuando io de- 
^^*C jaron sus compañeros, salió por la Puerta del 
Ángel hacia el Paseo de Gracia, para tomar un poco el 
aire. Los vapores del champagne le habían invadido el 
cerebro y lo sentía pesado y turbio. Anduvo un trecho 
y se sentó en un banco enfrente del derribado Tivoli, 
hoy calle de Aragón, dominado por blanda pereza. 

Empezaban á brotar los árboles; una brisa suave 
hacía temblar su tierno follaje y el sol descendía pau- 
sadamente al otro lado de San Pedro Mártir, cual 
bomba candente que á su paso parecía traspasar un 
cúmulo de nubes deshilachadas y de colores de peces 
de estanque. Luís no pensaba en nada, complacíase en 
sentir en su frente la frescura de la brisa, dibujaba 
distraídamente con el bastón en la arena, acompañaba 
un momento con mirada retozona á las mujeres gua- 
pas que pasaban, ó contemplaba embebecido las pin- 
torescas transformaciones de aquella puesta de sol. A 



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208 NARCISO OLI.ER 

veces relampagueaba por su mente algún recuerdo 
del pasado almuerzo, y sonreía, burlándose de si 
mismo. 

Iba avanzado el crepúsculo, las nubes de fuego fue- 
ron amoratándose, tiñéndose con tonos grises, aburu- 
llonándose, y por fin se fundieron, modelándose en 
fantástica cigüeña sin patas, que quedó nadando en un 
horizonte verdoso. Entonces se levantó de su asiento 
y se encaminó hacia la parte vieja de la ciudad. La 
puesta de sol no había llegado á entristecerlo ; sentía 
restauradas sus fuerzas, y aparte de la pesadez de la 
cabeza, aquel aturdimiento iba trocándose en desorde- 
nada alegría. Por la Plaza de Cataluña hormigueaba 
gran confusión de gentes y carruajes que venían de 
la Rambla, y cuando tomó por esta calle, la encontró 
llena de atronador movimiento. 

Era aquel el momento de mayor animación para el 
mercado de las palmas; era la hora de la vuelta de 
paseo en que confluyen allí todos los coches de lujo, 
toda la gente elegante. La Rambla de los Estudios es- 
taba llena de laureles ; la de las Flores presentaba á 
uno y otro lado largas hileras de palmas que se ar- 
queaban y mecían graciosamente bajo la arboleda. El 
espacio se iba oscureciendo á medida que la mariposa 
iba internándose por la ancha avenida ; convertíanse 
los transeúntes en figuras de colores amortiguados en- 
tre los que se destacaba la nota blanca de las camisas, 
bruscamente manchada por el negro de las corbatas; 
clareaba por entre las ramas de los árboles aquel cielo 
color de agua que tiene toda la melancolía de los es- 
tanques, y allá, en último término del paseo, por enci- 
ma de la negrura de las cabezas, se alzaba todo un 
bosque de majestuosas palmas que se entrelazaban 
formando gótica arquería, campeaban aisladas, ó se 
erguían derechas como gigantescos airones. Era un 
bosque de Oriente, que caminaba, con el murmurio de 



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LA MARIPOSA 211 

la juguetona brisa, animado por los clamores, por las 
expansiones de júbilo de una entrada triunfal. Y al 
lado de aquella aturdidora marejada, interminables 
sartas de coches particulares con las cubiertas mojadas 
por aquella luz crepuscular, venían de todas partes 
á aumentar la confusión de ómnibus y carros, sem- 
brando sustos en cada encrucijada, rompiendo la co- 
rriente de la gente de á pié. 

Luis, que tan fácilmente se contagiaba de las ale- 
grías con que se rozaba y que ya traia la cabeza harto 
caliente por los excesos del almuerzo, sintió muy pron- 
to hervir su sangre. Una espede de mareo, una borra- 
chera de la imaginación, tanto más violenta, cuanto 
más difícil le era en aquel momento darle rienda suel- 
ta, se apoderó de su ánimo. Allá á lo lejos iba encen- 
diéndose alguno que otro farol; arriba en el firma- 
mento, las primeras estrellas ; á su lado desfilaba toda 
una colección de risueñas muchachas-, llegaba volando 
la hora del amor con su velo misterioso, encendiendo 
antorchas, disparando flechas, despertando deseos. 

Y así inflamada su imaginación, se encontró Luís de 
pronto detenido en la encrucijada de los carruajes de- 
lante de la Puerta-ferrissa. Echando la vista en torno, 
fijóse en una mujer que emprendía por la opuesta 
acera, ligera como un gamo, volviendo continuamente 
la cabeza como si temiese que la siguieran. Era su as- 
pecto distinguido, encubríala de pies á cabeza un im- 
permeable oscuro; y un tupido velo de encaje, echado 
sobre el rostro y revuelto al cuello, escondía por com- 
pleto su fisonomía, como si no fuese bastante á reca- 
tarla la oscuridad de la calle. 

Pronto advirtió Luis que era una señora; pero aquel 
andar receloso, aquel evidente esmero en guardar la 
cara, aquel propósito meditado de evitar el encuentro 
con personas conocidas, tras una verdadera muralla 
de carruajes, sugirieron en él vivo deseo de seguirla. 



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aia NARCISO OLLER 

«Allí había algún misterio ; aquella mujer traía al- 
gún lio.» Y abriéndose paso entre la gente y sorteando 
los estrepitosos carruajes que venían por la Rambla 
arriba, quedóse plantado en la acera, como un centi- 
nela, buscando en vano con aguzada vista en todas 
direcciones: la desconocida habíase sumido en las 
tinieblas como un fantasma. De nada servían los faro- 
les encendidos; la desmayada claridad crepuscular 
vencía aún á la artificial tan miserable y desfallecida 
que más bien parecía agonizar que nacer. Los globos 
de gas de balcones y escaparates, que Luis enfilaba 
con la vista, lucían con el resplandor melancólico 
de las luces de aceite, y el alumbrado interior de 
las tiendas sólo hacia de sus puertas placas de color 
rojizo que, al extenderse por la acera, se disfumaban 
en tintas rosadas. Hubiérase podido decir que árboles, 
casas, trajes y rostros, todo habia sido embadurnado 
por manos invisibles con una tinta gris oscura general. 

Las palmas y laureles que se mecían en el aire 
veíanse ahora á contra luz, incoloros cual fantástica 
vegetación. Por todas partes reinaba aquel misterio, 
aquella incorporeidad, aquella indecisión, la misma 
vaguedad, en fin, que la agitación de la pasada orgía 
mantenían aún en el cerebro de Luis. Los transeúntes 
que iban y venían por la acera, sólo tomaban cuerpo 
al aproximarse ; al alejarse se iban desvaneciendo cual 
soplo de polvo. 

La mariposa dio por perdida la aventura y volvió al 
bullicioso mercado, dejándose llevar por la corriente 
que descendía. De pronto, y á contra luz de una dro- 
guería, vio de nuevo destacarse el contorno del imper- 
meable y del velo de encaje. Era en la acera derecha. 
Apretó el paso; la dama se escabullía, se deslizaba 
arrimada á la pared, se escurría entre la gente con 
paso fugitivo. Corrió á ella ; pero al llegar al Llano 
de la Boquería, en donde la claridad del crepúsculo 



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LA MARIPOSA ai3 



parecía reanimarse, libre del obstáculo de la arboleda, 
sintióse como mareado por la insoportable confusión 
de gente y carruajes que allí recobraban relieve y co- 
lor. No había alcanzado aún á la acosada mujer y creyó 
que otra vez se le escabullía. Era que babia doblado la 
esquina de la calle del Hospital. 

— ^Bien; magnifico-— exclamó viéndola meterse por 
aquellos barrios. 

Y en cuatro brincos la alcanzó y empezó á echarle 
chicoleos. Ella se encogió de hombros, volvió el reca- 
tado rostro con altivez, y torciendo el rumbo, enojada, 
hacia la Rambla, se perdió en ella sin saber cómo. 

Aquella travesura avivó aún más el empeño del 
estudiante. No había duda ; aquella mujer traía entre 
manos algún trapicheo; era preciso averiguarlo. 
Aquellos andares, á aquella hora... la hora de los mis- 
terios, de las trapisondas, de los amores de tapadillo! 
Y escudriñaba con la vista, olfateaba, escuchaba como 
cazador que ha perdido la pista. No podía distar de él 
más de dos pasos y los daba en todas direcciones, re- 
gistrando azorado, infatigable, hasta los más oscuros 
rincones. ¡ Ah I Si volvía á atraparla no seria ya tan 
imprudente ; la seguirla á escondidas. 

Pero |ah!... ellal Sí, era ella, parada al pié de una 
escalerilla mirando á todos lados con desconfianza. 
Luis se amparaba de los transeúntes como de una 
pantalla, hubiera deseado hacerse invisible por un 
momento. Por desventura suya, si el cielo se oscure- 
cía, la tierra se aclaraba, todo el gas empezaba á res- 
plandecer con fuerza ; tiendas y escaparates lanzaban 
torrentes de luz y los carruajes iban disminuyendo 
mucho. 

Sin embargo, la desconocida no le había visto, y 
creyéndose libre de su perseguidor, se aventuró á sa- 
lir de su escondite y tomó nuevamente por la Rambla 
abajo siempre arrimada á las casas. La mariposa iba 



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214 NARCISO OLLBR 

espiándola desde el centro del paseo. Pensaba en las 
conquistas, en las novelescas aventuras referidas en el 
almuerzo y se henchía de satisfacción, considerándose 
en camino de emprender una más sorprendente qui- 
zás ; porque con picardía y con descaro, aquella mujer 
era suya... no habia remedio... Y asi discurriendo, no 
la perdía de vista, ya dominándola por completo en 
medio del torrente de luz que salla del Liceo, ya vién- 
dola reducida á una simple sombra sobre la oscuridad 
de las paredes, ya fantásticamente envuelta por aureo- 
las verdes ó carmesíes, que difundían los escaparates 
de las boticas. 

Cuando más podía él desearlo, torció su desconocida 
por la calle Nueva. ¡Buena calle! No cabla duda. 
I Aquello era perdiz muerta I 

Y el estudiante emprendió muy orondo por la sos- 
pechosa calle y siguió, siguió animándose, saboreando 
ya su triunfo, teniendo buen cuidado de recatarse de 
las ojeadas que aún, de vez en cuando, echaba atrás, 
recelosa, la tapada. (Oh 1 1 Qué delicia I | Cómo se que- 
daría al vérselo delante! 

Grupos de gente ociosa, parados á las puertas de los 
cafés ó de las tiendas, les hacían dejar la acera y en 
una de estas veces volvió á perder á la fugitiva. La 
mariposa atravesó desalado la calle y, al mezclarse con 
la gente por entre la que habla desaparecido, quedó 
sorprendido al ver parada á aquella mujer de espaldas 
á un escaparate y en actitud recelosa. Una sonrisa* que 
él interpretó como de discreta promesa, se escapó de 
aquellos labios que no alcanzaba á encubrir el velo, y 
la acometida fué entonces más resuelta, más empeña- 
da que nunca. 

Con el corazón agitado, los ojos echando lumbre, la 
imaginación exaltada, el estudiante siguió á su con- 
quista por las oscuridades de las calles de Lancástery 
Arco del Teatro, hasta pararse de repente en la trave- 



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LA MARIPOSA ai5 



sia de Montserrat delante de la casa en donde entró la 
tapada. Con una mirada midió Luis toda la fachada 
envuelta en tinieblas y que no dejaba ver sino una 
larga hilada vertical de ventanucas por las que la luz 
de la escalera esparcía una claridad rojiza. En frente 
tenia el portal, estrecho, mezquino, que en dos pasos 
había cruzado la ansiada dama. No le era dado ya á 
Luis titubear; la miseria que aquella casa respiraba 
era harto elocuente. El ratón habla caido en la rato- 
nera. Y entrando resuelto, se aventuró por la escale- 
rilla arriba, percibiendo la respiración ansiosa de la 
perseguida, viendo á cada revuelta deslizarse por el 
descanso superior la falda de seda que por debajo del 
impermeable revolvía el aire. Y una sonrisa de espe- 
ranza y de orgullo de conquistador iluminaba su 
rostro, y cuanto más subían, más se entusiasmaba, 
mayores efluvios de satisfacción envolvían su deslum- 
hrado espíritu. 

«¡Ahí ¿Me vas huyendo? ¿eh? ¡No te escaparás, 
no !... I Vamos arriba ! ¡ Aunque sea al tejado ! | Arriba, 
arriba 1... Si te vas con otro, vente conmigo también ; 
tan hombre será él como yo. Sí ; serás mía ; ya te ten- 
go, no te me escapas.» 

La fugitiva no se detenía, sin embargo, siempre es- 
calera arriba, ligera, llevándole ventaja, como un fuego 
fatuo. Y así subiendo, llegó al último piso, llamó y 
abriéronle en el momento preciso en que el estudiante 
ponía el pié en el descanso. 

— I Jesús I {Doña...! 

La aludida ahogó la palabra que iba á oirse tapando 
la boca á quien abría, y de pié en el umbral, echándose 
atrás el velo que ocultaba su rostro indignado, mandó 
con voz imperativa á su perseguidor que pasase ade- 
lante. Vaciló éste é hizo un movimiento de retirada, 
pero la enguantada mano de su conquista le detuvo 
con fuerza. 



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2l6 NARCISO ÚLLEk 

— Es un amigo que ha hecho el favor de acompa- 
ñarme... Pase usted, pase usted... — siguió diciendo 
con voz trémula y amenazadora al mismo tiempo. 

Y sin abandonar aquella actitud altiva que llenaba 
al galán de confusión, poniéndose entre Luis y la 
puerta, le hizo entrar con la muchacha de la casa 
anunciando : que era un alma caritativa que la había 
acompañado deseando contribuir i una obra de miseri- 
cordia. 

Estas palabras colmaron la confusión del estudiante, 
cuyos impuros deseos quedaron todos abrasados en 
un punto por una llamarada de vergüenza. En aquel 
momento veía bien á las claras su injuriosa equivoca- 
ción ; más que humillarse, cediendo al temblor de sus 
rodillas que iban á doblarse reverentes, hubiese que- 
rido desvanecerse alH mismo. Ni sabía dónde estaba; 
más aún : aquella miseria que antes lomó por librea 
del vicio, ahora le deslumhraba con el resplandor de 
la caridad allí presente, insultada, escarnecida por sus 
bajos instintos. Descubrióse humildemente, bajó la 
cabeza y siguió como un cordero, ansioso de redimirse 
á los ojos de aquella dama. 

— ¿Cómo está? — preguntó ésta con evidente an- 
gustia. 

— Muy mal, muy mal, doña Mercedes— contestó llo- 
rando la interpelada. — Tiene una fatiga, una sofoca- 
ción que no la deja vivir. El médico nos ha dejado hoy 
ya muy pocas esperanzas. Nos ha dicho que puede que 
no pase de esta noche. 

Tal había sido el recado que había llevado Anita á 
su señora. La señora de Castellfort, que no había sali- 
do aún á la calle después de su enfermedad, no se 
paró en barras. No quería que la pobre Toneta se 
fuese al otro mundo sin haber recibido de ella un 
adiós agradecido, sin haber dispensado una mirada de 
perdón á quien, sin intención alguna, contribuyera á 



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LA MARIPOSA 217 



SU muerte. Y echándose un abrigo, se cubrió el rostro 
y emprendió el camino, rehuyendo todo encuentro 
con su marido que no le hubiera consentido salir, es- 
capando Rambla abajo, aún á riesgo de tropezar con 
ély I bien agena por cierto de que el vicio y la triviali- 
dad pudiesen llegar á insultarla con sus desvarios I 
Cuando sufrió la primera afrenta, trató de huir, de 
hacer perder su rastro ; pero advirtiendo luego que 
era inútil cuanto hacia, para desvanecer la insidiosa 
ceguedad de aquel malhadado desconocido, se revis- 
tió de energía y pidió á su ingenio medios de curarle. 
Le obligaría á entrar: pondría al vicio en presencia 
de la suprema batalla de la vida, más horrorosa cien 
veces que la misma muerte. 

El estrecho pasillo y la salita que atravesaron esta- 
ban á oscuras ; reinaba alli ese recogimiento alarman- 
te, ese silencio angustioso que anuda la garganta, sella 
el labio, atenaza el corazón y hace andar de puntillas. 
Se abrió una puerta y de aquella otra habitación salió 
resplandor y olor á cera, olor á iglesia y la mariposa se 
espantó. Quería huir ; pero el respeto que le imponía 
el remordimiento le cerraba el paso. Allí veia luces ; 
había llegado la hora de abrasarse las alas. 

Él, el autor de aquella desgracia, se hallaba alli arro- 
jado á un mundo desconocido. Percibía el angustioso 
trabajo de la disnea de la enferma, al través de la cor- 
tina de la alcoba, y no sospechaba que aquella infeliz 
pudiese ser su víctima ; veía á un niño durmiendo en 
el regazo de una mujer, alli al pié de una cómoda que 
tenia delante y no le decía el corazón que era hijo su- 
yo, sangre de su sangre, vida de su vida. La señora 
Madrona, sus hijas, que recibían á la señora de Cas- 
tellfort con lágrimas en los ojos, sólo le dieron la fría 
mirada que se concede al rodrigón. 

En el breve diálogo que se cruzó entre aquellas mu- 
jeres, oyó sonar el nombre de Toneta. Una idea aterra- 



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ai8 NARCISO OLLBR 

dora hirió su cerebro ; sus ojos miraron de pies á ca- 
beza á la gigantesca señora Madrona y en el mismo 
instante oyó nombrarla. ¡ Oh ! Seguramente. ¡ Aquella 
era la Madrona que citaba Tomás en su carta!... Y 
Toneta, su víctima, abandonada sin compasión, su an- 
tigua amada { sería la moribunda ? | Oh 1 No ; no podía 
ser, no podía ser I 

Cediendo á un impulso irresistible se lanzó al centro 
de la habitación, clavó los ojos en la alcoba que entre 
las cortinas extendía su mancha blanca, esplendente de 
luz. Y allí dentro, rodeada por personas para él desco- 
nocidas 7 acompañada por un sacerdote, sentada en 
la cama, apoyado el cuerpo en una pila de almohadas, 
reconoció á Toneta. Helósele la sangre en las venas, 
secósele la garganta y quedó como clavado en el suelo 
sin apartar ios ojos de aquella horrible visión. Todos 
los circunstantes le contemplaron sorprendidos, es- 
piando su primera palabra, su primera acción, movi- 
dos por una vaga sospecha ; mientras que él, ageno á 
todo lo que no fuese la enferma, seguía mirando cómo 
se desvanecía su primera impresión. ¡No, no era aque- 
lla su amada de otros tiempos I Sumido el rostro por 
la demacración, descoloridos los labios, abierta la se- 
dienta boca, teñida la piel de azulados matices, los 
ojos medio en blanco, con dolorosa expresión, realmen- 
te Toneta no conservaba de su fisonomía más que 
aquellas lineas generales que se graban en la memoria 
y que la atención sostenida parece borrar. Cuanto más 
la miraba, más la desconocía, mayor empeño ponía en 
tranquilizarse á si mismo, en ansiosa demanda de la 
evidencia de haber padecido una alucinación. Pero 
harto decía su misma insistencia que aquella eviden- 
cia no llegaba nunca, cuando de repente, la enferma 
bajó los ojos, los fijó en el estudiante, una llamarada 
de vida alboreó en sus abultados ojos, poco antes 
amortiguados, y con sorpresa de todo el mundo se le 



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LA MARIPOSA aiQ 



quitó la disnea, extraordinario júbilo iluminó su sem- 
blante y volviendo, animada, á la vida, gritó : 

— I Luís I {¡Luis! I 

Y sus brazos secos y demacrados de cadáver apri- 
sionaron con delirio la humillada frente de su amado. 

La sorpresa embargó á todos los presentes. ¿Era 
sueño ó realidad aquello que estaban presenciando } 
I Luís ! ¿ Cómo había llegado hasta allí en aquel supre- 
mo instante ? ¿ Llevado por la señora de Castellfort 
que no le conocía? Y ésta perdonaba la ofensa inferida 
y daba gracias á la Providencia, por haberle proporcio- 
nado, á tan poca costa^ el medio /le recompensar las 
tribulaciones de aquella madre. Un sentimiento de 
profunda ternura, ese gozo que abre dulce paso al 
llanto, inundó todos los corazones ; el confesor, todos 
los demás salieron de la alcoba, sin cambiar una pala- 
bra, todos se fueron dispersando por la habitación, 
sentándose de cualquier modo en las sillas y empeza- 
ron los sollozos, llenando la estancia de rumores de 
gruta. 

Entretanto sobrevenía una reacción milagrosa que 
vencía al mal; la agonía, que parecía inminente, se ha- 
bía parado en seco; aquel resuello corto y asmático, 
como el de la máquina que se va enfriando, transfor- 
mábase en respiración desahogada y tranquila; aquella 
cabeza bañada en sudor frío, inquieta como el péndu- 
lo de un metrónomo, reposaba, dulcemente inclinada, 
y una sangre virgen arrebolaba su rostro y en sus la- 
bios asomaba toda una aurora de vida. Sí ; Toneta re- 
nacía en las mismas puertas de la muerte, regenerada 
por la aparición de su Luís, de su Luís que lloraba 
arrepentido, humillado en su regazo. Aquella vuelta, 
aquella* esperanza durante tanto tiempo acariciada, se 
había realizado y ya nadie podría hablar mal del pa- 
dre, ni del esposo: un momento de contrición borraba 
todas sus culpas. 



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aao NARCISO ollbr 

Y Toneta llamó con un ademán ¿ la nodriza y pre- 
sentó á Luis el inocente firuto de sus entrañas, dormi- 
dito como un ángel, como un capullo de rosa. Un to- 
rrente de lágrimas inundó su rostro. La maríposa tenía 
partido el corazón, todos los sentimientos generosos 
de su alma se levantaban contra el pasado y reclama- 
ban su redención. Quería ser esposo, padre, para la- 
yar aquella tremenda mancha de frivolidad y de 
egoísmo. 

Á su grito de arrepentimiento respondió una excla* 
mación de alegría velada por el llanto. 

— ¿ Y cuándo los podremos casar ^--preguntó la se- 
ñora Madrona al confesor, en voz baja y entrecortada. 

— Ha de ser esta misma noche, esta misma noche. 

— ¿ De veras ? ¿ Y podrá ser ? ¿ No podríamos esperar 
á que se ponga buena ? 

El bueno del clérigo la miró compasivamente, sor- 
prendido, y poniéndose en pié contestó con penosa ex- 
presión: 

— Yo mismo iré á buscar al señor cura. En estos 
momentos, crea usted que vale más nuestra experien- 
cia que la de los médicos. 

— ¿ Pero no ve usted que parece otra ? 

—Hija mía, eso no es más que la reanimación que 
viene antes de la muerte. En el estado en que se en- 
cuentra, esta última impresión la mata. 

La señora Madrona se tapó la cara con el delantal, y 
el cura que salió corriendo, se tropezó en la puerta 
con Castellfort que acudía, alarmado, en busca de su 
mujer. 

— ¿ Qué has hecho ? 

— La Providencia me ha guiado ; calla. 

Los dos esposos se retiraron á un rincón para con- 
versar en voz baja. 

— I Pecho al agua I^dijo para sí la señora Madrona 
al cabo de dos minutos. 



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LA MARIPOSA 221 



Y sorbiéndose las lágrimas, y sacando fuerzas de fla- 
queza, se levantó y llamó á sus bijas, para que la ayu- 
dasen á estirar la vuelta de la sábana y á arreglar la 
cama de la enferma, para que tuviese más lucimiento 
la ceremonia. 

— ¡ Oh ! I Bien te esperaba yo I | Bien sabía yo que 
no eres malo I—- decía entretanto Toneta á Luis, con 
aquella voz dulcísima y triste de los que se van.^ No 
lo estáis viendo ?— anadia mirando á la señora Madro- 
na y á sus hijas— ¿ no lo estáis viendo cómo ha vuelto 
y me ha curado de todos mis males ? Nunca me he 
sentido tan bien... Y queréis casarnos ahora? Bueno, 
que nos casen... | lo he estado esperando tanto tiem- 
po I... Que nos casen; { verdad, Luis ? 

— SI, si, ahora mismo I — balbuceaba éste con un nu- 
do en la garganta. 

— Pero esto no es porque Dios tenga que arrancarme 
de vuestro lado, no. Mira; respiro bien; ¿ves? ahora 
que me ahuecan las almohadas, mira cómo me tengo 
sola. { Lo estáis viendo ? Estoy mejor que hace ocho 
días... Me pondré buena, nos iremos á RipoU, ó adon- 
de tú quieras, con el niño y el ama y viviremos en paz 
y en gracia de Dios. | Ya verás qué hermoso es I Tiene 
la misma naricilla tuya y aquí, detrás de la oreja, el 
mismo lunar que un dia te estuve mirando... Vaya, no 
llores más; ya todo pasó... { No .me habéis dicho que 
está ahí doña Mercedes?... Dejadla entrar. ¿Porqué 
no ha entrado, la pobre señora ? 

Y recibió á la señora de Castellfort y á su marido, 
con la misma alegría, les pidió perdón por su pasado 
arrebato, que entonces no acertaba á explicarse, les 
dio repetidamente las gracias, por todas las obras de 
misericordia, que en beneficio suyo hablan practicado, 
y les presentó á Luis toda confusa, sin sospechar de 
qué modo había llegado hasta allí. 

De repente le acometió un golpe de tos, que á todos 



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aaa narciso oller 

alarmó. Luís la sostuvo apasionadamente, auxiliándo- 
la espantado, al advertir que la invadía otra vez aque- 
lla palidez cadavérica, aquel sudor frío de antes. Ella 
se esforzaba por reanimarse, por tranquilizar á todos, 
quería hablar y pugnaba por arrancar la telilla que se 
le ponía en la laringe, por desahogar bien los pulmo- 
nes que otra vez sentía contraidos y produciendo hon- 
do estertor. |No quería morir! jNo! ¡No moriría I 
¿Por qué ardían tantas luces desde media tarde? Porque 
la vista se le velaba y ella misma las habla hecho en- 
cender sedienta de claridad. Pero ahora veía bien; po- 
día contar hasta la última pestaña de Luís. No estaba 
en peligro, no ; aquella opresión de pecho le pasaría ; 
quizás tuviese mucha ropa eneima. 

Y quiso quitarse alguno de los mantones y Luís veía 
con* terror cómo se escapaba la ropa de aquella mano 
de cera, engalanada con la sortija que él le regaló. To- 
do lo que alcanzaban á hacer los dedos era arañar el 
mantón por encima ; iban perdiendo visiblemente las 
fuerzas... i Ah ! | Dios del cielo I Él, que daría entonces 
toda la sangre de sus venas para devolverle la salud I 

Por fortuna llamaron á la puerta y entró el cura 
de la parroquia, con el confesor y el sacristán. Sión 
llevó la lámpara de la cocina y el tintero al cuarto 
de su madre ; el confesor asentó los nombres, el cura 
se revistió de sobrepelliz y estola y entraron en la ha- 
bitación de la enferma. Serían testigos Castellfort y 
el carpintero, á quien su mujer había ido á buscar, es- 
capada. 

La señora Madrona, en su afán de hacer bien las co- 
sas, habla improvisado un altar en la mesita de la al- 
coba, sustituyendo todo el arsenal de medicinas que la 
ocupaba, con un Crucifijo alumbrado por dos cirios, 
que difundían su resplandor sobre el blanco manteli- 
llo y por las enjalbegadas paredes sobre las que se di- 
bujaba la sombra confusa de personas y objetos. El 




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LA MARIPOSA 2a3 



confesor suplicó que saliesen de la alcoba todos los 
que no hubiesen de tomar al^na parte en el acto y 
luego todos los presentes se colocaron en la oportuna 
disposición. A la cabecera de la cama, Luís profunda- 
mente conmovido, sin abandonar ¿ la moribunda ; a 
su lado, medio vuelto hacia la santa imagen y los no- 
vios, el celebrante ; y detrás de éste los testigos. Todos 
los demás á respetuosa distancia contemplando la ce- 
remonia, reunidos en medio de la salita. Vagaban los 
ojos, de la enferma al sacerdote, de éste á la enfenna, 
que parecia recobrar otra vez buen aspecto, pintada 
en su rostro la dulce expresión de la Joconda. 

Reinaba solemnísimo silencio : la curiosidad ahoga- 
ba el llanto del enternecimiento. 

El sacerdote pronunció entonces con voz solemne la 
fórmula sacramental : 

-—Señora doña Antonia Camps y Vinyas, ¿ queréis al 
señor don Luis Oliveras y Fortuny por vuestro legiti- 
mo esposo y marido, por palabras de presente, como 
manda la Santa Católica y Apostólica Iglesia Romana? 

— Si, quiero— contestó, conmovida, Toneta. 

— ¿ Lo otorgáis como esposo y marido ? 

—Sí, otorgo. 

— ¿ Lo recibís ? 

—Sí, recibo. 

—Señor don Luís Oliveras y Fortuny ¿ queréis á la 
señora doña Antonia Camps y Vinyas por vuestra le- 
gítima esposa y mujer, por palabras de presente, como 
manda la Santa Católica y Apostólica Iglesia Romana? 

—Sí, quiero— contestó Luís con voz humilde. 

—i La otorgáis como esposa y mujer } 

—Sí, otorgo. 

— ¿ La recibís ? 

—Sí, recibo. 

— Dense ustedes ahora las manos derechas — prosi- 
guió el cura con la misma entonación. Y bendiciendo 



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224 NARCISO OLLER 

aquella unión, murmuró á media voz :—Ego vos in ma- 
trimonium conjungo in nomine Patris, et Filii, et Spiri- 
tus Sancti, Amen, 

Y echada la bendición, se retiró solemnemente, se- 
guido de los testigos , atravesando por entre los 
espectadores silenciosos que le abrieron calle. A todos 
sorprendió la brevedad de la ceremonia, en la que es- 
peraban algo de original y más complicado. ¡ Pero na- 
da, ni plática, ni epístola de San Pablo, ni bendición 
del anillo I A las muchachas les parecía imposible que 
con tan pocas palabras se ligase un nudo tan apretado 
y perdurable. 

El júbilo que respiraba Toneta despertó esperanzas 
y animó á todos á dar la norabuena á los novios, y, 
uno tras otro, fueron despidiéndose los de fuera de 
casa, ya esperanzados y conmovidos. Lo que habian 
presenciado parecíales un sueño. 
— I Vamos á ver I ¿ Y usted qué opina ?— preguntaba 
Castellfort al confesor en el umbral de la puerta de la 
calle, mientras su señora desaparecía en el fondo del 
carruaje. 

— Que no llega á mañana. | He visto tantas enferme- 
dades del corazón I 

Y eran las cuatro de la madrugada cuando, mien- 
tras el niño sonreía angelicalmente en la cama de la 
nodriza, el alma de su madre volaba al cielo y su pa- 
dre cala prosternado, inundando en llanto la mano he- 
lada, que hasta aquel momento habla tenido estrechada 
con amor. 




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^L QHICO DEL BAÑADERO 



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.ODAS las mañanas á las ocho, como si obedeciese 
al retintín de un despertador, abre los ojos una 
nena de cuatro años. 

La primera palabra que se escapa de sus labios es 
«mamá»: la primera que balbucearon y que, de fijo, 
pronunciarán con ternura mientras tengan vida. 

La madre cierra el devocionario que leía con recogi- 
miento, á la indecisa claridad que penetra por las ren- 
dijas, 7 abre un postiguillo del balcón, por donde en- 
tran la luz 7 el sol, inundando el aposento de alegría. 

Tierna como una flor de mayo, la niña levanta su 
cabecita, se restriega los adormidos párpados, con sus 
blandos 7 regordetes puñitos 7 pronto salta de la cama 
á colgarse del cueUo de su madre, prodigándole mil 
besos que resuenan como los pitíos en un nido. 

—^ Quién es la hermosa del mundo ?— dice la madre 
estrechando al angelito contra su pecho 7 devolvién- 
dole estrujones 7 besos. 

Y la niña empieza á relatar los sueños de la pasada 



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aa8 NARCISO ollbr 

noche, en los cuales figura casi siempre la muñeca 
que, entretanto, yace desmayada á los pies de la cami- 
ta, el canario que gorjea ya en el comedor, como si 
quisiese despertar á su amiguita, y, alguna que otra 
vez, un sereno de voz bronca ó un trapero con el saco 
repleto de los chicos que no han sido buenos, reminis- 
cencia del cuento del coco. 

—I Has soñado con un sereno /... ¿y te daba miedo ? 
¿Qué, te hablaron ayer las muchachas de serenos? ¡Có- 
mo te engañaron esas picaras, hija mía I | Sí, te enga- 
ñaron I Mira, los serenos... 

—Sí, mamá ; cogen á las niñas... 

—No, amor mío, los serenos guardan á las niñas, 
guardan á sus papas y á todo el que es bueno, y no 
cogen más que á los malos. Tú no eres mala y á ti no 
te cogerán, á ti te quieren. 

—Sí que me quiere el sereno, sí, que siempre me 
trae anises... Y, ¿ sabes quién me quiere también ? El 
chico del panadero.., 

— ¿ Quién es el chico del panadero ? 

—El chico que trae el pan todas las mañanas, ¿ no 
sabes? 

— Ah I si ; ¿ y tú le quieres también ? 

—Sí ; hoy me va á traer un bollo. 

—I Un bollo I 

Y la madre se ríe mientras acaba de vestir á la niña. 
— Ahora, á rezar. Á ver, diga usted el padre nuestro. 
—Llaman, manlá, que llaman : (debe ser el chicol— 

dice la niña removiéndose y queriendo escurrirse de 
las manos de su madre. 

—Ven aquí, ven aquí, aturdida, diablejo, estáte 
quieta. 

Y ríen hija y madre, pugnando la una por escaparse 
y la otra por detenerla, ya estirándose, ya dejándose 
caer, ya corriendo una y otra hasta la puerta del cuar- 
to, ya volviendo la primera prisionera de la segunda y 



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SL CHICO DEL PANADERO 229 

siempre entreyeracdo las rísas con candorosos besos. 

Aquella habitación es un pedazo de cielo. Desde los 
cuadrítos de género moderno que representan esce- 
nas parecidas á las de la madre y la hija, hasta el pa- 
pel de las paredes, de color perla, con guirnaldas de 
flores y nidos de tórtolas, todo es adecuado y risueño; 
en todo se contempla el gusto sencillo y regocijado de 
un alma tan candorosa, como modesta. Los muebles, 
desde la cama al velador, son ligeros, esbeltos, de ma- 
deras claras y forma elegante. El sol se estrella en todo 
cuanto hiere, y después de reflejarse en el agua y el 
espejo del lavabo, juguetea con sus inquietos rayos 
sobre las medias-cañas doradas del techo, animando al 
paso las flores de la jardinera, suspendida en el centro 
de la habitación. 

Mil veces se me ha ocurrido que si los pajarillos co- 
nociesen este recinto, habían de escogerlo como deli- 
ciosa pajarera. 

Al fin, suenan de nuevo el timbre de la puerta y el 
confuso rumor de repetido traqueteo sobre ella. 

La nena se escapa á todo correr. 



n 



No se habla equivocado. Es el chiquillo del panade- 
ro ; un rapaz espigadito, rubio, cuya humilde posición 
declaran su blusita á rayas azules, su pantalón de pana 
y sus alpargatitas. 

Es tan jovencillo, que no puede subir el cesto hasta 
aquel cuarto ; lo deja en el primer descanso de la esca- 
lera y solamente sube dos gruesas y largas barras que 



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a30 NARCISO OLLSR 

trae cruzadas y abrazadas sobre el pecho, como si le 

inspirasen viva ternura. Parece la estatua del mártir 

del trabajo, celoso de su propia cruz. 

Si no llamase más que con el timbre, la niña podría 

confundirle con cualquiera, por 

eso se pone á traquear la puerta, 

á silbar, á darle con los pies, cual 

perro fiel que se desvive por ver 

á su amo. 

Y metiéndose por entre las fal- 
das de la criada que abre la puer- 
ta, sale la niña, cuyo rostro , así 
como el del rapaz, resplandecen 
de alegría. 

La blancura de la niña, que ri- 
valiza con la de su nevado delan- 
tal, contrasta vivamente con el rostro y traje pol- 
vorientos del prematuro trabajador. Es aquella la 
imagen del bienestar y de un sonrosado porvenir; 
es el otro la predestinación al trabajo con todas sus 
consecuencias. 

Hacia poco tiempo que se conocían ; pero desde el 
primer día quedó establecida entre ellos esa secreta 
corriente de confraternidad que, á despecho de todas 
las desigualdades y prevenciones, que tanto separan á 
los hombres, une á todos los seres inocentes. 

Comenzaron por mirarse y sonreírse , después se to- 
caron suavemente la ropa, antes de decirse nada ; y 
rompiendo al ñn el hielo del infantil rubor, sostuvieron 
animados diálogos, y uno y otro esperaban cada día 
el momento de verse, cual si fuesen dos enamorados. 
No tardó en nacer entre ellos el deseo de obsequiar- 
se mutuamente, cambiando florecitas, estampas, con- 
fites y otras frioleras, de las cuales tocaba siempre al 
chicuelo la mejor parte. Cualquiera hubiese podido 
creer que nacía en ellos el sentimiento del amor. 



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EL CHICO DEL PANADERO 23 1 

—i Has perdido la pelota que te di ayer ?— preguntó 
la niña. 

—Mírala— contestó él sacándola del bolsillo.— | Oye I 
Hoy te traigo el bollo... y te lo traeré todos los días. 

— I Ay qué gusto I Le daremos también al canario. 

Y tirándole de la mano, la niña se llevó á su com- 
pinche al comedor, en donde hasta entonces nunca ha- 
bia entrado. Ya el canario parecía estar esperándoles, 
posado de través en su cañita y con las doradas alas á 
punto de saltar hacia los alambres. 

— j Mírale qué precioso ! jTitit, titit i... Coge una mi- 
guita y dásela ; yo por este lado y tú por el otro. 

El canario salta de los hierros á la caña, de la caña á 
los hierros, ya á la derecha, ya á la izquierda, picando, 
dando agudos pitíos, sin saber á dónde volverse, ale- 
teando y batiendo la colita con sin igual viveza. Los 
niños parecían dos flores, el canario una mariposa, y 
á veces las alas de éste y los rizos de aquellos se con- 
fundían en una sola hoja de oro que rizaba un soplo 
mismo. 

Entretanto los padres de la niña, sonrientes de feli- 
cidad, contemplaban aquel juego inocente, abrazados 
por la cintura, como para apretar más los vínculos de 
protección y de defensa que para la vida de su hija 
habían formado. El anillo de boda, herido por el sol, 
brillaba en el dedo de la madre como la estrella de la 
felicidad, deslumhrando al pobre panaderillo, cada vez 
que sus ojos tropezaban con aquel destello. 

Cansados ya de dar vueltas en torno á la jaula, llevó 
la niña al amigo á enseñarle un verdadero almacén de 
juguetes. El pobre sonreía, intentaba de vez en cuando 
marcharse, como hombre esclavo de su obligación. Pero 
la niña lo retenía, llamándole la atención sobre cada 
una de aquellas prodigalidades del amor paternal. 

Ya daba cuerda á una muñeca vestida de amazona 
que sah'a disparada sobre su caballito y empezaba á 



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a3a NARCISO ollsr 

dar Tueltas como en la arena de un circo; luego le en- 
señaba un salón de baile en miniatura, alhajado con 
una magnificencia capaz de despertar en el pobre chi- 
co peligrosas ambiciones ; Tenían por último las cajas 
de sorpresa, estereoscopios, aros con cascabeles, pelo- 
tas, cuentas de vidrio, y, en fin, como antes hemos 
dicho, toda una tienda de prodigalidades, todo un me- 
trallazo de deseos que, inconscientemente, podía cla- 
varse en el corazón del pobre muchacho. 

— ¿ Verdad que es muy bonito ?— preguntaba la niña 
con todo el candor de la inocencia.— Mira : esto y esto 
y estas vistas, me lo trajeron los reyes. El salón y la 
cocinita me lo compró papá después del sarampión. 
Este cochecito era para ir ¿ paseo cuando aún no an- 
daba yo, cuando era pequeñita... ¿sabes? Ahora ya no 
me llevan nunca... ahora ya soy grande... ¿ verdad ?... 
Y tus papas, ¿ no te compran juguetes } 

El niño la escuchaba con bondadosa sonrisa. 

— I Qué ! i No tienes tú papas } 

Una sombra de tristeza cubrió la frente del niño, y 
después de un momento de reflexión, contestó : 

—No. 

La niña frunció el entrecejillo. 

—Pues entonces, ¿ quién te compra los juguetes ? 

—Nadie. 

— ¿ Te los traerán los Reyes, eh ? 

—Tampoco. 

Si dura más el interrogatorio, rompe á llorar el chi- 
co. Una niña más pequeña que él, le hacía pensar por 
primera vez en su triste suerte. 

El panaderíllo era inclusero, y de las manos de la 
nodriza encargada de criarle, pasó á poder del pana- 
dero á quien servía, sin que él mismo se hubiese per- 
catado exactamente de cómo había sucedido aquello. 
Recordaba que muchos le llamaban incluseríllo, pero 
nunca se habia preocupado del sentido de esta pala- 



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EL CHICO DEL PANADERO a33 

bra ; también se acordaba de que nadie le habia com- 
prado juguetes ; y al contemplar aquella aureola de 
amor en torno á la niña, se fijó por vez primera en su 
propia suerte que le pareció harto desventurada. Pero 
no por esto vio con bastante claridad su origen, ni su 
presente, y, mucho menos, lo que nadie puede prever, 
su porvenir, 

I Por dicha suya, tenía pocos años I Asi que no se 
preocupó por su suerte, ni la falta de padres, siempre 
para él desconocidos, dejó en su corazón más rastro 
del que deja el relámpago en el cielo. 

No tardó en distraerse, y con la pelota y un par de 
cuentas de vidrio que le regaló su amiguita aquel día, 
bajó las escaleras de tres en tres, precedido por aque- 
llos objetos que hacía saltar por los escalones como 
alborotada vanguardia de una pandilla de duendes. 



III 



Al llegar abajo el chico, se quedó como clavado en 
el suelo, frío, medio muerto. El cesto del pan habla 
desaparecido. 

Las cuentas y la pelota, abandonadas, rodaron lán- 
guidamente hasta la calle, mientras el pobre mucha- 
cho, acurrucado al pié de la escalera, lloraba amarga- 
mente. ¡Cómo iba á presentarse delante de su amo! 
I Qué serla de él I ¿ Á dónde iría á dormir?... | Quizás 
á la cárcel, en lugar del ladrón que le habia robado I 

— ¡Ayl Madre.... madre mía! — gritaba la infeliz 
criatura perdida en el desierto de la vida, sin que na- 
die contestase á su voz. Pensaba en la niña de arriba, 



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a34 NARCISO OLLSR 

tan querida de sus padres, tan afortunada, tan Ubre 
de semejantes peligros... y los sollozos le ahogaban. 

— I Ay, madrel... ¡madre mia! — repetía en su des- 
consuelo ; pero la gente que discurría á dos pasos, de 
él, quizás la misma persona á quien le pedia amparo, 
seguía indiferente su camino. Y no porque el desdi- 
chado estuviese, como el verdadero dolor, escondido 
de la vista de los hombres. Lo mismo hubiese sido 
que lo estuviera. ¿Qué importa un niño que llora? 
¿ Acaso no lloran todos ? ¿ Á qué investigar la causa? 
I Dejad, pues, que se pase la aflicción del pobre expó- 
sito en la sombra, que es el elemento de su existen- 
cia! Ya le consolará el tiempo, compañero el más cons- 
tante del hombre. 

Ved : hasta otro niño, inocente como un ángel, va á 
clavar otra espina en el ya harto destrozado corazón 
del panaderillo, apropiándose sus cuentas y su pelota, 
el único patrimonio que éste debía á la generosidad 
humana! ¿Pero qué importa?... |ya se consolará el 
pobrecillo cunero I El valor de aquellos objetos, por 
más que representen la única ilusión de un desgracia- 
do de nacimiento, no merece la pena de llorarlos. 

No lo vería asi el infeliz cuando con las manos meti- 
das en los bolsillos, iba corriendo por las calles, presa 
del mayor desconsuelo. 

Ni él mismo sabía adonde iba ; el deseo de tropezar 
con un desenlace cualquiera le encaminaba hacia la 
tienda de su amo ; el azoramiento le empujaba por 
caminos opuestos. 



IV 



A la mañana siguiente, la nena esperó en vano á su 
amiguito. No oyó traqueo en la puerta, ni silbidos ; 



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EL CHICO DBL PANADERO 235 

tras de un golpe de timbre, apareció un mozallón de 
Teinte años, cubierto el ancho pecho con una manta 
blanca y Ueyando al hombro un gran cesto del que 
sacó, con gran disgusto de la niña, el pan que antes 
traía el chico. 

Por tres días consecutivos recibió igual desengaño. 

— ¿ Y el chico ?— preguntó el tercer día. 

— Ya no Yolverá. 

— Sí que volverá — replicó la niña dando pataditas 
en el suelo. 

— I Si ya no está en casal Era muy malo— añadió el 
panadero.^ Para qué quieres al chico ? 

^Me traerás tú bollos también? — dijo sencillamente 
la niña. 

— 1 Ah ! ¿ Quieres bollos ? Pues ya lo creo : todas las 
mañanas tendrás bollo de leche y seremos amigos, 
¿eh? 

Y la nena con la esperanza que esta promesa le 
ofrecía, se fué corriendo al comedor y dando saltos de 
alegría. 

— I Titit 1 — dijo al canario. — Mañana tendremos 
bollo. 




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€[L Trasplantado 



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^h| l señor Daniel, ó sea el Tahonero de las Monjas, 
^^ si lo quieren ustedes conocer por su nombre po- 
pular, entregado en cuerpo y alma al trabajo desde 
muy joven, viendo cómo sus gotas de sudor caían en 
el cajón, convertidas en monedas de plata y de oro que 
guardaba su mujer más que como instrumentos de 
cambio, como medallas honoríficas, era un hombre 
feliz y no creía que hubiese en el mundo otro pueblo 
tan hermoso como el suyo. 

Debido á su imperturbable felicidad ó quizás á que 
la harina alimenta hasta con el olor, había conserva- 
do siempre la mayor robustez, acabando por tener 
tal abdomen y tal obesidad, que casi daba grima el 
verle. Y digo casi, porque el color sano de su rostro, 
la tranquilidad de su mirada y la sonrisa permanente 
en sus labios delataban tal contentamiento y tanta sa- 
lud, que era imposible conservar el sentimiento de 
compasión que, al primer golpe de vista, podía infun- 
dir el aspecto de aquella deforme humanidad. 

El aburrimiento, el cansancio de la vida, las enfer- 
medades éranle desconocidos. La felicidad del Taho- 



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240 NARCISO OLLIR 

aero de las Monjas era proverbial en el pueblo y en 
toda la comarca. 

No habla podido librarse, es verdad, en los sesenta 
años de edad que ya contaba, de esas desgracias que 
afligen á todos los hombres, como pérdidas de familia 
y entre ellas la muy dolorosa de su mujer; pero todas 
las penas, hasta las más hondas, eran de poca duración 
para el señor Daniel, gracias á su buena pasta, mucho 
mejor que la de los panes que enhornaba y gracias 
también á la filosofía y religión de que en casos tales 
sabía revestirse. 

Para todo el mundo tenia siempre alguna palabra, y 
nadie pasaba por delante de su casa, sin darle los bue» 
nos días ó sin preguntarle si tomaba el fresco, 6 el soló 
si estaba haciendo tiempo. 

La popularidad que á tanta gente desvanece, era el 
flaco del Tahonero de las Monjas, y en granjeársela 
ponía todo su empeño, procurándose las simpatías de 
pobres y ricos, halagando á todos y no ofendiendo á 
nadie. 

Esto que no deja de ser difícil en todas las esferas 
sociales lo es en grado extremo en los pueblos; pero 
como el instinto á todo alcanza y el señor Daniel lo 
tenía para ello y además poseía la patente de ser in- 
ofensivo^ fácilmente logró su objeto. Así consiguió me- 
terse con el doctor Andreu, hombre sapientísimo de la 
localidad á quien escuchaban con la boca abierta todos 
los vecinos formular preguntas sobre historia, geogra- 
fía ó astrononu'a y que él les hacia poco después de 
haber aprendido de memoria las respuestas, así como 
los refiranes y sentencias que, cual otro Sancho Panza, 
soltaba por aquella boca, viniesen ó no á cuento. 

En una de aquellas pláticas que, por lo instructivas, 
sin duda caliñcaba el doctor Andreu de conferencias, 
dijo un día que « en la aldea, se empobrece, se enve- 
jece y se envilece.» 



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■L TRASPLANTADO 24! 

Ignoro si al expresarse así lo hacía el buen doctor 
reconociendo que él había venido á menos ó si era que 
creía en la posibilidad de que sus oyentes hubiesen 
sido unos sabios alguna vez. Tampoco sé que el señor 
Daniel tuviese motivos para creerse postergado en 
aquel pueblo donde había nacido y en donde vivía tan 
dichoso. Lo que sí sé es que el corazón humano ofrece 
absurdas rarezas y que por una de ellas quizás, dio 
aquella sentencia mucho en qué pensar á nuestro sen- 
cillo Tahonero, quien, desde aquel instante, comenzó 
á acariciar el deseo de salir algún día de su pueblo, en 
busca de nuevos horizontes, como diríamos nosotros. 
Sé, por fin, que, debido á aquel fenómeno, el señor Da- 
niel vio con gusto á su hijo mayor marcharse á Barce- 
lona á aprender el oficio de peluquero, no obstante la 
pena que, de una parte la separación, de otra el rom- 
per con la rutinaria costumbre de dar al mayorazgo el 
mismo oficio del padre, podían ocasionarle. ¡Quién 
sabe si el buen hombre creía que á su hijo podría en- 
trarle la ciencia por los dedos, peinando académicos y 
señorones, á los que son autoridades en todas cosas y 
lucen cruces y bandas! 

Sea de ello lo que fuere, es lo cierto que el hijo del 
t Tahonero de las Monjas» hizo su aprendizaje en Bar- 
celona, y en la época á que nos referimos se disponía á 
abrir un salón por su cuenta, invirtiendo en su insta- 
lación y ornato, una buena parte de las medallas con 
tanto esmero guardadas por su madre. 

El establecerse en salón propio tenía demasiada im- 
portancia para realizarlo sin la presencia del señor Da- 
niel y, como era natural, fué su hijo á buscarle y se lo 
trajo á Barcelona en donde aquél no había estado nunca. 

Hallábase situado el salón en la Rambla y debía inau- 
gurarse solemnemente en el día siguiente al de la lle- 
gada. Era no sólo bonito, sino verdaderamente lujoso. 
Miguelillo, que en el mundo industrial llevaba por nom- 



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342 NARCISO OLLBR 

bre de guerra el Rumboso, tenía más gramática parda 
que su maestro Fígaro. Habia comprendido su época; 
sabía cuan reproductivos son boy día ciertos gastos y 
no quería ahorrar nada. Así, no satisfecho con haber 
puesto un salón^ como no había otro en España, creyó 
conveniente calentar la cosa en los periódicos, y si- 
guiendo el ejemplo de toda empresa, resolvió dar un 
banquete á los representantes de la prensa periódica, 
según la frase consagrada. 

Llegaron á Barcelona él y su padre la víspera por la 
noche. Ya hemos dicho que el bueno del Tahonero no 
conocía la ciudad y fáltanos añadir que tampoco habla 
visto nunca alguna otra de igual importancia. Juzgue 
el lector de sus impresiones, mucho más profundas 
que las que experimenta en tales casos cualquier niño 
á quien falta siempre suficiente criterio para penetrar- 
se del valor absoluto de las novedades, y conocimiento 
cabal de lo que ha visto, para compararlo con lo nuevo. 

Pocos kilómetros antes de llegar, no acertaba ya el 
señor Daniel á darse cuenta de lo que le pasaba, al 
contemplar las extensas hileras de faroles que unas 
veces veía enteras, otras interrumpidas á trozos según 
las curvas ó pasos á nivel que el tren iba recorriendo. 
Ningún barcelonés ha visto nunca la ciudad tan grande 
como aparecía á los ojos del forastero. El hijo de éste 
contribuía en gran manera, además, á agrandar la im- 
presión. 

— ¿Ve usted, padre, aquella hilera á mano izquier- 
da por donde corren farolitos de colores ? Es el paseo 
de Gracia. Las otras transversales son calles del En- 
sanche.— Mire usted á la derecha: toda aquella fila 
tan larga de faroles es un camino, el camino de Sans. 
Allá arriba está Montjuich. ¿ Lo ve usted ahora que 
ha salido la luna de entre esos nubarrones? ¿No distin- 
gue usted por debajo, allá á lo lejos, un gran esplen- 
dor } Es el mar. i Ahora que le da la luna.... mire usted 



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EL TRASPLANTADO 



243 



qué magníñcol |Parece talmente un lago de plata hir- 
viendo I 

El señor Daniel miraba á la derecha, á la izquierda, 
arriba, abajo, á la tierra, al cielo y le faltaba poco para 
sentirse mareado. Una pared, una casa, un desnivel 
de la vía, la misma velo- 
cidad del tren, le hacían 
ver los faroles relampa- 
gueando con tan extraña 
movilidad, que á veces los 
confundía con lasestrellas 
y llegaba á perder la no- 
ción del cielo y de la tie- 
rra. 

— Venga usted á este 
otro lado. ¡Ahora si que 
se ven faroles I 

El señor Daniel ponia 
unos ojos como naranjas. 

— Si fuese de día le enseñarla á Pedralves, Sarria, 
Vallvidrera, San Gervasio, Gracia, un caserío que no 
acaba nunca. Ya nos vamos acercando.... ¡Hola I El 
tren de Sarria.... Mire usted este terraplén que atra- 
viesa la vía ; ahora va ¿ pasarnos por encima otro tren. 

El Tahonero, harto mareado ya, casi no comprendía 
cómo podría pasar un tren por encima de ellos, sin 
aplastarlos ; y estuvo á punto de santiguarse. 

Por fin silbó la máquina, y ya parado el tren, apare- 
cieron los empleados de la estación á recoger los bille- 
tes, deslumhrando con sus brillantes é inquietas lin- 
ternas á los viajeros. 

Entretanto, siguiendo el señor Daniel la indicación 
de su hijo, contemplaba la pesada mole de la Univer- 
sidad que, envuelta en la sombra, semejábasele una 
monstruosa muralla, flanqueada por dos grandes cas- 
tillos. 




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244 NARCISO OLLBR 

— i Ha visto usted aquella aguja tan esbelta de más 
abajo? Es un convento de monjas: las Adoratríces. 
Hemos pasado también las Arrepentidas, San Juan de 
Dios, y otros conventos. Todo eso está lleno de con- 
ventos. Los frailes y las monjas la entienden como 
siempre ; esta es la parte de mediodía.... Ya volvemos 
¿ andar ; ahora nos empuja por detrás la máquina. 
Venga usted: ¿ ve usted esas cuatro filas de farolesr 
son laGran-vla: una calle que tendrá, lo menos, cuatro 
leguas de largo. 

Empezaron á rechinar los frenos y las ruedas fueron 
arrastrándose perezosamente. 

— |Eal Ya hemos llegado— dijo el Rumboso, guar- 
dando en el bolsillo la gorra y poniéndose un sombre- 
ro muy elegantón. — Avíese usted y mucho ojo al reloj... 
que andan por aquí unos pájaros... 

Renunciamos, en obsequio al lector, á describir 
minuciosamente cada una de las impresiones que 
nuestro buen hombre fué recibiendo al recorrer la 
Rambla. Los faroles de color, de los coches, que co- 
rrían en diversas direcciones, la gente que ocupaba la 
imperial de los del tran-vla, los torrentes de luz que 
salían de las tiendas, los grupos de personas paradas 
delante de ciertos escaparates, la muchedumbre que 
paseaba por debajo de los árboles, los farolones de 
los anunciantes: todo ofrecía á sus ojos extraña nove- 
dad y acababa de marearlo. 

Parecíale Barcelona un cielo por lo iluminada, un 
infierno por su agitación. No sabía si le gustaba ó no; 
deseaba llegar á casa y al mismo tiempo hubiese que- 
rido no llegar demasiado pronto. 

Aquella vacilación de su espíritu le dejó rendido. 
Por esto, cuando después de haber cenado, se vio en la 
cama, respiró el hombre con satisfacción y cerró los 
ojos para dormir. Pero era inútil; su agitado ánimo 
parecía más empeñado que nunca en no descansar. 



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EL TRASPLANTADO 245 

Si abría los ojos, le parecía distinguir entre la oscu- 
ridad que los ángulos superiores é inferiores de la es- 
tancia se hundían ó se elevaban como los del camarote 
de un barco, entregado á la perpetua movilidad de las 
olas. Si los cerraba, veía un enjambre de lucecitas de 
todos colores revolando en inmensa constelación des- 
ligada de toda ley física. El señor Daniel no sabía qué 
hacer en aquel lecho de tormento y más de una vez 
pensó en levantarse. Por fin el amodorramiento pudo 
más que la excitación nerviosa, la habitación perma- 
neció envuelta en las tinieblas tranquilas é impenetra- 
bles de la noche; las lucecitas se fueron ahilando hasta 
convertirse en sutilísimas líneas de pálido fulgor y el 
espíritu del señor Daniel se deslizó pausadamente por 
la suave pendiente del sueño, en donde toda concien- 
cia vital se desvanece. 

No fué día de menos emociones el siguiente. Mañana 
y tarde discurrió por Barcelona parándose á cada paso 
delante de los escaparates y á respetuosa distancia de 
los coches que vela venir hacia ¿1. 

La vista del puerto con su bosque de mástiles y cor- 
dajes por entre los cuales apenas se vislumbraba el 
interminable hormiguero de la Riba; los coches de 
lujo con sus arrogantes troncos y sus galoneados laca- 
yos ; la Plaza Real con su agradable simetría y su lim- 
pieza; la Rambla con su murmurio y el Paseo de Gra- 
da, lleno también de movimiento y de vida, tenían al 
señor Daniel embelesado. 

Pero sumadas todas las impresiones del día, no alcan- 
zaban á poderse comparar con las que le proporcionó 
el banquete de aquella noche. 

El señor Daniel no cabla en su amplio chaquetón 
cuando contemplaba á su hijo rodeado de los repre- 
sentantes de la prensa, quienes, paseando la mirada 
ya por las paredes ya por la mesa, y mientras espera- 
ban las viandas, colmaban de elogios al anfitrión, por 



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34^ NARCISO OLLBR 

la riqueza y buen gusto desplegados en el estableci- 
miento, y le auguraban un gran porvenir. Los espejos, 
las lámparas y tocadores y sobre todo las pomadas, 
aceites, esencias y cosméticos de procedencia inglesa, 
verdadera novedad que el flamante peluquero les 
enseñaba para mejor acreditarse, eran minuciosamen- 
te examinados y alabados con el mayor entusiasmo. 

No podía el Rumboso dejar de serlo en aquel mo- 
mento, y con un guiño expresivo hacía que uno de los 
aprendices fuese empaquetando los frasquitos y tarros 
que más elogios merecían, sin pararse en que con esto 
perdía el escaparate toda la simetría y abundancia que 
á primera hora presentaba. 

Al «Tahonero de las Monjas» le faltaba muy poco 
para llorar de alegría. Su hijo era un sabio. ¡Ahí ¡Bien 
decía el doctor Andreu que en la aldea se empobrece, se 
envejece y se envilece. ¿Cuándo hubiese Miguelillo tratado 
con tanta gente de letras ni aprendido á vivir entre ellos 
con tanta confianza é intimidad ? La perspicacia del 
viejo, por poco cultivada que estuviese, empezaba á 
ver en todo aquello cierta corriente secreta de utilidad, 
que su hijo explotaba con toda la refinada malicia de 
un cortesano ó, si se quiere, de un industrial del día. 
Como se dice en el país, en el acertijo del fuego, «to- 
davía estaba el padre naciendo, cuando ya andaba el 
hijo saltando por los tejados.» 

Durante el banquete que, como era de rigor, se ha- 
bla encargado á un reputado restaurante por más que 
se verificase en la misma peluquería, fué escasa la con- 
versación al principio, se animó poco á poco, á medida 
que las viandas y el vino empezaron á exaltar las cabe- 
zas, y al aparecer el champagne, estalló en toda su 
fuerza. 

El peluquero, sin inmutarse, y como si á ello estu- 
viese habituado, levantó la copa y pronunció un ver- 
dadero discurso en el cual «la prensa, la voz de la 



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BL TRASPLANTADO 247 

opinión pública, la gran palanca del progreso y de la 
civilización,» quedaba colocada sobre todos los pode- 
res del mundo; tporque — decía el orador — nadie como 
vosotros se asocia para proteger toda empresa, por 
humilde que sea.» «La prensa, lo mismo asiste á los 
convites de Palacio que á los de un modesto industrial 
como yo ; ya nunca á nadie desdeña y la misma con- 
fraternidad que guarda entre todos sus representan- 
tes sin distinción de partidos, dispensa á todas las cla- 
ses sociales.» 

Los comensales aplaudieron estrepitosamente; et 
Tahonero lloraba y reía á la vez. 

Entonces comenzaron los brindis de los periodistas. 
Uno, en nombre de la prensa, no barcelonesa, ni espa- 
ñola, sino del universo, dio las gracias al peluquero 
por los elogios que había prodigado á la «institu- 
ción más grande de la época presente.» Otro trató 
de demostrar que no hay acto humano que pueda de- 
jar de ser útil ¿ la obra del progreso por insignificante 
que sea, y añadió que, por esto, la prensa, como había 
dicho muy bien el dueño del establecimiento, no se 
desdeña de asociarse á la más pequeña de las empre- 
sas, protestando, empero, de que pudiese calificarse 
de pequeña la de una peluquería, en donde aparecen 
unidos el arte de la decoración, que purifica el gusto, y 
el arte de cortar el pelo, que redondea y perfecciona la 
cabeza del hombre civilizado, en tal manera, que á la 
primera ojeada se puede distinguir de la del salvaje. 

La frente del Tahonero de las Monjas estaba á pun- 
to de estallar. 

Otro, con datos estadísticos que traía apuntados en 
la memoria, probó que en el mundo civilizado no hay 
todavía más que un peluquero para cada cincuenta 
mil hombres, y que si bien en Barcelona no existia 
tal desproporción, podía asegurarse, con todo, que 
el servicio no estaba bastante explotado y que, por lo 



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24^ NARCISO OLLKII 

tanto, la nueva peluquería tendría muy pronto gran 
parroquia. 

Esta última palabra inspiró otro brindis en el que se 
sostuvo que el arte de cortar y peinar el pelo no era 
indiferente ni al mismo catolicismo, como lo demos* 
traba la diferencia de peinados que usaban los frailes 
y los edictos de excomunión que en tiempos antiguos 
había tenido que expedir la Iglesia contra ciertas mo« 
das exageradas, que en Inglaterra y otras naciones da- 
ban al hombre y á la mujer aspecto de seres mons- 
truosos ; de todo lo cual deducía el orador, que la 
inauguración de una peluquería no carecía, en reali- 
dad, de importancia, ni de interés para todo aquel que 
estudia la esencia de la civilización y no cree que sea 
elemento de progreso todo lo nuevo, sino todo lo 
bueno. 

Yo no diré lo que pasaba por el entendimiento del 
tahonero. ¡Todo aquello le parecía un sueño! | Estaba 
rodeado de sabios mucho más sabios que el doctor 
Andreu... y quien los habla reunido, quien los obse- 
quiaba y recibía sus elogios era su Miguelillo ! 

Una vaga aspiración ¿ ser conocido entre todos aque- 
llos caballeros tan ilustrados surgió en el ánimo del 
señor Daniel. Aquel espectáculo de promiscua confra- 
ternidad entre personas á quienes veia con los ojos de 
una dorada ilusión, le transportaron á la esfera de los 
más candorosos entusiasmos. Recordó la sentencia del 
doctor Andreu y nunca como entonces la encontró 
exacta. Todos los vecinos de su pueblo le parecieron 
dignos de profunda conmiseración. Vivir en Barcelo- 
na era vivir. Lo que había visto de día, lo que á la sa- 
zón estaba viendo era un sueño que le invitaba á con- 
vertirlo para si en perpetua realidad. Estaba decidido; 
á la vejez iba á hacerse ciudadano de Barcelona. Entró- 
le el afán de vivir entre personas^ y sintiéndose en cier- 
to modo superior á sí propio, quiso también brindar. 



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BL TRASPLANTADO 



249 



El Rumboso, que estaba al otro extremo de la mesa, 
disimuló con forzada sonrisa el temor de que su padre 
hiciese alguna barrabasada. Callaron todas las voces, 
todos los ojos buscaron sobre el mantel un punto don- 
de ñjarse. Este silencio desconcertó al nuevo orador 
aun antes de despegar los labios; pero había contraído 
el compromiso ; su corazón quería hablar. 

— Señores— dijo al fin 
el señor Daniel; — estoy 
muy agradecido... pero 
mucho... y... brindo á la 
salud de ustedes y de to- 
da su familia... y... no 
digo más, porque no pue- 
do. 

Y cayó desplomado so- 
bre su asiento, arrasados 
en lágrimas los ojos, mien- 
tras el auditorio en masa 
lo ensordecía con sus aplausos, mordiéndose los labios. 

Dos ó tres discursos más, de otros tantos periodis- 
tas, coronaron aquel monumento de oratoria, y antes 
de servirse el café, vino la gran sorpresa que, con el 
mayor sigilo, tenía preparada el Rumboso. 

Tratábase de una especie de urna de metal blanco, 
cubierta y de elegante forma etrusca. Colocada en el 
centro de la mesa, nadie había creído que pudiese ser 
otra cosa que un objeto de adorno destinado á aumen- 
tar su magnificencia, entre las flores, los candelabros, 
las copas, botellas y cubiertos, en los cuales se refleja- 
ban las luces del gas deshaciéndose en mil colores, á 
cual más vivo é inquieto. Pero no era este el destino 
de aquella urna. 

Levantóse Miguelillo, apretó el botón en que rema- 
taba la figurada sobrecopa, y por cien surtidores, in- 
visibles por lo pequeños, brotaron con fuerza otros 




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aSo NARCISO OLLBR 

tantos rayos de aromática esencia que refrescaron la 
atmósfera del salón, harto cargada de humo, y la satu- 
raron de deliciosa fragancia. 

No hay que decir si fué celebrada la idea. Todo el 
concurso aplaudía á rabiar, y con la sibarítica fruición 
de romanos del bajo imperio, se empapaban deleitosa- 
mente en la suave rociada de aquel enervante roclo. 

El perfumado vapor del café se elevaba basta el te- 
cho ensortijándose con los circuios de humo de los 
cigarros; las bujías daban una luz más blanca y sutil; 
las bombas de gas tomaban un tono azulado, y un 
sopor de enternecimiento y bienestar embebecía los 
ánimos. 

Al día siguiente-, todos los periódicos de la ciudad, 
sin excepción alguna, describían la nueva peluquería 
cual un palacio de hadas, alababan todas las innova- 
ciones importadas por el Rumboso, y citaban á los in- 
dustriales que habían intervenido en el decorado, bien 
que incurriendo algunos, al hacerlo, en errores ó in- 
exacta atribución de los respectivos nombres. 



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II 




AS impresiones descritas y la for- 
tuna que Miguelillo estaba hacien- 
do, engendraron en el señor Da- 
niel el deseo de traspasar su taho- 
na y trasladarse á la capital, para 
pasar en ella los últimos años de 
su vida. Bastante había trabajado 
ya para que se le pudiese criticar 
que á la vejez se entregase al des- 
canso. Su caudal se lo permitía, y además su hijo le 
ofrecía de buen grado amplia y cariñosa hospitalidad. 
Con tales propósitos, se volvió el señor Daniel para 
el pueblo, en donde durante tantos años había vivido 
dichoso. Si no hubiese llegado á él con la.fifme reso- 
lución de dejarlo, quizás habría acabado de decidirle 
el triste desencanto que sufrió al pisar de nuevo aque- 
llas calles. 

Era en otoño y nuestro hombre llegaba al anoche- 
cer. 

Los que sólo han visto los pueblos en verano, no 
pueden apreciar la tristeza que infunden á la entrada 
del invierno, y cómo crece esa impresión melancólica, 
cuando se ha ocultado el sol tras las montañas. 



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a5a NARCISO ollir 

La primera golondrina que se ausenta es, para los 
pueblos, la precursora del aislamiento y del silencio. 
Tras ella marchan las demás dejando vacíos sus ni- 
dos, antes calentitos y animados, y que el viento y la 
lluvia descompondrán después. Las masías quedan 
cerradas á piedra y lodo; los pocos coches y tartanas 
de lujo van á aletargarse en las cocheras, donde no tar- 
dará en cubrirlas una capa de polvo y telarañas, y las 
diligencias no dan abasto para llevarse á los veranean- 
tes que, durante tres meses, han animado el pueblo y 
sus contornos. Se han acabado las foníadas, los bailes 
y partidas de campo, las fiestas del pueblo, festas nup- 
jors^ con sus jaleos y alegría; toda la vida se reconcen- 
tra en las casas y muy pronto calles y caminos serán 
del exclusivo dominio del viento. 

Cuando el Tahonero de las Monjas entró en su calle, 
se habla extinguido por completo la luz del crepúsculo. 
Ya no encontró los corros de gente que pocos días 
antes tomaba allí el fresco, ni vio abierta la carpinte- 
ría , con las piezas de madera en trabajo levanta- 
das y arrimadas á la pared, muy regado el suelo y el 
comedor-tribuna que en el fondo se columbraba á la 
pálida vislumbre de una lámpara de petróleo á media 
luz. 

Todo estaba cerrado ; no se veía alma viviente, y so- 
bre los desiguales tejados se tendía á guisa de toldo 
dentellado un lienzo de cielo azul turquí tachonado de 
estrellas. En medio de aquella soledad oyó el silbido 
de la garlopa, el gruñido de la sierra y los golpes del 
martillo en el taller del carpintero. 

Tales ruidos llegaban amortiguados al corazón del 
buen Daniel quien, por una vaga asociación de ideas, 
vino á suponer que el tal carpintero estaba haciendo 
un ataúd. 

Diez pasos más arriba retiñía un martillo sobre el 
yunque cual lejano esquilón, y por el postíguillo de su 



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XL TRASPLANTADO a53 

puerta yíó el señor Daniel á su yecino el cerrajero, 
quien entre el rojizo resplandor de una estrella de ra- 
yos y al compás de los martillos, estiraba ó encogía 
sus puntas como erizo de fuego en el tormento. 

El señor Daniel empujó la pesada puerta de su casa 
apareciéndosele enfrente la encendida boca del horno, 
llena de brillantes llamas que saltando por el aire y 
lamiendo la estrecha puerta de su cárcel, parecían dar 
la bienvenida al dueño. Cundió la alegría por la taho- 
na. Todo el mundo dejó el trabajo, rodeando al señor 
Daniel, quien no sabia á qué lado Yolverse, ni cómo 
contestar á las cien preguntas que á la vez se le hacían. 

Cuando llegó á su habitación y se asomó á la venta- 
na, como impulsado por cierto confuso deseo de com- 
paración, ofrecía la calle la más triste soledad. Arras- 
trábase el Tiento por el suelo empujando polvorientos 
y alados fantasmas, la oscuridad envolvía las fachadas, 
y solamente el canto, casi perdido, de una madre que 
mecía á su niño, mezclado con el coro no menos flébil 
de unas costureras y el largo retintín de una cancela de 
campanillas que parecían escarnecer á las del canto de 
gloria , destruían el efecto de cementerio que todo 
aquello producía. 

El señor Daniel se sintió contristado. Bullía en su 
cerebro toda Barcelona y en vano buscaba en su oscu- 
ra calle aquellos atractivos que durante su vida entera 
le habla encontrado. 

— I Si al menos hiciese luna ! — decía para sí. Y era 
que le faltaban todos aquellos torrentes de luz que 
al cerrar la noche inundaban la ciudad Condal; la es- 
plendente claridad de la peluquería; la iluminación 
veneciana de los coches y tran-vías que desde el balcón 
de casa de su hijo vela pasar en rápida carrera y ha- 
ciendo caprichosos caracoleos. 

No es preciso estar acostumbrado de mucho tiempo 
á la buena luz artificial. Basta haberla gozado alguna 



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a54 NARCISO OLLKR 

vez para echarla muy de menos. Calcule, pues, el lec- 
tor, lo que debía suceder ¿ nuestro buen tahonero 
después de haber vivido en un establecimiento en 
donde, desde el negro sombrero de copa del parro- 
quiano hasta el mismo mosaico del pavimento, todo 
brillaba, reflejando la clara luz de cien mecheros de 
gas. 

Creyó ya imposible vivir alegre en aquel pueblo tan 
oscuro, tan sucio, tan solitario, y recordó el banquete 
á la prensa, el refrán del doctor Andreu, los medros 
de Miguelillo y los ofrecimientos que le hacía, con su 
propia promesa de aceptarlos, los motivos que tenia 
para descansar... y cerrando la ventana se metió en la 
cama más resuelto que nunca á abandonar su pueblo 
natal. 



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III 



l^L traspaso de la tahona fué asunto fácil ; mas no 
^^>^lo fué tanto el apartarse de aquellas paredes que, 
pasados todos los entusiasmos del primer momento y 
en cuanto empezaron á palidecer los recuerdos de 
Barcelona, volvían á ganarle el corazón ostentando 
toda la historia de una vida feliz, de pronto, y quizás 
sin bastante fundamento, menospreciada. Pero era 
muy firme la resolución; la tahona estaba ya traspasa- 
da; en el pueblo no le quedaba al tahonero más que 
una hija casada que no vivía con él, y en Barcelona 
viviría con su hijo, trataría con personas y mil diver- 
siones le ayudarían á pasar el tiempo que aquí, ya sin 
trabajar, se le había de hacer insoportable. Además, 
por los veranos volvería al pueblo; ¿ acaso no había de 
volver á ver ya nunca su casa ? 

Con que bien podía dejarla... Y aquel hombre que 
tanta tristeza sentía, pocos días antes, al volver á su 
pueblo, lo abandonó casi con pena, con lágrimas en 
los ojos, pero haciendo de tripas corazón. 

Creemos, no obstante, haber pintado con bastante 
exactitud la intensidad de las impresiones que núes- 



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a56 NARCISO OLLBR 

tro hombre había recibido en Barcelona, para que se 
comprenda que, en cuanto se vio fuera del pueblo- 
volvieron ¿ prometerle mil delicias para el invierno. 

En el seno de la colosal humanidad del señor Daniel 
se cobijaba un alma de niño, la cual, como todas sus 
semejantes, se sentía más inclinada á la alegría que á 
la tristeza. Así que, en cuanto vio de nuevo las filas de 
faroles que le anunciaban la llegada, el hombre olvidó 
ya la poesía de su casa y de su horno y pensó otra vez 
que entre aquello que dejaba y lo que la ciudad le 
ofrecía, no podía ser dudosa la elección. 

Pero el señor Daniel olvidaba también que Barce- 
lona no podía ofrecerle diarias novedades y que la 
fuerza de la costumbre, ¿ cierta edad, es por demás 
avasalladora. 

En su primera estancia, había recorrido casi toda la 
ciudad; su hijo, ocupado en la peluquería, no podría 
acompañarle, tendría que pasear solo, y si veinticua- 
tro horas de renta son insoportables aun á los mismos 
vagos, I cuánto más no habían de serlo á un hombre 
acostumbrado al trabajo 1 

Al día siguiente de llegar empezó ya á tocar los resul- 
tados de esta situación. Acostumbrado á levantarse de 
la cama cuando las amasadoras habían dejado amasada 
una hornada de pan, despertóse á la hora de costum- 
bre para ¿1, pero que en la peluquería era desusada, y 
como ya no estaba allí como forastero y no quería per- 
der la costumbre de madrugar, nuestro hombre saltó 
de la cama. El alba clareaba justamente lo preciso para 
que á su naciente luz pudiese vestirse el tahonero, adi- 
vinando al tacto cuáles eran las piezas de su traje que 
colgaban de las sillas, como telas de incierto color. El 
resto de la casa dormiría aún tres horas, y el mismo 
calorcillo y silencio que reinaban en dormitorios y sa- 
las, hacían andar de puntillas y contenerla respiración 
al que acababa de levantarse. Éste, por otra parte, no 



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sabía dónde paraban las llaves de la puerta de la esca- 
lera y de la calle, y por lo tanto no podía salir de la 
casa. Si alguna vez se viese el lector en semejante si- 
tuación, encerrado en un cuarto que por todo desaho- 
go tiene una ventana á un patio, sabrá lo que es pade- 
cer y la angustia que debió pasar el señor Daniel aque- 
lla madrugada. 

Así como en su pueblo pedía luna una noche, ahora 
pedía sol á la ciudad. Sus labios murmuraron: — ¡Por 
todas partes hay cien leguas de mal camino!.,, y no pu- 
diendo, al fin, soportar la sujeción de su encarcela- 
miento, atravesó las habitaciones, aun exponiéndose á 
interrumpir el sueño de la gente de casa, y abrió uno 
de los. balcones que daban á la Rambla, para esperar 
más distraídamente á que se levantaran los demás. 

Medio tropezando de sueño, los faroleros iban apa- 
gando el gas, que, todo amarillento, parecía estar ya 
fatigado de hacer visajes; alguno que otro coche cerra- 
do, tal cual carro vacío y escasas personas medio per- 
didas por la desierta vía, constituían todo el movi- 
miento de aquella Rambla, que en la noche de la llega- 
da del señor Daniel le había mareado con su constante 
hormigueo. Pero, poco á poco, el velo ceniciento que 
se extendía desde el puerto á la montaña fué replegán- 
dose sobre ésta, barrido por una brisa tan fresca que 
bastaba á despabilar los sentidos más amodorrados. 
Los árboles enderezaron las pocas hojas verdes que 
aún conservaban y removieron su ramaje como para 
sacudir el sueño; bajo un cielo de azul purísimo re- 
lumbraron las puntas de los para-rayos, los hierros y 
los cristales de campanarios y miradores, semejando 
deslumbrantes estrellas; fueron abriéndose puertas y 
ventanas y un hormigueo de gente y de carruajes, que 
aumentaba por momentos, empezó á circular por todas 
partes, cual enjambre de abejas al rededor de su col- 
mena. 



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a58 NARCISO OLLBR 

Algo más tarde, los aprendices de la peluquería, co- 
mo envidiosos de tx>do cuanto reposaba, vinieron á 
despertar el salón á zorrazos, á limpiarlo con las esco- 
bas, á lavarle la cara, á arreglarlo y vestirlo; en una 
palabra, á dejarlo en disposición de recibir á los pa- 
rroquianos que no tardarían en visitarlo. 

Cuando el tahonero bajó por la escalera, todavía es- 
taba durmiendo el Rumboso; pero el salón estaba ya 
limpio, reluciente, estirado como todo aquel que sabe 
honrar su propia dignidad y quiere que nadie pueda 
hallarle desprevenido, por temprano que se levante. 

No diremos que el señor Daniel pasase el día aburrí- 
do. Todavía el contraste de la animación de Barcelona 
con la soledad y quietud de su pueblo le tenían entre- 
tenido y distraído; pero no tanto como en su primer 
viaje. 

Los edificios y las tiendas no le ofrecían ya novedad 
alguna; se sabía de memoria, ó poco menos, lo que 
iba á encontrar á la derecha y á la izquierda, al tomar 
por tal calle ó tal plaza de las principales, y, para expe- 
rimentar nuevas impresiones, tenía que alejarse hasta 
barrios que le eran desconocidos, ó bien embobarse 
delante de alguno de esos espectáculos que siempre 
atraen la atención de los desocupados, por más vistos 
que sean, como los charlatanes sacamuelas, los pajari- 
tos de la buena ventura, la orquesta de ciegos de San 
Cayetano, las monas que trepan á los balcones y tan- 
tos otros de los que, á los dos días de estar en la ciu- 
dad, conocía el señor Daniel más que todos los habi- 
tantes de ella. 

Un día visitando la Barceloneta, viendo otro el casti- 
llo de Montjuicb, ya yendo á Pedralves ó á Casa Antü- 
nez, ó á Vallcarcaóá la Bona-nova, y, en una palabra, 
recorriendo todos los rincones que la primera vez no 
pudo ver, pasó todavía un mes distraído; pero no por 
eso se hallaba el tahonero en su centro. Había perdi- 



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KL TRASPLANTADO aSg 

do, sin saber cómo, aquella alegria que durante largos 
anos resplandeciera en su corazón; por mucho sol que 
hiciese y por muy bonitas que fuesen las cosas, apa- 
recían á sus ojos envueltas en cierta sombra misterio- 
sa, que le causaba más enojo que complacencia. Recor- 
daba su pueblo, su vida pasada, é iba convenciéndose 
de que todavía podría soportarla bien. Otras veces 
evocaba el recuerdo del banquete de la prensa, pensa- 
ba en la suerte que estaba haciendo su hijo y sentía 
penetrar en si mismo un nuevo rayo de esperanza y 
de felicidad. Pero al llegar á su casa, después de cua- 
tro ó cinco horas de pasear solo, sin despegar sus la- 
bios, y al verse obligado á pei*manecer sentado en la 
antesala como un portero, ó bien en el comedor, sin 
tener con quien hablar, porque asi lo exigía el trabajo 
del Salón, nuestro hombre volvía á caer en un abismo 
de melancolía. 

Ni él mismo acertaba á darse cuenta de lo que le pa- 
saba, ni alcanzaba á descubrir la causa principal de 
aquel malestar. 

—¿No tengo buena mesa, buena cama? ¿No disfruto 
de la mayor libertad é independencia? ¿Acaso no me 
trata bien mi hijo?... ¿No ha de servirme de satisfac- 
ción ver cómo adelanta su establecimiento, y no me 
encuentro yo donde hace muchos años venia de- 
seando? 

Todas las contestaciones á estas preguntas debían 
ser afirmativas.... y á pesar de esto, no quedaba satis- 
fecho. 

La privación que sintió la primera mañana, se había 
corregido aquel mismo día, facilitándose al señor Da- 
niel las llaves necesarias para que fuese dueño de sa- 
lir y entrar siempre que quisiese; y como ésta, su hijo 
había ido destruyendo, una por una, todas las demás 
privaciones de que aquél se había quejado. Cada día 
procuraba indicarle nuevos paseos, y en las noches de 



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a6o NARCISO OLLER 

poco trabajo le acompañaba á ver algún teatro ó café, 
mientras el hombre quisiese ir á tales sitios, que fué 
bien pocas veces, porque prefería dormir en su cama 
á dormirse en público. 




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IV 



Una noche volvió á casa muy contento; había en- 
contrado un paisano y hablado largamente de su pue- 
blo. Era la primera vez que habla paseado por Barce- 
lona hablando, si se exceptúan los escasos paseos 
que habia dado con su hijo. Aquel mutismo en medio 
de la multitud, era una de las cosas que le ponían de 
peor humor. Recordaba que en su pueblo todo el 
mundo le saludaba, y no podía conformarse con aque- 
llo de atravesar por entre miles de personas como una 
sombra indiferente. Por esta razón en medio del con- 
fuso bullicio de la muchedumbre, el señor Daniel en- 
contraba un silencio glacial, mucho más triste que el 
de un desierto. Así es que instintivamente, le llevaban 
los pies, á veces, á sitios apartados; y un día que Mi- 
guelillo le manifestó su extrañeza por ello, le contestó 
que aquel movimiento le entristecía, que el centro de 
Barcelona le producía el efecto de un cementerio por 
donde se paseasen los muertos. 



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202 NARCISO OLLBR 

El paisano del señor Daniel le encontró decaldo, con 
el pelo mucho más cano y, valiéndonos de su misma 
frase, < como si hubiese menguado ó le hubiesen pues- 
to calzones crecederos.» Observó, además, que mien- 
tras le hablaba de Barcelona casi no le escuchaba, y en 
cambio se complacía mucho en recordar el pueblo, en 
preguntar por todo el mundo de allá, 
en enterarse de todo lo que allí habla 
ocurrido desde que él lo dejó, dejando 
caer alguna lágrima al tener noticia de 
los fallecimientos ó de los nacimientos 
que le comunicaba. 

Al ser conocidas en el lugar todas 
estas observaciones, fueron muy co- 
mentadas atribuyéndose á desavenen- 
cias entre padre é hijo por unos ; á un principio de 
apoplegía por otros. En esto podrá juzgar el lector del 
acierto de los comentadores ; pero también tendrá que 
reconocer que á su altura suelen encontrarse, en esta 
ciencia, los más sabios. 

Aquella noche soñó el señor Daniel con su pueblo. 
Vióse primero paseando con la señora Rosalía, su 
mujer, por el cementerio que estaba entonces cubierto 
de yerba mezclada con amapolas y campanillas azules 
que se enroscaban en las pocas cruces que allí habla ; 
vio después un cielo de fondo casi negro, en el cual 
centelleaba con gran viveza multitud de estrellas ; y 
del propio modo que había pasado de la claridad del 
sol á una noche completa, sin tránsito crepuscular, se 
encontró también, sin saber cómo, dentro de su casa, 
en mangas de camisa y con la pala en la mano, delan- 
te del horno, cuya boca parecía un segmento del sol. 
Su vivo fulgor, escapándose de la semicircular aber- 
tura, caía sobre el embaldosado semejante á la del cír- 
culo luminoso de una linterna mágica; y en medio de 
ella veía el señor Daniel la sombra de su propia figura. 



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BL TRASPLANTADO 203 

encogiéndose ó alargándose á merced del inquieto re- 
flejo de las llamas y reproduciendo en monstruosas 
proporciones las contorsiones que hacia con la pala. 
Entretanto, el pan, dentro del horno, crecia y se es- 
ponjaba como semilla abrigada en buena tierra; poco 
después tomaba color de oro, y era entonces de ver ma- 
niobrar al señor Daniel para embarcarlo en la pala y 
traerlo hacia si, en medio de aquel río de fuego, que 
parecía disputarle la presa. 

Al llegar á este punto, un grito medio ahogado turbó 
el solemne silencio del dormitorio. El señor Daniel se 
volvió del otro lado y por sus labios se deslizó una 
suave sonrisa ; era el último adiós de la alegría que le 
visitaba aquella noche. Luego.... su espíritu reposó 
profundamente. 

Al despertar, claváronse sus ojos por un momento 
en el balcón del patio, y una lágrima vergonzante se 
deslizó por su mejilla. 

Entonces se puso á calcular el señor Daniel cuánto 
tiempo faltaba desde el mes de Enero en que vivia 
hasta el próximo verano ; aquellos cinco meses le pa- 
recieron un siglo. Pero como el mismo deseo de con- 
suelo engendraba en él nuevas esperanzas, nuestro 
hombre concibió una muy pronto y fué la de que 
yendo á la estación del ferro-carril, vería algún día 
llegar á otro paisano. 

Mas no cayó en la cuenta el señor Daniel, de que 
estando su pueblo en la provincia de Tarragona y á 
cinco horas de distancia de la vía férrea, sus vecinos 
no venían á la ciudad condal sino por causas extraor- 
dinarias; y que contando el pueblo pocos habitantes, 
eran muy escasos los que, al año, visitaban la capital. 

Y de aquí que nuestro hombre hiciese en vano via- 
jes y más viajes á la estación, llevando siempre á la ida 
una esperanza y siempre volviendo con un desengaño. 

La nostalgia, entretanto, iba minándole más y más. 



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204 NARCISO OLLBR 

Ya no era el señor Daniel el obeso tahonero de las 
monjas ; cada día le venia la ropa más ancha y más 
larga ; tenía todo el pelo blanco y un círculo azulado 
de amarga tristeza rodeaba sus ojos, dando á su rostro 
un aspecto desencajado y casi cadavérico. 

Miguelillo acabó por advertirlo, á pesar de la poca 
atención que podía dispensarle, y quiso llevarle á que 
le viese un médico. Pero todo fué en vano ; el enfermo 
había echado mal genio : no tenia fe en los facultativos 
de allí, y, lo que era peor, no quería ponerse en cura. 
Aborrecía su situación, detestaba la vida, y en su in- 
terior sentía al propio tiempo un misterioso afán que 
no acertaba á definir, sino diciendo ser así como cierto 
deseo de correr, correr mucho y empujar las horas que 
nunca acababan de transcurrir. La honda excitación 
en que vivía le hacia pasar desde la mañana á la noche 
por toda una escala de exaltaciones y abatimientos. 
La simple vista de una panadería en la cual no puede 
el comprador atisbar el horno de donde salen los pa- 
nes, le ponía furioso. Otras veces podía vérsele dulce- 
mente divertido en la contemplación de las flores ó de 
los pájaros que se venden en la Rambla. Si se le hu* 
biese preguntado por qué se complacía allí, hubiese 
contestado que nunca, hasta entonces, se había fijado 
en las flores ni en los pájaros y que, no obstante, ahora 
los contemplaba con gusto sin saber por qué! | Quizás 
sin percatarse de ello, descubría en ellas una secreta 
relación con la primavera, precursora del anhelado 
verano! El hombre esclavo de un deseo, ¿ no escucha 
por todos lados, misteriosos llamamientos del objeto 
de sus afanes? 

Á la misma voz obedecía, sin duda alguna, la incli- 
nación que sentía el tahonero hacia la soledad y más 
aún por los alrededores de la estación del ferro-carril. 
Ya no se contentaba con andar rondándola á la llegada 
del tren ; todas las tardes dirigía sus paseos por aquel 



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EL TRASPLANTADO 205 

lado de la ciudad. No parecía sino que por la vía le 
llegaban ciertos efluvios de su pueblo, sin los cuales 
no podía ya vivir. 

Una tarde que le llevaron las piernas más allá del 
convento de las Adoratrices, llegó á un sitio desde el 
que partía en linea recta la vía hacia el horizonte, 
en donde parecían juntarse los acerados carriles en 
afilada punta, que se sumía en la violada bruma de 
la distancia. Allí clavó sus ojos, ansioso de traspasar el 
limite del horizonte, y fascinado, acaso por secreta 
atracción, siguió andando junto á la banqueta de la vía. 

Hundíase majestuosamente el sol por la cañada 
opuesta á Vallvidrera; el caserío de Pedralves, Sarria 
y San Gervasio envolvíanse poco á poco en una neblina 
cenicienta, y la gigantesca sombra de la montaña inva- 
día solemnemente el llano todo, al mismo tiempo que 
las nubes iban cambiando, y oscureciendo cada vez 
más, sus variados colores. En la trinchera de la vía es- 
piraba por momentos el crepúsculo, mientras en su 
fondo tomaban los rails el brillo que da al agua la 
dudosa claridad de las estrellas. 

La mirada del señor Daniel se deslizaba sobre aque- 
llos relucientes rieles como la de un desterrado sobre 
el río que ha de pasar por su lejana patria. El pobre 
hombre lloraba. No sabía explicarse cómo aquel ca- 
mino que tantos placeres le ofreciera un día, podía á 
la sazón entristecerle tanto. Justificaba una vez más la 
exactitud con que afirma el poeta que todo espectá- 
culo lo lleva el espectador dentro de su alma. 

De repente, el señor Daniel se levantó y emprendió 
resueltamente la vuelta hacia la peluquería, con el 
semblante tan animado como hacia tiempo no lo había 
tenido. 

— ¡Gracias á Dios que le veo á usted contento! — 
díjole su hijo.— Parece usted otro. {Á qué se debe esa 
repentina alegría ? 



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a66 NARCISO OLLIR 

— Creo haber dado con la causa de mi mal y pienso 
ponerme en cura. Me estoy consumiendo aquí y ma- 
ñana me Tuelvo al pueblo. 

— I Pero, padre I ¿ Se ha vuelto usted loco? | Echar de 
menos en Barcelona una población de mala muerte I 
¿No recuerda usted ya el efecto que le produjo el 
lugar, al ir de aquí } 

— Esto me pareció entonces un cielo y hoy es un ce- 
menterio para mi. 

— Espere usted siquiera hasta el verano. ¿ Es que le 
falta á usted alguna cosa ? 

—Me falta todo y no me falta nada. Vete tú á saber. 
Yo soy ya árbol viejo que por mal acuerdo me he de- 
jado trasplantar. Si me quedo aquí, me moriré de tris- 
teza, de fijo. Deja que me vuelva á mi casa y no lo 
lleves á mal. Te agradezco todo lo que has hecho por 
mí, lo aprecio muchísimo.... pero me vuelvo á casa.... 
iQué le vamos á hacer, pobre de mí, si me estoy con- 
sumiendo de tristeza.... me consumo y....l 

Y al llegar aquí el señor Daniel lloraba, y en un apre- 
tón de mano á su hijo incluyó cien protestas de agra- 
decimiento, todas las demás razones en que se fundaba 
su resolución. 

Miguelillo comprendió el estado de su padre y á la 
mañana siguiente le acompañó hasta la estación. 

Era ya tarde. La alegría es una savia que, en per- 
diéndose á cierta edad, ya no se encuentra. En el señor 
Daniel se había secado para siempre, y si al volver al 
pueblo donde nació pudo creer por un momento que 
la había recobrado, pronto hubo de desengañarse. 

Él mismo lo había dicho. Era un árbol viejo tras- 
plantado. Y los árboles viejos, una vez arrancados, en 
vano se replantan en su primitivo alcorque ; ya nunca 
más rebrotan. 



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KL TRASPLANTADO 367 

j A qué vendría ahora presentar otra vez al pobre ta- 
honero en su pueblo, fuera de su casa y de su tahona 
que tan precipitadamente traspasó, perdiendo pro- 
gresivamente la salud y las fuerzas, y con los ojos, en- 
turbiados por las lágrimas, fijos en el suelo; sin gusto 
para hablar ni ver á nadie, sin una alegría, sin otra 
esperanza que no fuese la de acabar con el sufrimiento 
en la mortaja ? 

Ni siquiera pudo llegar á ver aquel verano, tan de- 
seado algún dia. Hacia el mes de Mayo las yerbas re- 
vueltas con las amapolas y las campanillas azules en- 
volvían ya la cruz de hierro que se levantaba sobre la 
tumba del infortunado señor Daniel y de su mujer, 
bajo el risueño manto del puro cielo de la primavera. 



^Y^ 



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I^ECUERDOS DE I^IÑO 



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UANDo era yo chico, domina- 
ba en mi pueblo el salvajis- 
mo. El mal ejemplo de las 
guerras y trastornos que se 
sucedieron casi sin interrup- 
ción desde el año 8 hasta el 
4;, habla acostumbrado á mis 
convecinos á matarse, á robar- 
se la vida unos á otros, mu- 
chas veces por un quítame 
allá esas pajas. 

Había yo oído ponderar co- 
mo verdaderas heroicidades, 
á personas muy sensatas, las hazañas estupendas de 
nuestros bagajeros de la guerra del año ocho, quie- 
nes acababan traidoramente con el mayor número de 
los heridos franceses al transportarlos, y aún recuerdo 
la fruición con que se relataban las sangrientas revan- 
chas y crueldades que la guerra de los siete años había 
promovido en ambos partidos. Hijos y hermanos de 
las víctimas vivían aún para escucharlo, y allá en el 
fondo de su corazón ansiaban que llegase la hora de lo 
que ellos llamaban ctomarse la justicia por su mano.» 
Una vez descubierto el objeto de sus odios, cuando 
menos se lo podía figurar éste, le clavaban un puñal 
por la espalda; quedaba el hombre tendido en el suelo 
y nunca la autoridad podía descubrir al asesino. Si 



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272 NARCISO OLLBR 

alguien había visto el crimen, se lo callaba, unas veces 
por miedo, otras por ser de los que abrigaban iguales 
proyectos, ya en fin por una extraña aberración del 
sentido moral que les llevaba á compadecer al mata- 
dor, pensando no más en lo que éste había sufrido 
antes al perder alguno de los suyos. 

Era, pues, una situación deplorable. Falto todavía 
el pueblo de alumbrado, la mitad del año no podíamos 
salir de noche sin un farol por delante, y más de una 
vez teníamos que retroceder espantados al ver, á su 
resplandor, el bulto de un hombre tendido al pié de 
una esquina solitaria. Y á todo esto dormíamos con 
las puertas abiertas, sin pensar en ladrones, y pasába- 
mos los veranos tranquilamente en nuestra casa de 
campo, rodeada de bosques bastante bravios y desier- 
tos para que, de vez en cuando, bajase á visitarnos al- 
guno que otro lobo. Aún recuerdo haber oido sus 
aullidos y visto las lucecillas fosfóricas de sus ojos 
centellear en las tinieblas de la noche, desde la rendija 
por donde atisbaba, todo temblando y agarrado á las 
faldas de mi madre. 

Pero aun esta impresión, que la hora y la imponente 
quietud dé la naturaleza dormida debían hacer más 
penetrante, no me quedó tan profundamente grabada 
como la que voy á describir. 

Habitábamos nosotros en el pueblo ima casa antigua 
y grande; un verdadero caserón solariego, con su huer- 
to atrás, lleno por la noche del misterio en que se en- 
vuelve la vegetación ; las bodegas subterráneas, gran- 
diosas, de naves tan altas que parecían iglesias; sus 
azoteas y desvanes, cementerio de recuerdos donde 
iban á parar todos los trastos viejos, formando fantás- 
ticos montones ; sus pasadizos largos y oscuros y una 
gran escalera de piedra de la que sólo iluminaba el farol 
un trozo pequeño. No hay que decir, pues, si vería fan- 
tasmas por todos aquellos ámbitos tenebrosos mi ima- 



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RBGUBRDOS DB N I íí O 273 

ginación infantil, tiarto exaltada siempre por cuentos 
del hogar y tremebundos episodios del pueblo mismo. 

Mi familia era numerosa y en ella abundaba la gente 
joven, que con su buen humor, atraía cada velada gran 
tertulia. Solíamos cenar tarde y yo había ya desca- 
bezado el sueño encima de la Aritmética ó del Fleury, 
cuando entraba en la sala de reunión y en plena visita 
me entregaba al sueño en cuerpo y alma, cómodamen- 
te arrebuñado dentro de una inmensa poltrona almo- 
hadillada con antiguos tapices que me preservaban de 
las corrientes de aire. Asi es, que cuando Íbamos á 
cenar, bajaba abrazado á mi madre, mejor dispuesto á 
soñar que á otra cosa. Llegábamos al comedor del en- 
tresuelo ; la familia, animada aún por la plática de los 
contertulios, se sentaba alegremente en torno á la 
larga mesa, y yo me arrimaba á ella con tales estre- 
mecimientos de frío, que hasta sentía pereza de llegar 
con la mano á los platos y á aquellos cubiertos tan 
relucientes. Por ñn me ponía á comer y no hacia más 
que engullir sin saborear nada, esperando la ansiada 
hora de irme á la cama, es decir, de subir bien acom- 
pañadito aquella gran escalera y entrar en el espacioso 
cuarto, con la seguridad de que no me habían de dejar 
solo mientras no viniese á vigilar mi sueño el ángel á 
quien me hacía encomendarme mi madre al desnu- 
darme. Solamente la idea de que pudiese despertarme, 
abandonado, en medio de aquellas inmensas salas os- 
curas, me llenaba de espanto. 

Y hay que tener presente que, si como antes he di- 
cho, los de casa no se preocupaban de si la puerta de 
la calle quedaba ó no abierta, en cambio yo la tenía 
fija en el pensamiento. Al salir al descanso del entre- 
suelo, mis ojos se deslizaban involuntariamente hasta 
la puerta que columbraba en el fondo oscuro como 
boca de lobo, y mi amedrentado magín atravesaba el 
espesor de las tablas y se representaba la calle ya en 

i8 



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274 NARCISO OLLBR 

tinieblas, ya bañada por la azulada luz de la luna, con 
hombres tendidos en el suelo, fantásticamente man- 
chado de sombra, si no es que además colocaba en las 
esquinas traidoras figuras rebujadas hasta los ojos en 
ásperas mantas. Todo esto aparecía en mi fantasía 
como en un espejo á media luz. Pero yo me echaba á 
temblar, apretaba el paso y bacía á mi buena madre la 
pregunta de todas las noches : 

— I Madre I { Han cerrado la puerta? 

Ella repetía la pregunta con más serenidad, y desde 
el fondo del gran salón que habíamos dejado atrás, so- 
lía contestar la voz robusta y soñolienta del criado: 

— ^No hay cuidado, señora, no hay cuidado. 

I Nunca, nunca ol que dijese si 6 no! 

Cierta noche estábamos cenando en aquella gran 
mesa, acaso con mayor animación que de ordinario, 
por tener en nuestra compañía al juez, un buen amigo 
de la familia, joven, aficionado á retirarse tarde y que 
procuraba alargar la tertulia todo lo posible. Como 
que era hombre de mundo, de mucho palique y alegre, 
su conversación á todos nos gustaba. Tan de vena es- 
taba aquella noche, que hasta á mí había logrado des- 
velarme, cuando poco antes estaba muy dormido en 
mi colosal poltrona. Quizás entonces encontraba yo 
simpática por primera vez la luz de aquella lámpara 
solar que iluminaba la mesa, acrecentando la blancura 
de los manteles y quebrándose en tornasoles dentro 
del líquido de las copas. 

Rato hacía que no cesaban de resonar en el comedor 
las carcajadas del hereu, que ocupaba la cabecera de 
la mesa, las risas de mi madre, de mis tíos y de mis 
tías aún muy mozas, cuando, de pronto, cortó en seco 
todas las voces un seco golpazo del postigo que había 
batido con furia contra la pared del zaguán al abrirse. 

Todos nos miramos sobresaltados, volviendo en se- 
guida los ojos con ansiedad hacia la mampara; retem- 



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RBCUBRDOS DB N I íí O 2jb 

bló el piso, abrióse aquella violentamente y saltó hasta 
donde yo estaba un hombre desconocido, lívido, ate- 
rrado, manchado en sangre. 

— I Señor, sálveme, acabo de matar á un hombre I — 
dijo con entrecortada voz, los ojos brotándole de las ór- 
bitas y sin ver indudablemente á nadie más que al hereu. 

Un grito de espanto de las mujeres siguió á su ho- 
rrible confesión; los hombres todos saltaron de las 
sillas, y yo, presa de violento temblor, me agarré á los 
brazos de mi madre sin perder de vista aquel rostro 
desencajado que nunca se me despintará. 

Era un hombre pequeño, rehecho, de facciones es- 
quinadas, lampiño y blanco como la cera, con una gran 
descalabradura en la sien izquierda que le manaba 
sangre por detrás de la oreja y le goteaba por el cuello 
abajo perdiéndose entre el espeso vello' de su pecho 
que se entreveía por la abertura de la camisa. Traía 
también ensangrentadas las manos que parecían de 
santo de piedra empolvado, y en su pobre vestido ha- 
bla dejado la lucha evidentes señales de tierra, sangre 
y desgarrones. No cubria su cabeza ni una mala gorra; 
parecía como que aquellos pelos erizados habian de 
despedirla al suelo. Pero lo que á mí me causaba ma- 
yor espanto era aquel hilo de sangre, aquellas narices 
abiertas y fruncidas, aquellos ojos de gato acorralado, 
de indefinible expresión. 

Sólo por un momento paralizó la vacilación á todos 
los hombres. El juez se había puesto en pié también y 
pareció hacer un movimiento instintivo como para 
agarrar al criminal. Pero el más joven de mis tíos se 
interpuso al mismo tiempo que por otro lado llegaba 
el hereUf cogía á aquel desgraciado por la manga y des- 
aparecía con él, deteniendo á la autoridad con una mi- 
rada imponente, avasalladora. 

Un minuto después volvía con nosotros, alegando 
con una mirada conciliadora sus deberes de hospitali- 



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276 NARCISO OLLBR 

dad, que nial criminal podía negarle en momentos ta- 
les; y comprendiéndolo así, el juez le alargó la mano, 
se las apretaron ambos con fuerza, y le despidió en 
dos palabras: — cQuien había estado presente allí era 
el amigo : el juez nada había visto ; pero abajo había 
un cadáver, él tenía que ir á instruir la sumaria.» 

Y sin acabar de cenar, sin que nadie supiese dónde 
había escondido mi tio á aquel desventurado, todos, 
mudos de terror, fuimos desfilando hacia nuestros dor- 
mitorios, para no cerrar los ojos en toda la noche. iQué 
larga, qué tenebrosa fué para mil Quería probar á 
dormirme, y en la vacuidad de las tinieblas se me apa- 
recía aquel rostro de cera, aquel reguero de sangre y 
aquellos ojos, aquellos ojos que me llenaban de terror. 

Ni al día siguiente, ni nunca más supe en dónde se 
escondió aquél hombre, ni la justicia con todas sus 
pesquisas pudo cogerle. Á la hospitalidad de mi casa 
debió su salvación, y ni él me conoce, ni de él sé más 
de lo que he narrado. Su rostro, sin embargo, se me 
ha aparecido en sueños tantas veces, que sería capaz 
de dibujarlo; mas estoy seguro que por bien que lo 
hiciese, nadie conocerla al original. Tan horrible fiso- 
nomía sólo ha podido tenerla aquella noche, y si no se 
la ha roído la muerte, ha debido borrarla el arrepen- 
timiento. 




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PCWGUSTIA 



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QUÉ oscuro, qué solitario estaba el patio del Hos- 
pitall Los tres ó cuatro faroles diseminados por 
allí apenas lucían lo que las pálidas estrellas que se 
vislumbraban entre brumas. El reloj de la torre daba 
triste y pausadamente nueve campanadas, rechinaban 
herrumbrosos goznes, y tras estruendosos portazos 
oyéronse caer las pesadas fallebas y correr los fuertes 
cerrojos. 

Antoñito caminaba todo trémulo, sintiendo crugir 
la arena bajo sus pies, en medio de aquella aterradora 
soledad. Inscrito como practicante, se dirigía á hacer 
su primera guardia nocturna y no podía ya volverse 
atrás, por más que lo desease su corazón. 

En el centro del patío se encontraban dos escaleras 
desarrolladas dentro de grandes pórticos de arcos re- 
bajados. La de la derecha conducía al departamento 
de las mujeres; la de la izquierda al de los hombres y 
entrambas tenían por toda luz la mortecina lámpara 
que ardía en la capillita colgada en el muro del des- 
canso más alto de cada una, á pocos pasos de la 
puerta. 

Su vacilación le había llevado hasta el pié de la esca- 



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aSo NARCISO OLLBR 

lera de la izquierda, cuando un triste convoy le hizo 
apartarse de ella: dos hombres, con largas blusas, baja- 
ban en unas parihuelas un cadáver caliente aún. Uno 
de ellos iba silbando una tonada alegre, el otro rene- 
gaba del peso en voz alta, y el canto del uno, con las 
voces del otro, resonaban por el patio y se perdían tris- 
temente por las vagas soledades del espacio. 

I Qué encuentro! Un cuerpo menos, una cama más, 
dirán estos hombres, pensó Antoñito. | Ahí ¿y dónde 
iba aquel cuerpo? A reposar allá, en el depósito, entre 
dos luces agonizantes, encima de la losa que poco an- 
tes sostenía otro cadáver, ya á aquella hora despedaza- 
do en el anfiteatro. |Dios mío. Dios mío, qué soledad, 
qué tristeza, ni un hermano, ni un pariente, ni un 
amigo I I pobre gente, cuánta miseria I 

Así pensando, llegó Antoñito al primer descanso de 
la escalera de la izquierda. Los escalones parecíanle 
gigantescos, pesadísimos; había perdido en anchura, 
pero era interminable en longitud. Descansó un mo- 
mento y, apoyándose en el antepecho de piedra, siguió 
con la vista el triste convoy que iba sumiéndose en la 
oscuridad. 

Luego siguió subiendo la pesada escalera, cada vez 
con mayor trabajo, más fatigoso el resuello. Y la esca- 
lera se estiraba, se estrechaba é iba presentando esca- 
lones más altos, más extensos. — ¡Arriba, arríbal— decía 
entre sí;— pero á medida que iba subiendo, los escalo- 
nes se ensanchaban más y más. Ya no eran gradas, sino 
rellanos, aquí de dos pasos, luego de tres, luego de 
cuatro, y al levantar el pié para ganar el siguiente es- 
calón no acertaba á explicarse si era que éste crecía ó 
que se hundía el inferior. 

Por fin llegó al final de la escalera, dando gracias á 
Dios. La Iviz de la lámpara, que le daba en la espalda, 
lanzó al suelo la sombra de su cuerpo, negra como 
una mancha de tinta y tan larguirucha, que no cabien- 



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ANGUSTIA 



281 



do ea el descanso se enderezaba por la puerta morada 
del departamento arriba. 

Tomó alientos otra vez y miró al santo de la capille- 
ja por ver cuál fuese. En vano; el cuerpo de la lámpara 
proyectaba sobre la imagen una 
sombra, tan vacilante como densa, 
que borraba hasta su contorno. 

Entreabrióse la puerta escasa- 
mente una cuarta, y de las tinie- 
blas de la abertura destacáronse 
un rostro y una mano: una cara 
chupada, amarilla, de nariz larga 
y corva, ojos chicos, hundidos y 
brillantes, boca simiesca y barba 
arrastrojada, que le ocultaba las 
mejillas, hasta confundirse con 
mechones de pelo que salían de 
un gorro negro, de punto, rema- 
tado por una borlita que oscilaba 
de continuo, al menor movimien- 
to de la cabeza. 

La mano, una mano huesosa y 
de extraña blancura, le llamaba 
con agitación nerviosa, al compás 
de la cabeza que no cesaba de sa- 
ludarle silenciosamente. El cuer- 
po, á quien pertenecían aquellas 
extremidades, quedaba envuelto en la oscuridad inte- 
rior. Parecía como que aquel cuerpo y aquella mano 
estuviesen suspensos en el aire, visión impalpable, 
espantosa; fermento de los vahos de fiebre que salían 
por aquella tenebrosa abertura. 

Antoñito se asustó, dio un paso atrás y la cabeza y 
la mano siguieron llamándole callandito. El rostro reía 
enseñando una dentadura desencajada, acentuando 
fuertemente todas las arrugas de sus facciones, dando 




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a82 NARCISO OLLBR 

á SUS ojos una expresión irónica y una brillantez lumi- 
nosa. ¡Pobre Antoñitol Quiso huir y vio que la escale- 
ra se habia hundido y al borde del descanso una sima 
profunda, oscurísima. 

La mirada de aquel rostro le absorbía, le fascinaba 
como la serpiente al pájaro; la mano parecía cobrar, á 
cada movimiento que hacía, braza tras braza de la ca- 
dena que lo arrastraba hacia la puerta; y e) pobre 
practicante, contra su voluntad, iba cediendo, más 
muerto que vivo, sintiendo correr por sus venas olea- 
das de hielo. 

Asi atraído, perdido el pensamiento en los mares 
del terror, llegó á la puerta y la mano huesosa le asió 
por el brazo, arrastrándolo hacia dentro. 

Cerróse de golpe la puerta tras ¿1 y el practicante se 
encontró en una sala cuadrada, guarnecida con bancos 
pobrísimos y despojada de todo adorno. Un farol de 
escasa luz colgaba del techo altísimo y, á su angustio- 
so resplandor, vio completa la figura que había tenido 
por visión : era un enfermero vestido con gran levitón 
negro recubierto de un delantal azul que le colgaba 
del cuello y se le ceñía á la cintura con unas cintas; el 
rostro sonriente, la borlilla del gorro enhiesta como la 
borla de un cucurucho. 

Sin despegar los labios, invitaba al practicante con 
los ojos á empujar una mampara que tenía delante, y 
viendo que el joven no se decidla, lo arrastró hacia 
ella sin compasión. 

I Oh Dios I I Qué espectáculo al abrir la puerta 1 

Antoñito penetró en una sala larguísima, tristemen- 
te iluminada por una fila de lámparas de petróleo, cu- 
biertas con grandes reflectores ó pantallas, colgando 
del centro de las enormes vigas soleras. A entrambos 
lados de la sala, se veían dos interminables hileras de 
camas vacías, abiertos los embozos, blanqueando cual 
placas de nieve á la luz de las estrellas, y verticalmen- 



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ANGUSTIA 283 



te sobre las camas, colgando de las vigas, en espesas 
ringleras, á dos de fondo, todos los enfermos en cami- 
sa. Quejas, ayes, aullidos de dolor, hipos de agonía, 
golpes de tos y llanto, poblaban aquel espacio, satura- 
do con el tufo de la calentura. 

Plaqueáronle las piernas á Antoñito, oprimió su pe- 
cho un peso inmenso y sus ojos se hubieran clavado 
en el suelo, si el dolor no hubiese poblado de gritos el 
espacio. El enfermero, todavía aferrado á su brazo, 
seguía mirándole sarcásticamente, sin proferir una 
palabra, con la borlita meneándosele encima de la ca- 
beza en la punta del gorro negro. Al levantar de nue- 
vo la vista, Antoñito sintió una impresión insoporta- 
ble, espantosa. Sus ojos, habituados ya á aquella 
tétrica claridad, dominaron mejor lo que le rodeaba. 

Los enfermos estaban suspendidos de los sobacos 
por una correa negra correctamente numerada con 
grandes cifras blancas. Los desmayados dejaban caer 
la cabeza sobre el pecho; á los agonizantes se les caía 
encima del hombro, la faz sudosa, los ojos hundidos, 
la nariz blanca y afilada, los labios retorcidos y amora- 
tados, el pecho anhelante, con el quejido seco y fatigo- 
so de la máquina de vapor que se va enfriando. 

Había otros que, en furioso ataque de nervios, patea- 
ban horriblemente, mientras el vecino se encogía hasta 
doblarse por la cintura, para mitigar los dolores de 
estómago ó soportar mejor los sacudimientos de la 
tos que le abría el pecho; todos, todos ellos mostrando 
el mal que los mataba, desollada , abierta la entraña 
donde arraigaba aquél. Ninguno hablaba, pero casi 
todos solicitaban al practicante, agitando el brazo, 
arrimándole el pié á la cara, como iba pasando cerca 
de ellos. 

¡Triste espectáculo que semejaba la malvada carica- 
tura de un museo anatómico con todos los ejemplares, 
sanguinolentos, vivos aún y revueltos por las contor- 



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a84 NARCISO OLLBR 

siones del dolor, batallando en vano en el vacío, mien- 
tras, por debajo, se extendían tendidos é inocupados 
los lechos I 

Antoñito no acertaba á descifrar aquel misterio, la 
causa, el motivo de aquel tormento. ¿Sería, acaso, que 
los enfermos lo prefiriesen á la dureza de aquellos col- 
chones empedernidos, quizás sembrados de espinas 
que se les clavaran en el cuerpo á cada movimiento? 
Se lo preguntaba al enfermero y éste movía la cabeza, 
siempre con su sarcástica sonrisa y la inquieta borlita. 
¿Era, quizás, que el aliento de la fiebre quemándole la 
frente, le presentaba en aquella forma terrorífica los 
padecimientos del mal acompañado por la miseria? 
El enfermero movía la cabeza siempre con su sarcás- 
tica sonrisa y su inquieta borlita. ¿Á qué respondía, 
pues, aquel espantoso tratamiento ? ¿ Era por ventura 
una prescripción médica, tan inhumana como absurda, 
para orear á los enfermos ? Ocurríéronsele mil infa- 
mias, mil absurdos, y á todo contestaba el enfermero 
con su meneo de cabeza, con su imperturbable sonrisa 
y su borlita epiléptica. 

— Pero ¿quién los ha operado? ¿ Qué malvado ha po- 
dido abrirles las entrañas y dejarlos así sin recoserlos? 
—siguió preguntando. 

Y el enfermero se encogió de hombros, siempre 
con la sonrisa en los labios y la borlita tembleque. 

— ¿Y cómo socorre usted á esos infelices? 

El enfermero soltó por primera vez á Antoñito, co- 
gió una caña en cuya punta había hincada una espon- 
ja, la mojó en un medicamento, y asi como dieron á 
Jesucristo hiél y vinagre, pasó aquél la esponja por 
los labios de uno de los colgados. Luego volvió al lado 
del practicante, le asió de nuevo y siguió llevándole 
sala arriba, siempre con la sonrisa en los labios y la 
borlita meneándose. 

El viaje del Dante por las cavernas infernales no 



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ANGUSTIA 285 



era tan doloroso como aquella horrible excursión. 

Antoñito quería correr, escapar ; pero el enfermero, 
aquella temerosa caricatura de su Virgilio, le retenía 
por el brazo, y sus ojos no velan sino una salida: la 
puerta que columbraban entre las tinieblas, allá al fin 
del pasillo formado por las cuatro hileras de camas. 
Y entretanto, veía sobre su cabeza cerebros y tráqueas, 
corazones, pulmones é hígados abiertos, arterias pal- 
pitantes con mayores ó menores intermitencias, según 
era la fuerza de la sangre que á borbotones transpor- 
taban ; los brazos y las piernas seguían agitándose en 
el aire, llamándole, y á la tos cascada de unos respon- 
día el hipo cavernoso de los agonizantes, los horroro- 
sos aullidos, los amargos sollozos de los otros. 

Partido el corazón, perdido el seso, con el deseo im- 
potente de escaparse, llegó Antoñito, siempre agarrado 
por el molesto acompañante, á la suspirada puerta; 
pero al atravesar su dintel, apareció otra sala, igual- 
mente larga, dispuesta del mismo modo, poblada de 
los mismos horrores, y pasada ésta, otra más, y des- 
pués otra y otra más después. Y mientras recorría 
aquellas salas, sintió de pronto un golpe sordo, espan- 
toso; volvió la cabeza y vio tendido boca abajo sobre 
una cama á un hombre. Perdida la vida, acabada la 
fuerza muscular, se le hablan escurrido los brazos 
por entre la correa, y había caído, come corpo morto 
cade. 

Antoñito se sintió dominado por un terror profundo; 
ya fuera de sí, arrastraba al enfermero hacia la puerta, 
y si al abrirse ésta se encontraba en otra sala, ya no 
veía á los enfermos, ni oía sus gritos; sus ojos, su co- 
razón volaban hacia la puerta del otro extremo. De 
pronto desembocaron en una sala más reducida, sin 
camas, cubiertas las paredes por inmensos armarios 
mal cerrados que llegaban hasta el techo; en un rincón 
se veía unas parihuelas, con dos blusas tiradas sobre 



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a86 NARCISO OLLBR 

los brazos, en otro una gran mesa, toda grasicnta y 
llena de fi*ascos y objetos, que no se distinguían con 
precisión en aquella semi-oscuridad. 

El enfermero cerró con llave la puerta de entrada y 
dejando al atónito practicante, fué á abrir otra. La 
abertura se iluminó con vivo fulgor, y mientras aquél 
la atravesaba, Antoñito corrió tras él. El enfermero se 
volvió, obstruyó con su cuerpo el paso, y cuando An- 
toñito devoraba con la vista un grupo de enfermeros 
que allá afuera contemplaban ansiosos los dados que 
botaban sobre un tapete verde, aquél con su sonrisa 
sarcástica y su temblona borlita, hacia al practicante 
una irónica reverencia, y despidió con fuerza la puer- 
ta. Antoñito sintió el golpe en la frente y despertó en- 
contrándose tendido en el suelo. Todo aquello no ha- 
bía sido más que un sueño 



Cuando al otro día el doctor Solall pulsaba á su 
hijo, presa de la fiebre, y escuchaba de sus labios el 
relato de aquel sueño espantoso, dijo con expresión 
reflexiva: 

— Tranquilízate , Antonio ; dejarás los libros de Me- 
dicina y emprenderás otra carrera. Tienes demasiada 
imaginación para ser médico. 




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QCna Tisita 



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os horas hace, do más, que mi mu- 
jer y yo hemos hecho una visita. 
I Pero qué visita ! Hubiese queri- 
do que me acompañase en ella 
toda esa gente que se conmueve 
con las emociones de la sencillez, 
fuente tan rica para mí en Íntimos 
deliquios, como para ciertos cui- 
tados que no creen serlo, llena de 
prosa, de tedio y de ridiculo. 

Eran dos obreros recién casados: una ex-planchado- 
ra de casa y un cerrajero. Confieso que al subir la es- 
calera casi me iba ya pesando la visita. Hemos tenido 
que subir más de cien escalones tan altos y tan pinos, 
como torcida y mezquina debe ser la conciencia dei 
dueño de la casa. íbamos a un piso cuarto con hono- 
res de quinto, en la calle de Trafalgar. 

Dispense el lector este exceso de detalles; á mí me 
parecieron todos de primer orden. 

El gas de la escalera no llegaba hasta aquellas altu- 
ras, sino con la vaguedad de un recuerdo de luz. He 
llamado á la puerta dando resoplidos todavía y oyen- 
do con pena resonar por allá abajo el taconeo de mi 
mujer. Se ha abierto la rejilla y sólo después de varias 
preguntas, hechas con voz trémula, y contestadas por 
mí con acento franco y jovial, nos ha dado la puerta 
paso libre. 



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390 NARCISO OLLER 

— iQué sorpresa! iQuién me lo habla de decirl ¡Us- 
tedes por aquí y á estas horas! | Cuánto me alegro! 
Pasen ustedes, pasen adelante y dispensen. No puede 
tardar Luis en yenir. |Ay, señorita, tengo un miedo á 
estas horas, cuando no está en casa mí marido, que en 
cuanto he oído llamar á la puerta me he echado a 
temblar! 

—¿Y cómo no se le ha ocurrido á usted que fuese el 
marido? 

— Porque aún faltan diez minutos y además ¿1 tiene 
un modo de llamar que en seguida le conozco. No tar- 
dará mucho, no. Entren, entren ustedes. |Qu¿ alegría 
tengo! 

Y nos decía esto en pié, en medio de la antesala, con 
una lámpara de petróleo en la mano, levantada en alto 
de manera que me permitía contemplar el gozo que 
resplandecía en su agraciado rostro y todo el contorno 
robusto de su figura^ alta y bien trabada como las de 
los cuadros de Bretón. 

Toda su charla se dirigía á mi mujer; detrás iba yo, 
observando, recogiendo impresiones, gozando más de 
lo que en su sencillez podia imaginar la pobre mucha- 
cha. 

— |Ay, señorita! Verá usted, verá usted, qué cuarti- 
to de muñecas; pero qué mono, muy mono! Estaba 
ahora cuidando de la menestra. Luis va avenir pronto 
ya. {No le conocen ustedes todavía, verdad? 

Y al decir esto, después de atravesar un pasillo por 
el que, de reojo, he visto relucir los azulejos valeacianos 
de la cocina, hemos entrado en una salita alhajada con 
una cómoda de Jacaranda imitada, seis sillas con fundas 
blanquísimas y en medio una mesita de entalladuras 
suizas. Las paredes, las puertas recién pintadas, con- 
tribuían á hacer resaltar la limpieza que respiraba 
todo. El mármol de la cómoda apenas daba espacio 
para los objetos ariisiicos; un inmenso ramo de flores 



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UNA VISITA agí 



artificiales debajo de un fanal, una cestita bordada, 
una almohadilla recubierta de puntillas y sostenida 
sobre pies de bambú; una relojera de cañamazo con 
iniciales; las fotografías de los recién casados con mar- 
cos de metal dorado ; un palillero de porcelana, una 
modesta licorera, que simulaba una cubita sobre una 
cepa de oro, entre cuyos pámpanos se cobijaban copi- 
tas de sutil cristal... en fin, qué sé yo... mil cosas por 
el estilo. 

— |S1 que es muy mona esta casital |Vaya! |qué 
cuartito más cuco tiene la Anita! ¿verdad? 

— |Ay, señorita, calle usted por Dios! Para dos po- 
bres como nosotros demasiado es. Venga usted, verá 
usted la alcoba. 

Y nos ha abierto las vidrieras de aquel camarin, 
como nos había ya abierto el corazón á las primeras 
palabras. 

La alcoba era pequeña, pero arregladita como la sa- 
la. Ocupábala, casi por completo, una cama de la calle 
de los Baños, negra, reluciente, con su colcha floreada 
muy estirada. Á la derecha tenia una mesita de noche, 
á la izquierda una silla, y colgado cerca del techo os- 
cilaba el péndulo de un reloj de pared, que me ha he- 
cho exclamar: 

—¿Cómo es eso? ¿Un reloj en la alcoba? ^Y cómo 
pueden ustedes dormir? 

— Muy bien, señorito; rendidos de fatiga, de tanto 
trabajar, dormimos perfectamente. Pero es que tiene 
despertador, ¿sabe usted? Lo ponemos á las seis me- 
nos cuarto y de ese modo puede dormir Luís sin cui- 
dado. Pero no crea usted; sólo con esta idea ya él de 
por sí se despierta. Como que está acostumbrado y.... 

En este momento le ha cortado el discurso la alda- 
billa de la puerta. |Qué repiqueteo más largo y más es- 
pecial! Aquella aldabita cantaba. A mí me ha parecido 
que decía: — Aquí llega tu marido; cumplida su sagra- 



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292 NARCISO OLLBR 

da misión del dia, vuelve con el corazón henchido de 
gozo á disfrutar de las delicias de este nido, querida 
esposa. 

Ésta ha saltado de la silla, gritando de alegría ha 
pasado volando el pasillo y sin preguntar:— ¿Quién ?— 
ha abierto la puerta. 

—Tenemos visita, entra, entra... 

Y hemos oído pronunciar nuestros nombres, mien- 
tras nos comunicábamos mi mujer y yo con la mirada 
la alegre impresión que todo aquello nos producía. 

No se ha hecho esperar Luis. Es un muchacho de 
unos veintisiete años, ni alto, ni bajo, seco de carnes, 
enjuto de rostro, pero con nervios y tendones de hie- 
rro; lleva bigote y sus ojos negros y vivos tienen una 
expresión de bondad que le ganan los corazones desde 
el primer momento. Quien hubiese esperado verle con 
blusa, se hubiera llevado chasco. Es verdaderamente 
la media naranja de Anita: en cuanto concluye su tra- 
bajo, se lava, cambia de ropa y, al salir del taller, se le 
ve con su chaqueta negra, su cuello de camisa derecho 
y su reloj en el chaleco. Sólo las callosidades en las 
manos y el sombreado negro que el hierro le ha in- 
crustado en los poros, pueden revelar el oficio á que 
se dedica. Yo se lo he conocido también en otra cosa: 
al darme la mano. |Vaya un estrujón! Bien se echa de 
ver que está tan acostumbrado á apretar las tenazas, 
que al coger una mano de carne y hueso, no se fija el 
pobre chico y ¡zásl sin querer le hace á uno levantar 
una pierna, cual si fuese un Juan de las Viñas cuando 
se le tira del hilo. Á pesar de mi disimulo, el cerrajero 
me ha visto levantarla y se ha puesto colorado. 

— I Vaya! |Vaya! ¿Con que es usted el marido de Ani- 
ta? Que sea por muchos años. Ya vemos que están us- 
tedes como el pez en el agua. Bueno, bueno. Que sea 
por muchos años. 

— Haremos lo que podamos. Pero, ¿qué es eso? ¿No 



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UNA VISITA agS 



se sientan ustedes? Póngase usted el sombrero. Ya, ya 
sabia yo que ustedes querían bien á la Anita. Buenos 
plantones me he llevado esperándola junto á la casa 
de ustedes. ¡Pero, Anital ¿Qué haces que no vienes? 

Al entrar su marido, la planchadora se había que- 
dado en la cocina. El recién casado rabiaba por vérsela 
al lado. 

— Es que había perdido una cosa y ahora me en- 
cuentro con dos. 

— ¡Mejorl Así seremos más ricos. ¿Y qué tal? ¿Ya 
han visto ustedes qué casita tenemos? 

— Si, sí; ya hemos dicho que es muy bonita. 

-—¿Hace mucho que han venido ustedes? 

— No; unos cinco minutos. 

—¿Les ha enseñado á ustedes Anita la galería? ¿No? 
|0h! Pues pernutanme ustedes, voy á quitar el barro- 
te y abrir el balcón. ¿Ve usted? He puesto sus barras á 
todos los huecos y allí arriba en la ventana, ¿ve usted? 
he abierto un postiguillo para ver luz desde la cama... 
.[Eal... ya está abierto; pasen ustedes, pasen ustedes. 

En este momento ha vuelto la planchadora con la 
lámpara en la mano. 

— Mire usted, mire usted, señorita, qué galería más 
hermosa... ¿Ve usted? Aquí puedo tender la ropa, 
jvayal... y tengo media docena de macetas... 

—Llévate, llévate la luz, Anita, que así nos pueden 
ver de la vecindad... 

—Pues está muy bien; es un gran desahogo y de día 
debe ser muy bonito... 

— |0h! sí, señora; mire usted todo aquello negro de 
allá abajo son jardines; todo está cubierto de galerías 
que ahora bien se ven aquí y allá con las luces y trans- 
parentes que clarean... Da ahí una manzana de casas 
muy buenas. ¿Ve usted? Toda esa parte de la izquier- 
da es de la calle de Ronda. 

— Muy bien, muy bien. 



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394 NARCISO OLLER 

— Mire usted qué sofá me he hecho para tomar el 
fresco en yerano. 

—Muy bonito, mucho; como los del Parque... ¿Y se 
lo hizo usted mismo? 

— Si, señoritos; ¿1, ¿1 mismo. ¡Uyl |Pues si tiene 
unas manos...! 

—Siéntese usted y verá; es muy cómodo, comodísi- 
mo— decía candorosamente el autor, mientras su mu- 
jer, desechando rápidamente una llave, abría una 
puerta que daba á la misma azotea. 

—Ahora les enseñaré el cuarto de los trastos. 

— Trae ahora la luz. 

Y hemos visto aquel pequeño trastero tan arregla- 
dito y tan limpio como la sala, lleno de estantes, per- 
cheros y ganchos y no sé cuántos útiles ingeniosos 
para que todo tuviese cabida, ocupando el menor es- 
pacio posible: era un camarote de barco. 

Desde aquel momento pareció como que la feliz pa- 
reja se desvivía por demostramos franqueza y amis- 
tad. Más que amigos, parecíamos individuos de su fat 
milia. Era que se les desbordaba la felicidad. 

Anita fué abriendo, uno por uno, los cajones de la 
cómoda, repletos de ropa blanca, bordada, almidonada 
y tan arregladita, que hasta estaba recubierta cuidado- 
samente en cada cajón, con un paño de percalina rosa. 

El marido, entre tanto, me enseñó el estuche de las 
joyas, que eran de oro y diamantes, y el reloj, de oro 
también y esmaltado, regalo que había hecho á su no- 
via el día que se tomaron los dichos. En uno de los 
cajones se encontró Anita con un cigarro puro. 

— |Luíis, mira lo que me he encontrado! 

Luís me explicó la historia de aquel cigarro. Un día, 
el dueño de la fábrica (él trabaja en un taller de repa- 
raciones), le dio para cierto objeto una caja vacía de 
los de la Habana, el obrero encontró en ella un ciga- 
rro, selo llevó al principal y éste se lo regaló. 



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UNA VISITA 395 



— jSi yo no fumo! 

— Pues dáselo á algún amigo ó pariente que fume. 

Y el cerrajero se prometió conservar siempre aque- 
lla muestra de afecto de su principal. 

— ¿Ve usted? lo tengo señalado —me dijo arran- 
cando del cigarro una aguja que tenia clavada en la 
tripa. 

— I Ahí — dijo en seguida sacando del mismo cajón 
una cajita que contenía un imperdible, que represen- 
taba un coleóptero de granate, oro y perlas. — Vea 
usted el regalo de boda del capitán de mi compañía, 
cuando yo era soldado. 

— Mire usted, el pobre señor: ¿ es muy bonita, ver- 
dad ?— dijo la muchacha á mi mujer. 

Y á seguida, con la mayor naturalidad : 

— I Ay Dios mío, que se me olvidaba lo mejor! Mire 
usted si se ha portado bien el principal de Luis, ¡mire 
usted ! — añadió sacando del fondo de un cajón un gran 
estuche, que guardaba un cucharón y media docena de 
cubiertos de plata. 

Los ojos de los dos obreros brillaban y los nuestros 
también. 

Terminada esta exposición nos hicieron pasar á la 
cocina en donde una fosforera bastante pesada, una 
cantarera de hierro, una cajita para guardar los cu- 
biertos y otros diversos artefactos, atestiguaban la ha- 
bilidad del cerrajero. 

Cierto tufillo á pegado nos advirtió que estábamos 
estorbando ; nos apresuramos, pues, á despedirnos. 
¡ Pero sí, si I La Anita declaró entonces que cuando 
llegó su marido habla ocurrido ya el desastre y que 
ella habla retirado la cazuela de la lumbre disimulán- 
dolo con aquel chiste. 

No hubo otro remedio que seguir visitando hasta el 
último rincón de aquel nidito. 

¡Oh I Y á mí me faltaba por ver lo mejor: la cerra- 



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296 NARCISO OLLBR 

dura de la puerta. No exagero nada sí digo que no hay 
banco, ni acaudalado banquero, que pueda enseñar 
una puerta tan bien asegurada. Al pronto me pregun- 
taba yo: ¿y para qué ? ¿qué puede tener que guardar 
este pobre muchacho? Luego comprendí que no se 
trataba solamente de asegurar aquella pequeña rique- 
za, para él mucho mayor de lo que á mi podía figu- 
rárseme ; sino de haber hecho una obra maestra en el 
arte á que el buen Luis se dedica. Una sola Ilaye pe- 
queña como un punzón, pone en movimiento no sé 
cuántas barras que suben, bajan, se cruzan en todas 
direcciones; y al cerrar la cerradura usual, por medio 
de un juego de pequeñas palancas queda tapado el ojo 
de la otra cerradura, de tal suerte, que no es fácil des- 
cubrirlo, y si se descubriera no podría forzarse. Es, en 
fin, una de esas invenciones que no encuentra el inge- 
niero repleto de teorías y que el obrero catalán, inven- 
tor anónimo de mil simplificaciones, descubre con la 
atenta observación de los elementos mecánicos que ve 
puestos en juego y realiza sin más aspiración que 
darse el gusto de oiría elogiar á sus compañeros, i Ah ! 
De fijo que el bueno de Luis soñó durante años ente- 
ros con tener casa no más que para construirse aque- 
lla cerradura. 

Y no paró aquí la exposición, ni terminó tampoco 
en esto el inventario de muebles relativamente lujosos 
que poseen aquellos obreros. Comen en la cocina; 
pero no les falta su comedorcito con su mesa de corre- 
dera, y su lámpara colgante, y su canario holandés, y 
un buen armario de caoba, y una máquina de coser; y 
en un cuartito muy chico tiene también Luís su escri- 
torio y su espejo para peinarse la Anita. 

¿ Cómo han llegado á reunir todo esto aquellos dos 
seres que por toda dote no han tenido sino los útiles 
de sus respectivos oficios? Con un secreto que poseen 
muchos obreros catalanes ; con juicio, orden y ahorro. 



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UNA VISITA 297 



Aquí mismo, sin embargo, y en otras tierras sobre 
todo, hay quien busca la felicidad en el desorden, en 
la borrachera, en el vicio. Que vengan estos á visitar 
conmigo ¿ nuestros honrados obreros. Pero ¿ qué 
digo ?... que venga un rey casado á su gusto, si alguno 
hay, y que me diga si su luna de miel es comparable 
con la de esos dos corazones ágenos á toda ambición, 
á toda envidia ! 

I Ah 1 Seguro estoy de que si no les persigue la des- 
gracia, que acaba hasta con las más poderosas nacio- 
nes, esos dos obreros disfrutarán todavía, dentro de 
treinta años, la felicidad que hoy les envidiaba yo; y 
desde aquellos humildes y ^levados balcones ¡cuántos 
muebles, cuanta desgracia verán barridos de los cuar- 
tos inferiores por los remolinos que se producen en 
otro mundo, para ellos desconocido 1 




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^L BOFETÓN 



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K^ARÁ unos cinco años que los vecinos de la calle 
^^^Cde la Canuda vieron inaugurarse el obrador de 
planchadora de la Anita. 

Aparte de una sencilla vidriera pintada de color de 
ceniza y con cristales muy limpios ; y de la muestra 
ovalada, de tabla, que encima se balanceaba á guisa de 
bacía de barbero ostentando en deplorable perspectiva 
pintados una plancha y unos hierros de encañonar, el 
obrador nada tenia que llamase la atención. La gente 
que iba por aquella acera pasaba de largo, sin fijarse en 
tal establecimiento, como el viento no hiciese rechinar 
los ganchos de la muestra. Y aun en tales ocasiones 
escapaba temerosa de alguna descalabradura. Ni si- 
quiera la vecindad de la casa hubiese tenido noticia de 
la existencia de la planchadora, si ésta no hubiese an- 
dado diligente, repartiendo anuncios por mano del se- 
reno. Los únicos vecinos que se fijaron en la nueva 
tienda fueron las tenderas de la calle. 

— ¿Quién puede ser? ¿Quién será? — Todas aque- 
llas mujeres portaleras destacaron á la chiquillería 
para husmearlo. 



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302 NARCISO OLLBR 

Y aquel día vióse la planchadora espiada á ciertas 
horas por unas cabecitas rubias que se le pegaban á 
los cristales bajos de la vidriera, devorándola con ojos 
de curiosidad. El aliento de aquellas infantiles espías 
pronto empañaba el vidrio. La planchadora, que ha- 
bla estado haciéndose la distraída, planchando de es- 
paldas, esperaba aquel momento, y cuando ya no veía 
más que las rosadas manchitas de las naricillas aplas- 
tadas contra el cristal, se acercaba con disimulo daba 
con la uña en medio de cada naricilla y en seguida con- 
templaba risueña al través del segundo cristal la huida 
de los niños, quienes, levantado el vuelo, no paraban 
hasta cobijarse en la falda de sus madres. Según las 
diversas impresiones, era alta, bajita, blanca, morena, 
vieja, joven, gruesa, delgada; cada cual la habla visto 
á su modo y no se podía sacar nada en limpio. 

En vista de esto las vecinas más impacientes comen- 
\zaron á rondar por si mismas la tienda, con cualquier 
excusa ; la zapatera del lado hasta le barrió y regó la 
acera antes de que saliese la criadita á hacerlo. 

Abrióse la vidriera y pudo la oficiosa vecina conocer 
á la Anita. Era, si bien delgada, una buena moza, bien 
plantada y muy garbosa. Moreno y agraciado tenia el 
rostro, negro el pelo, las manos más cuidadas que las 
de las mujeres de su clase, y en su vestido, esmerado 
y airoso, en su natural tiesura y en cierta expresión 
de la mirada resplandecía un no sé qué de ingénita 
seriedad, que atraía y contenía al mismo tiempo á los 
espíritus ligeros. 

La Anita dio las gracias con una sonrisa que, sin ser 
provocativa ni insolente, escamó con su expresiva elo- 
cuencia á la zapatera. «Me ha conocido la intención » 
pensó esta. Pero como aquella sonrisa era más indul- 
gente que ofensiva, la zapatera no reparó en entablar 
conversación para trabar relaciones. 

Por la noche ya pudieron saber las vecinas que la 



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EL BOFETÓN 3o3 



planchadora era noiricia en el oficio y en el matrimo- 
nio; que acababa de casarse con un buen mozo, carni- 
cero de la Boqueria ; que ella habla estado sirviendo 
en casa de unos señores marqueses durante mas de 
diez años; que se llamaba Anita; que tenía muy buena 
facha y mejores palabras ; que parecía muy mujer de 
su casa y poco dada ¿ espontanearse, en fin, «bastan- 
te escamonas. Esta síntesis hizo torcer el gesto ¿ todas 
las oyentes, quienes ya se pusieron sobre sí, aun antes 
de tratar á la nueva vecina. Lo que es ésta de fijo que 
no serla de su camada. 

Sin embargo, la Anita se ganó en breve no solamen- 
te el afecto, sino aun la admiración de todo el barrio. 
Su trato con personas finas durante diez años, había 
pulido sus modales y su lenguaje ; le había enseñado 
¿ dominarse en presencia de los extraños y ¿ revestir 
todos sus actos de una discreción extraordinaria y 
desacostumbrada entre la gente de su clase. Sin aque- 
lla tiesura que el hábito de recibir órdenes deja im- 
presa en sirvientes y soldados, cualquiera la hubiese 
tomado por una señorita que había venido a menos. 
Agradable, humilde, puntual en el cumplimiento de 
sus palabras, á nadie daba motivo de queja. Levantá- 
base con el día, arreglaba su cuartito, un entresuelo 
como la cámara de un pailebot, siempre hecho una ta- 
cita de plata, y cuando se abrían las demás puertas, ya 
estaba la Anita con la plancha en la mano, la pieza de 
ropa sobre la blanca mesa de su obrador, alisado y re- 
luciente el pelo, un cuellecito almidonado ceñido á la 
garganta y prendido sobre su vestido ceniciento el de- 
lantal de pechera, blanco como papel satinado. Y asi 
todo el santo día, hasta la hora de cenar, cuando Lo- 
renzo, su marido, quitajpa las vidrieras y cerraba la 
puerta. 

El barrio entero admiraba aquel afán continuo por 
el trabajo, sostenido por una sonrisa en los labios y 



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304 NARCISO OLLER 

ayudado por inimitable listeza. Cuando venía alguna 
vecina á pasar allí un rato, ó cuando al volver Lorenzo 
del café, por la tarde, se sentaba en un rincón para 
conversar con ella fumando un puro, Anita escuchaba, 
charlaba también, soltaba alguna carcajada, pero sin 
levantar la vista de su faena, planchando, plegando, 
almidonando, yendo y viniendo, depositando en las 
excusabarajas aquella gloria de ropa blanca, inmacula- 
da, como la nieve de las montañas. 

—Usted se atosiga demasiado. 

Y sin entenderlas contestaba candorosamente : 

— i Por qué ? 

— Por trabajar así. 

— jAy Dios míol ¿por trabajar?... Que haya, que ha- 
ya trabajo... ¿Pues qué quiere usted que haga?... En 
qué pasaría el tiempo ? 

Anita trabajaba como canta el ruiseñor, porque ha- 
bía nacido para trabajar. Nada hubiese habido para 
ella más aburrido que las tardes de los domingos, si 
no hubiera tenido al lado ¿ su querido Lorenzo para 
pasarlas en algún teatro. Allí, si el cuerpo reposaba, 
funcionaba el alma, latfa el corazón ¿ impulsos de las 
emociones dramáticas, siempre nuevas y encantado- 
ras para la Anita, quien lloraba y refa y seguía la tra- 
ma del poema con toda la ilusión de un niño. 

— ^No llores tanto, mujer — le decía alguna vez Loren- 
zo. — Eso no es divertirse. 

—SI, hombre, sí; ¿ no te gusta reconocer que tienes 
corazón ? | Hay tantos que no lo tienen I Luego piensa 
una: Si á mí me sucediese lo que á esa pobre mujer... 
y me acuerdo de lo feliz que soy y me alegro tanto... 
y entonces, te quiero más. 

No es preciso decir que todo esto se refería á un 
drama en el que desempeñaban principal parte los 
celos, que era el sentimiento de mayor resonancia en 
el corazón de la planchadora. 



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EL BOFETÓN 3o!> 

Lorenzo, sin percibir muy á fondo las primeras deli- 
cadezas de las anteriores apreciaciones de su mujer, 
se sentía penetrado por la última declaración; y el 
autor dramático, sin habérselo propuesto, era causa 
de que aquella tarde irolviese ¿ casa más feliz que 
nunca , más que nunca unido, el matrimonio, harto 
enternecido en su luna de miel. La Anita airosa y es- 
belta, con sus orejitas de escarlata destacándose sobre 
la seda azul del pañuelo de la cabeza, iba del brazo con 
aquel mocetón, colorado y fornido, que la llevaba triun- 
fante de gozo. Ambos andaban ligeros como gamos 
por entre el barullo de gente que, oomo ellos, salía 
del teatro, y la pareja llegaba á su casita de la calle de 
la Canuda, sin despegar los labios, dándose apretones 
de brazo, sin ver á nadie, como suele caminar la di- 
cha. 

Las vecinas que en la tienda del zapatero jugaban á 
las cartas, decían al verlos pasar: 

— I Qué dichosos son I 

— Dios quiera que dure... todas hemos jasado por 
eso. 

Y las más gordas soltaban una risotada llena de re- 
cuerdos, que las hacía recudir el voluminoso abdo- 
men. 



^^ 



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II 



Pí. 



I MPEZANDo por la marquesa, no fueron pocos ios 
^^^que extrañaron la elección de la planchadora. 
I Ella, tan pulcra, tan señorita, casarse con un carnicero! 
Por buen muchacho que fuese, Lorenzo tenía un ofi- 
cio demasiado grosero para convenir á una muchacha 
de tan buenas prendas. Pero la Anita había contestado 
á todos, que no hay trabajo legítimo que implique 
deshonra, y que no encontraba grosero oficio alguno, 
siendo desempeñado con inteligencia y dignidad. Lo 
que Lorenzo cortaba en su tabla comíanlo la marquesa 
y hasta el mismo rey en sus mesas; además, él no te- 
nía que desempeñar la repugnante faena del desolla- 
dor; toda su misión se reducía á cortar bien los filetes, 
las costillas, entrecotes y demás, y á llenar el platillo del 
peso para volcarlo en las cestas de las cocineras y en 
los serones de los mozos !de fonda, que acudían á la 
Boquería. Lo que hacía falta era buen carácter y amor 
al trabajo, virtudes ambas que nadie podía negarle á 
Lorenzo. 
Verdaderamente era bueno y desempeñaba como 



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3o8 NARCISO OLLBR 

es debido su oficio de cortador; pero en su mirada so- 
lapada y su pesado andar parecía relatarse algo así 
como de una naturaleza un tanto silvestre, que á nadie 
agradaba y mucho menos ¿ la marquesa. Anita, por 
otra parte, con la esclavitud de su oficio, le había tra- 
tado demasiado poco para conocerle lo bastante. Unos 
cuantos dias en la Boquería con la cuchilla en la mano, 
y algunos domingos por la tarde tratando ya sería- 
mente de la boda mientras paseaban por Barcelona, no 
daban tiempo suficiente para desflorar un carácter. 

Pero la Anita tenía ya veinticinco años, estaba harta 
de servir, sentía en su alma de mujer formal el ansia 
de medrar, ese noble impulso de independencia que 
hace de toda catalana una críada inaguantable en pa- 
sando de aquella edad, y estaba la mujer, en fin, como 
suele decirse, rabiando por casarse. 

Discreta y formal como era, gustábanle los hombres 
serios, foscos, únicos á quienes encontraba verdadera- 
mente varoniles y dignos de ser queridos. Los alfeñi- 
ques, los vanidosos y relamidos eran para ella dege- 
neraciones monstruosas, que no merecían ni una 
mirada. Si lo que busca la mujer en el matrimonio es 
un apoyo, ha de procurar que sea sólido, decía ella; y 
al menos, físicamente considerado, Lorenzo era un 
verdadero puntal de fachada. 

Nunca dejó de verlo tal como lo vio la primera vez; 
allí, en la Boquería, un escalón más alto que el circulo 
de gente que le pedia por favor sus servicios, desta- 
cándose la mitad de su corpulenta figura detrás del 
vasto tablero de mármol; la cabeza pequeña, rubia y 
rapada como la de cierto busto romano que tenía la 
marquesa; los ojos grandes y atrevidois, la nariz recta, 
huesosa y fuerte encima de un labio que sin bigote y 
todo imponía respeto; su barba dura y redonda como 
un tobillo, á una cuarta del gran delantal que le cu- 
bría el ancho pecho, remangados los brazos, muscu- 



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EL BOFETÓN SoQ 



losos y irelludos hasta el codo, la nervuda mano iz- 
quierda aferrada á una sangrienta cadera de buey, la 
derecha dando briosos tajos, á un dedo de la otra, con 
una gran cuchilla, tan segura y diestramente, que nadie 
pensaba en el horrible riesgo de la mutilación. ¿Y la 
limpieza de aquella mesa ? La esponja mojada pasaba 
sobre el mármol como una lengua curiosa ; las piezas 
envueltas en blancos paños, 
colgaban brillantes como aque- 
llos grandes jarrones de ágata 
que Anita limpiaba diariamen- 
te; las herramientas eran de 
bruñido acero, las pesas brillan- 
tes como el oro. En ñn, ¿quién 
ignoraba que, por aseo no más, 
Lorenzo apenas podia dar abas- 
to al despacho, á pesar de ven- ]|i!^;¿; |í | |j^fl|J ^l 
der dos cuartos más caro por ^ 

tercia ? 

Por otra parte, aunque desabrido, no era desagrada- 
ble al hablar; hasta de vez en cuando tenia ocurrencias 
que hacían reir á la Anita, inocentadas que la sorpren- 
dían tiernamente. Una cosa descubrió en él que si 
al pronto la asustó, bien considerada luego, hubo de 
complacerle mucho: Lorenzo tenia un genio pronto y 
era terco: quería llevar siempre la razón; pero aun en 
estos casos hablaba poco y no solía gritar, porque, re- 
cordando la Boquería, decía que el escándalo era cosa 
de mujeres. 

— No sé lo que me parece un hombre de poco genio 
^decía ella.^Lo sensible sería que tuviese mal carác- 
ter á todas horas, que fuese un ponzoña; pero él, tan 
enemigo del escándalo, se dejará llevar. Y que, en 
caso necesario, el hombre sepa imponerse, ya conviene. 
Demasiado acostumbrada estoy á aguantarme; no ten- 
drá muchas ocasiones de pegarla conmigo. Luego ya 




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3lO NARCISO OLLBR 

yo sabré manejarme; ya iré conociéndole y ablandán- 
dole. 

Hechas estas reflexiones, se tomaron los dichos, se 
casaron, y se instalaron independientes en la calle de 
la Canuda con una sola criadita de doce años para 
que hiciese los recados. 

Lo de la tienda no dejó de discutirse, pero al fin uno 
y otro opinaron que era una gran idea. Contar por 
todo recurso con el jornal de Lorenzo, era poca cosa; 
trabajando ella para fuera, tampoco les ayudarla mu- 
cho. Con la ayuda de Dios, el apoyo de la marquesa y 
las grandes relaciones que en su casa había hecho la 
Anita, ¿ no hablan de poder salir adelante ? 

No se engañó en sus cálculos : trabajando noche y 
día, pronto tuvo más trabajo del que podía despachar. 
Con esto y con haberse hecho embarazada, era un do- 
lor yerla cómo se estaba matando; el mismo Lorenzo 
no paró hasta hacerle tomar un par de ayudantas, una 
de ellas la Leonor, ex-doncella también de la marque- 
sa, casada con un muchacho cerrajero, chica muy for- 
mal y dispuesta, que le vigilaría á las demás. 

Porque el único reparo qué pofila Anita á tomar 
muchachas solteras, era el riesgo que corria su tran- 
quilidad de esposa enamorada. El oficio de cortante 
sólo ocupaba á su marido por las mañanas ; á me- 
diodía ya estaba en casa, se iba á tomar café y á pasar 
un rato, y con su espíritu pobre en recursos, sin mal* 
dita la gana de leer, á fuer de buen español, pasábase 
las tardes en el obrador ó sentado en el umbral de la 
puerta balanceando las piernas, y á lo más, á lo más, 
desflorando la gacetilla de los periódicos, que dejaban 
los repartidores para los vecinos de la casa. 

Mientras estaba sola, Anita, lejos de censurar esto, 
le halagaba, considerándolo como un tributo pagado á 
su amor, como un efecto inesperado y preciadísimo 
de sus atractivos, que le dolía perder. Pero viniendo 



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EL BOFETÓN 3|] 



ya otras mujeres, acaso mozuelas de poca confianza, 
como tantas que andan por esos mundos de Dios con 
las uñas recatadas, se ponía en peligro de que le echa- 
sen ¿ perder aquel marido ejemplar. Con harto dolor 
de su corazón, estuvo cavilando varios días en arran- 
carlo de aquella ocasión de pecar. Pero como quería 
tanto á su marido, deseaba encontrarle , en todo caso, 
ocupación de poca molestia. Y el tiempo pasaba y su 
amor creciente era causa de que, como le sucedía ¿ 
Bertoldo, cuando no encontraba árbol de que ahorcar- 
se, Anita no encontrase colocación bastante buena para 
su Lorenzo. 

Pero los temores de la Anita no eran sino cavilosi- 
dades de mujer celosa; á Lorenzo no le daba por ese 
lado. Su corteza recia y dura no dejaba transparentar 
el gran fuego que conservaba en su pecho para si\ mu- 
jer, á quien quería, de la manera que él lo hacia todo, 
como un salvaje. Ella era la primera y la única mujer 
en quien basta entonces pensara, y no tenía trazas de 
pensar en ninguna otra. 

Más pareció peligrar bajo otro concepto. AI llegar 
el invierno, notó Anita que iba alargando mucho sus 
sesiones del café, y averiguando la causa supo que 
habia tomado gran afición al juego de damas. Á una 
ligera observación que le hizo Anita, le contestó bas- 
tante descompuesto: 

— No tengas miedo, que no me jugaré un ochavo 
tuyo, i En qué voy á pasar el tiempo ? ¿ Es algún peca- 
do el jugarse un par de reales con un amigo } 

Anita calló y le dejó hacer; sin duda por tema, se 
pasó dos ó tres tardes enteras jugando, pero él mismo 
dejó sin esfuerzo aquel vicio de menor cuantía, en 
cuanto tuvo el primer hijo. Y aquel hombrón llegaba 
del café, se subía al entresuelo, y mientras la Anita 
con sus chicas planchaba abajo, él no se cansaba de 
contemplar, ni de pasear, cuando hacía falta, á aquel 



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3ia NARCISO OLLBR 

angelito, rubio como él, hermoso como su madre. 
El trabajo, entretanto, habia aumentado de tal ma- 
nera en el obrador, que ya no bastaban cuatro muje- 
res. Anita pensó en tomar la tienda del lado. Á Loren- 
zo le hablan aumentado el jornal, todo iba viento en 
popa. Entrambos veían prosperar la casa, y con la ve- 
nida de su hijito no soñaban en otra cosa que en sos- 
tener la emprendida empresa, para procurarle un buen 
porvenir. Anita, sobre todo, trabajaba de noche para 
mejorar la obra y no faltar en entregar puntualmente 
la ropa planchada. La puntualidad era para ella el 
principal secreto de su oficio. Para sostenerla trabaja- 
ba á deshora, tomaba nuevas oficialas, no perdonaba 
medio. Y asi el obrador alcanzó un renombre, que 
desde la plaza de Junqueras á la de la Universidad, 
desde la de Cataluña á Belén, todo el mundo daba á 
planchar la ropa á la Anita. 



«ai^^^ 



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III 



|Q^RONTO se vio obligada á tomar la tienda vecina y 
^^ ^ el otro entresuelo de la casa. Se derribaron tabi- 
ques para hacer de dos piezas una sola trastienda gran- 
de, se abrieron puertas de comunicación, se condenó 
con una reja la puerta de la nueva tienda, se instalaron 
grandes hornillas de gas, máquinas para planchar lo 
liso y almidonar, se tomaron ocho oficialas más y se 
dividió el trabajo en secciones: á un lado la ropa de 
plancha, á otro la de máquina, arriba, en el entresue- 
lo, los encañonados, los plegados, todo lo más delicado 
y entretenido. 

La Anita se reservaba la alta inspección, la distribu- 
ción de la ropa, el recibir á los parroquianos. Sólo con 
presenciar todas estas operaciones ya tuvo Lorenzo 
entretenimiento para días; luego Anita le proporcionó 
ocupación, encargándole los asientos de entrada y sa- 
lida ; de este modo le evitaba el aburrimiento; le tenia 
muy sujeto y la casa ganaba mucho. 
. Lorenzo se consideró obligado á desempeñar el co- 
metido y lo hacía con gusto. El establecimiento de su 



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3l4 NARCISO OLLER 

mujer producía ya cuatro veces más que su jornal de 
cortador; Anita era el alma de todo; era digna no sólo 
de que se la admirase, sino de que se la secundase con 
entusiasmo. Teniendo diversas secciones que vigilar 
arriba y abajo, no podía atender á todo sin matarse. 
(Y además estaba criando á su hijo, la pobre! | Harto 
cansada debia de estar por las mañanas I Así que Lo- 
renzo, á pesar de no poder tirar mucho de pluma, em- 
pezó abriendo un libro-diario, instalándose en la tras- 
tienda, especie de almacén que tenía una larga pared 
llena de estantes numerados, en los cuales se deposi- 
taba la ropa antes y después de ser planchada. Gran- 
des cortinas de cretona la preservaban del polvo. En 
el rincón del fondo había dos contadores de gas: uno 
para el de la calefacción y otro para el del alumbrado. 
Dos ventanas enrejadas que daban á unos jardines, 
alumbraban aquella parte, y entre ellas se colocó el es- 
critorio de Lorenzo. Allí asentaba en su libro el nombre 
de los parroquianos, el número y clase de piezas reci- 
bidas, el número de registro que le correspondía, el 
día y hora en que debía quedar listo el encargo. 

Durante el primer mes, como cada letra le costaba 
emplear la paciencia de un calígrafo, el pobre mucha- 
cho casi no podía separar los ojos del libro, cual si 
llevase los de un gran banquero. Pero al fin llegó á 
adquirir tal práctica, que ya para todo le sobraba 
tiempo. Habla simplificado las notas con grandes abre- 
viaturas, y como se sabia de memoria el orden de las 
casillas, lo llevaba ya á ojos cerrados. Con esto volvió 
á aburrirse en el taburete del escritorio; se levantaba, 
se traía un rato al niño, que ya empezaba á andar, ó 
echando un cigarro charlaba con las oficialillas que 
estaban bajo la inspección de la Leonor. 

Era entre ellas la de mejores manos quizás, no obs- 
tante ser la más tumbona, cierta rubia cachigordita» 
bastante espabilada, que á todas entretenía^y á Lo- 



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BL BOFBTÓN 



3l5 



renzo también— con su charla un tanto picaresca, sus 
palabras de doble sentido y sus chistosos cantares. En 
sus ojos, sus labios gruesos, en sus movimientos, en 
fín, se advertía un sensualismo instintivo que agrada- 
ba á los hombres, pero alarmaba á las mujeres. No hay 
que decir si la Anita tendría ojo 
avizor sobre ella, hacia ya tiem- 
po, más aún que por lo dicho, 
por la afición que la mocita te- 
nia ¿ andar muy ligera de ro- 
pa, enseñando en demasía bra- 
zos y hombros. Acaso la hubie- ^ 
se despedido ya, á no ser por- 
que la Leonor se hacia lenguas 
de lo despachada y ligera que 
era para el trabajo. Pero cierta 
tarde que, estando delante de 
Lorenzo, la vio Anita sobrada- 
mente escotada, no pudo con- 
tenerse y hubo de increparla por aquel exceso. 

— {Y qué le voy á hacer, pobre de mí, si tengo tanto 
calor? Este ardor de la plancha á mí me sofoca, señora 
Anita. 

Y con la cabeza baja, guiando la plancha y haciendo 
un guiño de desenvuelta malicia ¿ las otras que la mi- 
raban con el rabo del ojo, añadió : 

—Además, no enseño nada que no haya estado en 
misa. Vaya, señora Anita, no sea usted tan... 

— I Psit I— dijo la Anita más seria que nunca y cor- 
tando á un tiempo la palabra á la rubia y las risas á 
las demás, así como á Lorenzo que también se reía.— 
Ya le he dicho á usted otra vez, Ramona, que no me 
gustan esas bromitas. Con que tápese usted un poco 
más y tengamos la fiesta en paz. 

Y llevándose de allí á su marido con una excusa cual- 
quiera, desapareció del obrador, toda preocupada y de 




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3l6 NARCISO OLLBR 

mal humor, reprimiéndose prudentemente, para no 
echarle en cara á su marido aquella risa suya, que tan 
mal efecto le había producido. En cuanto encontrase 
otra oficiala que pudiese sustituir á aquella mocita, 
plantaba ¿ ésta de patitas en la calle. 

Entretanto el obrador, de donde se había ausentado 
la Leonor por un momento, resonaba con las risotadas 
de las oficialas á quienes bacía desternillar de risa la 
Ramona remedando á la maestra y burlándose del do- 
minio que parecía tener sobre aquel hombrón. / Pobre 
calzonazos ! 

Éste se había metido en su escritorio, cuando aún 
duraba la conversación. Rojo de vergüenza había oído 
el juicio que acerca de él se formaba, la chacota de que 
era objeto, y sintió herida su varonil independencia 
por el agudo aguijón del ridículo. Enojado y todo, pa- 
recióle que aquella muchacha tenía razón; sorprendió- 
se al contemplarse tan enervado y apoderóse de él un 
ansia irresistible de rehabilitación, cual si hubiese co- 
metido alguna bajeza. «¿Él calzonazos? ¿Él dejándose 
gobernar; un hombre como él ?> Y repasando entonces 
su conducta como marido, vióse ridiculamente pegado 
á las faldas de Anita ; primeramente, pasando tarde y 
noche columpiándose en una silla, contemplándola 
planchar ; luego paseando al chico como una niñera; 
más tarde clavado en el taburete de la trastienda apun- 
tando i qué ? enaguas y pantalones y cuellos y borda- 
dos y gorritas de niño ; toda una lista de lavandera, 
faena de mujer y nada más I Y cuanto más alargaba el 
inventario de sus actos, mayor era su vergüenza, más 
fundado le parecía el juicio de aquella muchacha, más 
en ridículo se veía. Empezó á sentir hacia la mujer á 
quien tanto había querido la punzante aversión que 
produce todo abuso de confianza, y al mismo tiempo 
que aborrecía á la Ramona, que le habia escarnecido, 
le daba la razón, estaba rabiando por hablarle, y en su 



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BL BOFETÓN 3l7 



imaginación la vela tan rubia, tan apetitosa, tan pizpi- 
reta, mejor que su Anita, en una palabra. En la exage- 
ración de su acaloramiento, las más insignificantes 
exigencias de su mujer eran como los granos de polvo 
que al meterse en un ojo adquieren inmediatamente 
nombre y proporciones de guijarro. En cambio, aque- 
lla muchacha le había espabilado, habla hecho caer la 
venda que le tapaba los ojos dejándole caminar á tien- 
tas ó caer en el abismo del ridiculo, en el estado más 
lastimoso para un hombre. « | Él calzonazos!» | Jamás, 
jamás, eso si que no I 

Asi, perdiéndose en las exageraciones de su enojo, 
la oscuridad iba invadiendo la casa hasta el punto de 
que fué preciso encender el gas. Ramona entró en la 
trastienda, según costumbre, á abrir la llave del con- 
tador. Ni pensaba siquiera en Lorenzo, cuando en el 
oscuro rincón del contador sintió enroscársele á la cin- 
tura el potente brazo de aquel hombre que la estre- 
chaba contra su pecho, al mismo tiempo que tapándole 
la boca con una mano le decía al oído con voz entre- 
cortada y amoroso acento: 

—Tengo que hablarte... no grites... tengo que ha- 
blarte, ¿oyes?... A las nueve te espero á la puerta de 
tu casa. 

Ramona, temblando de miedo y de gusto, escuchó 
sin despegar los labios, abrió la llave, y al desaparecer 
por la puerta, volvió la cabeza y disparó á Lorenzo una 
sonrisa llena de voluptuosa coquetería. 



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IV 




ESDE aquel día Lorenzo se conTirtió 
en otro hombre ; la paz de aquel ma- 
trimonio pendía tan sólo de un hilo. 
El marido quería salir solo todas las 
noches, repitiendo á cada paso que ¿1 
era dueño de sus acciones. No encon- 
trando una fórmula bastante correcta 
para negarse á llevar el registro, lo 
resistía de hecho, abandonándolo más 
cada día; en cambio no cesaba de rondar por el obra- 
dor entre las oficialas y, lo que era más alarmante 
todavía, por los pasillos y las piezas de las hornillas. 
A los pocos días ya sospecharon las muchachas por 
quién era todo aquello. La Ramona estaba más cir- 
cunspecta que antes, pero venia mejor peinada y 
compuesta, con cintas al cuello, no se quitaba de 
los pies en todo el día las ajustadas botitas, y sin 
percatarse de ello, hacía de vez en cuando ciertos mo- 
vimientos tan perezosos, que llamaron la atención. 
—Pero, chica, ¿ qué te pasa ? 
—Es que me duele el cuello de tenerlo tan enco- 
gido. 
Y no podía contenerse. Al dejar la plancha, hinchan- 



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Sao NA RCISO OLLBR 

do todo el pecho, echaba la cabeza atrás, estaba un 
rato rodándole sobre el cogote, como hacen á veces las 
gatas, y lanzaba al espejo unas miradas llenas de lan- 
guidez. Hubiérase dicho que sus entornados ojos mi- 
raban hacia adentro en donde guardara voluptuosas 
imágenes. 

Sin comunicarse sus recelos, sus amigas pusiéronse 
en acecho. Ideas de otros tiempos habían madurado 
en el caletre de Ramona ; era preciso saber al calor de 
qu¿ sol. Desde aquel momento las relaciones de Lo- 
renzo y Ramona fueron acosadas por la más insidiosa 
vigilancia. No podía ¿1 decir palabra, que no se alam- 
bicase secretamente en cada uno de aquellos cerebros; 
y como el carnicero quería echárselas de hombre, pro- 
curaba decirlas de doble sentido. Ni él ni ella daban un 
paso que no fuese seguido de cerca. Por fin, no tarda- 
ron en caer en el garlito; en el espejo atraparon á la Ra- 
mona una mirada de amor, de esas que no se confun- 
den con ninguna otra. Una sonrisa de satisfacción ilu- 
minó los rostros de las espías. Desde entonces los 
movimientos de Ramona quedaron más desligados, y 
aquella misma tarde mientras abría la llave del gas, 
tres compañeras, porque no cabían más en la puerta 
de la trastienda, viéronla entre las tinieblas del rincón, 
apoyada en los brazos de Lorenzo, hablarle al oído. 
Pero aquella misma tarde le daba la cuenta la Anita, 
y en la puerta de la calle recibía también al oído la 
orden de no volver á pisar aquel umbral, mientras 
Lorenzo entraba y salía quitando las vidrieras. 

Anita dio aquella orden con una prudencia que no 
1# valió, pues en cuanto salieron todas las planchado- 
ras, se le puso delante Lorenzo echando lumbre por 
los ojos, amenazándola con marcharse él también si 
no volvía á recibirla. 

Entonces estallaron los celos de Anita que hacía 
tiempo le roían el corazón: 



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KL BOFETÓN 321 



— I Ab I ¿ Lo has visto, lo has oído, eb ? Con que es- 
tabas espiando!.. I Que la vuelva á recibir I... Pues si 
crees que vale más ella que yo, abierta tienes la puer- 
ta, vete con ella. 

Dejóse caer sobre una silla, y entre lágrimas y sollo- 
zos añadió : 

—{Cuánto bas cambiado, Lorenzo!... |La infame, la 
sin vergüenza!... Vete, vete, bendito de Dios: tú trai- 
dor y ella una perdida, no haréis mala pareja... 

— Vuélvela á tomar y hemos concluido— murmuró 
otra vez, sin encontrar palabras con qué contestar á 
las que acababan de silbar sobre su rostro, cual otros 
tantos latigazos. Avergonzado de reconocer que por 
su parte sólo era una farsa todo aquello, quería al me- 
nos que no los recibiese la Ramona. 

Anita se puso en pié al sentir herida su dignidad de 
esposa, y erguida, blanca como la cera, temblándole 
los músculos del rostro y señalando á su marido la 
puerta en actitud imponente y voz amenazadora ex- 
clamó : 

^ Vete, vete, bendito de Dios... que Él te ilumine ! 

Lorenzo, sin encontrar una palabra en defensa pro- 
pia, se ofendió entonces por lo serio; y por terquedad 
no más, haciendo con la cabeza un movimiento de des- 
precio, salió. Su mujer se lanzó á la puerta para lla- 
marle; pero rehaciéndose, dio un pasó atrás, cerró y 
volvió á caer sobre la silla , hecha un mar de llanto. 

En media hora vivió diez años. Allí, en aquella silla, 
delante de la lira de gas que á media luz alumbraba 
melancólicamente la blanca mesa que habla recogido 
las primeras gotas de su sudor, con tanto gozo vertidas 
para la prosperidad de aquella casa, allí, sola, traicio- 
nada, despreciada por el adorado esposo, la que no 
habla hecho otra cosa que desvivirse por él, turbios 
los ojos por el llanto, veía desfilar en descoloridas imá- 
genes todos los acontecimientos de su existencia, to- 



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3aa NARCISO ollbr 

dos ios dulces recuerdos de su amor, sin tino, sin 
alientos ni fuerza para detenerlos en consuelo suyo. 
Su fiebre daba cuerpo ¿ escenas y personas que iban 
pasando ante sus ojos, con miradas irónicas, y se des- 
vanecían como exhalaciones. Su imagen de niña, sal- 
tando y cogiendo flores en los bosques de castaños de 
Arbucias, su pueblo natal, y la de su madre tendida 
en su lecho de muerte, afilado el rostro de cera, los 
ojos hundidos, los zapatos tiesos, eran las únicas que 
habían pasado llorando. ¿Por qué habían pasado rién- 
dose la marquesa y sus criados? ¿Por qué se reían 
también el cura que la casó, los padrinos, los suegros 
y toda la boda? ¿Por qué las vecinas de su calle, sus 
chicos con la naricilla pegada á los cristales, la zapate- 
ra del lado, la primera de la cuadrilla? ¿Por qué se 
reían, en fin, sus oficialas y Lorenzo y la Ramona?... 
«|Ahl sí; (vosotros dos lo comprendo, traidores, infa- 
mesl La misma perversidad que os ha empujado al 
crimen ha de presentaros ridicula y digna de mofa la 
situación de una mujer honrada, ultrajada,, escarneci- 
da, abandonada por su marido; iridíenla y digna de 
mofa la víctima de vuestra maldadl... ^traidores, in- 
famesl» 

Y así cavilando, anonadada, agitábase en la silla, 
llorando amargas lágrimas de fuego, sin perder por 
eso el hilo de aquel desvarío que le oprimía el pecho 
y le envenenaba el alma. 

— «En vosotros— insistía — en vosotros lo comprendo. 
Pero y la marquesa que tanto me quería, ¿por qué ríe? 
¿Acaso le di jamás un motivo, ni tanto así, para que 
ahora aplauda mi desventura? ¿Y su servidumbre, 
vosotros, amigos míos...? ¿Es que no lo erais quizás, 
que me engañabais?... No, no puede ser que os haga 
tan crueles mi resistencia á rechazar al hombre querido, 
por el mezquino defecto que le encontrabais. Oh, no, 
acordaos. Yo os escuché, yo logré convenceros.» 



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BL BOPBTÓN 323 



Y la pobre Aníta iba de este modo interpelando á 
todos los personajes de aquel cortejo, recordándoles, 
en Taño, su buena voluntad, sus simpatías, su lealtad 
de siempre... Los personajes desfilaban tiesos, inalte- 
rables, envueltos en su velo fantástico y descolorido 
sin escuchar su ruego ni abandonar su desgarradora 
sonrisa. Desvanecíanse en el aire, volvían á pasar y 
siempre cerraba el cortejo una pareja de mayores di- 
mensiones y colores más vivos. Lorenzo y la Ramona, 
ésta cada vez más desenvuelta, más provocativa. 

De repente oyóse llorar á un niño, lejos, arriba en 
el cuarto. Desapareció la visión; Anita prestó oído un 
segundo, latió su corazón, se le secó el llanto en los 
ojos y resplandecieron serenos, interrogantes. El llanto 
continuaba, Anita miró en torno suyo. 

— |Ohl sí; |es mi hijo, estoy en mi casal ¡Es mi hijo, 
el hijo de nú corazón; ya no estoy solal 

Se levantó como impulsada por un resorte, subió 
en tres saltos la escalera, y al pegar sus labios á los del 
niño sintió que recobraba toda su perdida fortaleza. 

— I Hijo mío! |Por ti, por ti, velaré siemprel 

Y le pareció que se fundía de repente todo su amor 
de esposa en el amor de madre y se juró irreconcilia- 
ción eterna, para librar á su hijo del mal ejemplo. Más 
aún que el propio abandono, le irritaba el de aquella 
criatura. Lorenzo se le representó como un hombre 
sin entrañas, indigno de perdón. — «Nunca, nunca ja- 
más volvería á verle. Ella sola se bastaría, ella sería el 
amparo de aquel niño, para él había de ser todo el 
fruto de su trabajo, toda su sangre, toda su vida.» 

Presa de la fiebre de la desesperación, no había po- 
dido aún pegar los ojos á la una déla madrugada, 
cuando le sobresaltó un aldabonazo en la puerta de la 
calle. 

Si era él quien llamaba, venía á echar por tierra to- 
dos sus planes; ¿quién otro podía ser? Su primer im- 



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324 NARCISO OLLIR 

pulso fué no moTerse y obligar ¿ quien quiera que 
fuese á llamar segunda vez. Decíale el corazón que era 
Lorenzo y estaba resuelta ¿ no abrin ¿No se había de- 
cidido á romper con ¿1 para siempre? ¿Cómo recibirlo, 
pues, cuando ni tiempo había tenido para arrepentirse 
sinceramente, cuando quizás, quizás, acababa de sepa- 
rarse de /a o/ra? Aquella repentina aparición venía á 
agravar la ofensa, denotando un descaro inaudito. 

-^¡Pom... pom.,, ^om/— hizo otra vez el aldabón. 

Anita se echó á temblar como sorprendida por una 
descarga á boca de jarro. ¿Es decir, que estaba resuel- 
to á todo, incluso el escándalo? |Cómo se habla trans- 
formado aquel hombre, gran Dios! Y ante el temor al 
escándalo que era lo que más la aterraba, se echó de 
la cama, se abrigó de cualquier modo á la claridad de 
las estrellas, que dejaba entrar un postiguillo entorna- 
do, y se asomó al balconcillo del entresuelo. 

Por más que la esperase, la presencia de su marido 
al pié del balcón le heló las palabras en los labios. La 
calle estaba solitaria. Apagados la mitad de los faro- 
les, los interlocutores no pudieron reconocerse más 
que por el contomo de sus respectivas figuras. Aque- 
llas tinieblas y aquella soledad reanimaron á Anita. 

— Abre— dijo su marido. 

—Es inútil que lo pretendas. 

— Tengo derecho á que me abras. ¡Abre! 

—No es esta hora ni lugar de disputarlo. Lorenzo, 
no por mi, sino por el buen nombre de la casa en don- 
de está tu hijo, no muevas escándalo. Estoy resuelta y 
no entrarás. 

—Anita, vengo arrepentido. 

— Puede... 

— Anita... 

—Te digo que no. 

—Te repito que estoy en mi derecho. 

— Has renunciado á él, al marcharte de casa. Sólo te 



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BL BOPBTÓN 3a5 



pido que no escandalices, porque sería peor. No en- 
tras. 

Y Anita cerró el balcón, y cayendo sobre la silla más 
próxima, desahogó su pecho en un gran suspiro. No 
podía más. Si hubiese seguido insistiendo, le hubie- 
ran faltado las fuerzas. Escuchó y vio el cielo abierto 
al sentir los pasos de Lorenzo que se alejaba. 

—Le ha dado miedo el escándalo: aún vale algo. 

Luego le pareció tan cruel su propia conducta que 
lloró por lo que había hecho. Lució la clemencia en 
su corazón y pensó ya en perdonarle. Lo que acababa 
de hacer era cruel ¿ imprudente en demasía; acababa 
de lanzar á aquel hombre por un camino de perdición. 
¿A dónde iría á aquellas horas? |Ah! ¡qué mal aconse- 
jada! Entonces le vinieron á la memoria varios dramas 
que había visto, para recordarle que la esposa que 
calla y sufre es la que á las postrimerías triunfa siem- 
pre. La humildad es la grande arma de la mujer; á 
fuerza de achicarse y achicarse acaba por enternecer al 
hombre y hacerle ver el abuso de fuerza que está co- 
metiendo. Entonces y sólo entonces siente el hombre 
asomar las lágrimas á sus ojos, se humilla y coge en 
sus brazos á la mujer, para besarla como se besa á un 
niño. No se ha hecho la ira para ella, sino para los 
fuertes, y para destruir esta ponzoña tienen los débi- 
les una triaca: la resignación, el sufrimiento mudo y 
pasivo, que inspira lástima. 

Anita no sabia formulárselo en términos tan concre- 
tos, pero lo sentía. No tenía otro remedio que perdo- 
nar. Con constancia y buen juicio ella sabría volverlo 
al buen camino. ¡Sil Tenía que hacerlo. Lorenzo era 
el padre de su hijo, y si ella faltaba... ¿si ella moría 
antes de haber modificado Lorenzo su conducta? ¡qué 
peligros para aquel angelito de DiosI Esta reflexión la 
exaltó más contra sí misma. ¿Cómo había estado tan 
ciega hasta entonces? ¡Perdón, perdón, hijo mío; yo 



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3a6 NARCISO OLLBR 

sufriré, callaré, convertiré á tu padre, no quedarás 
huérfano de uno y otro, sino cuando sea la voluntad 
de Diosl Y fatigada por la lucha y por el dolor, acabó 
por aletargarse esperando el momento de comenzar 
su obra. 



^ 



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RAN las cinco cuando se levantó. 
Estaba despuntando el alba. A su 
gris clarídad, se lavó y se sentó de- 
lante del espejo para peinarse. No 
la abandonaban las ideas de perdón; 
cuando se presentase Lorenzo era 
preciso que la encontrase transfor- 
mada, ejemplar; el contraste de su 
conducta le avergonzaría, y como 
no tenía mala índole se convertiría muy pronto. 

Se miró en el espejo y se vio los ojos ribeteados de 
tanto llorar. Se encontró fea, privada de toda seduc- 
ción, y se propuso recobrarla ; al fin, era mujer. Lo 
primero era hacer de tripas corazón, serenarse ; la vo- 
luntad obedeció y logró tranquilizarse. Luego, refres- 
carse la cara, borrar á toda costa las huellas de aquella 
noche de insomnio y de pena, que tanto la desfigura- 
ba. Por primera vez en su vida echó en el agua unas 
gotas de la de colonia, y se dio polvos aprovechando 
los que empleaba para el niño. Pero su apuro fué el 
peinado ; probó dos ó tres, y sólo á medias quedó sa- 
tisfecha del último. Revolvió todos los lazos, la peque- 
ña colección de sus joyas, y sólo la reflexión de que 



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3a8 NARCISO OLLER 

seria muy chocante, por lo impropio en un día de tra- 
bajo, pudo retraerla de emperejilarse como una novia. 
Esto no obstante, se adornó en la medida que le per- 
mitió su discreción, púsose vestido y delantal recién 
planchados y, cuando terminado todo, se quitó algo 
de los polvos de la cara y sonriendo al espejo obtuvo 
su aprobación, volvió de pronto á la cómoda. Le había 
asaltado un pensamiento: tenía un pañuelito rosa que 
gustaba mucho á su marido. Lo sacó y se lo puso al 
cuello con estudiada coquetería, dejando descubierto 
un buen trozo de pecho sobre el cual colgaba de una 
cinta cereza el medallón que le había regalado Loren- 
zo. I Ahí Si por milagro hubiese podido volverse rubia! 
La imagen de la rival, estereotipada en su mente, ha- 
bía presidido á aquella toilette; ni una caricia del peine, 
ni un alfiler, ni un lazo, habíanse sustraído á la com- 
paración. Y Anita no veía á todo esto que sobrepujaba 
á la rival, como la mujer bella y casta sobrepuja siem- 
pre á la lasciva, por hermosa que ésta sea. El blanco 
de sus ojos parecía haberse purificado con las lágrimas, 
haciendo brillar con extraordinaria luz la negra niña 
sobre un fondo de madreperla. La pasada excitación 
mantenía aún en sus labios el vivo rojo de la cereza, 
así como conservaba una expresión de encantadora 
seriedad que correspondía á la languidez, que se nota- 
ba en sus cejas y frente. Su cutis todo, como espon- 
jado por el llanto, tenía la fresca morbidez de la rosa, 
y en el continente de toda su alta figura, robustecida 
por la maternidad, llevaba el majestuoso atractivo de 
la madurez, la majestad de la madre fuerte. Nunca, 
nunca habla estado Anita tan espléndidamente her- 
mosa como aquel día. 

Hacía ya rato que la ciudad bullía á los primeros 
rayos del sol que rayaba de plata las alturas de los 
pisos cuartos, cuando la planchadora besó una vez 
más á su hijito, dormido todavía, cerró otra vez los 



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EL BOFETÓN BlQ 



postigos del balcón, despertó á la muchacha y se fué 
derecha á abrir la puerta de la tienda, para arreglar el 
obrador y preparar la tarea del día. 

Al pasar por la tienda, débilmente iluminada toda- 
vía por los pocos rayos de claridad que lograban pene- 
trar por las rendijas de la puerta, no pudo menos de 
fijarse en la mesa que veía la noche antes confusamen- 
te y en la silla sobre la que pasó su crisis. Las Yidrie- 
ras estaban arrimadas á la pared, como esperando á 
Lorenzo. Hoy las colocaría ella por primera vez. La 
idea de la soledad y del abandono volvió á apoderarse 
de ella haciéndole ver patente la necesidad del perdón, 
de la reconciliación. | Ahí |Si lo supiese Lorenzo! 

Abrió. La luz invadió la tienda y la larga sombra de 
dos personas rayó el embaldosado. La planchadora 
ahogó un grito de sorpresa y bajó trémula del umbral. 
Habia visto á su marido surgir de una puerta vecina y 
plantársele al lado, pálido como la cera. 

Anita se acogió al quicio interior de la puerta, con 
la cabeza y los ojos bajos. Lorenzo mantuvo su corpu- 
lenta figura plantada sobre el umbral, en medio de los 
montantes que sostenían las vidrieras, en actitud en- 
tre amenazadora y despreciativa. De una sola ojeada 
midió de alto abajo á su mujer que seguía encogida 
sin mirarle, y preguntó con fingida calma: 

— ¿Se puede entrar ? 

— Estás en tu casa, Lorenzo — se atrevió á decirla 
planchadora, cada vez más humilde y avergonzada. 

Entró Lorenzo, se detuvo, clavó los ojos en su mu- 
jer, y no paró luego hasta la cocina, que estaba al lado 
de la trastienda. Mudo y agitado se sentó en la prime- 
ra silla, echó los codos sobre las rodillas, y puso entre 
las manos la cabeza, derribando al suelo el apabullado 
sombrero. Delante de él sobre un vasar estaban apila- 
das sus herramientas de carnicero, cuchillas y cuchi- 
llos de varias formas y dimensiones. Anita seguía he- 



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33o NARCISO OLLBR 

cha un ovillo en su rincón, toda confusa: él esperando; 
uno y otro rehuían el escándalo, pero era evidente que 
Lorenzo promovería una escena violenta. Nunca le ha- 
bla visto su mujer tan demudado. 

Pasaba el tiempo y ni ¿1 ni ella se movian. Anita 
sintió impulsos de correr a ponerse de rodillas delante 
de su marido; pero el orgullo se rebeló en ella. Aque- 
llo no sería perdonar, sino pedir perdón. Cualquiera 
otro paso le daba miedo ; el silencio de su marido es- 
taba preñado de amenazas. 

Por fin, éste reapareció en la puerta de la trastienda 
y al ver á Anita en la misma actitud , avanzó, se lanzó 
de un salto al otro extremo, y cerró la puerta de la 
calle. Anita se dio por muerta. 

— I Ah 1 — exclamó Lorenzo cruzando los brazos.— 
iVaya, con la mosquita muerta!... No tienes tú mala 
suerte... Bien te has valido de que no me gustan los 
escándalos... |Y por eso me has hecho pasar la noche 
al sereno I | Mal rayol... 

Lorenzo se acercó, imponente, á su mujer, quien no 
levantaba la vista del suelo, rehilando como el corde- 
rino en el tajo. 

— |E1 ama!... (Un paso más.) [|E1 ama!!... (Otro paso 
y asiéndole una muñeca le sacudía bárbaramente el 
brazo.) ¿Quién es el amo en esta casa?— preguntó apre- 
tando los dientes y alargando las silabas. 

— Tú, Lorenzo, tü— contestó Anita, atreviéndose á 
llorar en el momento en que sentía aflojar la dolorosa 
presión de su muñeca. 

— ¿Yo, eh ? ¿Yo cuando meto miedo, verdad ? (Otra 
sacudida dolorosa.) 
— Tü, tü y sólo tü siempre. 

— jMalalapdrel Pues no parecía eso anoche... No 
he dormido, ¿lo oyes?... He pasado la noche dando 
vueltas por las calles como un mendigo, como un per- 
dulario, ¿te enteras? 



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XL BOFETÓN 33l 

Anita iba ya á caer de rodillas á besarle los pies, 
por repentino remordimiento para implorar perdón; 
pero Lorenzo más exaltado cada vez preguntó : 

—Y ¿ quién ha tenido la culpa, di ? 

Anita se irguió como si la hubiese picado un escor- 
pión. Con fuerte sacudida trató de libertar el brazo 
para huir; tanto miedo tenia á lanzar la respuesta que 
tenía en la punta de la lengua. Ambos brazos lucharon 
un instante, y aquella lucha brutal acabó de ofuscar al 
carnicero. 

— Di, bribona, di; ¿por culpa de quién ha sido? 
Dilo... 

— iNo quiero, no quiero decirlo!... Suéltame, déja- 
me marchar... Yo te perdono; perdóname* tü. 

Ahora fué él quien se enderezó. Y soltando á Anita, 
cerrándole el paso por donde iba á escapar gritó con 
voz formidable: 

— Di: ¿quién ha tenido la culpa de que yo no haya 
dormido en mi casa? 

— Perdóname, Lorenzo, perdóname... 

—Contesta á lo que te pregunto; quiero saberlo, 
mujer hipócrita, falsa, traidora, miserable, que te en- 
coges de miedo... i Por culpa de quién ? 

— ¿Lo quieres saber, eh ? ¡ Pues por culpa tuya ! 

La enorme mano del carnicero se desplomó estrepi- 
tosamente sobre el bañado rostro de su esposa, quien 
quedó aturdida, se tambaleó, se cubrió la cara con las 
manos, buscó á tientas una silla, y rompiendo en es- 
tridente lloro, exclamó: 

— I Y yo que te perdonaba I... | Cuánto te han cam- 
biado, Lorenzo!... 

— No eres tú quien ha de juzgarme, ni quien me 
pone á mí la ley. Aquí no hay más amo que yo... ¿ lo 
entiendes ? yo y nadie más que yo... Si tú has llevado 
los pantalones hasta ahora, no los llevarás más. 

Y dicho esto parecióle á Lorenzo que se había qui- 



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33a NARCISO OLLBR 

tado de encima todo el peso que le agobiaba el pecho. 
Luego tomando un tono casi amistoso, pronunció un 
cea, basta,» que era como decir: cno hablemos más de 
esto, ya te he perdonado, todo ha pasado ya.» 

Á fuer de terco de nacimiento que era, nunca iba 
más allá en sus enfados. Para lograr el fin que se pro- 
ponía nada perdonaba, no respetaba ley alguna, nada 
le paraba más que la vergüenza ó el escándalo públi- 
cos; pero una vez conseguido su objeto, se entregaba 
á la alegría, desarmado, sin recelos, antes arrepentido 
que rencoroso, más dispuesto á inculparse que á mos- 
trarse severo con su adversario. El plan trazado la no- 
che antes quedaba realizado: ya habla hecho sentir el 
peso de su autoridad, de su fuerza, ya habla dicho 
que sólo él llevaba los pantalones^ la frase sacramental, 
el móvil de su calaverada que ya daba por concluida: 
¿qué más, pues ? ¿ Á qué acordarse ya de ello ? Y el 
infeliz, en su buena fe de ciego obstinado, creía legí- 
timo el comportamiento brutal de su acción puramen- 
te instintiva, negando á su misma víctima el dere- 
cho de juzgarla y someterla al alambique de la razón. 
{Tanto más, cuanto que, para él, naturaleza inculta, no 
tenían las palabras más importancia que la de cual- 
quiera vagido instintivo I cEl hombre se dispara, no 
sabe lo que dice; ¿ á qué acordarse pues de lo dicho? 
Los palabras son soplos, el viento se las lleva.» Esto 
es, ni más ni menos, después de todo, lo que dicen los 
más de los mortales, cuando por la palabra se ven 
comprometidos. 

Pero Anita, más acostumbrada á contenerse y á 
velar por su dignidad, hábito que infunde á las almas 
susceptibles toda dependencia, mayormente la del 
servidor, medía sus acciones y sus palabras, y en 
aquella ocasión parecióle que las que acababa de so- 
portar, rebasaban la medida proporcionada á sus 
fuerzas. | Un bofetón I i El primero que le envilecía el 



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BL BOFETÓN 333 

rostro! Brutales estrujones, suposiciones insolentes y 
falsas; amenazas, insultos y dicterios por parte del 
pecador, á quien tenfa que pedir perdón y ofrecer en- 
miendal... | Ab, nol Aquella escena sí que demostraba 
toda la desigualdad de su casamiento. Entre ella y su 
marido se babia levantado una barrera indestructible, 
una antipatía eterna que ella no sabría dominar. La 
mejilla hinchada, ardorosa, agravaba con el dolor físi- 
co el dolor moral. 

Nada de perdón, se había hecho imposible: «basta.» 
También ella dijo «basta ya,» pero en tono harto dis- 
tinto. Y tapados aún los ojos para no verá aquel hom- 
bre, se subió resuelta al entresuelo, cuando Lorenzo 
con ridicula candidez iba á pedirle el almuerzo. 



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VI 




NTONCEs comprendió Lorenzo que había 
ido demasiado lejos, con el bofetón, se 
entiende. « Pobre chica, tenia razón ; él 
la habia encelado con bastante funda- 
mento, al menos en apariencia. iJeml 
I Interceder con la mujer propia, en fa- 
vor de la que se solicita, de la rival! 
Cualquiera otra hubiese obrado de igual manera. 
La verdad es, que queriendo á Anita tanto como 
la quería, se había excedido: por una cuestión de 
amor propio, por una insolencia de aquella estúpi- 
da, ir tras ella como un estudiante y darse á fingir lo 
que no habia. ¿No hubiera valido más, hacerla despe- 
dir en el acto y mudar ¿1 de oficio, dedicándose á otro 
que le ocupase por más tiempo el día, ó negarse sen- 
cillamente á llevar aquel registro?» Y pensando y ca- 
vilando, ya ni encontró afeminada la ocupación, ni 
pudo explicarse la ofuscación de que por algunos dias 
fué victima. Traía á la memoria toda la época de su 
matrimonio y no alcanzaba á hallar ni un solo momen- 
to de dominio de Aoita sobre él, exceptuando el de la 
noche anterior. Él era quien guardaba el dinero que 
ella ganaba ; no daba ella un paso, ni habia gastado un 
céntimo, ni aun en los mismos instrumentos de su in- 



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336 NARCISO OLLBR 

dustria, sin permiso de Lorenzo; por ¿I había sufrido 
ridiculeces é imposiciones de los suegros; por ¿1 y por 
su hijo se habfa desvivido y aperreado. Y vióse obli- 
gado á admirar su codicia por el trabajo, su amor de 
madre, su fidelidad de esposa, su talento extraordina- 
rio de catalana, que con sus propias fuerzas funda una 
industria, fundamenta y asegura el porvenir de una 
familia toda. Vio los progresos realizados, recordó el 
capital que tenian guardado, no debido á sus propios 
esfuerzos, sino á los de ella; vio todo aquel prodigio 
de previsión que le aseguraba la vejez tan problemá- 
tica para el obrero; reconoció todo el tesoro de amor y 
de ternura que sobre él habia vertido aquella mujer, y 
lloró, lloró amargamente, se arrepintió, se acusó, se 
avergonzó, y exaltado contra si mismo, empezó á dar 
vueltas por el piso bajo como un loco, buscando una 
fórmula para su acto de contrición, la exposición de 
su firme arrepentimiento y á la vez su castigo. Ningu- 
na expresión le parecía acertada ; todos sus pensaxnien- 
toseran flojos, insuficientes. 

De un brinco subió al entresuelo, resuelto á dejarse 
llevar, como siempre, de su instinto. 

En la habitación estaban la Anita y la muchacha con 
el niño en brazos. Estaban ya hechas las camas, las si- 
llas en orden, y en un gran pañuelo de algodón, exten- 
dido sobre una de estas, se veía un montón de ropa 
que Anita, arrodillada delante de un cajón abierto, iba 
sacando de la cómoda. 

Lorenzo se quedó espantado, aturdido por lo que 
aquello significaba. 

— ¿ Qué es eso ? — preguntó. — ¿Vas á dejarme ? 

Anita no contestó hasta que se lo permitió el llanto, 
que le embargaba la voz. 

— ¿ Todavía lo preguntas ?... ¿ Te has creído que soy 
yo de piedra, que no tengo sentido ni vergüenza, que 
no me estimo en nada? 



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BL BOFETÓN 337 



Y decia todo esto sin volver la cara, mezcladas las 
palabras con los sollozos, separando ropa y aumen- 
tando la pila con un ahinco que no dejaba la menor 
duda acerca de su inquebrantable resolución. La mu- 
chacha y el niño, vestidos ya en traje de calle, mira- 
ban con ojos asustados á Lorenzo, sin atreverse ¿ hacer 
un movimiento. Aquel pequeño de dos años conocía 
que pasaba allí algo extraordinario y adivinaba que de 
ello tenía la culpa su padre, que estaba serio, descolo- 
rido, cruzado de brazos, fijos los ojos en su madre que 
lloraba sin volverse. ¿ Era que estaba ríñéndola á la po- 
brecita } La criatura empezó por inquietarse y acabó 
por romper á llorar. 

— Anita, no hagas desatinos. Guarda todo eso y no 
se hable más del asunto. No te vayas. 

Pero la madre no se incorporó sino para coger á su 
hijo y consolarlo. En el frenesí de su honda pena, lo 
besaba sin descanso, contenia como podía las lágrimas 
que la ahogaban, y con la punta del delantal enjugaba 
las que le brotaban de los ojos. 

Lorenzo se sintió, como nunca, herido en el corazón. 
Él era la causa de aquel desconsuelo ; él había abofe- 
teado á aquella dolorosa, á la madre de su hijo, á la 
esposa adorada, á la mujer envidiada por todo el ba- 
rrio; por él se iban madre é hijo | hasta aquel niño que 
llevaba la sangre de sus venas I Iba á perderlos para 
siempre.... ¿ y todo por qué ? por una palabra insolente 
de una perdida, por un movimiento de bestial orgullo? 
«I Ah, no no!... estome lo perdonaba Anita; lo que los 
arranca de mi lado es el bofetón». 

Y en medio de esta profunda pena tierna y honrada, 
no encontraba Lorenzo palabras de perdón que llega- 
sen hasta el corazón de aquella mujer íntimamente 
ofendida. 

El niño seguía llorando con la instintiva tenacidad 
del ser amilanado. 



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338 NARCISO OLLBR 

— Vete, hombre, vete por Dios. ¿No ves que estás 
haciendo llorar á tu hijo también ? Le das miedo. Dé- 
janos en paz. 

— No te vayas pues; prométeme que no te irás — 
dijo Lorenzo con el estúpido candor de los imbéciles. 

Y como en el silencio de su mujer leyese el irrevo- 
cable propósito de no darle oidos, murmuró : 

—Pues no te marcharás, yo te lo aseguro. 



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vn 




ONSOLADo el nidOf entregado el lio ¿ 
la muchacha, la Anita, con su hijo 
en brazos, para que no se lo quita- 
se su marido, contempló por última 
Tez, al través de sus lágrimas, su 
cuarto nupcial, el nido de sus amo- 
res, el lecho en donde había espe- 
rado morir, donde había dado la 
vida á aquel ser hoy ya desvalido; y haciendo un re- 
pentino esfuerzo para serenarse, bajó resueltamente. 
Animada acaso porque veía ya el fin de su esfuerzo, 
todavía halló voz entera para llamar á su marido, de 
quien no podia separarse sin que diese un beso á su 
hijo. 

Viendo que no contestaba, se dirigió hacia la tienda, 
temiendo nuevas violencias, recelando encontrarle, 
acaso ante la puerta de salida, con la llave en el bolsi- 
llo, cerrándole el paso. Se había equivocado ; la tienda 
estaba desierta, la llave puesta. cEs que no quiere 
verme!» pensó. Y con el corazón en un puño, desechó 
una vuelta de la llave. Pero la voz de su marido lla- 
mándola con un acento de ruego que afligía, le hizo 
volver atrás. 



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340 NARCISO OLLBR 

Aquella voz partía de la cocina. Tembláronle las 
piernas y un presentimiento vago, pero horrible, le es- 
trujó aún más el corazón. Instintivamente dio el niño 
á la chica y entró en la cocina, que era una pieza re- 
ducida, baja de techo, ocupada por el fogón de guisar 
y las hornillas para las planchas, el fregadero, la cola- 
dera, estantes y mesa de servicio, de modo que no po- 
dían revolverse allí dos personas. Por una ventana, que 
daba al patio, entraba una luz cenicienta. 

Bajo aquella ventana, medio desmayado sobre una 
silla, estaba su marido, con un brazo metido en la 
abertura de la blusa, el otro colgando á plomo, como 
la cabeza. Ni se movía, ni decía palabra. Anita deslum- 
brada por la mancha de luz de la ventana, sólo le veía 
á contra luz, como un bulto confuso. Aquel silencio la 
alarmó, y olvidando todos sus propósitos, se le acerca, 
ve que tiene los ojos cerrados, el rostro amarillento... 
ya no repara en tocarle : un sudor helado bañaba sus 
sienes. 

— ¡ Lorenzo, Lorenzo I ¿ qué has hecho ? 

Él entreabrió los ojos, y, señalando con la cabeza el 
fregadero, balbuceó con voz desmayada : 

— No te pegaré más. no me abandones. 

Por milagro de Dios, no cayó Anita sin sentido al 
suelo. Sobre el mármol del fregadero se desangraba 
una mano suelta, separada del brazo ; á su lado habla 
un hachuela, salpicada de sangre, humeante todavía I 
Era la expiación de un salvaje, era la mano del bofetón. 




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fl)I JARDÍN 



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I \ ETRÁ8 de mi casa, como si estuviese dentro de 
'"V^ un gran cajón rectangular, habla un huerto, 
que si era demasiado reducido para proveer á las ne- 
cesidades de la familia, era bastante capaz para espar- 
cimiento mío y de los compañeros que llevaba allí á 
jugar. 

¡ Cuántas travesuras tenemos hechas! Los vecinos 
que allí tenían vistas, azoteas ó salidas al mismo nivel 
de la tapia del huerto^ bien podían decir que tenían 
palcos de los más divertidos. Rara era la tarde que no 
se veían todas aquellas barandillas festoneadas de ca- 
becitas rubias descansando sobre los brazos doblados 
encinia de la barandilla, siguiendo con ojos llenos de 
envidia nuestros más insignificantes movimientos. | A 
los pobrecillos se les hacía la boca agua al verme con 
el tricornio de general, charreteras de papel dorado, 
una cinta de cuatro dedos cruzándome el pecho de 
parte á parte de la blusa y una espada de palo en la 
mano, y tras mí todo un ejército de ocho muchachos^ 
por lo menos, provistos todos de gorras de cuartel y 



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344 NARCISO OLLBR 

fusiles, no de caña ni de feria, nada de eso, sino tan 
altos como ellos; y que si bien carecían de llave, tenían 
cañón de hojalata y su cazoleta correspondiente, de 
modo, que cuando ten iamos pólvora y fósforos podía- 
mos disparar y todo ! Lo malo era que, á veces, detrás 
de nuestro público predilecto aparecían los rostros de 
las mamas y las criadas ya machuchas, quienes con la 
amenaza de que iban á avisar á mi familia no nos de- 
jaban hacer fuego. |Qu¿ mujeres más miedosas! Siem- 
pre con aquel estribillo: c| Mirad que os vais á lasti- 
mar, demonios I... ¡que os vais á destrozar! |Se lo 
vamos á decir á tus papas!... 

Y arrancaban á puñados de los antepechos á los chi- 
cos, cuando más embelesados contemplaban el encen- 
der de los fósforos, y cómo, dividido en dos bandos, 
se acometía el ejército furiosamente á la bayoneta, al 
compás del titatarita, tita^ tita^ tita; Htatarita^ tita^ tita, 
ti... que tocábamos un trompeta y yo, hecho clarín el 
puño á medio cerrar pegado á los labios, corriendo 
delante de todos y contestando á la embestida contra- 
ria con tan fuertes sablazos como podíamos. | Cuántas 
espadas rompí!... pero hasta con la empuñadura y 
todo me despachaba!... c| Os sacaréis un ojo, empeca- 
tados!... I Os vais á hacer pedazos I» seguían diciendo 
aquellas voces que dominaban hasta á nuestras cor- 
netas. 

¡Y vea usted lo que les daba miedo I | Ver á algún 
herido con las patas en alto, luchando con el vencedor 
que le tenía puesto el pié sobre el vientre y el fusil al 
pecho I ¿ Cómo querían que se rindiese, pues } { Qué 
se figurarían aquellas mujeres que era una batalla? 
I Como que nos Íbamos á hacer caricias y darnos be- 
sitos! 

Naturalmente, con el tumulto del combate y aque- 
llos gritos de espanto, á lo mejor se presentaba algún 
pariente del general en el terradillo de casa, que cual 



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MI JARDÍN 



345 



palco de la presidencia ocupaba todo el frente de uno 
de los extremos del huerto, y un grito de : « | niño, 
sube l> dado con voz imperativa y severa, terminaba 
en seco la acción. Levantábanse los heridos, sacudíase 
todo el mundo la tierra de los pantalones, se enjugaban 




con húmedos pañuelos los sudosos rostros, y durante 
la ausencia del general platicaban en voz baja los com- 
batientes, dominados por un mismo terror; terror des- 
conocido entre los ejércitos de verdad, el terror á la 
paz, al licénciamiento en masa. 

No andaban descaminados aquellos soldados pun- 
donorosos; veían, á poco, volver á su general exo- 
nerado, desarmado, restituido á la triste condición de 
estudiante de segundo año de latín, con la cara limpia 
y encendida como una amapola, los hombros caldos y 
las manos en los bolsillos, colgando de las muñecas un 
buen pedazo de blusa, y, lo que era más triste que todo, 
seguido por una fregona, {ni siquiera era un criado! á 
quien todo el ejército, sin chistar, con el imponente 



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346 NARCISO OLLBR 

silencio de un ejército prisionero, entregaba gorras, 
furnituras y armamento. 

Una conferencia diplomática, invisible como lo son 
todas para los beligerantes, había decidido de su suer- 
te sin consultarles, había impuesto el desarme, y 
aquella criada, inviolable como todo embajador, nos 
imponía la humillación, con cierta sonrisa burlona en 
los labios. Y haciendo un lío con todo, marchábase 
con ¿1 bajo el brazo tan tranquila, no obstante nues- 
tras miradas que cual saetas le clavábamos en la es- 
palda, hasta que la perdíamos de vista. Luego nos vol- 
víamos y les enseñábamos los puños cerrados á las 
vocingleras del público, causa de aquella afrenta. 

Pero, afortunadamente para todos, no éramos ren- 
corosos. Convertidos en paisanos, luego al punto tra- 
tábamos de matar el aburrimiento de la paz, inven- 
tando juegos, si tanto ó más expuestos, menos bulli- 
ciosos que la guerra. Al extremo del huerto había una 
higuera colosal guarnecida por mí de argollas, trape- 
cios y columpios. | Andando! á hacer gimnasia. 

Y allí, I qué de contracciones y dominaciones, plan- 
chas, volteretas y batacazos, y el árbol asaltado hasta 
sus ramas más altas por una verdadera manada de 
monos I 

Otras veces salíamos coa trajes estrafalarios á hacer 
comedias, es decir, tragedias, porque casi siempre mo- 
ríamos todos ; ó bien pantomimas de payasos con las 
caras enjalbegadas con yeso y las manos con almagre, 
para que dejasen señales las bofetadas. Otras remedá- 
bamos las danzas populares del país ó inventábamos 
alguna diablura contra nuestras espías, como por 
ejemplo: rociarlas con jeringas de caña, ó asustarlas 
con tiros de cerbatana desde algún rincón escondido. 
Y no hay que decir si jugaríamos á montar á cabritos, 
al marro, á los ladrones y mozos, y i geps, como 
decíamos al de perseguirnos á pelotazos. Harto lo de- 



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MI JARDÍN 347 

claraba el suelo del huerto con sus bancales duros 
como si estuviesen apisonados, las alcachoferas tron- 
chadaSy las pocas lechugas mustias, las caceras cega- 
das, todo, en fin, arrasado como un campo de batalla, 
menos las "veras de la pared donde crecían flores y 
árboles de jardín. 

Pero después de todo^ lo que decían en mi casa refi- 
riéndose ¿ mi : casi lo tenemos seguro ; así no nos da 
guerra.» El huerto era, como si dijéramos, mi parcela 
de jardín de aclimatación, el cercado de una cabrita 
que necesitaba triscar y hacer diabluras. 



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II 



I f LEGÓ por fía un día en que, cansado ya de hacer 
^^^ cabriolas y aburrido de verse el general todo el 
año de cuartel, y con el ejército en la holganza, trata- 
mos muy formalmente con el corneta de disipar aquel 
letargo, convirtiendo el huerto en jardín. 

Ni aquel mi compinche ni yo teníamos escasos alien- 
tos, ni éramos tampoco de los que piensan mucho las 
cosas; así es que, al día siguiente ya estábamos mane- 
jando la azada, mejor que cualquier jornalero del cam- 
po. Pero nuestro proyecto no comprendía toda la su- 
perficie del huerto, que media muy bien sesenta pasos 
por veinte. Bastábanos la mitad y dejamos á un lado 
la enorme higuera con todo el trozo que cubría su 
pomposo ramaje. Ya sabíamos que su sombra era mal- 
sana y además temíamos la voracidad de sus raices. 

Pero ¡vaya una manera de trabajar en el trozo esco- 
gido! Removlmoslo todo á la profundidad de una vara, 
y no contentos con esto limpiamos la tierra una y otra 
vez hasta no dejarle ni una piedrecilla del grueso de 



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35o NARCISO OLLBR 

una lenteja. Luego la abonamos copiosamente, forma- 
mos nuestros cuadros y canastillas simétricamente 
compartidos, apisonamos los paseos cubriéndolos con 
una gran capa de arena, colocamos en el centro de las 
canastillas jarrones de barro cocido para los cactus, 
levantamos en medio de todo un cenador ochavado 
cuya construcción nos llevó cerca de un mes, cerca- 
mos todo el jardín con una empalizada rústica, y una 
vez provistos de las necesarias semillas y esquejes, 
empezamos nuestra plantación. 

Desde entonces todas las tardes, riega que regarás, 
nos poníamos los pies perdidos ; tanto, que yo acabé 
por coger unas anginas. | Pero c¿ I Cuando bajaba por 
las mañanitas con la última sopa del chocolate en la 
boca todavía y contemplaba, aquí cómo rompía la tie* 
rra el brote de una adormidera, all¿ entreabrirse una 
yema, en otro lado desplegarse las hojitas de un capu- 
llo, ¡qué gusto! Parecíanme todas las plantas hijas 
mías y despertaban en mí tal ternura, que en su des- 
arrollo veía algo así como misteriosas travesurillas de 
la naturaleza, que me ensanchaban el corazón. 

—Mira, mira, chico, este geranio; ¡qué manera de 
abrirse I Parece propiamente que entorna un ojo y nos 
hace guiños. ¿ Has visto aquel clavel? Hay que ponerle 
un buen tutor ; siempre con la cabeza baja como un 
santurrón... Venga usted acá y levante esa cara, que 
bien bonita es... 

Y le daba un golpecito bajo la barba; pero él, todo 
lo que hacía era concederme una mirada llena de fue- 
go. Movía la cabeza á uno y otro lado como si se enfa- 
dase, y el terco volvía á tomar su contrita actitud. 

Como era de esperar, estas faenas que emprendimos 
dispersaron muy luego á todos nuestros camaradas y 
hastaal públicode las azoteas. Aquelloslas encontraron 
demasiado pesadas para ayudarnos ; los espectadores 
poco divertidas. Tras tanto alboroto, el huerto disfru- 



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MI JARDÍN 35l 

tó, pues, de extraño recogimieoto. Podíamos contar 
los azadonazos que rompían el silencio de aquellos es- 
pacios, con la sequedad de pisadas metálicas que avan- 
zasen cautelosamente. Oíamos piar los pájaros en los 
aleros, cantar coplas de cuna á nuestras antiguas e^- 
pias^ quienes ya sólo por casualidad asomaban á los 
palcos la cabeza. Pero mi amigo y yo, nada, como frai- 
les trapenses, cavándose la huesa. 

Sin embargo, allá hacia las cinco de la tarde, animá- 
base un tanto aquella vecindad. Era la hora de meren- 
dar y siempre había una parte del antiguo público que 
se asomaba á contemplar los progresos de nuestra 
obra, mordiscando una manzana, rechupando golosa- 
mente el jugo de algún melocotón tan sonrosado como 
la carita de quien se lo comía. A más de los niños, ha- 
bíamos visto entonces unas curiosas que nos gustaban 
mucho más : una comparsa de modistillas cuyo obra- 
dor estaba en la casa de la derecha, frente por frente 
al jardín. Habíalas para todos los gustos entre once 
ó doce que eran; blancas, morenas, buenas mozas, pe- 
queñitas, gorditas, delgadas, bulliciosas, tristes, unas 
serias que no decian nada, otras parlanchínas que 
nunca estaban calladas; pero reunidas todas, hacían á 
la vista el efecto de un ramg de flores y al oído agra- 
dable gorjeo de pájaros, cuya falta notábamos en pa- 
sando la hora. 

En mi casa, donde conocían mi genio voluble, no 
sabían cómo explicarse que durase tanto mi manía 
jardinera; y era que cuando ya empezaba á hartarme, 
fijáronse mis ojos en una de aquellas modistillas, y 
pasábame el día acechándola. 

i Cómo se llamaba } Ya me guardaré yo bien de pro- 
fanar su nombre. ¿ Cómo era } No lo sé; cual la veía yo 
entonces no podría describirla ahora la pluma. No po- 
dré decir sino que para mi, era lo que debe ser el sol 
para el ciego de nacimiento que cobra la vista. Su mate- 



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35S NARCISO OLLBR 

ríalidad se confundía en una idealidad brillantísima, 
fruto indudable de mi candoroso espíritu. Bien sé que 
no la rodeaba gloria alguna, pero mis ojos la "velan irra- 
diar todo aquel encanto que debió llevar la Virgen en 
sus apariciones. Y lo 'que sé también es que no podía 
apartar de ella mi vista, que hubiera caído de hinojos 
¿ sus pies, y que siendo tan comunicativo con todo el 
mundo, delante de ella no acertaba á despegar los la- 
bios. ¿ Y para qué ? Demasiado me comprendía. 

(Dichoso terradillo, y qué de miradas mías debe 
guardar I | Qué desierto y qué triste cuando no estaba 
ella I ¡ Tan Heno de luz y vida con ella sola ! Sí ; ella 
sola ; i benditas sean aquellas escapaditas que hacía 
allí con el más fútil pretexto I En cuanto aparecía, sus 
ojos chocaban con los míos, un mismo rayo de sol fun- 
día nuestras miradas, nuestros corazones latían con el 
mismo ritmo, y nada, ni una palabra; el arrebol en las 
mejillas; una sonrisa angélica iluminando los rostros! 

Por aquella época, estudiando ya retórica y poética, 
me pasaba el día recitando trozos de poesías que nos 
señalaba el catedrático como trozos selectos. Y tanto 
me habían gustado desde el principio las odas heroi- 
cas y los romances históricos, que de continuo me en- 
sayaba en componer en e^os géneros; pero, desde que 
conocí á la modistilla, no acertaba á hacer más que ele- 
gías, églogas y madrigales. ¡Tan bello que había de 
ser para mí el mundo y tan triste que me parecía al 
coger la pluma I Aún recuerdo que un día, presintien- 
do el amor que hoy profeso á nuestra lengua catalana, 
un día que debía encontrarme muy triste, escribí unos 
versos que comenzaban así : 

Horas d* amor, suprém deliqui 

que daureu la vida 

del feble cor del hoxne : 

totas passáreu com al cel s^ envola 

r ánima pura del fíllet volgut.... 



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MI JARDÍN 353 

I Y á todo esto, ni yo sabía qué era el amor, ni la 
yida, ni el hijito querido! Pero sentía, sí, algo que me 
anticipaba en misteriosa refracción futuros dolores 
que iioy doy por pasados cada vez que el presente me 
permite esquivarlos. Era algo como profundo y miste- 
rioso anhelo que minaba mi corazón. 

Después de estos yo no sé cuántos centenares de 
versos escribí en castellano, inspirándome en aquella 
nina. Pero lo mejor del caso es que ella no sabia una 
palabra de todo esto. Algunos llevé al aula como mues- 
tra de mis progresos, mereciendo la aprobación del 
catedrático, quien nada tenia de poeta quizás por ser 
muy buen retórico, y ella, mi Filis adorada, no llega» 
ba á conocerlos. 

Por fin un día pude romper el hielo; la veo en el te- 
rradillOy sola; cojo una rosa, envuelvo el tallo en un 
papel que traía muy plegadito en el bolsillo, le pido su 
consentimiento con una seña expresiva, ella lo otorga 
bajando la cabeza toda ruborizada; me acerco á la pa- 
red, disparo el paquetito, lo reciben unas manitas de 
color de rosa, envío un beso con las puntas de los 
dedos, y sin haber cambiado una palabra, ella desapa- 
rece y yo me meto en el cenador, trémulo, palpitante, 
fuera de mí. Aquel papel contenía su nombre, una de- 
claración en verso, ideal, sentida, escrita con lágrimas, 
y al pié la ñrma, bregando por escapar de la enredada 
madeja en que la envolvió la nerviosa pluma. 

Pero ni aun esto bastó á disipar aquella cortedad 
que nos embargaba. Ni yo le dije nada, ni ella tampo- 
co, y ambos nos comprendimos. Aquel silencio tenía 
un deleite inconmensurable, enteramente espiritual, 
que nos arrebataba de la tierra para remontarnos á no 
sé qué espacios, en donde se helaba la palabra teme* 
rosa en el mismo abismo del labio. 

Entre tanto mi jardín estallaba en flores de colores 
vivísimos parecidos á los de esos hermosos cohetes 

•3 



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354 NARCISO OLLBR 

que pueblan el espacio de deslumbrantes ramilletes. 
Acercábase el mes de Mayo, y en la parroquia del pue- 
blo tratábase de celebrar con extraordinaria pompa el 
Mes de María. No sé por qué hacia ya cuarenta y ocho 
horas que mi amada no aparecía en aquel terradillo 
en el que mis ojos morían de afán. Durante la noche 
del yeintinueye de abril no pude dormir de pura an- 
gustia. Pero I qué sorpresa tuve el día siguiente, cuan- 
do desde el cenador veo aparecer en la puerta del 
huerto la cabecita rubia de mi adorada 1 Tenían sus 
mejillas el fresco color.de la rosa, andaba con la mirada 
en el suelo y cuatro muchachas más con grandes ces- 
tas la seguían sonriendo. 

— Las hijas de María — me dijo sin levantar los ojos 
y dejando llegar por primera vez su melosa voz hasta 
lo más hondo de mi corazón. 

No sé qué fué lo que contesté, ni lo que por mi pasó 
en la media hora que duró aquella aparición; sola- 
mente recuerdo que el jardín quedó saqueado, que las 
cestas rebosaban flores y yo seguía acudiendo todavía 
con nuevas brazadas olorosas, ansioso de colmarlas 
más y más. 

— Son para la Virgen— decía. 

Y cuando ya las muchachas huían con las colmadas 
cestas, riendo, riéndose sin duda de mi mal disimu- 
lado entusiasmo, tan trastornado estaba yo, que por 
fuerza obligué á mi amor á aparar su delantal, para 
llenarlo con un diluvio de ñores. 

— Son para la Virgen —repitieron mis labios. 

Y ella recogió aquella pueril blasfemia con sonrisa 
compasiva, los ojos entornados, el rostro encendido ya 
en rubor. 



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III 



^ANTO ella como yo creíamos la cosa muy oculta, 
'como siempre les sucede hasta á los más expertos 
enamorados, pero todo el pueblo hablaba ya de ello. Asi 
es que un día, me llamó mi madre para preguntarme, 
medio riendo, si era cierto aquel rum rum. Traté de 
negarlo, pero toda mi sangre acudió al rostro para de- 
latarme. Estaban presentes mis tías y aquella delación 
arrancó á todas tales carcajadas, que me sacaron de 
quicio hasta el punto de que, perdiendo todo respeto, 
me puse ¿ decir á yoz en grito como hubiese podido 
hacerlo un hombre contradicho : 

— I Pues, sí, ea I Es verdad ; la quiero y ella será mi 
mujer, ella y sólo ella. 

No tengo para qué decir cómo seria acogida seme- 
jante declaración en boca de un rapaz de diez y seis 
años. La hilaridad se trocó en delirio, y yo no pudien- 
do sufrir ya tanta afrenta, escapé furioso, sin hallar 
otro desahogo que repetirme con gran resolución: 
celia será mi mujer, sí, ella y sólo ella.» Y así como 
vierte la madre todo el tesoro de su amor sobre el hijo 



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356 NARCISO OLLBR 



que va á morir, yo me dediqué ¿ quererla á ella todo 
aquel día estero. 

I Ah I ¿ Y cuándo volvió á salir sola á la azotea } |Ed- 
toDces sí que hablé I 

— I Te quiero, te amo, te adoro! ¿ Lo estás oyendo ? 
—dijeron mis labios, precipitados como si fuese á aho- 
garme, con los ojos brotados y la mano sobre el cora- 
zón. Y ahora, que vuelvan á reirse, dije para mí, como 
si con aquel ocio hubiese asegurado ya indestructible- 
mente nuestra boda. 

A todo esto, terminó el curso y en setiembre tuve 
que irme á Barcelona á estudiar el último año del ba- 
chillerato. I Qué pena, señor, qué penal Tener que 
abandonar, por vez primera, á mi madre, dejar la casa 
de mis padres, el lugar de todos los goces de mi in- 
fancia, el sitio donde nací, mi cuartito, mi jardín, 
aquellas flores regadas con el sudor de mi frente; |per- 
der de vista aquel terradillo, alejarme de mi amor, de 
aquella que habla de ser mía y de nadie más I La ciu- 
dad de Barcelona, para mi desconocida todavía, qué 
oscura, qué triste se me ofrecía á cambio de los es- 
plendores presentes y de la aureola que irradiaban mis 
recuerdos ! A ella le dije : 

— Me marcho á la fuerza, parto como un desterrado, 
pero mi alma queda aqui, entre estas flores; tu recuer- 
do no me abandonará ni un momento ; pero escríbe- 
me; si no me escribes, me matará la pena. — Y dos 
lágrimas ardientes surcaron mi rostro. 

— Sí, te escribiré— me contestó toda conmovida; 
mas no sé si por profético presentimiento de mujer, ó 
por el temor natural de perder lo que más aprecia 
uno, añadió : — Pero, | ay ! mucho será que no te can- 
ses tú muy pronto de contestarme. Tan lejos, tanto 
tiempo, tantas diversiones, tantas muchachas más gua- 
pas que yo.... 

Y al llegar aquí, se le hizo un nudo la garganta, huyó 



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MI JARDÍN 357 

con los ojos velados por las lágrimas y yo tambiéo 
tuve que irme á un rincón á llorar á moco tendido. 

— Ella, ella y sólo ella.... — estuve repitiendo más de 
cien veces entre llantos y suspiros. 



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IV 



Vmi jardín, eotregado a sí mismo, sin una mano 
piadosa que lo regara, que lo removiera y re- 
plantase, aún pudo sostener toda la deslumbrante 
lozanía de una copiosa florescencia para recibirme, 
cuando volví por vacaciones en el verano. 

Movido por un impulso de gratitud, estuve cuidán- 
dole algunos días ; pero muy pronto parecióme como 
que me caía encima un frío espantoso. La vecindad 
entera yacía aletargada en triste silencio; más que 
nunca me parecieron feas y pobres aquellas casas ; la 
tapia desportillada dejaba al descubierto trozos de la- 
drillo que parecían manar sangre ; la luz del sol era 
amarilla; los niños que aparecían allá alas cinco seme- 
jaban fíguriUas de cera de pesado movimiento; las mo- 
distillas, mal trazados maniquíes de modas antiguas, y 
ella,... ella era ya una flor deshojada, digna tan sólo de 
guardarse entre las hojas de un libro de memorias. 

I Pobre chica I |Bien lo había presentido! ¡Tan lejos, 
tanto tiempo...! Los primeros fríos del invierno de la 
ciudad bastaron á congelar toda la tierna ilusión de 



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36o 



NARCISO OLLER 



aquel inocente idilio. Pretender resucitarlo era em- 
presa tan temeraria, como esperar que en mi jardín 
volviesen á brotar las agostadas flores.... ¿qué digo? 
ni siquiera querer que las nuevas tuviesen igual per- 
fume, los mismos colores, idéntico encanto que las ya 
pasadas. 

Encontró la media naranja que le deparaba el des- 
tino, como yo más tarde hallé la mía; y si alguna vez 
ha vuelto al terradillo aquél y ha visto el jardín con el 
cenador agobiado por las enredaderas que se amonto- 
nan, enmarañadas, sobre el derruido maderamen; des- 
hecho á trozos el rústico cercado, la broza enseñorea- 
da de paseos y cuadros, yo creo que este osario de 
nuestras ilusiones ha de enternecerla, como á mí me 
enternece; y que sin escrúpulos de fidelidad, aceptaría 
de buen grado, de mi mano, una de las florecillas que, 
como nuestros gratos recuerdos, pugnan alli todavía 
por levantar su corola entre la yerba que las ahoga. 




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líA PEOR POBREZA 



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A^ RA el anochecer de un día de Octubre. Sólo una 
V>^Yeintena de hombres, desparramados en peque- 
ños grupos, paseaban por los soportales de la plaza, 
pisando la sombra oblicua de sus cuerpos que se ex- 
tendía, contrahecha por las desigualdades del empe- 
drado, sobre el que crujían tristemente las botas de 
los paseantes. 

Los faroles del centro lanzaban mortecino fulgor so- 
bre un desierto de arena; el gas de las tiendas ardía 
sólo para los horteras que cabeceaban detrás de los 
mostradores. De repente un hombre atravesó precipi- 
tadamente la plaza, se paró ante uno de los grupos, y 
quitándose la gorra de visera con la misma mano en 
que llevaba un bastón, dijo: 

-^eñor juez: un herido en el hospital; el criminal 
en la cárcel. 

El juez se despidió de sus amigos con afectada son- 
risa, se llegó con el alguacil al hospital, en donde le 
esperaba el escribano de actuaciones, y una vez toma- 
da declaración al herido, se encaminó con sus auxilia- 
res á la cárcel. Por el camino le fué explicando el caso 
el alguacil. Había ocurrido en una taberna cerca de la 



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364 



NARC ISO OLLER 



plaza; la víctima era un voluotarío, el otro un pobre 
diablo que vivía echando las redes y de faenas más 
humildes; ambos amigos y sin resentimientos. Acaba- 
ban de beber una copa, cuando empezaron á disputar 
sobre quién pagaría los dos cuartos de gasto. «—Que 

si yo no lo he ofrecido, 
que si eres tú quien ha 
convidado, que si no tie- 
nes palabra, que si eres 
un pillo,»— se han ido ca- 




lentando, y izásl ya la te- 
nemos. Y eso que, señor 
juez, bien puede decirse 
que era un hombre á car- 
ta cabal. 






La cárcel dormía á la 
luz de la luna que lamía 
de soslayo las truculentas rejas y á la de los malcarados 
faroles, colgados en las paredes de los corredores. 
Constituyóse el tribunal en la Sala de visitas, encima 
de la tarima, detrás de una mesa sobre la cual ardían 
dos bujías, cuya luz no alcanzaba más allá de cuatro 
pasos. Todo el resto de la sala se perdía en tenebrosa 
vaguedad. Poco tardó el carcelero en traer al preso. 
Era un hombre bajito, de pelo de estopa, con la cabe- 
za baja y aire imbécil; iba pobremente vestido de pana 
color de aceite, salpicada de barro seco. A una orden 
del juez, le acercaron un escabel delante de la mesa y 
allí le hicieron sentar. 

—¿Cómo se llama? — preguntó el presidente. 

—Ramón... — contestó el preso con voz oscura, sin 
levantar la cabeza, rascándose las costillas por dentro 



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LA PEOR POBREZA 365 

de la despechugada camisa, tambaleándose como si 
estuviese borracho. 

— ¿Y qué más? 

—Ramón... 

— ^EI apellido? 

El preso seguía rascándose, baja la cabeza, la mira- 
da en el suelo, balanceándose estúpidamente. 

—De apellido de padre ¿cómo se llama? 

—Ramón. 
. — ^Ramón Ramón?... 

— Ramón. 

—¿El apellido de su madre...? 

—Ramón. 

El alguacil que estaba detrás del preso le largó un 
buen pellizco, el juez empezó á morderse el bigote, el 
carcelero á esconder la cara por aquellas oscuridades. 

— ¿En dónde estaba hoy al anochecer á las ocho?— 
intentó aún preguntar el juez. 

— Ramón... — volvió á decir el preso tan marrajo co- 
mo antes. 

— iBastal— gritó el juez, y encarándose con el carce- 
lero, exclamó algo brusco:— Este hombre no ha estado 
incomunicado; en su calabozo hay algún otro. 

— ^Es que... 

— Es que si esto vuelve á suceder^ será usted proce- 
sado. Encierre á ese hombre solo, completamente 
solo. 

El preso salió arrastrando los pies hasta la puerta; 
pero, al llegar á la escalera, los golpes del alguacil y 
del carcelero le hicieron subir, saltando de dos en dos, 
todos los escalones. 

A las once de la mañana siguiente el sol inundaba 
con sus rayos la Sala de visitas. Volvió á entrar el pre- 
so siempre con la cabeza baja, pero ahora por la hu- 
mildad y con evidentes huellas de insomnio en el ros- 
tro. Sencillísima fué la indagatoria. A la primera pre- 



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366 NARCISO OLLBR 

gunta, contestó el hombre, relatando del principio al 
fin todo lo ocurrido, seguido y corriente como quien 
desovilla un carrete; La conciencia, en el aislamiento, 
había hecho el milagro. 
—Firme aquí— le dijo el escribano... 

Y el preso firmó : Ramón Xaloch con unas letras co- 
mo garbanzos. 

Lleyáronsele. Al cabo de un cuarto de hora entraron 
dos camilleros con unas parihuelas y una caja en don- 
de traían el cadáver del voluntario. Volvieron á entrar 
al preso por una puertecilla que se abría sobre la tari- 
ma y en dirección que no le permitía ver la caja. Se 
puso en pié el juez, bajó del estrado con el preso, y ha- 
ciendo abrir la caja preguntó á aquel si conocía al di- 
funto. 

— Sí, señor; él era — contestó con humildad y el ros- 
tro lívido. 

—¿Es éste á quien mató? 

—Yo le herí... 

El actuario extendió la diligencia de reconocimiento, 
y alargándole otra vez la pluma al preso, repitió: 

— ^Firme aquí. 

Y firmó el otro Ramón Xaloch con unas letras de á 
dos dedos, cayéndole sobre el papel una lágrima en la 
que se anegó toda la X. 

— |De qué buena gana le daría un pescozón y lo echa- 
ría á la calle! — exclamó para sí el juez todo conmovido, 
mientras se llevaban al reo. — ¡Por dos cuartos, infeliz! 
¡Por dos cuartos! ¡Oh ignorancia! 

Llantos y gemidos sacáronle de su abstracción. Era 
que al atravesar el reo por delante de la escalera gran- 
de se había producido una escena que partía el cora- 
zón. A la parte de afuera de la gran reja esperaban al 
preso la mujer con sus dos hijos, uno en brazos, otro 
agarrado á la falda y todos con los rostros metidos por 
entre los hierros. 



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LA PEOR POBREZA 367 

— ¡Ramón, Ramón! ¿qué has hecho?— gritó la mujer 
llorando.— {Mira tus hijos; mírame á mil... ¡Soltadlel... 
iQué va á ser de nosotros sin ¿II ¿Por qué lo has muer- 
to?... ¿Por qué te has perdido?... |Por una pieza dedos 
cuartos perdernos á todos, Señor! 

El interpelado temblaba, los niños lloraban espanta- 
dos... el llavero empujó al Ramón hacia la reja... sona- 
ron tres besos abrasadores... y el reo, amarillo como 
la cera, llorando á lágrima viva y tambaleándose, per- 
dióse escalera arriba, mientras aquella madre, estre- 
chando á sus hijitos, caía desfallecida en tierra y ex- 
clamaba sollozando: 

— |Por una pieza de dos cuartos, hijos míos! ¡por dos 
tristes cuartos! |Y yo que me creía pobre!... ¡Ahora sí 
que lo somos, hijos míos, ahora sí qué lo somos! 




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Il^OIOQ 



PágB. 

Carta de Emilio Zola á Mr. A. Savinb .... v 

Narciso Ollbr ix 

La Mariposa. i5 

El chico del panadero ... 225 

El Trasplantado .... 287 

Recuerdos de niño 269 

Angustia. 277 

Una visita 287 

£1 bofetón 299 

Mi jardín. ... 341 

La peor pobreza 36 1 



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